Crepúsculo es de Stephenie Meyer, la trama es mía, mía c:
Gracias a mi gran amiga Amber por darme su opinión de este capi y por toda su ayuda.
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8. Francia para ti
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Mansión de Charlie Swan. Joliet, Illinois:
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Charlie Swan había dado órdenes estrictas de que absolutamente nadie entrara a su despecho en esos momentos. El odio, el rencor y el remordimiento lo corroían y no lo dejaban escapar.
El problema de todo eso era Edward Masen Cecereu, el muchacho en quién había confiado y ahora lo había traicionado y le había dado la espalda por una mujer. Se sintió decepcionado porque creía que Edward era el indicado para asumir su cargo una vez que pasara lo inevitable y el muriera, pero definitivamente él no tenía el mismo coraje que Charlie había tenido a la misma edad de Edward.
Edward no se había atrevido a dejar a una mujer, y sin embargo Charlie si y lo hizo dos veces con la misma. Edward había renegado de la mano que le dio de comer, se había olvidado de los acuerdos y de todo lo que le había prometido, y Charlie eso nunca lo olvidaría.
Dejó el puro que estaba fumando en el cenicero y se paró para abrir la caja fuerte que estaba escondida dentro de un cajón de su escritorio. Encontró el revólver que hace mucho tiempo no ocupaba—gracias a los empleados que tenía—, y el mismo que una vez que se concretara el acuerdo, iba a ser pertenencia de Edward, pero ahora eso nunca sucedería.
Siguió rebuscando, encontrándose con fajos de dinero, joyas y papeles importantes para todos los demás, pero no para él, hasta que encontró una foto enmarcada en un grueso portarretrato de plata.
— ¿Cómo estarán? — murmuró para sí mismo cuando estuvo nuevamente sentado frente a su escritorio y con la fotografía en sus manos. Acarició el rostro dulce de la niña que ahí aparecía y el de la mujer que amó y que había abandonado una y otra vez, no por voluntad propia.
Llevó su mano hasta el teléfono como lo había hecho muchas veces, y al igual que todas, no concretó nada y volvió a fumar su puro mientras seguía viendo la foto.
Su pequeña…
Recordó como cuando tenía las oficinas en Francia y le dolía el alma separarse de ellas, con su pequeña con sólo un mes de nacida.
Ese día, un pequeño Edward Masen de seis años había entrado a su oficina con un papel blanco rayado con miles de colores que él había pintado, y con su padre corriendo detrás de él y mirándolo apenado. Le hizo un gesto con la mano para que se despreocupara y miró fijamente al niño de los ojos verdes.
— ¿Qué haces aquí? — ridículamente, el nacimiento de su primera hija lo había sensibilizado con los niños.
— Vine con mi papi— murmuró balanceándose en sus pies— ¿puedo ser como tu cuando grande? Papá dice que eres importante, y se importante es ser genial, y yo quiero ser genial ¿me enseñas a ser como tú?
— Claro que sí— rió y le acarició el cabello mientras veía de reojo como Edward padre sudaba ante lo que su pequeño hijo decía—, pero si serás como yo, tendrás que estar para siempre con mi hija y cuidarla.
— ¿Cómo un príncipe? — murmuró con asco. Charlie asintió y le mostró una foto de su bebé recién nacida— Ah, bueno, pero mamá le cambia los pañales. — eso pareció aligerar la tensión que tenía el padre de Edward quien rió ante el comentario de su hijo.
No había sido tan estúpido como para fiarse de un trato con un niño de seis años, pero si con uno de veintiún, con uno de veinticuatro y con uno de veintisiete, porque constantemente había estado recordándole a Edward el favor que le había pedido hace mucho tiempo, y este había estado de acuerdo.
Pronto volvería a ellas, pero antes Edward Masen y Marie Savarese debían estar bajo tierra.
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Edward apretó mi mano mientras dábamos un paso desde la salida del elevador a la cima de la Torre Eiffel. La sensación de vértigo me atravesó el estómago y tuve que aferrarme a su abrigo cuando las rodillas comenzaron a fallarme.
— ¿Te sientes bien? Quizás no fue buena idea. — tomó mi rostro dulcemente y me miró con preocupación en los ojos.
— Fue una excelente idea, sólo que no estoy acostumbrada como tú. — dije. Edward rió y me abrazó con la espalda pegada a su pecho mientras lentamente comenzábamos a caminar hasta la orilla donde estaban las rejas que protegían de algún accidente.
Ahogué un grito al ver todas las luces de la ciudad centellear de manera hermosa mientras el frío viento nos golpeaba, pero yo no lo sentía del todo por el abrigo gris que llevaba y los brazos de Edward que me protegían.
— Esta es la primera vez que subo también—suspiró—. Años viviendo aquí y nunca había sentido verdaderas ganas de estar acá— sentí su nariz en mi cabello mientras quitaba un brazo de mi cuerpo y señalaba con su dedo hacia el horizonte—. ¿Ves ese gran edificio que está allá? —Señaló, según yo, un edificio antiguo y alargado parecido al Hotel Crillón en donde nos hospedábamos— Esa es la Escuela Militar de París, hoy en la mañana estuvimos ahí. —asentí recordando cómo era pasear por París de su mano.
Durante todo el día habíamos visitado el Panteón de París, la Catedral de Notre Dame, el Arco de Triunfo y el Puente de Alejando III que eran los lugares que más le gustaban a él. Habíamos dejado la Torre Eiffel para el final ya que según él se apreciaba mejor la vista desde noche, y tenía razón, aunque traté de no ruborizarme cuando le hizo unas indicaciones al encargado que estaba abajo y nos saltamos la larga fila que había. Sin duda mucho poder y mucho dinero estaban metidos ahí.
— ¿Algún día tu cambiarás? — Solté de repente y lo sentí tensarse contra mi espalda—, ¿te alejarás de todo eso que haces y trabajarás como doctor?
— ¿Quieres que haga eso? Si es así, puedes decírmelo, Bella.
— Es tu decisión y sabes que te apoyo, quedó claro cuando conversamos, preguntaba sólo por curiosidad.
— No, no dejaré de ser un chico malo—me sonrió coqueto y me apretó más de mi cintura—, no cambiaré porque ya es tarde para redimirme, además, comenzaré a trabajar sólo en esto tendré más dinero y más poder… te haré cada vez más regalos. — dijo sonriendo contra mi cuello.
— Yo no necesito esos regalos, más importas tu. — y esa era la verdad.
— Puedes tener las dos cosas, Bella, si quiero te lo puedo dar todo e incluso puedo ahorrar con el sudor de mi frente y comprarte la Torre Eiffel— reí ante el dramatismo con que dijo lo último, pero después se puso serio—. Enserio, pídeme lo que quieras y yo te lo daré, nunca dudes en hacerlo.
— Quiero Francia, todo lo que lo rodea y lo que contiene, y eso te incluye. —dije para tomarle el pelo.
— Vaya, eso no es tan difícil, ya tienes casi todo, sólo falta lo que rodea Francia y nada más. — me giré hacia él y puse mis brazos en su cuello.
— ¿Y nada más? —pregunté mordiéndome el labio.
— Rien d'autre, ma femme intelligente— bajó sus labios a los míos y dejó un suave beso—. Eres tan hermosa, más ahora con las luces de París rodeando tu rostro— dijo con ansiedad dejando besos en mis mejillas—, y te lo digo en tu idioma para que entiendas que lo digo en realidad.
— ¿Entonces cuando dices las cosas en francés es mentira? — bromeé. El negó con su cabeza y me tomó de las caderas.
— Siempre digo la verdad, Bella. — pude sentir la dura muestra de que se estaba excitando contra mi estómago.
— Lo sé…— gimoteé contra su cuello por el deseo que me embargó. Me dejé arrastrar hasta el elevador amarillo que acababa de subir, y contra las protestas de todos lo que los esperaban, Edward lanzó una mirada de amenaza y unos cuantos billetes antes de llevarme hasta dentro del elevador solos los dos.
— Isabella…— murmuró y se sentó arrastrándome con él en sus piernas.
— Edward…— susurré y ataqué su cuello. Me miré contra el reflejo del vidrio que me seguía mostrando la ciudad de París y me encontré con un rostro enfebrecido de deseo, el cual era el mío, y un Edward que tocaba mis piernas sin importarle nada.
Paramos a la fuerza cuando yo vi por la ventana que faltaba poco para llegar al piso, nos arreglamos la ropa y Edward me tomó fuertemente de la mano y me llevó caminando hasta que hizo parar un taxi.
Me sorprendió lo huraño y mal educado que era el chofer, pero eso fue sólo un punto a favor cuando Edward comenzó con su mano traviesa a tironear mis medias negras suavemente y mirándome como niño pequeño. Gemí cuando sentí sus uñas arrastrarse hacia más arriba, arañándome la parte superior de mi muslo izquierdo.
De la misma forma rápida con la que entramos al taxi, Edward me llevó hasta el piso tres en donde estaba nuestra suite, y de ahí en adelante no lo pudimos controlar.
Cerró de una patada la puerta y rompió los botones de mi abrigo que tanto me gustaba, hizo que me colgara a su cuello y aprisionara su cadera con mis piernas mientras él se preocupaba de la débil tela de mi blusa y mi falda.
Suspiró cuando me tuvo bajo su cuerpo en la cama y lamió mis labios y mi cuello una y otra vez. Llevó las manos a mi cabeza y las sujetó mientras me retorcía… y lo supe, estaba totalmente rendida ante Edward Masen.
Me dejé llevar por las sensaciones y de una forma un poco egoísta dejé que él se hiciera cargo de todo. Finalmente me encontré en la gran tina blanca que había en el baño, con Edward a mis espaldas y la Torre Eiffel a lo lejos por la ventana.
— Gracias por todo. — murmuré ladeando mi cabeza y acariciando suavemente su brazo.
— Lo que quieras, siempre— me prometió besando mi cuello.
— Quiero algo…— susurré intentando esconderme, pero él me tomó las manos y me levantó el mentón curioso— quiero que prometamos que pase lo que pase nos tendremos el uno al otro, sin importar lo que el otro haga.
— Prometido— reí cuando levantó su dedo meñique y me hizo entrelazarlo con el mío—, y de verdad lo cumpliré. — dijo suavemente cuando paramos de reír.
— ¿Qué haremos mañana? — pregunté después de un rato.
— Volveremos a París cuando quieras, pero mañana te llevaré a La Wantzenau, Strasburgo, en donde viven mis padres. Después iremos a Ribeauvillé en donde vivo yo y nos quedaremos hasta cuando queramos. — dijo suspirando.
— ¿Cómo son tus padres? — murmuré retorciéndome suavemente mientras el deslizaba sus manos por mis caderas.
— Mi mamá se llama Beatrice y mi padre Edward, están juntos desde que tenían diecisiete años— suspiró—. Mi padre trabajó con Charlie toda su vida en una empresa que él tenía en París— murmuró—, pero en cuanto tuve el dinero suficiente, hice que renunciara y le compré una casa en La Wantzenau, y ahora viven de su cosecha de cerezas.
— ¿Por qué hiciste eso? ¿Nunca confiaste en Charlie? — pregunté.
— Confiaba en él, pero no tanto como para que dos miembros de mi familia estuvieran en sus manos, conmigo bastaba y sobraba, y mi padre se merecía algo más tranquilo, algo mejor. — me volteé quedando a horcajadas de él y acaricié con suavidad su cabello.
— Eso fue muy lindo de tu parte. — el me miró con una sonrisa y elevó sus manos para desenredar mi cabello y arrastrarlas hasta mis pechos, los cuales acarició y atormentó por varios minutos hasta que después de rogarle, acercó su boca y comenzó a succionar y lamer suavemente.
Enredé mis manos en su cabello cuando pasó las manos por mi espalda y me atrajo aún más a él. Ambos siseamos al sentir nuestros cuerpos rosarse con el agua tibia de por medio.
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A la mañana siguiente desperté sola, desnuda y enredada en las sábanas, pero podía escuchar el agua de la ducha correr. Miré a mí alrededor y me encontré con las maletas listas al lado de la puerta y una bandeja con café, panecillos y un ramo de tulipanes rosados e iris moradas en la mesa que estaba al lado.
Comí tranquilamente aún sin despertarme del todo y aproveché para revisar mi celular, dándome cuenta de que no tenía ninguna llamada perdida. Eso era extraño porque supuestamente debía recibir llamadas de Alice regañándome o de Jacob diciéndome que pasó con James. Me encogí de hombros y tomé el ramo de flores con la pequeña tarjeta que traía.
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Pour la femme de mes rêves.
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Reí ante la estupidez de que no entendía absolutamente nada, salvo "femme" que por lo que Edward hablaba suponía que significaba mujer, y me sonrojé ante su ternura. Dejé el ramo cuidadosamente sobre una de las maletas y seleccioné la ropa que me pondría hoy mientras esperaba que Edward saliera de la ducha.
Me senté en la cama con un pequeño iris que había cortado mientras acariciaba sus suaves pétalos. Edward, Edward, Edward, mi mente parecía repetirlo una y otra vez sin agotarse, y no es que me estuviera quejando, pero era extraño sentirse tan dependiente de alguien.
Salió del baño ya vestido y pasando una toalla por su cabello, algo en mi corazón se movió y me hizo pararme y correr hasta él para lanzarme a sus brazos.
— Buenos días, cariño, ¿te gustaron las flores? —dijo después de que se le pasó la sorpresa conmigo en sus brazos y tomando la pequeña flor que seguía en mi mano para acomodarla a mi cabello.
— Me encantaron, gracias. — le dije, y hasta ahora no me había dado cuenta de que estaba desnuda, pero el sí, ya que se aclaró la garganta y me metió al baño rápidamente dándome una suave nalgada.
— Ve a bañarte o no saldremos de París hasta la noche. —asentí con una sonrisa y suspiré cuando me comencé a duchar.
Pero las cosas no podían estar tan bien. Era más del medio día cuando Edward quiso que almorzáramos antes de partir en el avión cuando un auto deportivo se estacionó justo en frente de nosotros en la cafetería en donde estábamos, y Tanya con su larga cabellera bajó en todo su puto esplendor. Apreté mis dientes y gruñí al verla, ¿qué pasaba con el mundo? Se supone que éramos Edward y Bella, sólo nosotros dos.
— ¡¿Qué mierda haces aquí?— gruñó Edward al verla. Ella caminó hacia nosotros como si nada y se sentó.
— O la sacas tú, o la saco yo. — le murmuré a Edward en el oído.
— Tranquila, Marie — fruncí el ceño al ver que me llamaba así. Era tan tonta que hasta se le olvidaba que yo supuestamente tenía los ojos de otro color—. Los vi y sólo pasaba a saludarlos, ¿te enteraste de la muerte de James? Es tan lamentable.
— La saco yo. — gruñí antes de pararme de la mesa e ir hacia su silla.
Tanya chilló patéticamente cuando la tomé de su muñeca y la obligué a pararse, pero Edward tuvo que interrumpir mi diversión separándome de ella.
— Quiero hablar contigo, Edward, pero sin ésta salvaje cerca. — le habló y yo entorné mis ojos a como me había llamado.
— ¿A quién diablos llamas salvaje? — dije de forma amenazadora y acercándome su rostro. Los labios de Edward estaban fruncidos al tomar mi rostro para indicarme que hablaría con Tanya. Odié todo ese momento.
Lo vi alejarse con ella hacia una esquina, apuntarle con el dedo y gritarle mientras Tanya mostraba su rostro ofendido hasta que su semblante cambió a astuto. Edward se tensó y le dirigió algunas palabras más haciendo que ella se subiera a su coche y partiera en dirección contraria.
— No te preocupes por nada, no nos molestará más. —me prometió cuando regresó.
— ¿Y si nos sigue? — era inevitable pensar eso. Edward sonrió y tomó mi mano para que nos fuéramos.
— No puede seguir un avión privado a menos que ella tenga una forma de volar, y hasta donde yo sé, no trajo su escoba. — reí suavemente, pero recordando que debía poner más atención a Tanya porque no la quería cerca de Edward.
El vuelo duró unas cuantas horas las que utilicé para hablar y besar a Edward quien quedó sorprendido cuando de improviso le conté sobre Allan y Amelie:
— Tú me dijiste que querías conocerme mejor— el asintió—, bueno, te mostraré una foto de las personas más importantes para mí, supongo que por ellos hago todo esto.
— Todo eso que yo no sé. — asentí incómoda y le pasé la foto.
— Ella es Amelie y el es Allan, y son mis hermanos— suspiré—. Ahí tenían cuatro años, ahora tienen diez y están en el orfanato de Forks. — el frunció su ceño y se quedó mirando unos segundos la foto hasta que su vista volvió a mí.
— ¿Nunca has intentado tenerlos contigo? — era obvio que iba a preguntar eso.
— Hay una gran razón por la que nunca me darían su custodia. Ellos están equivocados, pero yo ya no puedo hacer nada para apelar a eso. — el asintió y supo que no quería hablar más de eso.
— ¿Porqué tu madre no está con ellos? — miré hacia mis manos, era hora de revelar la verdad a medias.
— Una vez te dije que ella estaba en Italia, pero no es así. Mi madre murió cuando tenía quince y quedamos solos con mis hermanos ya que nuestro padre había muerto algunos años atrás, el era soldado de guerra. — tomé la otra pequeña foto de mi billetera y se la mostré. Ahí estaba Phil, mi padre, al cual yo no recordaba mucho, pero todo lo que había en mi mente no eran más que hermosos momentos que me hacían sonreír.
— Entonces, ¿son sólo tú y tus hermanos? — asentí.
— No tenía a nadie más hasta que apareciste. — murmuré tímida.
— Yo tampoco— dijo sonriendo de forma hermosa—, pero ¿quién era ese Samuel del Hospital de Chicago?
— El fue mi primer novio y mi primera vez — me encogí de hombros—. Supongo que le tengo un poco de aprecio por eso, no me dolió tanto. — reí.
— No habría dolor si hubieses estado conmigo, yo hago las cosas bien a la primera. — sonrió arrogante provocando que le golpeara en el brazo.
Cuando aterrizamos nos esperaba un descapotable rojo brillante en el cual Edward metió las maletas y condujo rápidamente por la carretera, haciendo que la hora que debía durar el viaje se transformara en cuarenta minutos.
Miré por la ventana el paisaje verde que comenzaba a rodearnos deseando que todo fuera diferente para mí y para Edward porque ahora que lo conocía, sabía que él no merecía tener la sangre de tipos como James ensuciando sus manos, o cargando sobre sus hombros remordimientos que debían ser de Charlie Swan.
— ¡Llegamos! —soltó cuando paramos afuera de una casa blanca de madera con ventanas y puertas cafés, detrás de ella se podían apreciar como puntitos pequeños varios árboles ordenados en filas: las cerezas del padre de Edward, supuse.
— ¡Edouard!, ¡Edouard! — una mujer baja y delgada con el cabello cobrizo salió corriendo por la puerta.
— ¿Por qué te llama así? — ella no pronunciaba de forma normal el nombre de él.
— Porque mamá no estuvo de acuerdo con mi nombre estadounidense— rió—, y me llama como se diría mi nombre aquí en Francia. A mi padre lo llama igual.
La mujer corrió hacia nosotros, se lanzó contra los brazos de mi novio y llenó de besos su rostro. Reí suavemente, lo que pareció alertarla de que tenían público porque inmediatamente me analizó con sus ojos oscuros.
— ¿Quién es esta niña? — su extraño acento inglés me extrañó. Parecía como si se hubiese esforzado en pronunciar las palabras.
— Es mi novia, mamá— dijo tomándome la mano—, su nombre es Isabella Savarese.
— Mucho gusto. — tendí mi mano y ella de inmediato la tomó, estrechándola cálidamente.
— Bonjour, vous êtes très jolie. — dijo sonriéndome.
— Dijo que eres muy bonita. — tradujo Edward sonriendo.
— Merci. — murmuré sonrojándome más aún. Beatrice, la madre de Edward me sonrió encantada y corrió hacia el interior de la casa donde después apareció con un hombre igual a Edward pero de mayor edad quien me sonrió y se presentó hablando inglés.
Edward me tomó de la mano y me llevó a recorrer los árboles de cerezas que su padre tenía.
— Es muy lindo aquí— murmuré viendo como el cortaba las cerezas más rojas y las echaba a una canasta que su madre le había entregado— ¿cómo podías estar en Chicago teniendo este lugar? — sonrió suavemente y me entregó una cereza que había limpiado antes.
— Uno tiene deberes los cuales tiene que cumplir, sólo eso. Además no tenía ningún motivo para encerrarme en una casa gigante solo— dijo tomando la canasta y mi mano para volver a la casa—. Ahora puedo encerrarte conmigo y es mucho más interesante.
Negué con mi cabeza y me dirigí a la cocina con su madre ya que ella le había dicho a Edward que quería que le ayudara a preparar una tarta de cerezas.
Me quedé dormida en el coche de regreso y no fui consciente de donde paramos ni que Edward me tomó en brazos para llevarme a una cama, sólo lo supuse al otro día cuando desperté en una habitación extraña y grande de sábanas y cortinas blancas. Me paré lentamente y caminé hacia el ventanal, saliendo hacia un balcón de madera que me dejaba una vista impresionante.
En la entrada de la casa se encontraba el descapotable rojo en el que ayer habíamos llegado y frente a una gran piscina de aguas cristalinas. Miré más allá y me encontré con una hilera similar de árboles rodeando casi toda la casa sin nada más que los siguiera, ninguna casa, ninguna calle que indicara que estábamos cerca de la carretera ni nada.
Sentí uno brazo rodear mi cintura por detrás y una mano acariciar suavemente mi cuello.
— Buenos días. — susurré.
— ¿Qué te parece? — preguntó de vuelta alzando su brazo y señalando todo el horizonte.
— Hermoso, ¿es tuyo?
— Si y nadie más aparte de nosotros dos lo sabe, es un pequeño secreto. — murmuró contra mi cabello.
— ¿Qué es eso de allá?, ¿son cerezas? — dije señalando la fina hilera que cubría un cerro.
— Son viñedos, produzco vino y lo vendo con otro nombre.
— ¿Algo más que hagas? — reí.
— Nada más por ahora. — sonrió de forma perversa y comenzó a pasar su dedo por el cuello de mi pijama. Era definitivo, yo estaba totalmente acabada.
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Me estremecí ligeramente cuando una briza helada llegó hacia mi, pero las cálidas manos de Edward inmediatamente cubrieron mis brazos poniéndome su chaqueta después, me giré para mirarlo y supe que no podía verse más hermoso con la luz de la luna y las estrellas y con sus viñedos de fondo, y no había nadie que pudiera revocar lo que yo sentía en estos momentos. Me alcé en la punta de mis pies para besarlo, pero antes de que pudiera llegar a sus labios, su celular sonó separándonos.
— Jean. — Murmuró contra el aparato y tomó mi mano mientras seguíamos caminando— ¿qué? —Gruñó— ¿sabes de donde viene ese número? — me dio una mirada especulativa pero enfadada y siguió hablando—. Ok, te llamo en un minuto.
— ¿Qué pasa? — pregunté suavemente.
— Alguien de Forks, Washington está intentando contactarte contigo—dijo.
— ¿Cómo sabes eso? — pregunté, y a mi mente de inmediato se vino el rostro de mis hermanos porque aparte de ellos nadie más me querría contactar en Forks.
— Tuve que intervenir nuestros teléfonos; si alguien nos llama inmediatamente ponemos en evidencia nuestro paradero. — claro, sonaba coherente y quizás debería estar un poco ofendida, pero en lo único que podía pensar era en Allan y Amelie.
— Son mis hermanos—susurré mirando hacia la nada—, estoy segura que son ellos — Edward puso su mano en mi hombro y yo lo miré rogándole—. Necesito llamarlos.
No dijo nada más, me pasó su celular y se sentó en un tronco caído cercano para darme privacidad. Sonó tan sólo dos veces antes de que Allan me contestara:
— ¿Bella? — la voz quebrada de Allan me alertó, ¿qué le habían hecho a mis bebés? En el segundo que tardé en reaccionar visualicé miles de escenarios en mi mente y sentí la misma sensación de hace años atrás.
— ¡¿Allan?!, ¿Les sucedió algo? — le pregunté inmediatamente.
— La señora Leyton le pegó a Amelie — sollozó. Apreté mis dientes hasta que me dolieron e intenté calmarme en vano.
— Ordenen sus cosas y que no los vea nadie, iré a buscarlos lo más pronto posible. Los amo. — Mierda, mierda, ¿lo más pronto posible les dije? Mierda, ¿y como se supone que hiciera eso si en este momento estaba en otro continente? Me paseé como león enjaulado y tomé mi cabello fuertemente.
— ¿Qué pasa? — me preguntó con cautela Edward.
— Pasa que una puta vieja se sintió con el derecho de golpear a mi hermana — dije enfurecida — y me importa una mierda si la rozó sin querer, nadie toca lo que yo amo. — el me miró sin ninguna emoción.
— ¿Y qué harás?
— ¿Me ayudarás a sacarlos de ahí? A la fuerza obviamente — le aclaré. —, te juro que incendiaría el lugar para fingir su muerte, pero los otros niños no tienen la culpa de nada. — el permanecía en silencio y mirando sus manos mientras yo divagaba, desesperándome. — ¡Habla ya! — Grité — ¡Sabes que si tu no me ayudas lo haré sola!
— Debes calmarte y confiar en mí antes que nada— dejó de ver sus manos y me miró—. No podemos volver a Estados Unidos y perderás tiempo si intentas ir allá de todas formas.
— ¿Qué sugieres?
— Llamaré a Nicolas, el trabajaba para mí y me debe unos favores. Sacará a tus hermanos y los traerá hasta Francia. — parecía tan simple que casi le digo que si a la primera, pero yo no podía exponer a mis hermanos de esa forma, menos con un desconocido.
— Confío en ti, pero no en ese Nicolás. — puntualicé con mi ceño fruncido. El tomó mi mano y me llevó hasta sus piernas.
— ¿Quieres entonces que tus hermanos esperen mínimo diez horas en ese horrible lugar? No queda otra solución, Bella— la determinación de sus ojos cambió y éstos se volvieron más compungidos—. Te dije que te alejaras de mi porque ahora no puedes volver e ir a buscar a tus hermanos sin que Charlie se entere. — acaricié su espalda y me abracé de su cuello.
— Llama a ese Nicolas, confío en que harás que él cuide a mis hermanos con su vida— tomé su rostro y lo besé suavemente—. Ya estamos en esto y no me arrepiento.
Allan no entendió del todo que debía irse junto a Amelie con un extraño llamado Nicolás ya que las obvias circunstancias habían hecho a mi pequeño hermano algo desconfiado y muy sobreprotector con su melliza, y no sabía si lo que lo había cambiado era la falta de estabilidad de un hogar y cariño, o mis promesas eternas y nunca cumplidas.
— Hoy entendí eso que nos une. — murmuró Edward contra mi nuca. Eran las tres de la mañana y ninguno lograba dormirse.
— ¿Y qué es eso? — dije pausadamente, aun a millas de distancia pensando en mis hermanos.
— Esa determinación de que nadie debe meterse en tu camino y en el de quien tú amas. Eres protectora, yo también lo soy. — me di vuelta para encararlo y me topé con sus ojos brillantes.
— Siempre lo haré— ahora mis ojos ardían por las lágrimas que querían desbordarse—, y quizás hay un poco de la historia que no te he contado en eso. Mis hermanos son lo que más quiero y siempre los protegeré— me encogí de hombros—, la decisión de que ellos estén en un orfanato es porque no me lo permiten, pero más que eso, es porque ellos están mucho mejor sin mí. — su ceño se frunció y limpió las lágrimas que corrían por mis mejillas.
— Nadie está mejor sin ti. — me consoló.
— Tú me dices que me aleje de ti porque puedo salir dañada, pero ¿no has pensado que eres tu el que estaría mejor sin mi? lamentablemente aún no me conoces y nadie te dice que soy una buena persona. — y sucedió lo que pensaba: Edward me acunó más en sus brazos y comenzó acariciar mi cabeza.
— Eso es mentira, para mi eres la más buena del mundo.
— Sé qué crees eso, y por lo mismo también te protegeré a ti y no dejaré que nadie te haga nada. Es una promesa— me aparté un poco y lo miré a los ojos—, porque yo te… eres muy importante para mí. — bajé mi vista ruborizada, pero el nuevamente me salvó riendo suavemente.
— No entiendo como alguien tan pequeñito puede protegerme a mí, apenas y tu rostro cabe en mi mano, mi dedo meñique es casi el dedo anular tuyo. — lo aparté de un manotazo cuando puso toda la palma de su mano en mi rostro.
— Llegará el momento en que tendré que defenderte de algo, y ahí sabrás cuanto me importas. — murmuré abrazándome a él, y luego sentí su aliento en mi oreja, estremeciéndome.
— Tú también eres muy especial, mi Isabelle. — fruncí el ceño, yo me llamaba Isabella, no Isabelle, y esperaba que no se estuviera confundiendo con alguien.
— ¿Isabelle? — pregunté suavemente, conteniéndome. Edward rió y alargó su mano hasta la mesita de noche donde tomó el sobre que había traído junto a él esta mañana y sacó unos papeles que luego me tendió.
Lo primero era un acta de identificación francesa adjunta con un clip a un pasaporte también de Francia. Fruncí mi ceño al leer el nombre de "Antoine Sebástian Lefevre" junto a la fotografía en donde aparecía Edward. El pasaporte decía lo mismo.
Le pasé a Edward el pasaporte y el acta, y tomé los otros que habían en el sobre, encontrándome con una foto mía actual en el pasaporte, pero en el acta con una de hace más o menos siete años junto con el nombre de "Isabelle Mia Bessette".
— ¿Qué es esto? — Dije casi sin voz— ¿de dónde sacaste esta fotografía?
— No podemos arriesgarnos a nada, Isabelle Mia— murmuró acariciándome el mentón—. Tampoco podías tener la misma fotografía en el acta y en el pasaporte, no es creíble, y esa foto la conseguí de la Escuela secundaria de Forks, no había una más reciente— murmuró frunciendo el ceño—. ¿Te molesta?
— No, Antoine Sebástian— reí— ¿quién eligió esos nombres?
— Yo, por supuesto— dijo con una sonrisa algo orgullosa—. Hubiese odiado terminar con tu nombre, por lo que sólo lo pasé a francés, y Mia es porque estás en Francia y aquí eres sólo mía— bajó la vista ruborizado mientras yo me quedaba con la boca abierta, rió entre dientes y finalmente me abrazó para que quedara con mi cabeza pegada a su pecho.
— Creo que falta que nos ingresen al servicio de salud. — murmuró pensativo unos segundos después.
— Edward, yo no soy francesa, no puedo estar ahí. — dije ya cansada.
— Si eres francesa, Isabelle, y obviamente debes estar ahí.
— Para ser francesa necesito haber nacido en algún lugar de este país, o que mis padres sean franceses, o casarme con un francés— gruñí—. No soy francesa, Edward. He tenido identificaciones falsas, pero nunca de otros países y eso me da un poco de miedo. — confesé. Edward rió como si le estuviera hablando de que había un monstruo en el armario, tomó mi rostro y me dejó un apretado beso.
— Listo, estamos casados y ya eres francesa. — reí entre dientes e intenté conciliar el sueño.
Sentí el reloj de el salón dar las campanadas que indicaban que eran las cinco de la mañana, faltaban al menos dos o tres horas para que mis hermanos llegaran. Edward comenzó a tararear una canción y ambos nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente apenas pude despegar los ojos cuando Edward me removió para que despertara. Susurró un "ya están en París" y eso fue suficiente para que me despertara completamente.
Mis manos sudaban y en todo momento estaban peinando y despeinando mí cabello, porque si bien Edward me había dicho que no había problema con traer a mis hermanos acá, yo no sabía si eso era verdad y tampoco sabía a que los exponía. Podía jugar todo lo que quisiera con mi vida, pero con la de ellos no.
Edward había coordinado que Nicolas trajera a mis hermanos hasta Ribeauvillé ya que él consideraba que era una pérdida de tiempo ir por ellos si Nicolas podía hacer el trabajo completo.
A las ocho y media en punto, un auto negro y grande se estacionó en la entrada, y de él bajaron con la cabeza agachada y temblando dos pequeños niños que reconocí de inmediato.
— ¡Allan!, ¡Amelie! — inmediatamente después de que les grité, los dos levantaron sus cabezas y corrieron hacia mí.
— Bella…— sollozó mi hermana. Los abracé a ambos casi derrumbándome al sentir sus lágrimas en mi cuello, ¿qué les habían hecho?, ¿qué les había hecho yo? Porque al fin y al cabo todo es mi culpa.
— ¿Qué pasó? — susurré mientras me separaba y tocaba la mejilla de Amelie que estaba un poco hinchada, ella hizo una mueca de dolor cuando la acaricié suavemente.
— Dime que no es cierto, Bella… tu no lo hiciste ¿cierto? — Allan sollozaba en mi hombro y se tomaba fuerte de mi vestido. A lo lejos vi que un hombre rubio, que supuse era Nicolas se aclaraba la garganta y me miraba fijamente.
— Logré que se calmaran en el aeropuerto de Seattle, pero en cuanto llegamos a París comenzaron a llorar de nuevo— el pobre hombre se veía que no se llevaba bien con los niños pequeños—, creo que les asustó toda la gente hablando otro idioma. — le di las gracias y volví a abrazar a mis hermanos.
— ¿Quién es él? — Amelie preguntó con voz ronca señalando hacia mis espaldas donde se encontraba Edward recargado contra el marco de la puerta de entrada.
— Es Edward, mi novio— le di una pequeña sonrisa porque Allan tenía su rostro escondido en mi vestido y no dejaba de llorar—. Pasen, creo que Edward debe hablar con el señor Nicolas. — dejé solos a los dos hombres, pero por ningún segundo se me escapó la mueca demacrada y llena de dolor que tenía Edward en su rostro.
Caminé con mis hermanos tomados de mis manos y los llevé hasta una de las habitaciones grandes de invitados.
— Supongo que no quieren dormir en habitaciones separadas— dije mientras ellos se sentaban en la cama. — ¿Me dirán ahora que pasó? No solo fue lo de Amelie, ¿cierto?
— Estábamos cenando…— comenzó Allan quien ya se había calmado un poco— Entonces, Cindy, una de las niñas nuevas comenzó a molestar a Am hasta que ella le pegó, luego llegó la señora Leyton y le golpeó a Am porque pensó que ella había comenzado la pelea.
— ¿Qué le dijo? — pregunté intentando mantener la calma.
— Que tú no nos querías y que nos habías abandonado— hipó—. Además… — su voz se quebró y se abrazó a mí.
— ¿Además, qué? — sentía mis propias lágrimas querer salir de mis ojos.
— Además dijo que mamá había muerto— ahora la que hablaba era Amelie—, y que tú la habías matado. Eso no es cierto, ¿verdad, Bella? — casi me rogaba con sus palabras.
—Por supuesto que no— fingí una risa y los abracé a los dos, de modo que no podían ver mi rostro—. Esa Cindy no es más que una niña tonta y mentirosa… ¿cómo pudo decir algo así? ¿Cómo pudieron ustedes creerle?
— Fuimos tontitos. — por primera vez Allan rió y dejó un beso pegajoso en mi mejilla.
— Muy tontitos— les dije sonriendo—, pero ya no importa porque estamos juntos. — a ambos les brillaban los ojos en cuanto dije eso.
— ¿Estaremos contigo?, ¿no volveremos a Forks?
— Claro que no, seremos la misma familia de antes. —, pero sin mamá. Amelie se mordió el labio y se miró sus manos hasta que encontró el valor para preguntarme algo.
— ¿Edward no se enoja verdad?, ¿nos quiere?
— Mucho— les dije para reconfortarlos—, el me ayudó a sacarlos de ese horrible lugar. — mi hermana asintió más calmada y segura, y aceptó cuando la envié a darse una ducha mientras bajaba con Allan a la cocina para prepararles algo.
— Bella… ¿puedo preguntarte algo?
— Claro. — murmuré mientras rebanaba unos tomates.
— Yo sé que mamá no está aquí, que está en el cielo—inmediatamente perdí la fuerza que ejercía en el cuchillo y me corté la palma de la mano, pero lo ignoré y presté atención a Allan —. Ella me viene a ver y eso sólo lo puede hacer si es un angelito ¿verdad? — asentí y miré la sangre de mi mano—.También sé que no debemos decirle a Am porque ella se pondrá triste, prometo no decírselo, pero quiero que un día me lleves a ver a mamá al cementerio. — mierda, si yo supiera en dónde ella estaba enterrada…
— Cuándo volvamos a Estados Unidos será lo primero que hagamos— no podría creer que estaba teniendo esta conversación con mi hermano de diez años.
— ¿Cómo era mamá? — Murmuró contrariado mientras yo limpiaba mi mano y terminaba de hacerle su sándwich—. Quisiera recordarla más.
— Ella…— pensé en que palabras debía elegir— era hermosa, se parecía mucho a Amelie y a ti, salvo que tenía los ojos verdes, nosotros tenemos los ojos de papá. Ella nos amaba mucho y siempre nos cuidaba.
— ¿Cómo murió? — lo miré de reojo pensando en que esa era una pregunta equivocada, y mi mente inmediatamente comenzó a crear algo rápido.
— Mamá amaba mucho a nuestro padre, Phil — fui a tomar mi bolso y le mostré la imagen de un hombre vestido de soldado con una niñita sin un diente en los brazos, que era yo, y otra foto en donde mamá salía con mis hermanos en sus brazos—. ¿Tú recuerdas que él murió en la guerra? —el asintió—, bueno, mamá no se había enterado hasta hace seis años cuando iba conduciendo para ir al supermercado. La noticia la tomó por sorpresa y tuvo un accidente.
— ¿Por qué esa niña habrá inventado que tú la mataste? — dijo con un tierno enojo mientras acariciaba la foto de mamá.
— Porque a la gente le gusta inventar cosas, Allan—murmuré rápidamente—, porque no tienen nada mejor que hacer, tienen envidia de niños lindos como tú y creen que inventando cosas pueden hacerte daño, pero nosotros somos más fuertes que eso, ¿cierto? — asintió contento y siguió comiendo.
Amelie bajó unos minutos después con una playera mía que me quedaba grande y que a ella le llegaba hasta las rodillas, comió y me sorprendió que no preguntara nada, sólo chilló y me dio las gracias cuando tomó a su muñeca Marietta que había traído conmigo desde Chicago.
— ¿Puedo decirle a Edward papá? — murmuró risueña cuando yo había prendido la televisión.
— ¡¿Qué…?!— Dije con los ojos bien abiertos— ¡No! Edward es mi novio, Am, no es tu papá porque nosotros ya tenemos uno.
— ¿Edward se enoja si le digo papá? —ahora abrazaba más a Marietta y acentuaba su labio inferior en un puchero.
— No se enoja, pero ¿sería bueno que Marietta le dijera mamá a otra niña? — Negó con su cabeza— ¿ves? Lo mismo pasa con Edward.
— Yo le diré a Marietta cuando le pueda decir mamá o papá a otra persona— murmuró arrastrando las palabras—, ¿tu harás lo mismo? — asentí rodando mis ojos porque era una causa perdida discutir con estos niños.
Edward no se veía hace un buen rato, así que dejé a mis hermanos viendo televisión y comencé a buscarlo hasta que lo encontré en nuestra habitación recostado boca abajo, supuse que las tres horas que habíamos dormido le habían pasado la cuenta.
Había otro sobre color mantequilla en la mesita de noche y no dudé en vaciar su contenido, encontrándome con otras dos actas de nacimiento y pasaportes, pero esta vez eran de mis hermanos sólo que con nombres distintos: "Allan Logan Bennett" y "Amelie Juliette Bennett". Supuse que era muy inteligente de su parte no cambiarles los nombres porque era muy difícil explicarle a un niño que en otro país, debía llamarse de distinta manera.
— No estaba pensando…— Edward murmuró en sueños distrayéndome. Su ceño estaba fruncido y pequeñas gotas de sudor caían por su frente— yo no quería… Bella, no me dejes…— lo tomé de su hombro y comencé a removerlo suavemente, mientras que con la otra mano acariciaba las lágrimas que se le habían escapado.
Despertó sobresaltado con sus ojos verdes grandes y analizando la habitación, hasta que se encontró con mi mirada.
— ¿Qué pasa, Edward? — fijó la mirada en cualquier otro punto de la habitación.
— No pasa nada— dijo bruscamente—. Anda con tus hermanos abajo. — me sobresalté al escuchar su tono de voz y su frialdad.
— ¿Te molesta que mis hermanos estén aquí? — pregunté directamente y eso pareció funcionar para reclamar nuevamente su atención.
— ¡No! — Dijo sorprendido con los ojos más abiertos aún—, perdón por darte la impresión equivocada— levantó su mano y me hizo un gesto para que me acercara más a él—. Te conté parte de mi historia hace días, pero no todo. — murmuró como si estuviera rindiéndose.
— ¿Qué más ocultas? — Pregunté con el ceño fruncido— ¿tiene que ver con tu pesadilla? — el asintió.
— Hace unos seis años Charlie nos obligó a mí y a Emmett a separar a una madre de su hija, no sé por qué razón. Yo tenía veintiún años, estaba a mitad de la universidad y esa era la "prueba" para entrar a trabajar con Charlie—las piezas dentro de mi corazón se armaron y se volvieron de desarmar inmediatamente y juro que pude escuchar el sonido de algo rompiéndose ahí adentro—. Emmett no quería, pero yo lo terminé convenciendo y es por eso que creo que me odia ahora, el no puede con el remordimiento y me culpa a mí.
— ¿Quién era ella…? — alcancé a preguntar con voz ahogada.
— No lo sé— se encogió de hombros—. No había vuelto a pensar en ella desde hace mucho tiempo y ahora que veo a tus hermanos lo recordé.
— ¿Tenía la edad de Allan y Amelie? — pregunté.
— No, era mayor, creo. No sé, Bella, sólo sé que esa niña podría haber tenido un futuro mejor y yo no era nadie por hacer eso, definitivamente soy un monstruo. Aléjate de mi con tus hermanos ahora que puedes— miró con agonía mis ojos, rogándome—, porque yo no soy un santo y si sigues conmigo no sé qué te pasará.
Los ojos verdes de Edward me pedían que corriera lo más lejos posible, pero sus manos aprisionadoras de mis caderas eran un indicio de que el realmente no quería separarse. Mi corazón decía que me quedara, y extrañamente mi mente también aunque por un motivo muy distinto.
— Te quiero, Edward, y no me iré— dije que lo quería por primera vez y que no me iría como muchas veces antes, y el corazón hubiese deseado que los motivos por los que salieron las primeras palabras no fueran algo tan podrido como lo que maquinaba en este momento mi mente. Y yo deseé, dolorosamente, lo mismo que el corazón—. Te quiero. — la parte detestable de mi mente sonrió sin gracia y sin bondad al reiterarlo.
La sonrisa que me dio al final de mis palabras terminó por matarme, y creo que me besó después de eso, pero yo estaba en otra parte sin saber realmente que hacer.
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Rien d'autre, ma femme intelligente: Nada más, mi mujer inteligente.
Pour la femme de mes rêves: para la mujer de mis sueños.
Merci: gracias.
¡Hola! Como dije cuando devolví los reviews y como les digo ahora a mis lectoras modo-fantasma, ofrezco una sincera disculpa por demorarme en actualizar D: Fueron muchas cosas como que me enfermé, tuve problemas en la universidad, las premiers en L.A y el resto del mundo, y el estreno de Breaking Dawn part II... ¡oh! ¡pedazo de película! Yo la amé, con todo lo que mostró y no mostró, me encantó y ya fui a verla por 2da vez al cine, quiero ir una tercera :c
¿Cómo quedaron con el final? D: Mierda, sinceramente a mi se me movió algo dentro cuando lo escribí, pero recuerden que en este capítulo dos promesas de hacen a la ligera, que se cumplan o no después es otra cosa :')
Charlie en realidad es el problema de todo esto, sus malas decisiones y el daño colateral que le produce a todos los demás, incluso otros villanos de este fic tendrán un poco de pasado con él. Lástima.
No les dejaré adelanto porque sería inventarles algo cuando en realidad no he empezado el capítulo, pero prometo uno para el próximo sin falta y otro doble para los reviews a falta de este.
Espero que les haya gustado este capítulo que por lo menos a mi en ciertas partes me hizo suspirar... ¡Awww! él la llevó a conocer a sus padres... ¿quién NO quiere a un Edward que te hable francés al oído? Aunque no entiendas nada, yo creo que todas lo queremos asidsauytdastdsayd
Gracias por sus comentarios,
Un abrazo.
Isa :)
