Crepúsculo y lamentablemente Edward pertenecen a Stephenie Meyer, pero por lo menos la trama es mía.
Gracias por todo el apoyo que me han dado, en especial a Lina Ferrer por ayudarme con las palabras francesas y Amber, por sus críticas.
Todo lo que aparezca en otro idioma o sea un termino que no conozcan estará con su definición o traducción al final del capi.
Gracias por leer.
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3. Pétalos de rosa
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Abrió sus ojos y se sintió enormemente desorientado, como si nunca antes hubiese despertado en esa cama, lo cual era falso ya que desde hace un mes aquel cuarto parecía ser el suyo propio. Dio una sonrisa al sentir unos suaves murmullos y el contacto de sus brazos con la fina cintura de Bella.
Suspiró de satisfacción al estrecharla aun más contra su pecho y mirar como su semblante estaba por fin relajado. Siempre pensaba que las arrugas que continuamente se producían en su ceño eran debido a algo, pero mientras dormía, parecía que por fin era feliz.
Desde el día en que la vio por primera vez no dejó de estar en contacto con ella ya que le gustaba realmente, y sentía que era justo el momento para intentar estar con alguien seriamente. Bella le daba todo lo que el pedía y mucho mas, y a cambio él le entregaba todo de sí, porque a pesar de tener tres semanas de relación ya sentía que la quería, y mucho.
Bella comenzó a removerse hasta que finalmente despertó entre sus brazos, abriendo sus ojos oscuros e inquietándolo con esa extraña mirada.
— Buenos días, mon doux amour — Bella frunció la nariz ante la forma en que Edward se estaba acostumbrando a llamarla últimamente.
— Buenos… — susurró alzándose para darle un suave beso.
Edward la miró con ojos chispeantes de felicidad como cada día que despertaba en su cama. Además hoy le diría que la quería. Ella como siempre frunció el ceño después del beso, se irguió lentamente y abrazó sus piernas mientras escondía su rostro para pensar. Era prácticamente una rutina de todas las mañanas, pero él no permitiría que hoy salieran las cosas mal.
Tomó las sábanas y las desenredó de las piernas de Bella provocando que ella volteara su rostro hacia él y lo mirara con confusión. Sin quitar la sonrisa de su rostro tomó uno de sus pequeños pies y los arrastró hasta dejarla sentada al borde de la cama.
Se arrodillo en el piso y entre sus piernas, las cuales comenzó a acariciar suavemente pasando sus manos por la cara interna de sus muslos y deslizando las yemas de sus dedos hasta casi llegar a la entrepierna de ella. Bella soltó un jadeo y cerró los ojos disfrutando.
— ¿Porqué esto? — murmuró cuando uno de los dedos de Edward comenzó a acariciarla suavemente.
— Por nada… — dijo riendo al verla retorcerse y caer de espaldas a la cama.
Pronto introdujo dos dedos y comenzó a penetrarla suavemente. Tocando con dulzura y pasión sus pliegues, y tomando el pequeño botón de ella para jugar con él un poco. Le encantaba ver como ella se rendía y bajaba todas sus murallas en ese momento, podía ver con claridad los sentimientos que a veces eran escondidos en sus ojos, y le encantaba… más aun cuando estaba con su boca entreabierta respirando ruidosamente y gimiendo.
Antes de que ella llegara sacó sus dedos y comenzó a dejar suaves besos por sus piernas, hasta llegar al lugar en donde antes había tocado y en donde ella estaba muy sensible y necesitada. Necesitaba más de él…
Su lengua comenzó a moverse dentro de ella, lamiendo, besando y mordiendo suavemente, haciendo que ella chillara y lo aprisionara con sus piernas mientras con sus manos tomaba su cabello cobrizo y lo apegaba más a su centro.
Cuando Bella llegó a su orgasmo, sus piernas cayeron pesadamente de los hombros de Edward en donde habían estado y sus manos dejaron de tironear su cabello para dejarlas sobre la cama y relajarse. Por esas cosas apreciaba un poco a Edward, pero sabía que él esperaba algo, que hacía esto por algo, y eso quedó claro cuando gateó hasta quedar sobre el cuerpo de ella y la cubrió de besos del cuello hasta la boca.
— Te quiero, douceur, y no sabes cuánto. — se paralizó cuando escuchó esas palabras que fueron susurradas de manera lenta y suavemente en su oído. Ella no… ella no estaba preparada, ni siquiera sabía que buscaba estando con Edward, ahora menos que nunca le convenía estar con él.
Edward sintió como el cuerpo de ella se ponía rígido y le dio una pequeña sonrisa al ver sus ojos cafés aterrados. El sabía que esto pasaría y por ello no esperaba más.
— No te preocupes — susurró besando tiernamente sus labios y acariciándole el cabello. —, yo no te lo digo para que me respondas lo mismo, es sólo para que lo sepas. Tampoco te presiono para que sientas todo esto mañana.
Bella le sonrió y su corazón latió fuertemente antes de atraerlo hacia ella y besarlo con pasión, pero su corazón no latió por amor ni nada parecido.
— ¿Dónde está tu hermana? — preguntó Edward cuando ambos desayunaban en la cocina del departamento de Bella. La burla no se iba de su voz cada vez que nombraba a Marie.
— No lo sé, a veces ella se va simplemente — se encogió de hombros.
— Por lo que sé — dijo lentamente —, James tuvo que ir a Paris unos días. — ella sabía eso.
— Si, quizás esté con el… ¿James también es guardaespaldas?, ¿o hace otra cosa en la empresa de Charlie? — luchó por no dar una sonrisa cuando dijo eso.
— No, el tiene que ver más con la gerencia de la empresa y todo eso… — Edward se removió incómodo. No le gustaba mentirle a Bella, pero tampoco le podía decir la verdad.
— A ya — tomó una cucharada de su cereal. — ¿Cuál es su conexión con Francia? Marie siempre me decía que James viajaba mucho hacia allá.
— Todos somos franco-estadounidenses. Hace casi seis años que Charlie quiso abandonar Paris y formar la empresa acá, aunque aún existe la de Francia y esa es más importante. — dijo la verdad a medias.
— ¿Y Charlie es tu tío o algo? Ya sabes, ¿es como una empresa familiar? — tomó un sorbo de jugo para que el no viera la mueca que se formó en sus labios.
— Estás curiosa hoy… — dijo alzando la mano y acariciándole la mejilla, pero al ver sus ojos prefirió responder. — Si, es una empresa familiar, pero yo no tengo nada que ver con ellos, no de sangre, pero supongo que Charlie es como un padre para mí.
Siguieron comiendo en silencio. Edward preguntándose si hacía bien dándole esos pequeños detalles a Bella, y ella buscando una manera de saber si hacer todo eso le ayudaba o no.
— ¿Sabes Edward? — las palabras fueron lentas y extrañas. — creo que no nos conocemos suficiente, es decir, llevamos casi tres semanas de noviazgo y recién me entero de algunas cosas...
— Yo no te he ocultado nada. — mintió — Incluso, yo te he dicho más cosas que tu a mí.
Palideció al verse atacada por Edward y las ganas de terminar eso ahí mismo la sobrepasaron, pero lo único que atinó a hacer fue darle una sonrisa e ir a sentarse en su regazo en donde lo abrazó y comenzó a repartir pequeños besos en su cuello.
— Creo que debemos darle tiempo al tiempo para conocernos más, pero ahora no importa porque eres todo lo que necesito. — suspiró y deseó poder decir eso con total libertad.
— ¿A qué hora sales hoy del trabajo?— preguntó después de unos minutos abrazados. Bella tragó lentamente y comenzó a pensar.
— A las seis, ¿vendrás a buscarme?
— Si — la besó en los labios suavemente y luego se fue a lavar los dientes para irse a su trabajo.
Edward dio varias vueltas en su Ferrari negro sin saber qué hacer. No quería más preguntas de Bella y tampoco quería jugar a ser un terrón de azúcar, aunque por ella quizás lo fuera. Tampoco quería que su pecho doliera en cada mirada de incertidumbre de ella cuando él le dijera que la quería. Se recordó que debía ser valiente y enamorar a Bella, aunque fuera a la fuerza. Charlie siempre decía que un verdadero hombre no pierde ninguna batalla, y el ganaría todo lo que tuviese que ver con ella.
Maldijo cuando su celular sonó y vio en la pantalla que se trataba de Tanya.
— ¿Qué quieres? — dijo con voz tensa.
— Llamó Emmett a la casa y dijo que te esperaban con los demás en… — sintió la furia correr en sus venas.
— ¿Y qué mierda haces en mi casa?
— Yo sólo venía a verte…
— Mierda, Tanya. Espero que cuando llegue no estés ahí, porque no responderé de mí. — no esperó que ella contestara y colgó.
Manejó como loco a la casa de Emmett que quedaba a una cuadra de la suya y se encontró con los rostros solemnes de sus compañeros.
— ¿Qué sucedió? — preguntó.
— Martin cayó… — musitó Emmett con rabia. — El idiota no se aseguró de nada, sólo tenía que llevar la mercancía hasta Nueva York… ¡Le dije a Charlie que no confiara en esos peones!
— ¿Qué importa? — dijo Paul, uno de los sobrinos más jóvenes de Charlie.
— Paul tiene razón — dijo Edward —. Martin era sólo un perro y por algo Charlie lo contrató. Su vida no era tan importante. — murmuró con despego.
— ¿Sabes cuantos kilos se perdieron? — Gruñó — ¡venían especialmente de Francia! ¿Por qué crees que James está allá? Tenían todo preparado y Martin tenía que hacer el último paso, y ahora el cliente está satisfecho...
— ¿Quién era el sujeto? ¿Era muy importante?
— ¿Qué pasa Edward? No puedes andar distraído o Charlie te lo hará pagar, lo sabes — le advirtió —. No era importante el sujeto que la iba a recibir ni que la iba a consumir, lo importante es que era pariente del idiota que quemamos en la bodega hace tres semanas. Parece que nuestro jefe quiere acabar con toda su familia. — Edward se encogió de hombros.
— Nadie debe ir contra la corriente.
Emmett lo miró extrañado e irritado antes de pasar por su lado.
— Ten cuidado, Tanya se ha estado metiendo a tu casa y sin llaves— dijo —. Si fuera tú me compraría un cinturón de castidad por si se le ocurre asaltarte en la noche. — rió, le dio un empujón para nada amistoso y se fue junto con Paul.
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Bella pasó todo el día en su departamento leyendo libros que le parecían inútiles, tocando las partituras del piano que aun no le devolvía a Alice y aprendiéndose casi de memoria Moonlight sonata de Beethoven. Cortó una y otra vez las llamadas reiteradas que tenía de Alice porque no sentía deseos de hablar con ella; las de Forks porque no se sentía preparada para hablar con los asistentes sociales y las de Daniel porque no quería lidiar con ese chico que se creía un príncipe salvador. Nada lo importaba y agradecía que el piano silenciara los sonidos que emitía el teléfono a cada hora, y maldecía a Edward por estar presente en su vida e impedirle poner un tripi en su lengua. No podía lidiar con sus preguntar cuando viera sus pupilas dilatadas y sus ojos rojos.
Cuando faltaban quince minutos para las seis de la tarde tomó sus cosas y caminó como siempre hacia la librería de Alice. No le daban ganas de trabajar y mucho menos atender a viejas estúpidas que se creían escritoras o lectoras cuando a penas y habían leído el principito en su niñez. Por lo menos ella no fingía que le desesperaba y aburría leer.
No sabía si entrar o no a la librería para devolver los libros. A las partituras ya les había sacado fotocopias, pero "El lobo estepario" y "El alquimista" llevaban más de tres meses en su departamento y las huellas de salsa de tomate y de tequila daban cuenta de ello. Quizás podía solo dejar los libros en el piso, tocar la campanilla y correr hacia la otra esquina para que nadie la viera.
Caminó silenciosamente hasta la puerta e iba a dejar los libros en el limpiapiés, pero la voz entusiasta de Daniel le arruinó todo su plan.
— ¡Bella! — Dijo — ¡viniste! Alice estará tan contenta. — sí, claro. Muy contenta. Se levantó con una sonrisa y fingió haber recogido algo del piso y guardarlo en su bolsillo.
— Hey, Daniel — no estaba preparada para que el la tomara y la abrazara haciendo que ella de manera ruda se apartara de él con el ceño fruncido.
— Perdón, es que te extrañaba — dijo con ojos brillosos —, ¿Cuándo…? — no alcanzó a terminar, porque la puerta nuevamente se volví a abrir mostrando a una enfurecida Alice quien traía unos papeles en sus manos.
— Daniel vuelve a tu trabajo. —Bella rodó los ojos y se despidió con la mano de Daniel. — Así que vuelves a aparecer… después de dos malditos meses en que brillaste por tu ausencia aquí y en Forks.
— Yo sólo venía a entregarte esto. — dijo riendo cansada, pero frunció el ceño al ver que Alice no le tomaba las cosas.
— Aquí está tu despido — dijo entregándole la carpeta que tenía en sus manos. Bella puso los libros bajo su brazo y estudió con fingido interés lo que decía.
— ¿Y mi cheque? — Alice abrió los ojos y su rostro comenzó a ponerse rojo.
— Está adentro— dijo con los dientes apretados—. Te arrepentirás tanto de esto, Isabella.
— Hay otras librerías, otros trabajos — se encogió de hombros y le pasó los libros quedándose aun con las partituras en su mano. Alice la miró con desconfianza y comenzó a ojear lo que ella le acababa de pasar.
— ¡¿Acaso esto es mostaza?! —Chilló— ¡maldita sea, Bella! ¡Era la primera edición de 1927!
— No seas exagerada, nadie lo leía, le hice hasta un favor manchándolo y usándolo— dijo— ¿podrías tomar tus partituras también? Debo irme, soy una mujer ocupada. — le pasó los libros y comenzó a caminar lentamente.
— Espero que con esto aprendas a valorar las cosas que la vida te da— Bella se giró para volver a encarar a Alice.
— ¿Recuerdas aquel día, Alice? Yo casi no lo recuerdo…— dijo con frialdad— Tú eras mi niñera… ¡y míranos! Seis años después estamos igual. Sigues creyendo que debes cuidarme, pero te tengo noticias: no necesito tu ayuda.
— Allan si… — la pronunciación de ese nombre detonó algo en el corazón de Bella.
— ¡Allan no! ¿Cuándo entenderás? ¡Estamos bien, totalmente bien! —Gritó — ¿y sabes porque no he ido a Forks? ¡Porque no soy libre!, porque tuve que cambiarme mi estúpido apellido y desaparecer… y mi niñera no hizo nada. — dijo con burla.
— Te necesitan, ambos lo hacen… y tu solo no te preocupas.
— El está mejor sin mí, los dos están mejor. — se encogió de hombros como si no le doliera.
— Pareciera que no hubiera nada ahí adentro— dijo señalando el pecho de Bella quien la veía con una sonrisa burlona.
—Acabas de dejar a una familia sin sustento mensual, Alice, ¿cómo puedes vivir con eso? — Rió — quizás la desalmada eres tú y sólo tú. —Alice se tapó el rostro con sus manos controlando la respiración y tratando de calmarse para no decirle alguna estupidez a Bella. Miró una vez más sus libros manchados y las partituras rayadas con algunos apuntes de Bella a lápiz grafito, suspiró, por lo menos podría borrarlos, pero con los libros no había nada que hacer.
Bella caminó hacia la otra esquina y prendió uno de sus cigarrillos para esperar a Edward. A las seis en punto el apareció doblando la esquina y parándose frente a ella. La saludó con un beso necesitado y tierno, como si la hubiese extrañado y abrazándola efusivamente, tanto que a Bella le dejó una sensación extraña en su corazón.
— Te extrañé… — no fue él quien dijo eso, sino ella sorprendiéndose a sí misma y dejando aturdido a Edward.
— Yo también, mon petit chou. — murmuró con ternura mientras la abrazaba más de lo que podía más. Tomó de su mano y la llevó hasta el Ferrari.
— ¿Cómo te ha ido? — le preguntó cuando Edward puso en volumen bajo la radio.
— Bien, hoy no tuve que hacer mucho, ya sabes, yo no cuido a nadie importante — dijo siguiendo la historia que había creado de su trabajo de guardaespaldas.
— Mmm… — dijo — ¿qué haremos hoy?
Edward no le respondió ni le prestó atención, su mirada estaba fija en la esquina en la que recién Bella había estado. El conocía esos autos y a ese hombre ahí parado. El seguía a Bella cuando la vio por primera vez.
— ¿Qué miras? — Bella siguió su vista y no encontró nada que pudiera llamarle la atención. Sin decir nada, Edward pisó el acelerador y no habló ni se detuvo hasta que estuvieron en el departamento. — ¡¿qué demonios te sucede?! — gritó cuando llegaron. No esperó respuesta de él y comenzó a caminar rápidamente hasta su departamento.
Había tenido suficiente de Alice hoy… de la culpabilidad, de no ser lo que quiere. Había sido un día de mierda y Edward no tenía porque contribuir en eso.
— ¡Bella! ¡Espera! — gritó después de seguirla por el ascensor y sin tener respuesta de ella. — No te enojes, sólo creí ver algo… — le tomó el rostro con sus manos y la miró fijamente.
Bella siempre tuvo un buen autocontrol para lograr lo que debía y no dejarse guiar por sus deseos. Lo había aprendido desde que se fue de Forks, pero ahora, por una extraña razón, se le hacía muy difícil mirar los ojos verdes de Edward y resistirse a tanto sentimiento que el guardaba ahí.
— Perdóname —dijo confundida, ella nunca pedía perdón—, exageré un poco… ¿Qué tal si vuelves en la noche con la cena? — Besó suavemente sus labios— ahora tengo unas cosas que hacer.
— Recuerda que estamos juntos, que somos sólo los dos… — unió su boca a la de ella nuevamente y la besó como el primer día en que se encontraron escondiéndose en aquel callejón, pero con la diferencia de que ahora ella no era una desconocida y si había algo parecido al amor.
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Edward miró con el ceño fruncido su celular justo cuando se preparaba para ir al departamento de Bella. Charlie, su jefe, lo estaba llamando y aunque mantenían una estrecha relación casi familiar eso no era común.
— ¿Pasa algo, jefe? — dijo mientras conducía a su departamento.
— Necesito que hagas algo, pero ahora. No puedo confiar en cualquiera— maldijo internamente pensando que eso le quitaba tiempo con Bella.
— ¿Qué necesita?
— Salieri está en Chicago, y llamaron de Paris porque Cormick quiere que nos encarguemos de él. Será algo simple porque está sólo en la ciudad y cenando en el Berghoff.
— Salgo inmediatamente para allá.
Suspiró y pensó en Bella, y en lo molesta que estaría si le decía que no podría ir a cenar con ella. Se suponía que sus noches eran libres y podía estar con ella.
Manejó hasta el restaurant que le había dicho Charlie y se sorprendió al ver una florería junto a ella. Rápidamente la visión de Bella recibiendo unas flores con una nota le pareció mucho mejor que una de ella leyendo un mensaje de texto.
Le escribió una nota disculpándose y pidiéndole que lo esperara, y eligió rosas rojas para no abrumarla. Hoy le había dicho que la quería, pero no sabía si ella aguantaría algo romántico como unas fresias o margaritas.
Cuando terminó de pagar, sonrió al ver a Bruno Salieri saliendo del restaurant. El no era nada más que un estorbo para Pedro Cormick, el presidente de Francia, aunque le sorprendía que el llegara hasta esos extremos, ya que casi siempre Pedro se limitaba a comprar y revender droga para llenar los fondos de los ciudadanos franceses que el usaba en sus fiestas privadas.
Le llamó la atención que Salieri no se viera sorprendido cuando él lo interceptó en el callejón, y definitivamente sólo forcejeó un poco cuando él lo obligó a tomar el revólver y ponerlo en su boca. Se había encargado de llevar uno que nunca antes había usado para que estuviera libre de huellas digitales, y sus manos estaban envueltas en guantes negros que no dejaban marcas en nada.
— Algún día, mi muerte y todas las demás pesarán en tu conciencia, y llorarás por el perdón. — escuchó murmurar en un perfecto español a Bruno Salieri cuando estaba frente a él con la vista en el suelo. Lo ignoró. Su conciencia era lo que menos le importaba ahora y en un futuro, y que las amenazas de el cuando estaba a punto de morir tampoco eran importantes.
Charlie tenía razón, sería un trámite simple como siempre, pero eso no lo libró de que sus guantes se mancharan con sangre cuando la bala atravesó la boca de Salieri. Maldijo cuando al quitarse los guantes de igual manera sus manos se mancharon un poco, caminó unas calles y en otro callejón prendió fuego a un bote de basura con sus guantes dentro.
Miró su reloj y se dio cuenta de que no había tardado tanto como parecía. Era momento de estar con Bella otra vez, y pensar eso hizo que llevara una mano a su corazón al sentir como éste latía fuertemente por pensar en ella.
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Cuando Edward se fue pudo respirar tranquilamente. Se deshizo de sus zapatos y trató de ordenar lo mejor que pudo el departamento ya que antes de irse a "trabajar" lo había dejado muy desordenado. No le sorprendió encontrar un calcetín de ella en un jarrón o una braga bajo una silla.
No hallaba en donde poner unas cosas que le estorbaban, y un cajón pareció ser una buena solución. Lo que no recordaba era que justo en ese lugar había guardado a Marietta, una muñeca de trapo que ahora estaba con el rostro empolvado. Sintió nostalgia al verla y nuevamente creyó que era una mierda de persona, ¿Por qué no era capaz de devolver esa muñeca a su verdadera dueña? Ella la necesitaba.
Dejó las cosas en el cajón y tomó su celular, verificando que no fuera muy tarde para hacer una llamada. Sonó apenas tres veces antes de que contestaran.
— ¿Bella? — Su corazón se apretó al sentir esa voz sorprendida e infantil— ¿mamá? —Volvió a insistir al no tener respuesta— ¿Bella, eres tú? Por favor…
— Amelie… — a penas pudo pronunciar sus palabras ya que contenía la rabia y el dolor— ¿Cómo has estado, bebé?
— Bien… ¿Por qué no nos habías llamado, Bella? — Preguntó— ¿Acaso ya no nos quieres?
— Por supuesto que no los quiero, yo los amo con todo mi corazón, pero debo trabajar, amor— apretó sus labios por aquella mentira. Ella realmente no hacía nada, pero aun así no podía ni sentía ganas de ir con ellos.
— Eso dices siempre… —la niña suspiró cansada.
— ¿Cómo está Allan? — dijo intentando cambiar el tema.
— Está dormido porque pescó bichitos y se resfrió.
— ¿Pero estará bien? —Preguntó— ¿la señora Coope lo está cuidando?
— Si, yo creo que solo lo hace para quedarse en la cama— rió — ¿Cuándo vendrás?
— Sabes que eso es algo difícil Am… — suspiró y decidió cambiar el tema— pero cuando vaya te llevaré algo que sin querer se vino en mi bolso la ultima vez…
— ¿Qué cosa? — sonrió al pensar en la mueca curiosa que debía estar en su rostro, con sus ojitos brillantes.
— Una muñequita muy triste y sola que quedó sin su dueña— rió—, Marietta creo que se llama— tuvo que alejar el aparato de su oído al sentir el chillido que dio la niña.
Estuvieron hablando casi una hora, y por lo que sabía, Amelie estaba escondida para que no la vieran hablando con ella por celular, y justo antes de cortar pudo hablar un poco con Allan y quedarse tranquila sabiendo que todo estaba bien con ellos dos y que él estaba cuidando de Amelie.
Pero esa llamada hizo todo menos hacerla sentir mejor. Aun encontraba que era una mierda de persona, porque a pesar de haberlos llamado, sabía que la promesa de ir a verlos pronto no era real. Debió mentir como lo solía hacer siempre.
El timbre sonó y corrió a abrir pensando que era Edward, pero en cambio se encontró con un señor de mediana edad que cargaba dos ramos de rosas color rojo oscuro. Lo miró con curiosidad y esperó a que él le hablara.
— Tengo dos entregas para este departamento—abrió un papel y comenzó a ojearlo— este es para la señorita Isabella Savarese —dijo entregándole un ramo—y este es para Marie Savarese.
Tomó los dos ramos confundida y firmó un papel que el hombre le pedía. Cerró la puerta y dejó ambos ramos en floreros distintos y separados.
Primero abrió el de Marie y no se sorprendió al ver que era de James. Contenía un número de teléfono con el número de área de otro país, supuso que era de Francia, y una nota que parecía más una amenaza. Frunció el ceño y lo dejó a un lado antes de abrir la nota del otro ramo.
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Elle peut ętre le visage que je ne peux pas oublier. Une trace de plaisir que je regrette. Peut ętre mon trésor ou le prix que je dois payer.
Me llamaron del trabajo y me retrasaré con la cena unas dos horas. Pensé que un mensaje sería demasiado impersonal y que si te llamaba no me resistiría a volver inmediatamente a ti. Espérame. Te quiero.
Edward.
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Se sintió patética luego de suspirar por aquella nota y dio gracias a que nadie la había visto hacer eso, pero sintió que más patético y romántico era Edward por mandarle flores sólo porque se retrasaría dos horas, aunque debía admitir que le encantaba su atención.
Había sido una gran y extraña coincidencia que llegaran los dos ramos juntos siendo que eran para diferentes personas. Más extraño también era que las rosas eran iguales en número y color. Sólo las distinguía las notas de cada una, la letra fría de un computador para la carta de James, y la letra hermosa y elegante de Edward.
No sabía que pensar de eso, pero si sabía que debía deshacerse lo antes posible de las rosas de Marie porque Edward no podía saber que ella no estaba con James en Paris. No sabía si eso le convenía mucho.
Dejó las rosas de Edward en su habitación y guardó la nota sintiendo una dulzura que no quería admitir en su caja de recuerdos.
Se sentó en la sala pasando rápidamente todos los canales de la televisión sin prestar mucha atención hasta que finalmente la apagó de manera brusca y se llevó las manos al cabello, tomándolo con desesperación. Ahora más que nunca necesitaba su medicina.
Miró nuevamente las flores que aun quedaban en la mesa y pensó en cómo deshacerse de ellas.
Aunque las rosas fueran de James sintió pena al pensar en tirarlas a la basura, por lo que cortó las ramas y las espinas, y las escondió en una bolsa; deshojó una a una las rosas y tiró los pétalos a la bañera, la cual después llenó de agua tibia.
Los pétalos de rosa se oscurecían aun más por el agua cálida que los envolvía y elevaba a la superficie, y Bella pensó que ellos la ayudarían a sobresalir de todo, a ser más y a tenerlos a todos.
Porque aun no tenía lo suficiente a Edward, porque él no le había mencionado ningún acercamiento a su trabajo, porque debía volverlo loco si quería sacarle toda la información que tenía. Porque él no tenía que enviarle rosas rojas como un hombre a su amante, el debía enviarle algo que le indicara que lo tenía comiendo de su mano, en lo amoroso y en lo sexual.
Y ella tenía la culpa de todo eso por no ser lo suficiente para Edward. Por no comportarse.
Detuvo la caída de agua de la bañera y comenzó a desvestirse lentamente para luego introducirse en ella.
Sopló y revolvió los pétalos cuando ya habían pasado varios minutos y podía sentir el sonido de unas llaves en la puerta de entrada. Esperó a que la voz de Edward se escuchara para indicarle que estaba en el baño, retomó la postura que antes había descansado y puso una sonrisa tierna y sensual en sus labios cuando su "novio" abrió la puerta.
La miró sorprendido y con los ojos cargados de deseo. Bella le hizo una señal con su mano y lo invitó a entrar a la ducha con ella.
Sus miradas se separaron sólo cuando Bella bajó un poco los ojos para admirar el cuerpo de Edward mientras se desvestía. Era hermoso por fuera, perfecto, y le dolía un poco el corazón saber que también era perfecto por dentro. Incluso podría decirse que mucho más.
Edward se sentó frente a ella siendo rodeado también por los pétalos y alzó sus manos para tirar suavemente de Bella hasta ponerla a horcajadas sobre él. Bella tomó una de sus manos y comenzó a besar sus dedos uno a uno delicadamente, pero cuando iba a repartir un beso en la palma de la mano de él, una pequeña mancha rojiza y oscura llamó su atención. Era sangre… y ella lo sabía porque había tenido mucha más en sus manos hace seis años; y Edward no tenía ninguna herida.
Lo abrazó fuertemente y escondió su rostro en el cuello de él para que no se diera cuenta de su expresión y la tensión que tenía. Se relajó cuando las manos de él comenzaron a acariciarle la espalda y los muslos alternadamente. Copió sus movimientos y se dejó llevar por las sensaciones que hasta ahora sólo Edward le producía.
Pensó que quizás ambos estaban en las mismas condiciones, y ella no lo estaba mancillando la piel de Edward con sus manos sucias. Quizás las suyas estaban igual de manchadas que las de ella, y aun así prefería ignorarlo.
* Mon doux amour: mi dulce amor.
* Douceur: dulzura.
* Mon petit chou: es como, "mi pequeña calabaza". Suena extraño en español, pero en francés se supone que es un apodo amoroso. Se me imagina que es como un "cabeza de chorlito" de Darien a Serena en las Sailor moon, aunque en este caso es mucho mas tierno.
* Tripi: es la forma coloquial de llamar al LSD cuando está impregnado en pequeños cartoncitos que se ponen en la lengua. Tienen diferentes motivos para hacerlos más atractivos al consumidor, como de los Looney tunes, los Simpsom, etc. También se les suele llamar trip, tripa o ácido. Trip significa "viaje" en inglés.
* Elle peut ętre le visage que je ne peux pas oublier, une trace de plaisir que je regrette. Peut ętre mon trésor ou le prix que je dois payer. (Ella puede ser la cara que no puedo olvidar, un rastro de placer o de pesar. Puede ser mi tesoro o el precio que tengo que pagar. ) Este trozo pertenece a la canción Elle de Charles Aznavour.
* Pedro Cormick es un personaje ficticio y que será presidente de Francia por algunos capítulos. Lo puse porque no quería nombrar a nadie real, no es que me haya equivocado.
Como podemos ver, nuestro querido Edward ya cayó ante Bella. Muchas gracias por todo su apoyo en este pequeño camino que recién comienza. Varias coinciden en sus teorías pero yo no puedo decir nada. Dije que el viernes actualizaría cuando devolví los reviews con el adelanto, pero creo que no me aguanté, además no era seguro que lo hiciera el viernes. Gracias a las alertas y favoritos de todas, y a las que leen en modo fantasma también :)
Si quieren leer algo más les recomiendo estos fics:
- Infinito de Sofia Godiva.
- Mi bella súcubo de Martina Bennet
- Dos caras contra el fuego de Baisers ardents
- Huye de Reus Voluptates
Todos son de Edward y Bella y están en proceso, los he leído y me gustan mucho.
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- Si yo fuera ustedes recordaría los tripis, las rosas y el "te quiero" que Bella aun no le dice a Edward. También recordaría a James, las palabras de Alice y la sangre. -
En el próximo capi vuelve Marie y James, y sabemos que ella no estaba con él. Espero que estén bien,
Abrazos y besos,
Isa.
