Lo único mío es la trama.
Muchísimas gracias por leer y seguir esta historia :)
Sonó dos veces más y pude escuchar por fin su voz. Cerré los ojos y casi me dejo llevar por las sensaciones y el dolor de mi abdomen.
— ¿Edward? — ella casi parecía desesperada y me alegré de eso. Por lo menos había un indicio de que le importaba… mejor aún era que no había preguntado por James.
— Ayúdame…— susurré. Imaginé el jadeo que había salido de sus rojos labios y con las pocas fuerzas que tenía le dije donde estaba. No supe si respondió algo o si me cortó la llamada ya que después de eso mi vista se nubló y un pitido se escuchó en mis oídos, durmiéndome hasta no sé qué momento.
.
7. El rescate
.
.
Dicen que el proceso que ocurre cuando uno deja de ser débil y se convierte en alguien fuerte es doloroso, pero ahora, después de escuchar la voz de Edward casi sin vida por el teléfono, yo era todo menos fuerte, más débil que una hoja quebradiza en otoño y dolía a horrores, entonces no sabía si pudiese haber algo más doloroso que esto.
No me demoré en correr hacia el subterráneo y verlo tendido en el piso de cemento cubierto por su propia sangre. A unos pasos más lejos que él se encontraba James en casi las mismas condiciones que Edward, pero la diferencia estaba en que uno respiraba y el otro no, en que uno tenía el rostro desfigurado y sólo se notaba por su cabello rubio… y el otro no. Afortunadamente para mi, Edward había salido mejor parado de esta pelea, pero eso no significaba que sufriera menos.
Yo no podría sola con esto y tenía muy poco tiempo para llamar a alguien, aún así llamé a Jacob para que recogiera el cuerpo de James, si es que alcanzaba, y lo tirara en algún depósito de basura; yo mientras tanto, tomé el coche de Edward y entré al subterráneo con él. El tiempo no me sobraba y yo no tenía tantas fuerzas como para arrastrar a un hombre corpulento hasta la salida por lo que fue mucho más fácil arrastrarlo hasta la puerta del coche.
Entonces recordé a Samuel, mi primer novio que estudiaba medicina y todas las indicaciones médicas que me decía cuando me pedía que lo ayudara a estudiar. Edward estaba casi desangrándose y no debía permitir eso, según Samuel no, por lo que desgarré su camisa e hice un torniquete con ella en su estómago.
El era un buen chico y casi me siento enamorada de él pero supongo que nunca fue lo suficiente porque no llegué a sentir más que cariño, a pesar de que fue la primera persona con la que estuve realmente relacionada como pareja y mi primera vez en tener sexo.
Desesperada y sin preocuparme si atropellaba a alguien manejé hasta el Hospital de Chicago, pero la realidad me golpeó al segundo después: Edward se estaba desangrando, pero el mató a James. Si lo llevaba al hospital iban a hacer preguntas y probablemente el terminaría en la cárcel.
Mierda. Golpeé mi cabeza con el manubrio y comencé a repasar las famosas clases de Samuel, pero no recordaba nada. Justo en estos momentos me quería matar por tomar tanto éxtasis y tener mala memoria por eso.
Decidida tomé el revólver de Edward y lo guardé en mi bolso por si las dudas. Debía conseguir un doctor de cualquier forma, y pensando en ello me bajé del auto y corrí hacia la entrada de Urgencias del Hospital. Miré a mi alrededor buscando a alguien que me pudiera ayudar, por lo menos a la fuerza; pasaron varias enfermeras preguntándome si necesitaba algo pero yo sólo negaba con mi cabeza, hasta que vi por fin un cabello castaño igual al mío que se me hacía muy familiar. El hombre dueño de ese cabello se volteó e inmediatamente reconocí sus ojos, agradeciendo a mi suerte y a Dios por ponerlo justo ahí cuando lo necesitaba. Era Samuel.
— ¿Bella?, ¿eres tú? — sonaba asombrado pero yo no podía explicarle nada.
— Samuel, necesito tu ayuda— sollocé—, por favor.
Samuel no esperó a que le explicara mucho y Edward fue rápidamente trasladado en una camilla mientras yo me quedaba en la sala de espera aguardando por alguna noticia y por Samuel para explicarle todo. El demoró casi una hora en llegar y cuando lo hizo venía con un uniforme azul y sacándose unos guantes de látex ensangrentados.
— Perdona— dijo mirando los guantes y guardándoselos en su bolsillo despreocupadamente—, necesito hablar contigo, ¿tienes un minuto? — asentí y me indició que pasara a la que supuse era su oficina.
— ¿Cómo está Edward? — fue la primera pregunta que salió de mi boca.
— Mal, muy mal— dijo con los labios apretados—. Perdió mucha sangre y ahora estamos haciéndole transfusiones, pero no sé si resulte. Además, la bala fue directo a su estómago por lo que hay que operar y ver si se puede reparar todo eso— levantó sus ojos oscuros y me miró fijamente—. Yo no sé si el se pueda recuperar, Bella. — solté un grito ahogado y me tapé la boca con una mano. Mi pecho dolía y de repente sentía la necesidad de acariciarlo para ver si así alivianaría el dolor, pero nada parecía funcionar. Lloré contra el escritorio de Samuel intentando calmarme en vano, intentando pensar que E Edward estaría bien.
Samuel acarició mi cabello y murmuró palabras de aliento que lograron reconfortarme un poco. Tomé el pañuelo que él me ofrecía y sequé mis lágrimas.
— Se nota que lo amas mucho— musitó con el ceño fruncido y quise corregirlo, pero no valía la pena—, pero bueno— se aclaró la garganta y me dio una media sonrisa—, no quería hablar contigo de eso, sino que quiero que me digas qué sucedió exactamente, necesito llamar a la policía. — el color de mis mejillas seguramente me abandonó de inmediato y tomé mi bolso un segundo para apretar el revólver de Edward que había guardado ahí cuando lo saqué del subterráneo.
— Por ningún motivo— dije categórica—, tu no llamarás a la policía. Lo que sucedió fue un accidente y con eso debe bastar.
— Así no funcionan las cosas en este hospital, Bella, y si no me dices de todas maneras llamaré a la policía para que investigue y no me importará…— suspiró— no me importará que seas tú quien pueda ir a la cárcel— miró sus manos unos momentos y luego volvió a hablar—. ¿Y que pasa si el muere?, ¿no has pensado en eso? Quedaría como un crimen sin resolver.
— El no morirá— dije apretando aún más el revólver escondido en mi bolso—, y tú harás lo posible para que eso no pase.
— Entiende, Bella, las posibilidades son muy escasas. — entonces no aguanté más y dejé el revólver sobre la mesa. Samuel se sobresaltó y me miró con ojos aterrados y asombrados.
— Así están las cosas, o lo ayudas y no llamas a la policía o te mato, y que no te confíes de mi tamaño o de que soy mujer porque lo he hecho otras veces. A penas tus dedos tomen ese teléfono— señalé al de su escritorio— o quieras tomar el de tu bolsillo, yo dispararé y no me arrepentiré.
— Bella… tu no… no puedes…
— Claro que puedo— dije—, y no se te ocurra decirle esto a alguien o llamar cuando estés afuera, porque si algo le pasa a Edward te culparé a ti y te daré caza hasta que estés pudriéndote en la tierra— me levanté y apoyé mis manos en su escritorio—. No me importa nada y no importa cuánto me demore, pero te haré pagar, Samuel— susurré y miré distraídamente la foto que tenía de una pequeña niña castaña y sonreí para mí—. ¿Ella es tu hermana Clarisa? Hace mucho que no la veía. Tú la cuidabas demasiado y supongo que la sigues cuidando, y por eso mismo irás ahora y harás todo lo posible para que Edward, tú y yo salgamos bien de todo esto. — afirmó y en sus ojos había más tristeza que resignación. Antes de que saliéramos por la puerta me tomó del brazo y me miró fijamente.
— Me das tanta lástima Isabella y me doy tanta lástima también, porque yo no te recordaba así, y no sé si siempre amé a una persona que fingía o estuve muy ciego y nunca te vi realmente, pero tú no eras así, nunca lo fuiste— fruncí el ceño y lo miré con una sonrisa sarcástica—, y por eso te ayudaré, porque quiero por lo menos darte un poco de tranquilidad, tú no estás bien— apreté mis dientes. El no me veía hace casi tres años, ¿por qué hablaba como si estuviéramos juntos aún? —. Tu secreto o el secreto de ese Edward está a salvo, pero no me pidas que acepte todos estos cambios que tienes.
—Todos cambiamos, Samuel, no deberías sorprenderte, y no te pido nada porque justamente eso somos, nada. — no esperé a que me respondiera, salí y me senté en la silla más cercana a la puerta por la que después entró Samuel para revisar a Edward, supuse.
Encorvada y con el rostro entre mis manos cerré los ojos para tranquilizarme un rato y hacerme preguntas que sabía no tendría una respuesta clara.
¿Qué pasaba con Edward?, ¿por qué de repente doy todo por él? Si hasta incluso llegué a amenazar indirectamente a Samuel con hacerle algo a su hermana menor, algo de lo que nunca sería capaz pero que era necesario decir en ese momento. También había llorado por él, pedido para que se salvara y casi orado. Luego de seis años había recordado la existencia de Dios en mi mente y eso ya era extrañísimo, más aún la desesperación en la que estaba, los nudos en mi pecho.
Pasé frenéticamente las manos por mi rostro y mi ya desordenado cabello. Y no podía dejar de sentir culpa porque si yo no hubiese tenido la maravillosa idea de jugar a dos bandos, Edward no estaría involucrado en mi miseria; si yo no hubiese inventado a "Marie" como mecanismo estúpido de protección, quizás hasta no estaría con James. Y si yo no le hubiese reclamado por acostarse conmigo, pero con otra persona a la vez, el no tendría que haberse marchado del departamento y difícilmente nos hubiésemos encontrado con James en el elevador.
En resumidas cuentas, todos los caminos llevaban a que yo tenía la culpa de todo, como siempre.
Inclino la cabeza en la pared dejando mis ojos fijos en el techo blanco del hospital mientras mi mente comienza a divagar, a recordar mi estúpida existencia:
.
.
Algún lugar cerca de Forks, Washington. Noviembre del 2007:
.
Aquí con los brazos apoyados en el lavabo del baño de la discoteca en la que estoy no me puedo sentir más deplorable. No recuerdo el nombre de este sitio, sólo sé que estoy en algún lugar de alguna ciudad cercana a Forks, posiblemente.
Todo el maquillaje espeso y oscuro de mis ojos se ha corrido dándome la apariencia de un mapache infeliz. Mi cabello desordenado y alterado parece no tener vida, pero tiene algo de estilo, creo yo. Sonrió torpemente ya que mis labios secos y pálidos sostienen con fuerza mi cigarrillo que se ha transformado en mi mejor amigo, casi.
De repente me siento asfixiada y muy, muy sudorosa. Me ahoga el olor a encierro, a mierda y a licor, y los gemidos, golpes y garabatos que dan los demás. Cínicamente pienso que la gente debería hacer algo mejor con sus vidas, como si yo fuera un ejemplo de buen comportamiento.
Camino hacia el exterior no sin antes dirigirme hacia John, quien con sus ojos rojos me espera. Está perfectamente drogado, ido y borracho para mis propósitos. Perfectamente.
No digo nada, solo lo tomo de su cabello castaño y le doy un beso. Uno de esos grandes a los que pareciera nunca estaré acostumbrado y con los que puedo sentir el sabor agrio y feo de su boca. El no es un buen vendedor porque se toma y aspira su propia mercancía.
Mis manos juegan a lo suyo y toman todo lo que quieren de él.
Cuando nos separamos el me mira más ido que antes y le enseño la pastilla color rosa de éxtasis que acabo de sacar de su bolsillo. John medio sonríe y me dice que será la única que me regalará. Sí, claro. El no sabe que tengo en mi otra mano su bolsa de pastillas y la otra que contiene los tripis. Soy bien hábil y John es demasiado tonto.
Le guiño un ojo y me despido con un suave beso, con el cual aprovecho de guardar en mi escote mis provisiones. Se ve medio ridículo y abultado, pero eso realmente no me importa.
Ya no le tengo miedo a nada, y quizás debería agradecer que nada me ha pasado durante los días en que me escapo y hago estupideces porque en cualquier otra ocasión quizás estaría ya muerta o siendo parte de las miles de chicas traficadas. No sé que es mejor.
Suelo ser muy cobarde para unas cosas y para otras no tanto. Un ejemplo de ello es que no me da miedo caminar los dos kilómetros de distancia desde la discoteca hasta mi casa en Forks, lo he hecho ya varias veces, muchísimas, y además el efecto del éxtasis me ayuda mucho. En lo que si soy cobarde es en vivir.
No salí adelante, no viví cuando mis hermanos me necesitaron y mi madre murió, simplemente me dejé estar convirtiéndome en una chica de dieciséis años drogadicta y alcohólica. Era un puto desastre y debía reconocerlo. Y no era tan cobarde como para desear mi muerte o suicidarme, simplemente me lo aguantaba esperando morir el día en que el destino lo quisiera
Abrí con dificultad la botella de agua mineral que tenía en mi bolso y vacié la mayoría sobre mí para refrescarme. Mi celular súper moderno decía que eran las cinco y media de la mañana y que hacía una temperatura de menos dos grados en Forks, pero yo estaba muriéndome de calor.
Rebusqué la llave entre mis bolsillos hasta que di con ella, eso me tomó unos cinco minutos y otros diez me tomaron acertar en la chapa y finalmente abrir la puerta. Era todo un caos.
No sé cuánto tiempo pasé tendida en el sillón de la sala, sólo sé que cuando desperté tenía en la boca una sensación pastosa y me dolía la mandíbula, además que algo me picaba en mi vestido. Mis manos temblaron extrañamente cuando fui a sacar la pequeña bolsa de éxtasis y tripis.
Di un chillido al ver cuántas eran las de éxtasis. Muchos colores, podían haber más de cien y era totalmente feliz, por otro lado, los tripis eran la mayoría del Pato Lucas y del gato de Alicia en el país de las maravillas. Estaba en mi paraíso.
Me metí un tripi a la boca y jadeé de satisfacción al sentir ese sabor amargo mezclado con la poca agua que quedaba en mi botella. Paraíso, paraíso, paraíso.
Supe que estaba riendo tontamente, que mi saliva goteaba por mi boca mientras estaba tirada en el sillón. Todo era perfecto y los colores se veían tan nítidos. Se parecía como la película de vampiros que le gustaba a mi madre.
Mi madre…
Recordarla justo en este momento no me hizo bien. Ella estaría muy decepcionada de mí, pero ¿qué iba a hacer? No me quedaba nada.
Quizás sería mejor que me quedase en el centro de menores y viera a mis hermanos en el orfanato, pero yo no soy una niña de cuatro años, no me pueden comprar con un dulce –quizás si con LSD- y tampoco pueden castigarme y simplemente encerrarme. Tenía mis propias armas y a mis dieciséis años podía escapar perfectamente si quería, porque lo quería.
Pero volviendo al tema de mi madre…
Ella no merecía morir de esa forma, ni siquiera se bien como murió, o sea, sé perfectamente la forma en que murió, pero desconozco los sucesos que la llevaron a eso, sólo sé que un día llegué de clases y ella me miraba nerviosa, sus ojos estaban como los míos cuando se me pasa la mano con las pastillas o las líneas, con la clara diferencia de que ella no se drogaba.
Me pidió estrictamente que me encerrara en su habitación junto a Allan y Amelie quienes ya estaban arriba. No sabía lo que pasaba y no quería ir, pero ella con una fuerza que no había visto nunca antes me tomó del brazo y me llevó a rastras, susurrando un "los amo" antes de encerrarnos con llave.
Podría haber armado un escándalo, quizás gritar, pedir ayuda o saltar por la ventana, pero Allan me miraba ceñudo casi retándome a no hacer nada imprudente y Amelie se veía tan asustada que yo no podía dejarla sola.
Estaba decidiéndome por tirarme por la ventana cuando el sonido de la puerta de entrada siendo azotada nos alteró. En los pequeños labios de mi pequeña hermana se comenzó a formar un puchero, no podía con ello. Mi madre me necesitaba, sentía sus gritos, pero más me necesitaban ellos. Los abracé a los dos mientras veía como una solitaria lágrima caía por la mejilla sonrosada de Allan… el no debía llorar, con sus cuatro años no.
Dejé suaves besos en sus cabezas y me preparé cuando sentí fuertes pisadas por las escaleras viniendo justo hacia nosotros y con mamá gritando a la rastra.
Tenía algo claro, y eso era que obviamente mamá no quería que aquella persona nos viera a nosotros por lo que teníamos que escondernos o huir, y eso último quedaba descartado si se trataba de bajar por una ventana con dos niños de cuatro años, y esconderse quedaba reducido si el armario de nuestra mamá era pequeño y angosto, sólo nos quedaba la cama antigua de fierro. Estúpidamente.
Allan y Amelie se portaron realmente bien cuando les ordené esconderse bajo la cama. No podía ser de otra forma, ellos eran buenos niños.
Mamá gritó una vez más y yo realmente quería pensar que ella estaba bien y que quizás era sólo una confusión, que volveríamos a estar como antes cuando esto no estaba pasando. Sólo por precaución di una rápida llamada a nuestro vecino para que viniese a casa, no estaba demás.
Amelie tiró suavemente de mi cabello y me miró con ojos llorosos, yo traté de abrazarlos a ambos dejando que su aroma infantil me llenara y me hiciera ignorar todo lo que sucedía. Los gritos seguían y cada vez sentía que las cosas malas estaban llegando y las buenas huyendo, y por sobre todo, me sentía cobarde, culpable por no ayudar a mamá, por no tener la fuerza para ir y defenderla, porque sabía que si iba lo empeoraría todo.
Mamá seguía gritando ahí abajo y yo no podía esperar más. Debía defenderla ¿no? Con quince años quizás podía hacer algo provechoso, incluso como llamar a la policía, cosa que también hice antes de dejar un beso en las frentes de mis hermanos y salir de la habitación. Ellos permanecieron en silencio y no gritaron como yo pensaba cuando los encerré con llave.
Mi voz quedó atascada en mi garganta cuando vi el piso lleno de sangre roja y oscura, maligna y dolorosa.
En mi shock distinguí una figura corpulenta que me tomaba de los hombros y me arrastraba hacia algún lugar. Una pastilla amarilla fue metida en mi boca rudamente y luego fui nuevamente llevada al salón de la casa. Cerré mis ojos fuertemente cuando vi el cuerpo sangriento de mi madre sentada sobre el sillón; parecía como si aún estuviera viva y me alegré de eso enteramente, ya que en efecto respiraba. Aún así no pude evitar intentar dar un grito que sólo resultó ser un quejido inaudible.
Estaba segura de que la persona que me había tomado era un hombre. Por sus manos y su forma brusca lo podía deducir. Este hombre me pasó sus brazos por mí alrededor por más que intenté escabullirme, pero quedé medio atontada cuando dejó un golpe en mi cabeza. Sólo sentí el frío metal entre mis dedos, la textura encorvada de algo hasta que me di cuenta de que él estaba intentando poner una pistola entre mis brazos apuntando hacia mamá.
— Mira Reneé— dijo con voz siniestra—. Tu hija, sangre de tu sangre va a matarte, ¿qué piensas de eso? Quizás, después de todo, sí se parece a su padre. — mamá soltó un quejido que me llegó al corazón e intenté soltarme más que nunca y gritar, pero mis brazos se sentían flácidos y mi lengua sin vida. Pensé que la pastilla amarilla tenía algo que ver en todo eso. Finalmente, con un golpe en mi espalda y mis ojos cerrados, alcancé a sentir como mis dedos eran presionados nuevamente y el sonido infernal de la bala se expandía por toda la casa.
— Puedes darle gracias a Charlie Swan Goodrich. — La voz áspera resonó en mis oídos y no entendí lo que dijo, pero sin embargo nunca se me olvidó.
Finalmente dejé de sentir su presencia y escuché el sonido de la puerta de entrada abriéndose. Un jadeo masculino que mis oídos escucharon, pero mis ojos nublados no vieron de quien se trataba.
Y yo sabía lo que veían. Una muchacha con aspecto roto aún apuntando con un arma a su madre quien yacía muerta en un sillón. Poco tiempo después, policías y más policías.
Desde ese día dejé de creer en Dios porque definitivamente el no me ayudó en nada, ni siquiera tuvo misericordia de mis hermanos que quedaron sin madre, y estaba segura de que esto no era un obstáculo en mi vida que debía superar porque difícilmente se puede tener una enseñanza o moraleja de todo esto. También dejé de creer en policías porque ellos sabían que yo no había matado a mi madre, y aún así me culparon y me metieron a un hogar de menores mientras esperaba tres años para ser mayor de edad e ir a la cárcel.
Los oficiales de Forks podían haber tomado muestras de que estaba drogada, de que tenía las huellas digitales de ese sujeto en mis brazos o de que simplemente, yo, una quinceañera en ese entonces no tenía la fuerza suficiente como para disparar una bala sin que mi cuerpo saliera proyectado hacia atrás. Tampoco sabía manipular un arma, tampoco las horas calzaban y aún así yo fui la única culpable.
Una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla al recordar todo eso. Yo sólo era una niña, ¿qué razón lógica tendría para matar a mi madre? Era tan estúpido, pero aún así la policía no me creyó y los habitantes de Forks comenzaron a verme como si fuera una escoria humana.
Pudo haber pasado una semana en que no sabía nada reconfortante sobre el estado de salud de Edward, pero yo seguía ahí, en el mismo hospital sin moverme porque por otra parte tenía miedo de salir a la calle. Jacob me había dicho que cuando fue a buscar a James la policía ya estaba ahí y Emmett también, y por lo mismo le pedí que entrara a mi departamento y sacara todas mis cosas con las de Edward porque estaba segura de que no nos quedaríamos en Chicago por un buen tiempo. Tenía tanta confianza con Jacob que no me importó si encontraba algo extraño y ahora las maletas estaban en el auto de Edward en el estacionamiento del hospital, esperando para que el despertara.
Y me pregunté si sacando las cosas del departamento estaba haciendo todo bien, porque realmente yo no conocía el mundo de Edward, pero recordé sus palabras varias semanas antes y supe que estaba en lo correcto:
El me tenía abrazada con mi espalda pegada a su pecho mientras disfrutábamos los últimos vestigios del placer que nos había consumido minutos atrás. Con mi mano en uno de sus fuertes brazos acariciaba la pequeña cicatriz que tenía ahí.
— ¿Qué te pasó ahí? — le pregunté.
— Fue en una pelea, hace mucho, mucho tiempo. — asentí y me giré en sus brazos para apoyar mi oído en su corazón que latía frenético— Si alguna vez…— comenzó y levanté mi vista para ver sus ojos nerviosos— si alguna vez me pasa algo, cualquier cosa, no debes quedarte en Chicago, Bella. Hace tus maletas y aunque sea huye a otro estado, pero nunca te quedes en Chicago. — lo miré confundida y quise preguntarle más, pero sus hombros tensos y su mirada me decían que era mejor dejar las cosas hasta ahí.
— ¿Señorita Isabella? — la enfermera que prácticamente ya era casi mi amiga llegó a mi lado interrumpiendo mis pensamientos. Ella todos los días me traía una manta y me obligaba a ir al baño a ducharme o a la cafetería a comer— El doctor Samuel la espera en su oficina. — asentí y me paré con pereza. Mi relación con Samuel tampoco había mejorado porque él seguía viéndome como si fuera la peor persona de la vida, y yo seguía amenazándolo.
Era fácil porque él podía decir no creerme y aún así llamar a la policía o alertar a cualquier autoridad, pero yo podía conseguir los recursos como para perseguirlo y hacer algo con él después de eso.
— Isabella— dijo con tono formal cuando me vio—, ya puedes pasar a ver a Edward, despertó hace unos segundos. — una sonrisa inmediata se instaló en mis labios. Lo había estado esperando desde hace días porque yo no tenía más refugio que él y tampoco lo podía abandonar a su suerte, además quería respuestas sobre la muerte de James, no es que me importara.
Prácticamente corrí por el pasillo y llegué hasta su puerta, al cruzarla me encontré con él que miraba ausente hacia la ventana. Cuando me sintió se giró hacia mí y me miró con una sonrisa.
— Bella— murmuró con sorpresa y suavidad—. No pensé que estarías aquí. — sonreí y tomé su mano mientras me sentaba a su lado.
— Estoy tan feliz ahora que estás bien— dije sinceramente y me incliné para darle un suave beso. El me correspondió con ganas y dejó una de sus manos en mi rostro para acariciarlo—. Ahora sí que tenemos muchas cosas de que hablar— lo sentí tensarse y al mirarlo me di cuenta de que había miedo en sus ojos.
— Yo… Bella...
No era necesario que me dijera nada ahora, yo no quería explicaciones a medias porque cuando él me dijera la verdad tendría que ser completa y yo tendría que ser lo suficientemente consecuente como para decirle toda mi verdad a él. Éramos casi un equipo, por lo que supongo que debe haber confianza y ninguna mentira entre nosotros.
— No es necesario que digas algo ahora, Edward— musité—, esperaré a que estés bien.
— Gracias. — dijo con sinceridad y alivio acariciando con su pulgar el dorso de mi mano.
— ¿Qué pasará ahora? — pregunté mientras seguía mirando cómo me acariciaba.
— Debo huir, pero no ahora. Necesito estar recuperado por si tengo que defenderme o defenderte— me miró a través de sus pestañas y sonrió levemente—. Pienso que debes irte conmigo, por lo menos hasta que todo esté más calmado. — asentí y miré mis manos.
— Saqué las cosas del departamento, no quiero volver allá— musité arrugando la frente. Habían varios malos recuerdos en ese lugar—. Recordé cuando me dijiste que no debía quedarme en Chicago si algo pasaba— el sonrió con ternura y llevó su otra mano a mi mejilla—, por eso estaba esperando a que despertaras porque tengo todo listo para que nos vayamos a Oregon— sonreí a modo de disculpa—. Es lo más lejos que pude encontrar en poco tiempo.
— Está todo perfecto. — estiró sus labios cómicamente y tuve que inclinarme para besarlo.
.
/°/
.
Edward cargó las maletas hasta el porche mientras ambos tratábamos de evitar mojarnos demasiado con la sorpresiva lluvia que nos recibió en Oregon. Estábamos cerca de Forks y no podía dejar de pensar en que también estaba muy cercana a mis hermanos, pero eso no hacía posible que los fuera a ver porque Edward no sabía de sus existencias.
Cuando salimos en la mañana del hospital, me extrañó mucho la expresión que puso Edward en su rostro al conocer a Samuel y mi ceño se arrugó al pensar que estaba celoso, ¿sería eso posible? Recordé la forma en que me dijo que yo era suya antes de que James nos interrumpiera hace días atrás, y si, Edward podía ser muy celoso.
Aún tenía mi cabeza revuelta y necesitaba pensar, el problema es que no tenía el tiempo ni el espacio para hacerlo. Me sentía tan asfixiada.
Con una sonrisa juguetona se volteó luego de dejar las maletas y me miró mientras sacaba la llave de sus pantalones. Bajé la mirada avergonzada, ya me estaba acostumbrando a hacer eso y sabía que el notaba que era algo extraño, pero yo no podía seguir como antes al saber que él era una persona tan… ¿poderosa?
Sabía que Charlie Swan tenía escondido un gran imperio de empresas, joyas, autos y dinero, que tenía a miles de hombres trabajando para él y a otro centenar esperando ocupar el puesto del que cometiera un solo error, y también sabía que todo eso debía estar escondido de los superiores de él en Francia. Y estúpidamente, no pensé que Edward podía llegar a compararse con Charlie, por lo que cuando vi al helicóptero bajar en la azotea del hospital, quedé con mi mandíbula colgando sin posible reparación, más aún ahora al ver la hermosa casa que había conseguido en Oregon.
Sentí como la puerta se abría y después su mano tomando la mía con ternura. Sus ojos brillaban con expectación por la conversación que nos debíamos.
— ¡Edward! — chillé patéticamente cuando sin aviso me alzó en sus brazos y caminó conmigo hasta entrar por la puerta. El me miró divertido y me dejó sobre un gran sofá blanco antes de ir por las maletas.
— ¿Quieres tomar una ducha? — Me preguntó cuando llegó hasta mí—. El viaje debió ser agotador para ti, mientras estás en el baño yo cocinaré. — y parecía que no terminaría nunca de hablar y de divagar.
— No, Edward— dije con el ceño fruncido—, quiero que hablemos ahora. — sus hombros se tensaron y dejó caer pesadamente los brazos en sus costados, me miró con derrota y asintió.
— ¿Qué te parece si me preguntas y yo respondo? Es mucho más fácil para mí. — asentí y esperé a que se sentara a mi lado.
— Lo que sucedió con James…—no me atrevía a decir aún que él lo había asesinado— ¿es primera vez que lo haces? —pregunté con cautela.
— No, he matado a muchas personas más. — me sorprendió la frialdad con la que decía eso, como si fuera un simple trámite que debía concretar cada día. Asentí con mis labios apretados.
— ¿Es por tu trabajo?, ¿Charlie te pedía que lo hicieras?
— ¿Has visto o leído "el padrino" alguna vez? —Me preguntó y yo asentí—, bueno, yo soy lo más parecido a una mezcla entre Sonny Corleone y Tom Hagen. — repasé los nombres en mi cabeza, tratando de recordad la película que una vez vi con mi madre y el libro que Alice una vez prácticamente me obligó a leer. Mis ojos se abrieron rápidamente al verificar con horror la clase de trabajo que tenía Edward.
— Y Charlie era Don Vito Corleone, ¿cierto? — completé por él—. Es obvio que asesinaban, ya lo dijiste— seguí hablando—, pero ¿qué más hacían? Necesito comprenderlo, Edward.
— Tienes que entender, que en Estados Unidos, esto recién está empezando. Faltan cuatro familias para completar el "grupo" que teníamos en Francia, ellos ya estaban por llegar— torció el gesto—. Los hombres, por supuesto, hacíamos el trabajo sucio y algunas de las mujeres sólo aparentaban y fingían no saber que sus esposos asesinaban, traficaban drogas e incluso estaban ligados al tráfico de personas; pero aún así todas apoyaban.
— James nunca me dijo nada de eso, ni siquiera lo insinuó. —murmuré.
— Uno no debe hacerlo, Bella. Nunca, pero nunca debes traicionar a tu familia. La moral es muy fuerte y debes cumplir con ciertos "mandamientos", por eso James no te podía decir nada, ni siquiera yo— dijo—. Cuando James te hubiese propuesto matrimonio, lo más probable es que hubieses sido una más de la familia y el entonces podría contarte todo, pero siempre dejando guardadas algunas cosas.
— ¿Qué mandamientos tienen? — era casi absurdo preguntar eso.
— Algunos son bastante estúpidos pero aún así rigurosos, los más importantes son: No desearás a la mujer del prójimo— me dio una mirada avergonzada—, prohibida cualquier tipo de relación con la policía; estar disponible en cualquier momento, incluso si la mujer está a punto de dar a luz; decir la verdad a cualquier pregunta y en cualquier situación.
— Tú… has roto varias reglas — suspiré. Edward me tomó de las manos y me hizo mirarlo.
— Todas las he roto por ti— susurró—. Te deseé a ti, la mujer de James, desde el primer día que entraste por la puerta de la mansión de Charlie; traicioné a toda mi familia y obviamente no les he dicho toda la verdad sobre algunas cosas, y ahora… y ahora te he contado todo sobre mi, lo que tú nunca debías de saber. — bajé mi mirada y pensé sobre todo lo que me había dicho.
— ¿Qué pasaría si yo te traicionara; si fuera con la policía o con cualquiera y te denunciara, o le dijera tu paradero a Charlie?
— Probablemente moriría— dijo—, pero algo muy fuerte me hace confiar en ti.
— ¿Dónde está tu verdadera familia? — le pregunté.
— En Strasbourg, Francia. Ellos no saben en lo que trabajo, piensan que estoy haciendo un doctorado aquí.
— ¿Fuiste a la universidad? — abrí los ojos impresionada.
— Por supuesto, soy cardiólogo— sentí que el aire se atascaba en mis pulmones y no alcancé a decir nada porque él se había inclinado y me había besado cerca del hueso de mi clavícula—, reparo corazones.
— ¿Eres doctor? — musité aún sorprendida.
— Si, y es irónico como una persona que debería salvar vidas, se convierte en un monstruo y mata sin piedad. — me acurruqué contra el queriendo consolarlo, aunque era difícil decirle que él no era una mala persona.
Y lo más probable para mí en estos momentos era que las buenas y las malas personas no existían, en cambio de eso, sólo vivían las personas que cometían errores, y algunos cometiendo más errores que otros.
— No eres un monstruo, eres sólo alguien que se ha equivocado bastante, al igual que yo. — me tomó de la cintura y nos hizo recostarnos en el sillón, con mi espalda pegada a su pecho.
— Ahora, ¿me contarás tu historia? — me volteé para mirarlo a la cara.
— ¿Puede ser en un tiempo más? Yo no he hecho nada malo, si es lo que te preocupa. — pero lo haré, me faltó decirle.
Edward asintió y me preguntó: ¿Qué piensas de todo lo que te dije? — escondí mi rostro en su pecho, esperando encontrar las palabras correctas.
— No lo sé— murmuré—. Yo no puedo juzgarte, Edward, y no sé qué pensar.
— ¿Te irás?
— No me alejaré de ti— lo abracé y respiré en su manzana de Adán que se movía suavemente—. Confiaste en mí, yo confié en ti y no me iré.
Quedé casi sin posibilidad de ver y respirar cuando sus brazos me aprisionaron más fuerte contra él. Yo no me iría ni dejaría que él se alejara de mí, no cuando sentía todas esas cosas extrañas cada vez que me tocaba y me miraba.
.
Edward
.
Habían pasado más de tres semanas desde que estábamos en esta cabaña de Oregon. Me dolía la forma en que casi Bella estaba recluida porque ninguno de los dos podía salir siquiera a recorrer los pueblos cercanos, era demasiado peligroso. Ella se veía cansada, ausente y casi sin vida, y yo sabía que era por lo que le dije el primer día que habíamos estado acá: mi retorcida vida y mi jodido trabajo, ¿cómo podía esperar a que ella estuviera tal y como antes?
Yo estaba aún más tenso revisando todos los días los noticieros y leyendo los periódicos por internet, y eso tampoco me ayudaba en mi relación con ella ni en la fina cicatriz rosa que tenía en mi estómago.
Había ido a buscar leña para la chimenea. La ciudad de Florence era muy fría y con Bella eso lo sentíamos todas las noches y buscábamos, sin otro remedio, la forma de entrar en calor mutuamente.
Cerré las puertas y ventanas como lo hacía cada noche después de prender la chimenea mientras sentía los suaves pero evidentes pasos de Bella por el segundo piso. Pensé que fue una buena idea irme con ella lejos de todo, porque aquí ni siquiera permitía la entrada de las personas que antes habían venido a hacer el aseo y a dejar provisiones, sólo Bella y yo.
Me quité la camisa y me dejé caer sobre el sillón blanco, enterrando mi rostro para intentar relajarme. Lo necesitaba porque Bella no era feliz de esta forma, y ella no se podía marchar de mi lado menos cuando yo le había revelado prácticamente todo. Sentí sus pasos de gatita por la escalera, pero no me moví esperando que ella viniera hacia a mí, y cuando lo hizo, ahogué un gemido que era más parecido a un grito en la tela mullida del sillón.
Mon Dieu, mon Dieu…
Sus pequeñas manos acariciaron mi espalda desnuda con un líquido suave y cálido, el aroma a chocolate se esparció por todo el salón.
— l'huile d'chocolat. — me estremecí al escuchar aquellas palabras en un extraño acento francés donde era evidente que ella aún no lo dominaba, pero eso no importaba porque yo le enseñaría pronto.
Sus manos siguieron acariciando y relajando mi tensa espalda, ¿cómo ella sabía lo que justo debía hacer? Mi mujer era magnifica.
Otro gemido se escapó de mis labios cuando sus uñas se clavaron en el interior de mis pantalones, casi llegando a mi trasero. Poco después sentí como me descalzaba y se deshacía de mis medias, para luego luchar con el botón de mis pantalones. Levanté mi cadera para que ella se deshiciera de toda la ropa que me quedaba y solté una maldición cuando sentí que se ponía a horcajadas de mí, revelando que no llevaba nada más que un camisón azul oscuro de seda.
— Bella…— gruñí— ¿porqué me haces esto? — soltó una risita y sus manos siguieron masajeando mis brazos y mi espalda, y de vez en cuando ella dejaba un beso en mi cuello o en mis omoplatos.
Cuando comencé a sentir el estado en que ella estaba y su humedad en mi espalda, decidí que no iba a soportar más, y con delicadeza me volteé para tomarla de la cintura y recargarla sobre mí.
Me paré y la recosté sobre la alfombra blanca, que junto a su piel y la su camisón azul hacían que pareciera casi irreal, con sus ojos ardiendo por el calor del fuego que nos abrazaba y los tirabuzones castaños de su cabello adornando alrededor de su rostro.
Parecía casi increíble la manera en que ella seguía estando aquí conmigo y mi parte desconfiada me decía que lo hacía sólo por su propia protección, en cambio la parte ilusa me decía que debía creer en ella y en estos momentos.
Permití que mi temblorosa mano viajara hasta su hombro y deslizara suavemente la tira que lo mantenía sujeto a su cuerpo y la que me impedía ver lo que escondía debajo, lo que yo ya conocía de antes pero siempre estaba ansioso de ver.
Dejé suaves besos por la porción de piel cremosa que había dejado al descubierto y seguí hasta su mentón para llegar finalmente a sus labios rojos. Un sensual gemido brotó de ellos al besarlos con mayor intensidad y al bajar ambos tirantes de su pijama. Puse mis manos sobre sus pechos y antes de que pudiera dedicarme a atenderlos por completo, me quedé absorto mirando la calidez de su piel pálida en contraste con la mía, que era un poco más oscura.
¿Cómo un monstruo como yo podía siquiera tocarla? Un mes atrás había matado a James con estas manos, ¿cómo la perjudicaba de esa manera? Bella pareció leerme el pensamiento y tomó mis manos para dejar suaves besos en ellas.
— No pienses — susurró—, sólo somos nosotros dos. — asentí y le hice caso, porque habían muy pocas cosas a las que yo le respondería con un "no".
Y no sé como sucedió, pero de repente me encontré con ella en mis brazos y su espalda pegada a mi pecho, mientras en entre mis piernas se retorcía y se restregaba contra mi evidente erección. Suspiré con satisfacción al sentir su pequeña mano dirigirse a el lugar en donde más la necesitaba en estos momentos.
Besé la dulzura y suavidad de su largo cuello infinitas veces esa noche; acaricié su estrecha cintura, sus piernas largas y blancas, y sus pechos redondos, ahogado en mis propios gruñidos y gemidos cuando la sentía responder de tan buena forma a mis caricias.
— Mi Isabella, mi hermosa Isabella. — murmuré en su oído mientras embestía contra ella, aún sin estar en su interior.
— Edward… ya por favor. — gruñó estirando sus brazos hacia atrás y acariciando mi rostro. Cumplí sus deseos tomando con fuerza sus caderas y poniéndola sobre mi erección.
Con un suspiro y un gemido de alivio, nos entrelazamos y comenzamos a movernos frenéticamente, sintiendo como sus paredes me estrechaban y su calidez y suavidad me rodeaban. Bella era tan perfecta.
Besé su columna vertebral y bebí las pequeñas gotas de sudor de su espalda, Bella tomó una de mis manos y la llevó hacia su sexo, incitándome a cumplirle sus deseos e introducir sus dedos en aquel lugar húmedo.
— Mmm, eres tan deliciosa— gemí—, ¿te gusta así, bebé? — pregunté antes de cubrir sus labios con los míos.
Seguimos moviéndonos hasta que sentí como su interior me apretaba cada vez más. Un grito ahogado brotó de sus labios y luego la sentí casi desfallecer en mis brazos por el cansancio, yo en cambio, arremetí contra ella unas cuantas veces más y sentí como me corría en su interior.
Caí de espaldas con ella en mis brazos procurando que no se hiciera daño, Bella se volteó y se abrazó fuertemente a mi pecho.
Sentí su delgado dedo acariciar la cicatriz rosada de mi estómago mientras ambos permanecíamos tratando de normalizar nuestras respiraciones.
— ¿Ya no te duele? — preguntó con dulzura. Los primeros días había tenido problemas cuando hacíamos el amor, pero el deseo era más grande y trataba de ignorarlo, ahora ya eso parecía no importar así que negué y sonreí al sentir como su mano despejaba el cabello que caía sobre mis ojos.
Vi sus ojos color café lindo que me veían de manera diferente, no tenían el velo apagado y oculto de antes y definitivamente ya no me rehuían cuando intentaba descubrir más de ella. Ambos sabíamos lo que estaba pasado, y no sólo de su parte sino también de la mía.
— ¿Te quieres enamorar, Bella? — susurré mientras la abrazaba más. Ella se sonrojó de forma furiosa y bajó la mirada a mi pecho, encontrando mucho más interesantes los vellos que tenía ahí.
— No lo sé— contestó sinceramente—. Quiero… que sólo las cosas pasen, ¿y tú?
— También dejaré que las cosas simplemente pasen— murmuré besando su nariz y acariciando su vientre, entonces recordé el golpe que ahí le había hecho James y fue inevitable nombrarlo: — ¿Qué pasaba con James? — no la miré sintiendo vergüenza de que ella pudiera ver mis ojos celosos.
— ¿Qué pasa con él? — preguntó de vuelta.
— Era tu novio. Sólo quiero saber cómo era su relación, si sentías cariño por él.
— ¿Estás bromeando? — Dijo con incredulidad— A James lo aborrecía, por muchas cosas y no sólo por los golpes. — apreté mis puños recordando eso. Definitivamente no me arrepentía de matarlo.
— Pero entre James, un maltratador y yo, un asesino, ¿a cual elegirías? — le pregunté. Sentí su mano en mi rostro acariciando mi mejilla e incitándome a mirarla.
— Si tuviera que elegir y si borrara de mi mente todos los defectos de James y los tuyos, te elegiría a ti, para besarme, cuidarme, protegerme, para estar conmigo y yo contigo— suspiró—. Y si no olvidara los defectos que ambos tienen, te volvería a elegir cien veces más. — sonreí con verdaderas ganas y me lancé sobre ella para acorralarla entre mi pecho y la alfombra. Bella soltó risitas de sorpresa, más aún cuando comencé a atacar su cuello y sus labios.
— Bella— murmuré con voz ronca cuando nos separamos para tomar aire—, me iré.
— ¿A dónde? — dijo separándose aún más y mirándome herida. La sostuve entre mis brazos cuando intentó escabullirse de ellos.
— Estados Unidos no es un buen país ahora para mí y pienso que lo mejor es ir a Francia a un escondite que tengo.
— Eso es… excelente— murmuró—. No estás recuperado aún, pero es por tu bien y si debes irte… hazlo. — miró hacia otro lado con el ceño fruncido y visiblemente enojada, entonces entendí que yo no me había expresado bien y que ella pensaba que yo me marcharía sin ella.
— No quiero obligarte a nada— comencé a hablar y por fin volví a tener su atención—, pero puedes ir conmigo, puedes huir conmigo. No estaremos mal y si tengo tanta suerte como creo no tendremos que estar escapando tanto una vez que estemos allá. Ven a Francia conmigo, Bella.
Me miró con los ojos bien abiertos y su boca formando una pequeña "o". Sus ojos volvieron a ser brillantes y lo supe: ella se iría conmigo.
.
Cementerio de Chicago, un mes atrás aproximadamente:
.
Todos miraban con solemnidad como el ataúd que contenía el cuerpo de James era deslizado lentamente hasta que quedó completamente bajo tierra. Se sentían los llantos de algunas mujeres que probablemente eran familiares de él y las miradas serias de sus compañeros de trabajo, el único que faltaba era Edward, por supuesto.
— ¡Cómo fue capaz de dar todo por una puta!, ¡de matar a su hermano! — gritó Charlie con rabia cuando él y sus hombres se alejaban del cementerio en un auto.
— No midió límites, no pensó y puso como prioridad a esa Marie, ¿qué importaba acaso si James se la follaba también? — gruñó Emmett.
— No debes desear a la mujer de tu compañero, Emmett— lo reprendió Charlie—. Edward sabía eso y sabía que Marie era la mujer de James, debió ignorarla desde un principio.
— ¿Y qué hará, señor? — preguntó Paul al que era en realidad su tío.
— El traicionó a su familia y ya no pertenece aquí— dijo con rabia—. Dejaremos que escape hasta que no pueda más, acabaré con él y luego con esa puta. — Emmett asintió y sonrió con satisfacción al imaginar qué futuro podía tener Edward y Marie.
— ¿Alguien sabe algo de él? — preguntó otro de los hombres de Charlie desde atrás.
— Están en el hospital de Chicago y piensan huir pronto porque he visto como desocupan el departamento de esa mujer— dijo Charlie refiriéndose a Marie—. Quiero que los dejen tranquilos por un tiempo, yo veré que hago con ellos.
— Rosalie tiene el número de Marie, puedo pedirle que la llame para averiguar más cosas. — Charlie movió la mano con desinterés frente a él.
— Si quieres hazlo, pero sólo dime las cosas importantes, no quiero saber toda la conversación estúpida que puedan tener esas dos mujeres. — Emmett apretó los dientes fuertemente al ver como Charlie comparaba a su Rose con una arpía como Marie, pero no dijo nada, en cambio se recargó contra el vidrio del auto y miró hacia el exterior siguiendo con sus ojos al auto rojo cereza que pasaba como bala por su lado. Él lo conocía, era de Tanya.
Tanya aumentó la velocidad hasta un punto que creía que iba a chocar con cualquier cosa mientras desde el cementerio de Chicago se dirigía hacia cualquier lugar en el mundo que pudiera calmarla.
Tomó su celular y comenzó rápidamente a marcar un número mientras con los ojos anegados de lágrimas trataba de visualizar la carretera en la que estaba.
— ¿Papá? — sollozó.
— ¡Hija! — Le respondió la voz profunda y ronca— ¿qué pasa, mi Tanya? ¿Acaso te hicieron algo?
— Mataron a James — lloró—, Edward Masen lo mató.
— ¿Cómo fue…? ¡Por Dios! Ese desalmado… ¿acaso no te dije que te alejaras de él y mejor te vincularas con otro perro de Swan?, ¿qué harás ahora?, ¿quieres que me encargue yo?
— No — trató de controlar sus lágrimas y suspiró—, yo veré que hago con él.
— Si necesitas ayuda, princesa, no dudes en pedírmela. James era un buen muchacho. — al volver a escuchar ese nombre, musitó una corta y fría despedida pensando que en haría con Edward.
Ojo por ojo y diente por diente, pensó, y la sangre sólo se paga con sangre.
Todo esto había pasado por culpa de Marie, y si descubría que Edward estaba muy enamorado de ella, probablemente su objetivo cambiaría y ya no fuera Edward con quien tenía que acabar. El definitivamente sufriría más si algo le pasaba a ella.
Tom Hagen: es un personaje ficticio del libro "El padrino" y sus películas. Sonny Corleone lo encontró en hogar al lado de los Corleone y posteriormente su padre, Vito Corleone, lo adoptó pero sin formalidades legales. Es bastante joven e inexperto cuando se integra a la mafia y se culpa a si mismo por la muerte de Sonny debido a su inexperiencia.
Sonny Corleone: hijo de Vito Corleone. Es duro, valiente, impulsivo y mujeriego; al final de su educación secundaria abandonó la escuela y se dedicó a los asuntos y negocios paternos, configurándose como la persona llamada a suceder a su padre al frente de la familia. De pequeño encontró a Tom Hagen, un pequeño huérfano de su barrio, y convenció a su padre para que viviera con ellos. Así, Tom se convirtió en un hijo más de la familia.
Mon Dieu: mi dios.
L'huile d'chocolat: aceite de chocolate.
Hola, queridas, ¿Cómo están? Yo cansadísima porque este dichoso capítulo tiene 8.424 palabras y por poquito es el capítulo más largo que he escrito en la historia de mis fics D: pero debía ser así. Personalmente y como lectora, tengo alergia a los capítulos largos, Ew, pero su ustedes me dicen trataré de hacerlos más largos.
Nuevamente gracias a todas las que me leen y me apoyan, me dejan sus dudas y un poco de su tiempo. Hubo una anónima que me pidió por favor que terminara ya la historia jajaj y bueno, debo decirte que falta harto para que termine.
Y el pasado de Bella... ufff ese lo tenía escrito desde hace mucho y quiero decirles algo: NO la martiricen. Estoy de acuerdo en que es algo muy trágico y que si me pasara terminaría más loca que Bella, pero eso de ninguna forma responde o la excusa de toooooodo lo que ella hará en un futuro cercano :S siempre lo usará como excusa, pero niñas, eso no basta.
No sé si es mi impresión, pero Edward y Bella estuvieron mucho más amorosos en este capítulo... y Tanya, ufff un jodido dolor de mi trasero, incluso mucho más que James, pero ahí veremos como la exterminamos. En realidad yo ya sé como acabar con ella jujujujju.
El próximo capítulo se titulará (si no hay ningún cambio): Francia para ti... y awww ya suelto lágrimas de lo diabética que quedaré por hacerlo.
Los dos adelantos que prometí:
— Ella es Amelie y el es Allan, son mis hermanos— suspiré—. Ahí tenían cuatro años, ahora tiene diez y están en el orfanato de Forks. — el frunció su ceño y me miró.
— ¿Nunca has intentado tenerlos contigo? — era obvio que iba a preguntar eso.
— Hay una gran razón por la que nunca me darían su custodia. Ellos están equivocados, pero yo ya no puedo hacer nada para apelar a eso. — el asintió y supo que no quería hablar más de eso.
.
Un auto deportivo se estacionó justo en frente de nosotros en la cafetería, y Tanya con su larga cabellera bajó en todo su puto esplendor. Apreté mis dientes y gruñí al verla, ¿qué pasaba con el mundo? Se supone que éramos Edward y Bella, sólo nosotros dos.
— ¡¿Qué mierda haces aquí?— gruñó Edward al verla. Ella caminó hacia nosotros como si nada y se sentó.
— O la sacas tú, o la saco yo.— le murmuré a Edward en el oído.
— Tranquila, Marie — fruncí el ceño al ver que me llamaba así. Era tan tonta que hasta se le olvidaba que yo supuestamente tenía los ojos de otro color—. Los vi y sólo pasaba a saludarlos, ¿te enteraste de la muerte de James? Es tan lamentable.
— La saco yo.— gruñí antes de pararme de la mesa e ir hacia su silla.
.
Espero que estén bien, un abrazo.
Isabel :)
