Pasamos los días siguientes rastreando y eliminando a la secta demoníaca que había lanzado un ataque contra mi familia. Yo pase todo ese tiempo en la tierra centrado en proteger a mis hijos. Creo que hacía mucho que pasaba tantos días sin subir al Cielo. Pero, ahora me doy cuenta, cometí un error, y es que pasaba ese tiempo investigando, en vez de dedicárselo a mis niños. Cuatro días después del fatídico cumpleaños de Chris, ese error me salpicó en la cara.
Nos interesaba acabar con aquellos demonios más que nunca. Primero, iban tras mis hijos. Segundo, eran poderosos. Y tercero, si corrían la voz de que las Embrujadas seguían vivas, todo lo que habíamos intentado construir en los últimos años se iría al traste. Así que tal vez yo estaba un poco paranoico de más. Me concentré tanto en la seguridad de mis hijos que olvidé otras cosas importantes, hasta casi no hablar con ellos para nada. Pasaba muy poco tiempo en casa, porque empleaba cada segundo en hacer averiguaciones sobre nuestros enemigos. La mañana de ese cuarto día tuve un atisbo de la magnitud de mi equivocación:
- Es mía – decía Chris – Mía y no de Wyatt.
Se refería a la bola de cristal que Phoebe le había regalado por su cumpleaños. Al final lo había conseguido: algo que ni un niño de tres años ni uno de cinco podían romper, a pesar de sus poderes. La esfera era muy resistente. Esos objetos mostraban sólo lo que querían mostrar, aunque se les podía conjurar para que te enseñaran algo concreto…pero Chris aún no había conseguido ver nada. Wyatt, en cambio, sólo tenía que pestañear para activar el poder de la bola. Era algo que enfurecía especialmente a Christopher: que su hermano pudiera y él no. No dejaba de repetir que era "su" regalo, y no de Wyatt.
- Pero la puedes compartir. ¿Verdad, papá? – preguntó Wyatt. Yo levanté la cabeza del libro que estaba ojeando para mirarle. Hasta el momento el libro no estaba siendo muy útil para mis objetivos, y quizá por eso me sentía frustrado, y no me paré a pensar bien en el conflicto de mis hijos.
- Si es suya es suya, Wyatt. – le respondí.
Mi niño salió enfadado de la habitación, y ya entonces pensé que me había equivocado. ¿Qué clase de respuesta era esa? Siempre les decía que debían compartir sus cosas… Lamenté mi precipitación y me concentré de nuevo en el libro, pero instantes después Piper subió con cara de "voy a gritarte un rato", lo que en realidad tenía que ser uno de sus deportes favoritos. Ella también debía de pensar que le había dado a mi hijo una respuesta tonta, porque envió a Christopher fuera del desván y me quitó el libro, en un claro gesto de "vamos a hablar".
- Leo…
- Sé lo que me vas a decir - la interrumpí.
- ¿En serio? Tu hijo ha venido medio llorando, quejándose de que eres injusto.
- Me he equivocado. Que le deje la esfera, y ya. No es para tanto.
- No se trata de esa estúpida bola. Wyatt lleva días más apagado que una vela bajo la lluvia, y si te tomaras la molestia de prestarle un poco de atención, te hubieras dado cuenta.
Yo parpadeé, algo desconcertado. No había notado nada extraño en él, y eso era insólito, porque era todo un experto en interpretar las expresiones de mis hijos. Reparé en que Piper tenía razón: apenas le había prestado atención. Me sentí en la obligación de intentar defenderme.
- Esos demonios se esconden bien. Os habéis recorrido la mitad del inframundo y no habéis dado con ellos. Cada día que pasa sin que les derrotemos es un día más que Wyatt y Chris están en peligro. Sé que he estado un poco ocupado, pero esto terminará pronto y…
- Y después ¿qué? ¿Qué pasa si después viene otro demonio? ¿Seguirás relegando a tus hijos al último lugar?
- ¡No al último, sino al primero! ¡Me preocupa su seguridad! – protesté. Mis bebés eran mi prioridad.
- Pero su seguridad no lo es todo, Leo – me recordó ella, con dulzura. – Te necesitan.
Yo sabía que tenía razón. Uno de mis problemas era mi tendencia a obsesionarme con las cosas. Cuando me ponía un objetivo tenía que cumplirlo, y todo lo demás quedaba en un segundo plano. Pero mis hijos necesitaban a su padre: uno que cuando estuviera con ellos estuviera con ellos, y no con la cabeza metida en libros sobre demonios.
- ¿Qué es lo que le pasa a Wyatt? – pregunté, creyendo que ese era un buen punto por el que comenzar.
- Imagina que tienes cinco años. Que un demonio entra en tu cuarto y quiere matarte a ti, y a tu hermano pequeño. Que ese demonio asesina a tu peluche, tu superpeluche que te acompaña hasta para ir al baño, y luego inmoviliza a tu padre delante de ti. Ahora dime qué es lo que le pasa.
Vale, ese era un buen punto. Pero Wyatt ya estaba acostumbrado a eso…Por desgracia, los demonios formaban parte de su vida desde que era un recién nacido.
- Echa de menos a Bobby – dije – Ya se le pasará.
- ¿Que ya se le pasará? – casi gritó Piper - ¿¡Que ya se le pasará!? ¡Es evidente que no se le pasa, o no se tiraría horas y horas sentado mirando al suelo! No seas insensible ¿quieres? ¡Claro que echa de menos a Bobby: ese osito era su mejor (y único) amigo!
No es que no entendiera lo que Piper pretendía decirme, y no es que no sintiera pena por mi hijito, pero en mi escala de prioridades, su osito de peluche estaba más bien abajo, comparado con la necesidad de evitar que le hicieran daño. Aun así, me propuse ser más cercano con él. En realidad, todo eso del tipo duro no me iba. Respuestas como "ya se le pasará" no eran propias de mí, y me di cuenta de que no podía seguir por ese camino.
- Te prometo que esta tarde estaré con él. – dije al final - Pensaré en algo divertido que podamos hacer juntos.
- ¿Esta tarde? ¿Y por qué no ahora?
- Tengo una pista bastante buena.
Piper resopló, pero luego asintió.
- Avísanos si encuentras algo. Las pociones están listas y Phoebe ha estado trabajando en un conjuro.
Le dediqué una sonrisa, y orbité.
El inframundo siempre era un lugar…inhóspito. Casi todo era roca, y oscuridad. Había muchos niveles: tantos, que era imposible conocerlos todos. Algunos de ellos eran un laberinto. Los demonios que buscaba habitaban uno de esos laberintos, y de no haber podido orbitar, yo hubiera terminado perdido sin remedio. Pero como podía salir de allí en cuanto lo necesitara, me atreví a adentrarme en aquellos pasillos. Estuve observando para cerciorarme de que aquellos eran los que nos habían atacado. No es que hubiera pasado nada por cargarse un grupo de demonios cualquiera, pero era mejor librar cada batalla a su tiempo. Vi un tatuaje que les identificaba como los que yo buscaba, y ya estuve listo para volver. Sentí tentaciones de acabar con ellos yo mismo, pero no tenía poder suficiente. Aquello requería el Poder de Tres.
Regresé a mi casa con las buenas noticias. Por fin les había encontrado, y podíamos acabar ya con esa pesadilla. Sin embargo, no tuve ocasión de transmitir lo que había descubierto, porque cuando llegué a casa presencié una batalla campal. Wyatt tenía levantada la bola de cristal de Chris y le estaba amenazando con ella. Mi primera reacción fue pensar que estaba viendo mal. Mi bebé no podía estar amenazando su hermanito…el mismo hermanito al que hacía cuatro días había defendido y salvado. Pero la expresión histérica de Piper me hizo entender que había visto bien.
- ¡Wyatt, deja eso! – gritó.
Yo decidí no arriesgarme a que no obedeciera y lanzara la bola sobre Chris, así que orbité el objeto bien lejos. Wyatt se sorprendió al ver que la esfera desaparecía de sus manos, y movió la cabeza, para ver quién lo había hecho. Al ver que había sido yo toda la rabia que mostraban sus ojos se transformó en un "Oh, oh, estoy en problemas". En otro momento esa expresión me hubiera parecido de lo más adorable, pero el enfado que sentía me impidió verlo así. En mi cabeza sólo podía ver las posibles consecuencias de que Wyatt hubiera arrojado la esfera sobre su hermano. Una brecha en la cabeza, siendo positivos, y un cráneo aplastado, siendo pesimistas. Cualquiera de las dos posibilidades me aterraba, y me enfurecía.
- WYATT, A LA ESQUINA. ¡AHORA!
Sí, le grité. Y no, no me sentí culpable. Me pareció buena idea que Wyatt supiera lo mucho que me había enfadado: así podía empezar a entender cómo de malo era lo que había hecho. Mi bebé se quedó paralizado por ese grito. No fue el único en darse cuenta de lo enfadado que estaba. Piper, que había cogido a Chris en brazos, como si le quisiera proteger, se dio cuenta también, e intentó calmarme.
- Leo, sólo es un niño. Vive rodeado de tanta violencia que era de esperar que un día…
- ¡Nosotros no hacemos daño a las personas! ¡Esto no era de esperar! ¿Cuándo le hemos enseñado que golpear a su hermano con un objeto pesado sea algo bueno? Me parece bien que si decide hacerlo con un demonio, pero con su hermano no.
- ¡Es un niño, Leo! Un niño enfadado. Él no ve la diferencia entre hacer daño a un demonio y a una persona.
- ¡Pues voy a encargarme de que aprenda la diferencia, y de que sea para siempre! – aseguré, con furia en mi voz. Miré a mi hijo mayor, que seguía ahí de pie, parado, mirándome como un conejo asustado. – Wyatt, ¡te he dicho que vayas a la esquina!
Mi niño se dio prisa en cumplir mi orden y fue a la esquina. Normalmente le poníamos una silla cuando le mandábamos al rincón, pero consideré que si era lo suficientemente mayor para intentar reventar la cabeza de su hermano con una bola de cristal, era lo suficientemente mayor para estar de pie.
Intenté relajarme. Lo intenté de verdad. Me obligué a mí mismo a pensar que era un niño: que no era consciente del daño que podía haberle hecho a su hermano. Sólo estaba enfadado y tuvo una reacción violenta. Reacción que, tal como decía Piper, podía estar incentivada por la cantidad de veces que había estado involucrado en luchas contra demonios. Pero yo había dedicado mucho tiempo a intentar que entendiera por qué hacíamos eso. Al hablar con él decía "demonios malos" y no sólo "demonios", para grabar en su cabeza que esos seres querían hacerle daño. No tenían alma. No eran personas. En cambio, me esforzaba porque tratara bien a las personas. Por Dios, era medio luz blanca. Tenía que tener instintos de protección y no de…agresión. Y nunca le habíamos permitido que hiciera daño a su hermano. No: mis intentos de relajarme no dieron un gran resultado. No sólo estaba enfadado, sino también algo decepcionado. Pero no con él, sino conmigo. Algo tenía que haber hecho mal si mi niño no entendía la diferencia sobre quiénes eran enemigos y quiénes no.
Me acerqué a él y hablé a su espalda, puesto que él miraba a la esquina tal como se esperaba que hiciera.
- Podías haberle hecho mucho, mucho, mucho daño a tu hermano. – le dije, con una voz muy seria que no solía emplear con él. – Nosotros ayudamos a la gente, no le hacemos daño. Nosotros protegemos a la familia, no la agredimos. ¿Entiendes lo que significa agredir? Significa atacar a alguien, Wyatt, como los demonios nos atacan a nosotros. Has atacado a tu hermano. ¡Ibas a lanzarle una bola de cristal a la cabeza! Podías…¡podías haberle matado!
Quizá fuera una forma un poco dura de decirlo, pero tenía que hacer que entendiera. Wyatt comprendía bastante bien lo que significaba la palabra "muerte". Él lo traducía por algo así como que alguien se va y ya no vuelves a verlo más. Pero mejor que eso, entendía lo que significaba la palabra "matar". Por eso los demonios eran malos, porque mataban. Por eso se tenía que alejar de ellos. Era algo que habíamos tenido que explicarle varias veces. Para él, que yo le dijera aquello fue como si le comparara con un demonio. Se dio la vuelta para mirarme con ojitos brillantes. Se mordió el labio, pero no dijo nada.
- No, no me mires así – le dije, conociendo a la perfección esa expresión de cuando quería dar pena. – Lo que has hecho está muy mal. ¡Está peor que mal! ¡Y no sirve poner ahora esa carita para que no te castigue! Porque te voy a castigar, que te quede claro. ¿Qué te mereces, Wyatt?
Mi niño me siguió mirando de la misma forma, y no me respondió.
- ¿Qué te mereces? – volví a preguntar, conteniendo a duras penas mi enfado.
- Leo, es muy pequeño para entender esa pregunta – intervino Piper. Ni me había dado cuenta de que seguía allí. La miré, pensando que era irónico que ella estuviera defendiendo a Wyatt cuando ella solía ser la dura, y yo el que le defendía.
- Me entendió perfectamente. Y me contestará si quiere salir de esa esquina algún día. ¿Qué te mereces?
Wyatt se encogió un poco cuando alcé la voz, pero siguió sin decir nada. Harto por su silencio, le di un azote bastante fuerte.
- ¡Eso te dará una pista! ¿Qué te mereces? – insistí, y ese fue el momento exacto en el que mi niño rompió a llorar. Bastante había aguantado, todo hay que decirlo.
- Papito…es que…en tiempo en la esquina no se habla – me respondió, y se frotó los ojos. Y ahí fue cuando yo me rompí en mil pedacitos. Era mi niño con el que estaba hablando. Mi bebé. Y le había gritado y hablado de forma muy fuerte para su corta edad. El pobre no me respondía porque no sabía si podía hacerlo…
Le cogí en brazos y le apreté contra mí pero no sirvió de nada: Wyatt ya estaba llorando de una forma que hacía pensar que no iba a parar en un futuro próximo.
- Lo…lo siento – lloriqueó mi niño.
- Ya, bebé. Shh. ¿Por qué lo has hecho? Yo sé que quieres a tu hermanito…
- Él…snif…él no me quería dejar su bola.
- Wyatt, si él no quiere compartir contigo se lo dices a mamá y a papá, pero no…- empecé, pero mi niño me interrumpió.
- Eso hice. Y tú no hiciste nada – protestó, y yo sentí una nueva oleada de culpabilidad.
- Lo siento, bebé. Tienes razón. Pero eso no te da derecho a lanzarle la esfera a tu hermano.
Wyatt soltó un sollozo.
- Yo no quería hacerle daño.
- Pues cualquiera lo diría, cielo – dije, sin poderlo evitar – Tú sabías que si le dabas con eso le iba a doler ¿cierto? Por eso lo hiciste. Estabas enfadado y querías que le doliera.
Un nuevo sollozo de mi bebé fue la confirmación.
- Eso no está bien, cariño. No has llegado a hacerle nada, pero la intención es lo que cuenta. Y tu intención sí era hacerle daño.
Wyatt no respondió, porque no tenía respuesta para eso. Yo sentía que ya había sido muy duro con él, así que decidí acabar ya con eso. Le bajé el pantalón y descargué cuatro palmadas sobre su traserito.
SWAT SWAT SWAT SWAT
- Aii
Me apretó mucho el brazo y cuando se dio cuenta de que ya había terminado me soltó. Yo le acaricié la carita, limpiándole las lágrimas. Luego le volví a subir la ropa y le di un beso, pero Wyatt enganchó sus brazos a mi cuello, como si el beso no fuera suficiente.
- Ay, bebé. Y todo por una bola de cristal. – suspiré, y le mecí para que se calmara.
No tardó mucho en dejar de llorar, pero seguía muy triste. Con el corazón en un puño, le di un beso más y le dejé en el suelo.
- Ahora vamos a disculparnos con tu hermano – le dije, y él asintió. Caminamos hacia Piper y Chris, que se habían sentado en una silla en la otra punta de la habitación. Aun así, habían sido testigos de todo, claro. Wyatt se acercó y se puso de puntillas para darle un beso a su hermanito. Qué tierno.
- Lo siento.
Chris se limpió el beso, que estaba húmedo por las lágrimas que aún caían por la carita de Wyatt, en silencio. Que llorara sin llanto me conmovía aún más. Le achuché, y me senté con él en el sofá.
- Ya está, cariño. No pasa nada. Sólo no vuelvas a hacerlo ¿sí? – le dije, y le di otro beso. – Te quiero mucho, bebé, y por eso no quiero que hagas cosas malas.
Wyatt no respondió, pero se apoyó contra mí. Chris bajó entonces del regazo de su madre y caminó hacia nosotros. Estiró sus bracitos, ofreciéndole a Wyatt la bola de cristal que sostenía con cierta dificultad en sus pequeñas manos. Yo le sonreí y zarandeé a Wyatt con suavidad.
- Anda, cógela – animé – Te la deja.
Pero él negó con la cabeza, y luego se refugió en mí, como si quisiera esconderse. Y así estuvimos durante varios minutos, hasta que él quiso salir de ahí. Yo le estuve observando, y me fijé en su carita triste, mientras permanecía sentado en el suelo, junto a su hermano pero sin participar en su juego. Piper vino a sentarse conmigo en el sofá, y yo la miré con expresión torturada.
- He sido muy duro con él – dije – Mírale, pobrecito.
- Sí que le has hablado un poco fuerte, pero luego has sido muy suave al castigarle. A él le duele más tu enfado que el castigo, pero ya le has demostrado que ya no estás enfadado. No te sientas culpable. Ya te he dicho que lleva días así. Deprimido.
- Es muy pequeño para estar deprimido.
- Pero lo está.
- Pues yo ya no puedo verle así – protesté. Me estaba matando. Fuera mi culpa o no lo fuera, no soportaba ver a mi bebé tan triste ni un segundo más. Me puse de pie, cogí mi chaqueta, y las llaves.
- ¿A dónde vas? – preguntó Piper.
- Vuelvo enseguida – respondí, y en vez de orbitar salí por la puerta.
Empecé a recorrer las calles en busca de algo muy concreto: un nuevo osito Bobby. Un peluche lo más parecido posible al anterior. Recorrí tienda por tienda todas las jugueterías de la zona, y de más allá. No me detuve hasta quedar satisfecho con mi adquisición. Me había llevado algo más de una hora, pero al final tenía un osito con el que volver a casa.
Al volver me encontré con Phoebe y Paige, que justo iban a mi casa. Las saludé, y entramos juntos. Wyatt y Chris corrieron a la puerta a saludarlas. Chris se tiró a los brazos de Paige, y Wyatt a los de Phoebe. Yo carraspeé, como para hacerme notar, y entonces corrieron hacia mí.
-Ah, bueno, eso está mejor. Wyatt, tengo algo para ti – le dije, y saqué de detrás de mi espalda la bolsita con el peluche. Wyatt la tomó de mis manos, la abrió, y me dedicó la primera sonrisa plena del día.
- Ala, que osito tan chulo – teatralizó Phoebe - ¿Ya sabes cómo le vas a llamar?
- Bunny – respondió mi niño y abrazó el peluche. Tomé eso como la confirmación de que le había gustado. Se fue corriendo a enseñárselo a su madre y luego se fue a jugar con Chris, que parecía contento también porque su hermano volviera a querer jugar. Piper, mis cuñadas y yo les estuvimos mirando durante un rato, y luego yo sacudí la cabeza para concentrarme.
- Les he encontrado – las dije. – A los demonios. Sé dónde están.
Después de eso, nos pusimos en marcha. Pensamos que lo mejor era que Phoebe se quedara con los niños, debido a su estado, y que los demás fuéramos tras los demonios. Ideamos un rápido plan de ataque, y orbitamos directamente en el laberinto que yo había descubierto.
Fue un combate reñido. Ellos eran muchos y nuestras pociones no eran infinitas. Yo, técnicamente, no debería participar en una lucha activa pero esa era otra de esas normas que yo estiraba, sobretodo teniendo en cuenta que las hermanas estaban en minoría. Paige se vio rodeada por tres de aquellos tipos, que hacían girar una especie de arma sobre sus cabezas.
- ¡Cosa que gira! – gritó Paige, y orbitó una de aquellas armas, para volverlas contra ellos. El truco funcionó, porque desaparecieron entre llamas.
- ¿Cosa que gira? – pregunté, alzando una ceja.
- Perdón por no saber el nombre de todas las armas demoníacas – me respondió, en el mismo tono, y continuamos la lucha. – Piper, el conjuro, ¡ahora! – instó Paige en cuando tuvieron un respiro. Sacaron un papel y se pusieron juntas para leerlo.
Poderes de la luz,
Magia del bien,
Arrojad ésta plaga a la eterna noche.
Cuando acabaron de leer, los demonios echaron a arder y se consumieron en las llamas del infierno. Las hermanas jadearon cuando el inmenso poder salió de ellas. Y después regresamos a casa.
Si mi día no había sido lo suficientemente largo, cuando regresamos vi que Phoebe estaba en serios aprietos para hacerse cargo de mis dos bebés. Cuando orbitamos delante de ella Phoebe puso cara de alivio. Por la habitación volaban toda clase de objetos. Mis niños se aburrían, y habían decidido "jugar" al estilo mágico. Usaban su capacidad de mover objetos con la mente para volver loca a la pobre Phoebe.
- Vamos chicos, dejad eso… - decía ella, a todas luces muy cansada. Su embarazo estaba muy desarrollado y llevaba demasiadas horas de pie. Mis hijos, por supuesto, no la hicieron caso. Chris soltó una risita, considerando aquello muy divertido.
- ¡Christopher Perry Haliwell deja ese cuchillo en el suelo ahora mismo! – ordenó Piper, y Chris obedeció con la rapidez de un cohete. Miró a su madre como quien mira a un fantasma. Ella recogió el cuchillo, lo guardó, se acercó a él y le dio dos azotes. – ¡No se juega con cuchillos, no se juega con la magia y no se desobedece a la tía Phoebe! – regañó Piper, y le dio un azote más. Ese era el castigo más grande que Chris había recibido nunca, así que respondió con el llanto más fuerte que habíamos oído nunca. Corrió a los brazos de Paige sabiendo que ella siempre le consentía:
- ¡Tita! – lloriqueó. Paige le hizo mimos y Piper se concentró en Wyatt que se había quedado congelado, manteniendo varios objetos aún en el aire. Uno de ellos era el osito que le había regalado. Otro eran unas llaves, y el último era uno de los jarrones de Piper.
- Wyatt… - advirtió ella, en un tono que ponía los pelos de punta – Deja eso en el suelo.
Wyatt parpadeó sin moverse u milímetro, y sin bajar los objetos.
- ¿Acaso me estás probando? Si no haces caso a mamá vas a ser un niño muy triste.
Pude ver como Wyatt se lo pensaba, pero debió pensárselo demasiado para el gusto de Piper, que usó su magia para congelar los objetos en el aire y se acercó a Wyatt. Le cogió del brazo y le arrastró hasta el sofá. Wyatt no dejó de patalear y de lloriquear en todo momento, pero no empezó a llorar de verdad hasta que Piper le puso sobre sus rodillas.
- Si me hubieras hecho caso habrías tenido el mismo castigo que tu hermano – dijo ella, mientras le bajaba el pantalón y el calzoncillo – Pero por desobediente vas a terminar con el culito como un tomate – le dijo, y allí, delante nuestro, empezó a castigarle. Sólo entonces se me ocurrió pensar que yo también le habías castigado delante de su hermano. A Wyatt en ese momento parecía darle igual. Se debatía con inútiles fuerzas, intentando soltarse del agarre de su madre.
SWAT SWAT
- Si mamá dice que dejes algo en el suelo, lo dejas en el suelo.
SWAT
- No se desobedece a mamá.
SWAT
- No se desobedece a la tía Phoebe.
SWAT
- Y no se juega con la magia.
SWAT
Piper se detuvo, y sólo entonces me miró. Vi en sus ojos una pequeña expresión de duda, como si tuviera miedo de no haber obrado bien. Yo me acerqué a ella, y la acaricié el hombro para reconfortarla. Luego puse a Wyatt de pie entre los dos, y le coloqué la ropa. Mi niño lloraba como una magdalena, y me abrazó con mucha fuerza.
- Mami me pegó en el culito – lloró mi niño, mientras se sobaba. En aquella ocasión yo era "inocente" del cargo de haber hecho llorar a mi bebé, y aun así me sentía mal.
- A mamá tienes que hacerle caso, corazón – le dije, con voz suave. – No sólo has sido travieso por jugar con los poderes cuando sabes que no debías, sino que también has sido desobediente.
Wyatt puso un puchero, enfadado porque encima le estuviera regañando, cuando él buscaba que yo lo mimara. Supe lo que quería y le di un beso.
- Ya, bebé. No pasa nada. Ya no llores.
- Pero me duele – gimoteó. Piper lo sacó de mis brazos en ese momento y le envolvió en los suyos, mientras le llenaba de besos.
- ¿Me harás caso la próxima vez? – preguntó, y Wyatt asintió. – Pues ya está, bebé. No estés triste, que mami te quiere mucho.
- Pero quieres más a Chris – dijo de pronto, y Piper le miró muy sorprendida. Yo miré a Chris, que gimoteaba en los brazos de Paige.
- Quiero a mis dos bebés con todo mi alma – respondió ella – Pero Chris me obedeció, y tú no. Además, él es más pequeño. Que te haya castigado no quiere decir que te quiera menos.
- ¿No?
- No, bebé. Yo siempre te voy a querer, no importa lo que pase.
Wyatt pareció entonces más animado. Yo le dejé un momento en compañía de su madre y fui a coger a Chris, que se colgó de mi cuello mirándome con penita. Me senté con él en el sofá, junto a Piper y Wyatt, y así mis dos bebés lloraron a coro.
- Sshhh. Vamos, vamos, ya está.
Sostuve a Chris con una mano y acaricié el pelo de Wyatt con la otra. Mi hijo mayor había recibido dos duros castigos ese día; uno había sido duro porque yo me había enfadado mucho, y el otro porque se lo había dado su madre. Sabía que iba a tardar un rato en dejar de llorar, y estaba buscando la forma de que se calmara cuando Phoebe se me adelantó. Sacó algo de su bolso y se acercó a nosotros con dos caramelos.
- No quiero ver llorar a mis dos sobrinitos favoritos – dijo ella, ofreciendo una golosina a cada uno. Chris se frotó el ojo con la mano derecha, y cogió el caramelo con la izquierda. Puso un puchero porque no lo podía abrir. Yo lo cogí, lo abrí, y se lo di, y así mi niño me regaló una sonrisa. Yo le di un beso, contento de que hubiera dejado de llorar.
Wyatt, en cambio, se negó a coger el suyo. Wyatt rechazando una chuchería: eso sí que había que verlo para creerlo.
- ¿No quieres un caramelo, Wyatt? – preguntó Phoebe, en tono cariñoso. Mi niño negó con la cabeza - ¿Por qué no?
- Porque hoy he sido malo y papá y mamá ya no me quieren.
Frases como esa estaban penalizadas en algún estado, o deberían haberlo estado. Mientras buscaba la forma de responder, me fijé en que los objetos que Piper había congelado seguían en el aire. Yo los orbité para bajarlos y cogí el peluche de Wyatt. Se lo di.
- Papá y mamá te quieren más que nunca, cielo. Más que nunca.
- ¿Sí? – preguntó mi niño, con inseguridad.
- Uno no necesita que lo quieran cuando está alegre. Uno necesita que lo quieran cuando está triste y se ha portado mal. Nosotros te queremos todo el tiempo – le dije, y Piper le dio un beso. Wyatt me miró fijamente con sus grandes ojos claros, y luego cogió el caramelo de Phoebe. Lo desenvolvió el sólo y se lo llevó a la boca. Luego se recostó encima de mí como si yo fuera su cama. En realidad, yo sería para él lo que él quisiera que fuera.
