La trama es mía y los personajes de Crepúsculo son de S.M.
Gracias a Lina Ferrer por las palabras en francés y a Amber por apoyarme y no asesinarme cuando terminé de esta manera el cap. :D
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5. Una sola persona
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Odiaba a James, lo odiaba. No llegaba a la forma en que sentía odio por Charlie Swan, eso era casi incalculable, pero aún así lo odiaba.
Quizás fue desde el primer día en que me dio su mirada cargada de asqueroso deseo, o quizás mucho antes cuando lo comencé a seguir y algo me dijo que el no era una persona de fiar, y por eso mismo decidí ser otra persona. Yo no quería ser nadie desconocido, porque le temía a eso, por lo que ser Marie Bailey, como mi antigua amiga, era una buena opción.
A los dieciséis años yo pasé de ser una niña ingenua, tierna y algo alocada a un tornado que destruía todo, que se destruía, y en uno de mis escapes en la noche conocí a Marie. Ambas éramos muy parecidas física y psicológicamente: ambas teníamos el cabello marrón, la piel blanca, odiosas pecas y la única diferencia era que ella tenía unos ojos azules potentes y hermosos, yo en cambio sólo tenía unos ojos color café algo claro. Nada fuera de lo normal.
Las dos habíamos probado suficientes drogas antes de conocernos, por lo que juntas hicimos y probamos de todo, excepto el sexo, ya que teníamos un código y una especie de ley con la cual nos cuidábamos mutuamente, estando ahí justo cuando la otra iba a comenzar a sacarse la playera por el calor y la euforia.
Pensábamos muy parecido y ella es la única persona que sabe mi historia por completo. Sabe todo, como llegué a esos oscuros lugares, sabe de Amelie y Allan, de mi madre… todo sobre mi, y yo creo saber casi todo sobre ella.
Me contó esos días que su familia era muy rica y que sus padres habían luchado por tenerla y concebirla años y años. Cuando pudieron lograrlo, el amor de alguna manera comenzó a pasar o el dinero se lo llevó para siempre, porque ahora ella hacía todo eso para ver si lograba un poco de atención.
Cuando la vi por última vez, salíamos de una fiesta en alguna playa de la cual ya no recuerdo su nombre y ella había tenido una sobredosis. Sus padres llegaron y los vi soltar lágrimas de impotencia al ver el delgado y pálido cuerpo de su hija inconsciente, y desde ese día Marie volvió a tener toda la atención que quería en un centro de rehabilitación. Yo por otra parte, decidí que estaba cansada de los insultos que me daban diariamente en Forks y que Chicago sería mi nuevo hogar, pero no me fui inmediatamente, estuve recluida en esa asquerosa casa en Forks por dos largos y asquerosos años, preparándome para Chicago y juntando dinero.
Volviendo al presente, odiaba a James mucho más ahora, mientras me daba una patada en el estómago que me revolvió todo lo que tenía dentro y me hizo vomitar sangre en la alfombra blanca de la sala.
Lo miré con furia y me paré de un impulso. El me miró con soberbia y estaba claro que se sentía ganador porque yo no me veía bien, no con el cabello enmarañado y gotas de sangre alrededor de mi boca.
— Pareces una vampira, amor. — creyó que todo estaba hecho conmigo hoy, que ya me había dado una lección y tomó su chaqueta que estaba en el sillón. Aproveché ese momento para estrellarle el florero de la mesa en la cabeza.
El objeto se rompió en mil pedazos y me dejó unas heridas en mis dedos, pero eso no se comparaba con la satisfacción de ver a James caer y desplomarse en el piso con una herida en su frente. No entré en pánico porque sabía que no estaba muerto, para eso me había servido mi primer novio el estudiante de medicina. Llamé a Mike después de limpiar todo y sacar los rastros de sangre de la alfombra y mi ropa.
— ¡Señorita Marie! — chilló cuando vio a James. Yo llevaba las lentillas puestas, por lo que obviamente me confundió con mi "hermana" — ¿qué sucedió? — lo ignoré y le indiqué que me ayudara a tomar a James, y juntos, pero más con su ayuda que con la mía, lo llevamos hasta el vestíbulo del edificio. — ¿llamamos a una ambulancia? — casi me río de sus ojos grandes asustados.
— James sólo se cayó y se siente un poquitín mal— busqué en mis pantalones y saqué un billete de diez dólares—. Llama a un taxi y que lo vayan a dejar a su casa. — le di la dirección pateándome mentalmente por no simplemente abandonarlo a su suerte.
Mike subió a un James medio inconsciente y con el rostro surcado por gotas de sangre en el taxi, le pasó el billete y la dirección al chofer y yo recé para que éste decidiera quedarse con el dinero y dejarlo en alguna calle desconocida, James se merecía eso y mucho más.
Cuando me hallé sola en mi habitación, las cosas que habían pasado en este día comenzaron a pasarme la cuenta.
Se suponía que Edward me quería, o que por lo menos me tenía aprecio y respeto, mucho más de lo que se merecía alguien para ser engañado con su propia hermana, que en este caso no existía.
Me desnudé y miré mi cuerpo fijamente en el espejo grande de mi habitación. Realmente no era fea, pero ¿aún así valía tan poco? Tomé un espejo más pequeño y con cuidado saqué las lentillas azules que dieron paso a mis naturales ojos café y luego tomé el frasco con el producto para quitarme el maquillaje.
Me miré nuevamente al espejo, primero al grande para tener una visión de mi más amplia y me di cuenta de que una parte de mi estómago se estaba poniendo de color morado por el golpe de James. Palpé la zona con un quejido de dolor, pero dejé de hacerlo porque no valía la pena, de todas formas, James ya me las había pagado.
Me miré ahora en el espejo pequeño, obteniendo una imagen de todo lo que era mi rostro sin maquillaje y sin los ojos azules. Aquí era Bella y aunque era más simple y más natural, parecía que ni aún así no lograba gustarle por completo a Edward. Solté unas lágrimas y me acurruqué abrazando mis piernas en la cama, sintiéndome más patética por pensar en que si le gustaba o no a mi supuesto novio. Yo no lo quería, lo había llegado a apreciar y quizás algo de eso me dolía, pero definitivamente no era amor.
Esperé a que llegara a eso de las diez de la noche y en mi mente aún no se cruzaba ninguna idea de cómo fingir el cardenal de mi estómago. Sexualmente, Edward era muy poderoso pero tierno y yo sabía que aunque le dijera que hoy no podríamos tener sexo, el igual iba a querer acariciarme y negarme a todo eso era demasiado extraño, además, no podía fingir por una semana completa o hasta que desapareciera el morado de mi piel.
Me extrañé al verlo entrar con la mirada en el piso y todo desarreglado. Pocos segundos pasaron para que me diera cuenta de que Edward estaba algo borracho. No se balanceaba, no se tropezaba y tampoco brotaban hipidos de su interior, sólo su apariencia física lo delataba y el ligero olor a licor dulce.
— ¿Edward? ¿Qué pasa? — llegué hasta donde él estaba y examiné su rostro tomándolo con mis manos. El me miró con sus ojos enrojecidos y brillantes ¿por lágrimas? No entendía por qué el podría haber estado llorando.
Metió sus manos a los bolsillos de su chaqueta y sacó su revólver, el cual dejó en la mesita que estaba al lado de la puerta con un movimiento tan brusco que me asustó. Me tomó del cabello y me atrajo a su boca para besarme.
Le devolví a medias el beso porque no sabía que estaba sucediendo, y los acontecimientos de esta mañana llegaron a mi mente confundiéndome más y casi enojándome… ¡El hace mucho menos de un día se había acostado con la que creía era mi hermana!
— ¿Qué has hecho mientras no estaba? — Murmuró con voz ronca— ¿Sabes que te quiero? Sí, tú lo sabes.
Intenté separarlo golpeando su pecho, pero eso sólo sirvió para que el me tomara en brazos y me llevara hasta la habitación. Poco sirvió mi lucha, ya que después de unos besos y unas caricias que necesitaba, me olvidé de todo lo que había pasado en el día.
— ¿Qué te pasó? — me tensé cuando después de sacarme la blusa acarició mi vientre.
— Me golpeé con la mesa. — dije en un murmullo. Edward me miró contrariado y se apoyó en sus codos para contemplarme mejor.
Sus ojos me escanearon por completo, mi cuello, mi rostro, mi pecho y mis brazos hasta que me sentí un poco avergonzada cuando pasó su dedo ligeramente sobre el lunar que yacía sobre uno de mis pechos.
Me estremecí cuando su mirada se volvió oscura y amargada, pero no dije nada, porque de un momento a otro lo tuve abrazándome fuertemente.
— ¿Pasa algo? — pregunté. Esperé que respondiera por unos minutos, pero lo único que obtuve fue su respiración tranquila y suaves ronquidos.
Enredé suavemente mis dedos en su cabello sabiendo que él no se lo merecía, acaricié su espalda pensando que todo eso era un error y finalmente dejé un beso en su oreja casi rindiéndome, porque no podía luchar contra lo inevitable.
Yo tenía sentimientos extraños por Edward… algo que aún no sabía nombrar, algo casi desconocido, y aunque él hubiese cometido el error de hoy, de igual manera permanecería a su lado, pero eso no significaba que lo perdonaría o que lo olvidaría.
A la mañana siguiente me desperté sola en la cama, con una nota que decía que se había tenido que ir a trabajar y el peso de sus labios en una de mis mejillas. Suspiré mirándome al espejo y sabiendo que estaba distinta a ayer, peor que ayer. Hice una mueca hacia mi reflejo y comencé mi día duchada y recostada en el sillón sin saber qué hacer.
No habían muchas posibilidades porque ahora que no trabajaba…
Suspiré y me negué a llamar a Alice para saber siquiera si ella estaba bien. Ella debía hablarme, no al revés.
Mis ojos comenzaron a cerrarse involuntariamente, pero yo no quería dormir, por lo que distraje mi mente en otra cosa y el rostro de Amelie apareció de repente… ¿cómo estaría mi dulce hermana? Sabía de ella y de Allan, pero no era lo mismo verlos que hablar por teléfono.
Y tomé la decisión de que después de varios años regresaría a Forks, y no por mi pasado, sino por mis hermanos.
De repente estaba de mejor humor y me vi a mi misma caminando hasta el supermercado para comprar todo lo necesario. Saqué dulces, unos juguetes y ropa de niño y niña.
Llamé a Edward y le inventé la historia de que Alice había tenido un accidente en Seattle y que debía ir a verla urgentemente. Me dijo que me acompañaría, pero me negué absolutamente y le dije unas cuantas palabras románticas para que su conciencia comenzara a trabajar y a carcomerse.
Utilicé el dinero que Alice me había dado en mi finiquito para comprar los boletos de avión y esa misma mañana estuve volando rumbo a Forks, Washington.
No me sorprendió ver las mismas calles grises y la misma lluvia infernal cuando llegué, y por más que traté, los malos recuerdos y el pasado eran inevitables.
Llegué en un taxi al orfanato y en la entrada presenté la identificación falsa que tenía de Marie Savarese. La señora me miró analizándome, pero no me preocupé, ella no sabía nada de mí porque nunca antes la había visto. Se me encogió el corazón cuando dijo que mis hermanos estaban entre los niños que prácticamente no recibían ninguna visita.
Me guió hasta un jardín techado, para protegernos de la lluvia y me indicó que me sentara.
— ¡Allan!, ¡Amelie! — vinieron corriendo hacia mi en cuanto me vieron. Amelie tenía sus mejillas sonrojadas tiernamente y se veía que estaba bien abrigada, pero en cambio Allan sólo usaba una camiseta blanca que estaba empapada por la lluvia. Sentí la furia recorrer mi cuerpo mientras comenzaba a escanear el jardín buscando a algún culpable. — ¿Y tu cazadora? — pregunté. Allan apretó sus labios y se estremeció.
— La perdí — murmuró. Lo miré y supo que no le creí nada, pero antes de sacarle la verdad a la fuerza, debía abrigarlo. Le quité la camiseta y agradecí que justo le trajera un pijama de invierno azul para compensar el antiguo que tenía. No me importó si alguien lo miraba o se burlaba, mi hermano era mi bebé y en este momento junto a Amelie eran mi prioridad. Le coloqué la parte superior que era de una tela suave y luego me saqué mi cazadora negra y se la puse. Tenía suerte de que la prenda no fuera tan femenina si es que sentía vergüenza de llevarla.
— ¿Y tu? — me preguntó con sus labios morados y tiritando. Tomé los vasos de chocolate caliente que había pasado a comprar y que había dejando en el asiento, y se los di a ambos mientras nos sentábamos y ponía a Amelie en mi regazo.
— Ahora Allan, quiero que me digas la verdad, ¿Dónde está tu cazadora? — miró a Amelie en busca de ayuda, pero ella, mi pequeña traidora, escondió su rostro en mi cuello y susurró: Sean. — ¿Quién es Sean?, prometo no enojarme. — dije al ver que sus ojos se aguaban mientras tomaba un sorbo de chocolate.
— Estábamos jugando — no le creí — y el sin querer me agarró y se rompió una de las mangas — tampoco le creí —, me caí y la manché con barro. — probablemente todo resultaba verdadero si él me decía que Sean había hecho todo adrede. Pasé mi brazo por sus pequeños hombros y lo atraje hacia mi cuerpo.
— Allan, debes aprender a defenderte — susurré —. Yo no quisiera que ustedes estuvieran aquí, pero hasta que no me dejen llevarlos a casa no puedo hacer nada.
— ¿Eso pasará algún día? — su voz casi resignada me rompió el corazón.
— Por supuesto, volveremos a comer chocolate y helado mientras vemos películas. Estaremos juntos y bien—suspiré —, pero mientras eso no pase tu debes cuidar de Am y de ti, no dejes que nadie te haga nada.
— Siempre cuido de Am. — me dijo. Lo hice a un lado para rebuscar algo que le había traído en mi bolso.
— Allan, este celular es para ti — le entregué el pequeño y lindo aparato blanco. —. Ya tiene mi número guardado. Puedes jugar con el, pero sin que nadie te vea, no están permitidos acá — asintió alucinado—, y sobre todo, si algún día llega a suceder algo, tu me llamas y los vendré a buscar.
— ¿No dijiste que esperarías a que te dieran permiso para llevarnos? — preguntó frunciendo su ceño.
— Si, pero no esperaremos para siempre. Además, no dejaré que nada les pase.
— ¿Cómo harás eso? — preguntó Am quien se había mantenido callada jugando con mi cabello.
— Confía en mí — le sonreí.
— Bells, — dijo — ¿Cuándo llegará mamá de su viaje? — su ceño estaba fruncido y sus hermosos ojos brillantes por las lágrimas sin derramar. Sentí mis ojos arder y me aclaré la garganta más de una vez antes de hablar.
— Mamá nos ama y ya volverá — forcé una sonrisa mientras abrazaba más a ambos. —. Sabemos que está un poco enferma y si queremos que se recupere bien debe estar lejos unos meses.
— Ha estado más de unos meses, Bella — Allan dijo con voz llorosa. —. Recuerdo que tú tenías dieciséis cuando ella se fue.
— Allan, no pienses así, piensa que ella nos ama con todo su corazón. — sentí una lágrima deslizarse suavemente por mi mejilla.
— Te creo — sonrió y se apegó más a mi —, tu nunca nos mientes, eres la mejor hermana del mundo. — mi corazón se estrujó y utilicé todo mi autocontrol para no echarme a llorar, más aún cuando Amelie depositó un apretado y baboso beso en mi mejilla. Yo les mentía, pero sólo lo hacía para que fueran felices, para que no fueran como yo.
Saqué de mi cartera un pedazo de papel en donde había imprimido un correo que yo misma me había enviando con el supuesto e-mail de mamá. Ellos sabían que era porque siempre les traía uno para que siguieran creyendo y siendo felices. De ninguna manera les arruinaría la vida a los diez años.
— Querida Bella…— comencé y sentí mis ojos picar deseando que fuera verdad— Espero que tu y tus hermanos estén bien y que los estés cuidando mucho. Yo aún sigo en el tratamiento de mi enfermedad y espero pronto poder estar con ustedes. Hice galletas para mis bebés y espero que tu no te las comas porque sabes que son sólo de ellos— Amelie me miró con una sonrisa linda y me indicó que siguiera leyendo—. Cuida que Allan no se porte mal y que Amelie haga todas sus tareas. Los amo mucho— mi garganta comenzó a cerrarse—, con cariño, mamá.
Para que no vieran mis ojos brillantes abrí la bolsa de galletas caseras y le di una a cada uno.
—Si quieres puedes comer una de las mías. — dijo Am con su boca llena de chocolate. Reí y negué con mi cabeza.
— ¿Porqué no habías venido, Bella? — Allan la miró con ojos suspicaces. De los dos él era el más despierto, el que entendía más.
— Sabes que tengo que trabajar— dije mirando hacia otro lado—, mi jefe es un poco pesado y no me daba permiso para venir.
— ¿Y ahora te dio permiso? — negué acariciándole la mejilla.
— Ahora ya no trabajo más con el— murmuré—, renuncié.
Besé el cabello de ambos y me impregné del aroma de bebé que aún tenían. A los tres nos ardían los ojos cuando era el momento de irme, no me podía quedar dos días en Forks porque era demasiado peligroso. Traté de no llorar y de hacerme la fuerte al ver a Amelie hacer pucheros y a Allan refregarse los ojos con sus manos. Estos niños habían estado solos en el orfanato desde los cuatro años por lo que no sabían que era tener una familia, yo tenía dieciséis en ese entonces y podía decir que si tenía un recuerdo de lo que era vivir con mamá.
Recordé que la muñeca de Amelie seguía en mi cartera desde que la había puesto ahí en Chicago, por lo que la saqué y se la entregué antes de irme.
— No, no— dijo negando y frunciendo su pequeña boca—. Yo soy una niña grande.
— ¡Pero eres su mamá! — le dije con falsa indignación.
— Si, pero ahora tú la cuidarás— la miré confundida—. La necesitas más que yo, burrita. — luego sus pequeños brazos estuvieron a mi alrededor apretándome con toda la fuerza que podía.
Sollozando me encaminé hacia el aeropuerto y me permití llorar más de lo que debía. No me acostumbraba a admitirlo e incluso usaba el pretexto de que mis hermanos me necesitaban, pero realmente era yo la que los necesitaba a ellos.
Palidecí cuando vi el rostro familiar de Jessica Stanley, la vieja puta mayor de Forks y la que ahora mismo me miraba con horror e indignación. Sí, yo ya sabía lo que pensaba: "Esta escoria humana no debería estar aquí". Pasé rápidamente mis papeles y me subí al avión ignorando su mirada que seguía y taladrándome la espalda. Jessica ya no me importaba, no cuando yo ya había aprendido a vivir con el recuerdo de sus piedras azotando mi casa y mi cuerpo.
Llegar en la madrugada al departamento, con un Edward gruñendo más que ayer y siendo apresada por sus brazos, de alguna forma fue gratificante, más aún cuando me tomó en brazos y me llevó hasta el baño para ducharnos juntos.
Media somnolienta me abracé a su cuerpo en la cama y me permití irme al mundo de los sueños.
Un segundo fue el que logré medio salir de mi letargo, y al otro segundo el tipo estaba tirándome el cabello de una forma con la que pensé me volvería loca.
— Puedes darle gracias a Charlie Swan Goodrich. — La voz áspera resonó en mis oídos y no entendí lo que dijo, pero sin embargo nunca se me olvidó.
Finalmente dejé de sentir su presencia y escuché el sonido de la puerta de entrada abriéndose. Un jadeo masculino que mis oídos escucharon, pero mis ojos nublados no vieron de quien se trataba. Poco tiempo después, policías y más policías.
Escuché gritos, llamándome a mí, insultándome y tratándome mal, y yo no sabía por qué.
Me removí intranquila saliendo del abrazo con el que Edward me tenía aprisionada en su pecho, sentí mis mejillas húmedas por las lágrimas que se desbordaban y mi pecho sonoro por los sollozos e hipidos.
— ¿Bella? — La voz somnolienta de Edward no logró sacarme de mi llanto— ¿qué pasa? — preguntó más despierto y pasando un brazo por mis hombros.
— Sólo fue una pesadilla. — me dije más para mí misma y escondí mi rostro entre mis rodillas.
— ¿Qué soñaste, mi amor? No fue real… no lo fue, ¿quieres que cante y te haga dormir? — su repentina ternura me desesperó y me amargó mucho más, por lo que las lágrimas ahora salían casi sin control.
— Tengo miedo…— sollocé y Edward me acunó en sus brazos.
— ¿De qué? No pasará nada malo, estás conmigo. Fue sólo una pesadilla. — su mano acarició suavemente mi cabello, pero yo no me relajé. — ¡¿Bella?! — sentí como Edward me remecía tomándome por los hombros. Abrí mis ojos pegajosos y nublados por las lágrimas, y comencé a temblar ligeramente— ¿Qué pasa, mon solei?
— Yo no la maté…— dije con la voz casi inaudible, pero sabía que él había alcanzado a escuchar— Lo juro, yo no la maté. — volví a murmurar y me dejé caer en sus brazos cálidos.
— ¡¿A quién, Bella?! — Entre las lágrimas pude ver que sus ojos verdes lucían desesperados— ¡¿Quién te culpó de eso?!
— Yo no fui, de verdad…— sollocé nuevamente y Edward parece que supo que no conseguiría nada coherente de mi boca esta noche, por lo que me sentó en su regazo y me abrazó fuertemente.
— Claro que no, bebé— susurró en mi oído—. Tú no has hecho nada, mi amor. Sólo duerme.
Comenzó a cantarme una suave y dulce canción en francés, pero yo como siempre no entendí nada.
— ¿Alguna vez me enseñarás francés? — susurré mientras él me abrazaba por mi espalda y seguía murmurando despacio la letra de la canción.
— Por supuesto. Algún día iremos juntos a Paris y deberás aprenderlo— dijo—. Yo seré tu profesor. — sentí la sonrisa de él formarse contra mi hombro.
— Gracias, Edward.
— Bonne nuit, mon petit chou. — rodé los ojos cuando ya me iba a quedar dormida, nunca entendía ni una puta palabra.
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El sol llegaba a mis ojos fastidiosamente cuando desperté. Me revolví en la cama y esperé encontrar a Edward, pero estaba sola y el sonido de la ducha me decía que se encontraba en el baño.
La vibración del celular de Edward me distrajo de mi entretenida tarea de mirar el techo de la habitación y rodé hacia la derecha para tomarlo del buró. Enarqué una ceja y resoplé al ver que el nombre de "Tanya" aparecía en la pantalla.
— ¿Hola?
— ¿Quién eres tú? —espetó de inmediato.
— No niña, ¿Quién eres tú y que haces llamando a las nueve de la mañana?
— Soy Tanya Denalí y estoy llamando al celular de mi novio. — apreté los dientes y traté de calmarme por la forma tan posesiva de su voz.
— Qué extraño, porque da la casualidad de que Edward es mi novio y no el tuyo, ¿podrías por favor dejar de molestarlo? Borra su número, cómprate otro nuevo, pero no sé… haz algo, no quiero que lo llames más. — Tanya soltó un grito ahogado lleno de indignación.
— ¿Quién te crees que eres? ¡Pásame inmediatamente a Edward! El se enterará de esto— chilló—. Apuesto que no eres más que su sirvienta y te estás dando atribuciones que no te corresponden, maldita perra.
— Sí, claro. Mira, así están las cosas… no gastes tu tiempo ni llamándolo ni diciéndole lo que te acabo de decir porque él me creerá a mí, niñita. Me quiere a mí, me prefiere a mí y tú no le interesas. Ten un poco de dignidad— ella siguió insultándome, pero yo ya no tenía más ganas de hablar con ella—. Creo que ya me aburrí de ti, adiós. — y corté. Luego apreté unas teclas y fui hacia el menú para borrar esta llamada de Tanya, Edward no tenía porqué saber que yo le había contestado.
Me quedé pensando en las posibilidades de que él me haya engañado en este corto tiempo con Tanya aúnque eran casi imposibles en mi mente por lo mal que la trató la primera vez que los vi a ambos. Algo dentro de mí se quemó y me esforcé para no atormentarme con esos pensamientos.
Dejé el celular en el buró justo antes de que el saliera del baño con una toalla cubriendo nada más que su parte inferior. Me sonrojé profundamente ante la vista de su pecho esculpido y traté de mirar hacia otro lado.
— Buenos días…— canturreó. Me guiñó un ojo y se dio la vuelta para sacar la ropa de su lugar en el armario. La toalla cayó y me contuve para no dar un grito ahogado al ver su perfecto trasero. Mierda, debería estar más acostumbrada.
— Buenos días. — repetí sus palabras con voz tensa y lo miré a los ojos cuando se dio la vuelta ya vestido con su ropa interior y sus pantalones. Cerré los ojos y después sentí su peso al hundirse junto a mí en la cama y su mano posarse en mi cadera.
Mis ojos ardieron cuando abrí nuevamente los ojos y me encontré con su mirada brillosa y preocupada. Recordé todo lo de la noche anterior, lo del día anterior… ¡mierda!
— ¿Me dirás que pasó anoche? Tu pesadilla, ¿recuerdas? — murmuró suavemente y se acurrucó más contra mí. Pasé una mano por su pecho para ver si lograba relajarme, casi siempre resultaba.
— Una pesadilla, sólo eso— me encogí de hombros—. Ya ni la recuerdo.
— No te creo—dijo— ¿porqué no me lo dices? Tú sabes todo lo que ayer en la noche me dijiste y no lo voy a dejar pasar.
— ¡Nada!, ¡no pasó nada, Edward! — me tomó por los hombros y me obligó a mirarlo. Sus perfectas y pobladas cejas se encontraban fruncidas. No lo dejaría pasar.
— Me dijiste que alguien te acusó de asesinato, Bella— dijo conteniéndose—. Eso es gravísimo… dime ahora mismo y quizás yo te pueda ayudar.
— Nada… no es nada…— me maldije cuando a mi mente llegaron todos los recuerdos pasados y con ellos las lágrimas en mis ojos. Estaba muy llorona últimamente.
— ¿Estás llorando? — pasó sus dedos por mejillas humedecidas— ¿ves? Algo te pasa.
Lo miré y la preocupación era latente en sus ojos. Le pedí perdón en mi interior y también me lo pedí a mi misma para lo que iba a hacer…
Quizás lo heriría o le dolería todo eso, pero la parte más mala de mi me decía que se lo merecía y que esto sólo era un pequeño adelanto para cobrarle su engaño.
— ¿Cómo quieres que te diga? — Susurré con la voz quebrada—, ya no confío en ti, Edward. — el me miró herido y confundido, pero poco después sus ojos parecieron volverse piedra.
— ¿De qué hablas? — murmuró con la voz apretada.
— ¡De Marie! —Grité— ¡de ella hablo! ¿Por qué, Edward?, ¿por qué me engañaste?
— Yo… Bella… — se veía tremendamente confundido, pero a mí no me convenía que lo dejara hablar.
— ¡Contéstame! ¿Por qué me engañaste? — y lamentablemente, para mí, algo pareció explotar dentro de él.
— ¿Me dices eso a mí? tu, quien me mintió e inventó que tenía una hermana— abrí los ojos sorprendida—. Si, Bella, yo sé eso… ¿crees que no me daría cuenta? ¿Qué no te reconocería tu cuerpo, tus ojos detrás de las lentillas… tu boca?...
Mon solei = mi sol.
Bonne nuit, mon petit chou = buenas noches, mi pequeña calabaza.
Holaaaa ¿cómo han estado? Yo bien, siendo un poquitín mala por dejar las cosas así.
Como le dije a Karmina por facebook cuando le devolví su comentario, las personas que están demasiado ciegas es difícil que sufran, pero llegará un momento en que todo se les venga encima... y en esta historia ambos protagonistas lo están pero por cosas distintas cada uno. Gracias a ti Karmina por el apoyo a través de face, y como siempre a Nathalia Valencia por su compañerismo infinito.
Edward es muy determinado y en el capítulo anterior fue mas o menos confundido por la llamada que le hizo Bella cuando estaba en el baño, pero el tenía claras las cosas desde antes... bueno, eso ya lo veremos :)
El prox capi no tardará mucho en salir así que les dejo un adelanto:
— ¿Cómo están tú y tu puta, Edward? — me tensé al escuchar la voz de James a nuestras espaldas. Edward despegó sus labios de los míos con los ojos cerrados conteniéndose por la furia.
— ¿Por qué no dices las cosas de frente? Hazte hombre, dime lo que tengas que decirme y luego lárgate.
— Ya que la pequeña Marie se quedará en silencio y no nos molestará, te lo diré aquí— le dio a Edward una mirada burlesca—. ¿Qué diría Charlie si se entera de todo esto? La zorra que tienes a tu lado era mi novia y ustedes me traicionaron— no se veía para nada afectado—. No puedes traicionar a tu familia, Edward.
Aquí realmente correrá sangre... y no es una expresión que utilizo, es la realidad :S
Espero que estén bien, que en el próximo capítulo aclaremos tooooooooodas las dudas y que les haya gustado este cap.
Un abrazo,
Isa :)
