Después de una larguísima ausencia (gigantesca, lo sé) aquí vengo con la primera parte del segundo capítulo de Ciudad de los Susurros. Hace tanto tiempo que no escribía nada (estoy demasiado ocupada con el instituto, ya ni tengo tiempo para dormir o leer o hacer algo que no sea estudiar) que no tenía idea como continuar el segundo capítulo que tenía la primera parte escrita hace muuuucho tiempo. No sabía como continuarla y hasta había olvidado cuál era mi idea original para esta capítulo y por eso me demoré aún más. Al final, me rendí y decidí subirles la primera parte antes de escribir la segunda porque, de verdad, llevo como un mes tratando de escribirla y nada sale. Quiero seguir con todos mis fics, y lo haré, una vez que agarre el hilo original de todas las tramas y tenga tiempo y ganas de escribir.

¡Quería agradecerle a todos por sus maravillosos reviews! De verdad, me sacaban una enorme sonrisa cada vez que me rendía y encontraba alguno de sus mensajitos. Iba a contestarles uno por uno pero, no sé, son demasiados y, además, quedé super desanimada por no poder sacar el capítulo completo de una vez... pero tenía que darles algo por mientras, ¡se lo merecen! Muchas, muchas, muchas gracias a: Analu3003, Cuca Malfoy, cazadora100, Katherine T Morgenstern Pierce, Miss Jokergrace, BonyHerondale, Astrid Wayland, yocel, LaChicaMalaDeBradford, Farah Herondale, I Wanna Dance, Mont, , Caridee Von Ross, Sira28, Kirhuga & tengoku no tenshi.

¡Un beso enorme para todos ustedes, les enviaré muchos mangos para mostrarles mi amor, y espero disfruten del capítulo!


Capítulo II. Firmas de sangre.
Primera parte.

I've been screaming in the inside and I know you feel the pain
Can you heal me? Can you hear me?
Say it's over, yes it's over, but I need you anyway
Say you love me but it's not enough

The Change, Evanescence

Jonathan tocó suavemente a la puerta de su hermana, apoyando la frente en la puerta. ¿Por qué tenía que aparecer ese estúpido Herondale y arruinarlo todo? Jonathan prácticamente había escuchado el corazón de Clary quebrarse otra vez al verlo parado allí, en la estancia del instituto. ¿Por qué Clary tenía sentimientos tan fuertes hacia ese imbécil?, Jonathan no podía entenderlo, pero no podía ignorar su existencia. Había sentido la desesperación de su hermana y el dolor –oh, el abrumador dolor que ella sintió– emanando de cada poro de su cuerpo cuando le vio.

Jace merecía morir un millón de veces, a través de un millón de dolorosas maneras sólo por hacer a Clary desdichada. Maldición, el mundo entero merecía pagar las consecuencias si es que su hermana sufría.

—Clary, por favor abre, soy yo —dijo agudizando el oído para escuchar cualquier movimiento al interior del dormitorio de Clary.

Escuchó un deslizamiento, como si alguien se arrastrara y escuchó como el cerrojo de la puerta era desbloqueado. Con cuidado, abrió la puerta y se encontró a Clary acostada en el suelo. El largo cabello rojo estaba desparramado alrededor de su cabeza como un halo de fuego. Las ventanas, cubiertas por oscuras cortinas, bloqueaban la luz, exceptuando una fina barra de luz que lograba colarse en la habitación, iluminando justo a los verdes ojos de Clary, que brillaban con lágrimas no derramadas. Su labio inferior sangraba ligeramente, como si se lo hubiera mordido con mucha fuerza. Su cuerpo, lánguido, yacía casi sin vida en el suelo. La imagen era tan deprimente y deslumbrante a la vez, que Jonathan no pudo evitar llegar a la retorcida conclusión que el dolor, en su estado más puro, era hermoso.

—Quiero matarlo —susurró ella, y Jonathan se percató que las lágrimas no eran de tristeza, eran de frustración y ira—. Quiero convertirlo en pedacitos, y luego volver a unirlo, y finalmente quemarlo vivo. ¿Cómo, con simples palabras, pudo hacerme tanto daño? No entiendo y han pasados dos jodidos años. ¡Debería haberlo superado!

Jonathan se recostó a su lado, mirando el techo de la habitación. Clary lo había cubierto de dibujos. Dibujos de ellos dos en el Ranelagh Gardens, tonteando en el Tower Bridge sobre el Támesis, riéndose en el instituto. Dibujos de Jocelyn, Tessa, Luke. Dibujos de los dos años que han pasado pacíficamente en Inglaterra.

—Puede que esto no te ayude en nada…, pero yo tampoco lo entiendo. Eres un poquito complicada, hermana. —Clary soltó una risita, pegándole a su hermano juguetonamente—. Pero hay algo que podrías hacer.

—¿Sí? —inquirió Clary suavemente—. ¿Qué cosa?

—Probarle que está equivocado. Ese día te gritó que eras una mundana y que nunca serías una cazadora de sombras. Pruébale lo contrario. Eres una de las mejores cazadores de sombras que conozco…, me refiero a qué eres mi hermana y yo sólo entreno con lo mejor de lo mejor. Pruébale que se equivoca. Y, por supuesto, si quieres podemos hacerlo mierda a golpes, pero primero pruébale que eres una cazadora de sombras por donde se te mire.

Jonathan no estaba mirando a Clary, pero podía sentirla sonreír.

—¿Cómo puedo hacerlo, de todas formas?

—Está misión que la clave tiene… —comenzó su hermano.

—No —replicó con rapidez, mientras se ponía de pie. Jonathan se incorporó sobre sus codos, mirando como su hermana se sentaba sobre la cama con los brazos cruzados—. Eso no.

—¿Por qué no?

—Tengo un mal presentimiento sobre esto, Jonathan. ¿No lo sientes? Hay algo mal. Quieren que hagamos algo que está mal. Lo sé, puedo sentirlo.

—Clary, no creo que nos vayan a pedir 'algo que está mal'.

—Bueno, yo sí lo creo. Todo esto es muy raro. ¿Por qué vendrían a nosotros? Sólo se me ocurren dos razones: o es sobre Valentine, o tiene algo que ver con nuestra sangre. Eso explicaría la presencia de Jace. No quiero.

—Podría ser…, ¿pero no quieres averiguarlo? Si te niegas a escuchar, nunca podrás saber la verdad —Jonathan sabía que presionando la curiosidad de Clary, podría convencerla.

—No lo hagas, Jonathan.

—¿Hacer qué?

—Manipularme.

—¡Mira quién habla! —dijo él soltando una carcajada—. ¡Tú me manipulaste vilmente hoy en la mañana!

—No, yo no… —balbuceó, parpadeando—. Bueno, sí, ¿y qué?

—¿No sientes curiosidad?

—Maldito bastardo —siseó con los dientes apretados—. Sí, si tengo curiosidad.

—¿Quieres ir a la biblioteca a saber de qué va todo?

—No —susurró—. Sí. No. No lo sé —dijo dudosa, arrugando la nariz.

Bien, pensó Jonathan con una sonrisa interna, ya la hice dudar.

—Clary, podrían estar pidiéndonos algo realmente importante. ¿De verdad no quieres escuchar, ni un poquito?

La pelirroja le miró, debatiéndose internamente. La curiosidad la estaba matando.

—¿Por qué tienes tanto interés? —le preguntó Clary, entrecerrando los ojos.

Jonathan se recostó en el suelo, poniendo las manos tras la cabeza y esbozando una sonrisa que Clary, por alguna razón, quiso borrar de una bofetada.

—Porque tengo curiosidad.

¡Yo también!, quería gritar, pero guardó silencio, mirándole con los ojos entrecerrados. Fingió sopesarlo un poco, cuando ya había tomado una decisión.

—Solo a escuchar —dijo—, no prometo nada.

Jonathan se puso de pie, tan rápido que Clary no vio más que un borrón de negro y plateado, le tomó la mano y la arrastró por el instituto hasta la biblioteca.


Aline Penhallow estiró los músculos de los brazos mientras avanzaba hacia la habitación de Helen en el instituto de Los Ángeles. Hace un par de semanas que se quedaba a alojar allí, acompañando a su novia y ayudándola con todos sus problemáticos hermanos.

Pero no se quedaría allí por mucho tiempo.

Pronto tendría que partir a cumplir la misión en la que ella misma se inscribió para participar. No era que los submundos le importaran tanto como para arriesgar su vida, en realidad, se sentía bastante indiferente hacia ellos, pero Helen tenía sangre de hada y esa sangre podía terminar infectada por esta nueva pandemia azotando el mundo de las sombras. No se iba a arriesgar a perderla.

—Te doy un centavo a cambio de tus pensamientos —susurró una voz femenina suavemente. Aline levantó la vista de golpe y se encontró con los peculiares ojos de Helen, oscilando entre el verde y el azul, mirándola con atención. Llevaba el cabello de un dorado blanquecino, sujeto tras sus oídos, dejando al descubierto sus puntiagudas orejas, y una tímida y cálida sonrisa jugueteando en sus labios—. ¿En qué pensabas, Aline?

Aline se debatió entre rebelarle sus verdaderos pensamientos o no. No le había comentado que se había inscrito en aquella misión, y era en parte porque permanecía como un secreto, pero en parte porque sabía que, a penas Helen supiera al respecto, correría a formar parte. Lo haría por sus siete hermanos, Aline estaba segura.

Pero fue ese segundo de duda el que la condenó.

—¿Qué pasa, Aline? —insitió Helen, cada vez más preocupada. Su delicado ceño estaba fruncido, y sus labios presionados en una fina línea—. ¿Ha sucedido algo?

Aline tragó saliva. Le digo o no le digo, le digo o no le digo, le digo o no le digo.

—Dime —dijo Helen como si le hubiera estado leyendo la mente—. ¿Qué demonios pasa, Aline, por qué estás así de preocupada?

Aline se maldijo en voz baja. ¿Por qué tiene que saber cómo leer mi expresión con tanta facilidad?

—N-no, no es nada, Helen —mintió de una forma tan poco convincente que quiso golpearse la cabeza contra la pared. Estúpida, estúpida, pensó golpeándose mentalmente.

—Dímelo, Aline, por favor —ahora la voz de Helen rogaba, con una preocupación tan alarmante en el tono que Aline casi no pudo reprimir el impulso de abrazarla.

Finalmente, dejó de resistirse.

Avanzó algunos pasos hasta alcanzarla y la rodeó con sus brazos. Helen le correspondió el abrazo sin dudar y Aline pudo sentir como su corazón latía con fuerza.

La estoy asustando, pensó con horror. Se apartó de Helen con cuidado y la miró a los ojos.

—Tengo algo que contarte…, pero no sé si te gustara.

—Dímelo.

Con un pesado suspiró, cerró los ojos momentáneamente y tragó saliva. Si ella quiere ir, tiene todo el derecho. Iremos por la misma razón: para proteger a aquellos que amamos.

Con ese pensamiento en mente, le relató lentamente todo lo sucedido con Valentine y el portal que se había abierto hacia la Ciudad de los Susurros para ir a buscarle.

A penas unos segundos después de que Aline terminó de hablar, Helen tomó su decisión.

—Yo también voy. ¿Dónde me inscribo?

—Tienes que hablar con los Hermanos Silenciosos.

—Vamos entonces —dijo Helen, completamente decidida.

—¿Vamos? ¿A dónde?

—A la Ciudad de Hueso.


Clary se removió incómoda en uno de los sillones de la biblioteca del instituto. Había accedido a escuchar la misión que la Clave tenía para ellos, pero no había accedido a aceptar. Los tres Hermanos Silenciosos, que Clary ya había reconocido como el Hermano Enoch, el Hermano Zachariah y el Hermano Cimon, estaban en una esquina de la habitación, luciendo escalofriantes y misteriosos.

Jace, Isabelle y Alec estaban sentados en el sillón paralelo al de Clary, Jonathan y Tessa, y Clary hacía su mejor esfuerzo para no mirar hacia allá. Jocelyn y Luke se mantenían de pie, cerca de los Hermanos.

Hemos venido hasta aquí porque necesitamos de su ayuda, comenzó el Hermano Enoch, con voz solemne. El mundo de las Sombras está siendo azotado por un gran peligro: una pandemia. Una enfermedad mortal se ha arraigado en la sangre de todo submundo.

—¿Una enfermedad? —susurró Clary, sin aliento. ¿Todo submudno? Simon, Magnus, Maia, pensó con horror.

Exacto. Muchos submundos han muerto a causa de ello, y no tenemos ninguna cura. Los más grandes hechiceros han acudido a nuestro encuentro, y hemos trabajado en conjunto en busca de una solución, pero no hemos podido llegar a ninguna. Esto se está saliendo de nuestras manos.

—¿Y para qué nos necesitan? No es como si fuéramos médicos o algo parecido —preguntó Jonathan, con los ojos entrecerrados en desconfianza—. A no ser que quieran experimentar con nuestra sangre —susurró sólo para que Clary pudiera escuchar. Ella se puso tensa, mirando a los hermanos con recelo.

Necesitamos a los mejores guerreros para esto, Jonathan. Todos ustedes son héroes de la Guerra Mortal y…

—Clary no estuvo en la Guerra Mortal —aclaró Jace inmediatamente.

Requirió de todo el autocontrol que Clary pudo reunir el no ponerse de pie y golpearlo.

Oh, ayudó más de lo que crees, Jace Lightwood. dijo el Hermano Cimon, haciendo énfasis en Lightwood. Dividió al enemigo.

Jonathan ahogó un grito y apuntó a Clary acusadoramente. —¡Embustera! ¡Te acercaste a mí sólo para separarme de Valentine! ¡Lo sabía!
Tessa tomó uno de los almohadones y golpeó a Jonathan con él con tanta fuerza, que sonó como si lo hubiera abofeteado. Jonathan, dejando su falsa expresión de traición, se volteó hacia Tessa con una mirada asesina.

—¡DEJA DE GOLPEARME CON EL JODIDO ALMOHADÓN! —gritó, tomando el almohadón entre sus manos y haciéndolo añicos. Plumas y relleno salieron volando en todas direcciones.

Jocelyn se llevó una mano a la frente, cerrando los ojos. —Raziel, dame fuerzas —pidió, negando con la cabeza como si no pudiera creer que ese era su hijo.

—Quizás deberíamos golpearte con un bloque de cemento —masculló Jace.

—Me gustaría verte intentándolo, niño ángel —replicó Jonathan, poniéndose de pie y sonriendo amenazadoramente.

—Oh, me encantaría, niño demonio —Jace también se puso de pie, con una sonrisa aún más peligrosa.

—¿Tienes algo contra la gente con sangre de demonio, Lightwood? —Tessa se puso de pie de brazos cruzados, con los ojos entrecerrados—. Vamos, responde.

—De acuerdo, creo que es suficiente —Clary se puso de pie, interponiéndose entre Tessa, Jonathan y Jace—. Deja de actuar como idiota, ¿podrías? —le dijo a su hermano—, Tessa, no seas tan mamá-oso para tus cosas —Tessa alzó una ceja, pero guardó silencio y volvió a sentarse. Clary finalmente se volteó hacia Jace. Él la miraba, interrogante, como si la estuviera retando a decirle algo—. Y tú —dijo Clary—, deja de ser tan Jace por más de cinco jodidos minutos, ¿puedes hacerlo o te es algo imposible?

—La magnificencia de mi personalidad sale a relucir a cada minuto, no puedo evitarlo —replicó él con una amplia sonrisa pero, sorprendentemente, se volvió a sentar y guardó silencio.

Isabelle soltó una risita. —Oh, te extrañamos Clary. Hacía falta alguien que pudiera controlar a Jace. Es agotador.

—¿Yo? ¿Agotador?

—Y molesto —agregó Alec, mirándose las uñas.

—¿De qué lado estás? —dijo Jace, volteando a mirarlo—. Y te haces llamar mi parabatai.

—¿Un Herondale y un Lightwood como parabatai? —soltó Tessa—. No me lo creo.

Sí, yo tampoco lo creía. ¿Sorprendente, verdad?, dijo el Hermano Zachariah. Tessa miraba de Jace a Alec, con los ojos bien abiertos y asintió en silencio.

—¿Qué? ¿Por qué es tan difícil de creer? —preguntó Jace.

—Porque eres un culo y les sorprende que alguien te soporte lo suficiente como para ser tu parabatai —aseguró Izzy.

—Sólo estás celosa, porque te encantaría tener un culo como el mío —le soltó Jace.

—Mi culo es hermoso —dijo Isabelle, alzando la barbilla con orgullo. Alec parecía horrorizado por lo que acababa de decir su hermana.

—Vamos, ponte de pie, yo seré el juez —dijo Jonathan y Clary le pegó un codazo—. ¿Qué? —le preguntó como si nada.

He aquí el futuro de los cazadores de sombras, anunció el Hermano Zachariah quedamente.

—¿Eso fue sarcasmo? —preguntó Jace, acusadoramente.

Suficiente, rugió el Hermano Enoch, perdiendo la paciencia. Un extraño pitido resonó en las mentes de todos y, automáticamente, se taparon los oídos.

—¿Qué demonios? —masculló Jace, frunciendo el ceño.

Los Hermanos Silenciosos manejamos muchas cosas de la mente. Puedo hasta dejarlos ciegos por el resto de la tarde, ¿es eso lo que quieren?

—¿Y cómo demonios juzgaré el culo de Isabelle si es que estoy ciego? —preguntó Jonathan con una expresión muy cercana a la preocupación genuina.

—Sólo para que conste, tengo mis sospechas de que Jonathan es adoptado —anunció Jocelyn, levantando una mano para llamar la atención.

Clary miró a su madre parpadeando sorprendida.

—Tiene razón. Mi nueva madre es Tessa —dijo Jonathan acercándose a Tessa y tomándole la mano—. ¿Cierto, Tessie?

—SE ACABÓ —el rugido de Luke resonó en todo el instituto y Jonathan cerró la boca de inmediato. Luke paseó la mirada –una mirada asesina y amenazadora– por los rostros de todos los presente antes de decir—: Continúe, hermano Enoch.

Gracias, dijo el hermano. Carraspeó (o al menos hizo un sonido parecido a carraspear) y siguió hablando. Como les decía: necesitamos a los mejores guerreros y a los más jóvenes. Creemos que solo hay una persona en el mundo que podría conocer la cura.

—¿Ah, sí? —inquirió Jace, escéptico—. ¿Quién?

El hermano Enoch guardó silencio por un par de segundos pero finalmente dijo, con voz firme y clara: Valentine Morgenstern.

El nombre de su padre fue como una bofetada para Clary. Inhaló aire con fuerza y empezó a temblar de pies a cabeza. Odiaba tanto a ese hombre. Ni muerto la dejaba en paz.