A veces se me olvida cómo era ser humano. En realidad, no es que se sienta diferente. Mi corazón late, mis pulmones necesitan llenarse de aire y si me golpeas duele. Pero no puedo morir, salvo por el veneno de un luz negra o el ataque de otro Anciano o…en fin, un par de cosas más, pero muy pocas. Y es en ese no poder morir donde está la diferencia. Empiezas a ver las cosas de otra manera. Con el cuerpo joven de un hombre entre los veinte y los treinta, tu mente es la de un hombre que sobrepasa el siglo.

Se supone que, al ser un Anciano, debo ver a todas las criaturas de la tierra como mis hijos. Es fácil hacerlo si además se tiene en cuenta mi edad, y supuestamente sería cada vez más sencillo con el tiempo. Pero siendo sinceros, yo no lo sentía así. No le deseaba daño a nadie, y protegería a quien estuviera en mi mano proteger, pero hijos tenía sólo dos. Dos medio angelitos que para mí eran ángeles del todo. Mis bebés. Ellos estaban por encima del resto de la humanidad. Pensamientos como ese me hacían sentir un mal Anciano. Hacía algunos años había estado a punto de dejar de serlo, cuando Wyatt estuvo en peligro por culpa de Guideon, y mis Hermanos me salieron con aquello del Bien Mayor, "todos son tus hijos" y "Guideon es un Anciano así que no puedes ir contra él". En ese momento supe que todas las normas, prioridades y objetivos de los Ancianos dejarían de importar para mí cada vez que mis hijos estuvieran por medio. Lo que me lleva de vuelta a mi primera reflexión: ¿la paternidad se siente igual para un hombre que para un luz blanca? ¿Y qué hay del resto de cosas? ¿Me estaba volviendo yo un insensible?

El motivo de que me estuviera haciendo aquellas preguntas mientras observaba el atardecer desde lo alto del Golden Gate era una discusión que había tenido con Piper aquella mañana. Jamás pensé que fuéramos a discutir por los niños. De acuerdo, pequeños roces son inevitables. Pero aquella fue nuestra pelea más importante en mucho tiempo. Y todo porque al ir a recoger a Wyatt del colegio…

- Señor Haliwell, ¿puedo hablar con usted? – me pidió la profesora mientras yo buscaba a mi niño de entre todos los que salían del último curso del jardín de infancia. Yo asentí, claro, y la seguí al interior de un aula, donde me esperaba mi bebé.

Estaba sentado en uno de esos pupitres tamaño niño, y se veía claramente que no estaba contento. Me acerqué a él y le di un beso.

- Hola, bebé. ¿Qué tal estuvo el cole hoy?

- ¡Mal! – exclamó Wyatt, frunciendo el ceño y cruzándose de brazos. Me sorprendí un poco, pero antes de poder indagar en los motivos de aquella respuesta, la maestra intervino.

- Señor Haliwell, Wyatt hoy tuvo un problema con un compañero…

- Ya veo – respondí, pensando que quizá se había enfadado con algún amiguito, aunque en realidad no tenía muchos.

- Lo que quiero decir es que golpeó a otro niño y, verá usted, no es la primera vez que lo hace.

Yo me quedé a cuadros. ¿Mi bebé pegándose? Pero…pero ¡si era mi bebé! Quiero decir, que no me le imaginaba peleándose con nadie. A mi mente acudió inoportunamente el suceso de hacía dos semanas, cuando Wyatt casi golpeó a Chris con la bola de cristal. No habíamos tenido ningún problema desde entonces. Yo estaba muy contento con mi niño, y por eso lo había ido olvidando, pero ahí estaba. Y cuando pegó a su hermano. Y cuando quiso pegarme a mí. Wyatt tenía cierta tendencia a irse a las manos, y es como si yo lo acabara de averiguar en ese instante. Como si hubiera permanecido ajeno a ello hasta entonces. Me enfadé un poco, y estuve tentado de regañar a Wyatt y darle un azote en ese momento…Sin embargo, pensé que tal vez pudiera resolver aquello de otra manera. Me entró el típico complejo de "si tú le pegas antes de hablar con él, no te extrañes si él hace lo mismo". Así que me agaché y me puse frente a mi niño, con el pupitre en medio de los dos.

- ¿Es verdad lo que dice tu seño, Wyatt? ¿Has pegado a otro niño?

Wyatt no me respondió. A mi hijo no le gustaban las preguntas directas sobre su mal comportamiento, y menos con público. A mí tampoco me gustaba que alguien oyera mis conversaciones con mi bebé, así que supe entenderle.

- Hablaremos después, hijo. Ahora ve al baño, que nos vamos y luego te entran ganas de hacer pis.

Mi bebé se levantó y fue al baño, que estaba en aquél mismo pasillo. Yo me quedé a solas con su profesora.

- Lo lamentó mucho. ¿Sabe si tiene algún problema con ese niño? ¿No se llevan bien?

- Diría que no, pero en realidad Wyatt se lleva bien con todo el mundo, señor Haliwell. Nunca se hace muy cercano con nadie, y eso es otra cosa que quería hablar con usted, pero no tiene enemigos.

Yo me callé los comentarios, pero mi niño sí tenía enemigos. Muchos. Y le querían muerto. La verdad es que la palabra "enemigo" no me parecía adecuada para emplearla entre niños de cinco años. Pero en fin, entendí lo que quiso decirme.

- Siendo así no tengo ni la más remota idea de por qué le ha golpeado, pero me encargaré de que no vuelva a pasar.

- Sólo son cosas de críos – respondió, apaciguadora, y yo no pude evitar sentir algo de rabia. ¿Si eran cosas de críos porque estaba yo allí, hablando con ella? Había dicho que no era la primera vez, así que no eran cosas de críos. Al menos, para mí no. No estaba dispuesto a dejar que mi niño se pegara con nadie. Cero violencia para él.

- Gracias por todo – dije, a modo de despedida, y me di a vuelta.

- ¡Espere! – me detuvo – Lo de la pelea no tiene importancia. Ocurre con frecuencia entre los chicos. Sólo me ha parecido que ésta vez era más serio porque el otro niño se ha llevado un buen puñetazo, y además Wyatt no ha querido pedirle perdón.

Ah, ¿y eso eran cosas de críos? Porque yo cada vez me estaba encendiendo más, y mis promesas de mostrarme dialogante con Wyatt estaban flaqueando. Mi niño no era un salvaje para andar dando puñetazos por ahí. Pero la maestra no había terminado.

- Lo que de verdad me preocupa es que Wyatt no se relacione con los otros niños. Es alegre y generoso, no parece excesivamente tímido pero… la verdad es que no tiene muchos amigos.

Me mordí la lengua para no responder que no hacía falta ser un genio para darse cuenta de eso. Era lo normal cuando tienes magia. Wyatt sólo podía ser él mismo con los niños que a veces iban a la guardería de la escuela de magia y a Piper no le gustaba que fuera allí porque quería que él tuviera una vida normal. Una vida normal que por lo visto no podía tener, porque era incapaz de hacer amigos. Todo era un bucle muy frustrante y naturalmente no podía decirle nada de eso a su maestra, así que dije lo que solíamos decir cuando alguien nos sacaba ese tema:

- No tardará en hacer amigos. Hasta entonces tiene a su hermano. Agradezco su preocupación, señorita Williams, pero la verdad es que ahora mismo me preocupa más el asunto de las peleas.

…porque era el único que podía intentar solucionar. Con dos o tres frases corteses más, me despedí de la profesora, y fui a buscar a mi bebé, que aún no había salido del baño. Esperé en la puerta, pero pensé que estaba tardando un poco demasiado en salir, incluso aunque estuviera haciendo algo más que pis.

- Wyatt, hijo, ¿estás bien? – pregunté. Sabía que estaba dentro porque le sentía dentro del baño. Ventajas de ser un Anciano.

- Si.

- ¿Sales ya?

- No.

- ¿Te falta mucho?

- Sí.

¿Era el día de los monosílabos y yo no me había enterado?

- Pero, ¿qué estás haciendo, hijo? ¿Quieres que papá entré y te ayude?

- ¡No!

- Bueno.

Suspiré y seguí esperando. Paseé por el pasillo, y al cabo del rato me acerqué a la puerta de nuevo, extrañado porque siguiera sin salir.

- Wyatt, hijo, voy a entrar ¿vale? Me estás preocupando.

Agradecí que la escuela no tuviera cerrojos en los baños de los más pequeños y agarré el manillar, preocupado porque mi niño se encontrara mal o tuviera algún problema.

- No papá no ent… - empezó, pero yo ya había entrado. En el cuartito estaba sólo él, con la ropa bien puesta y todo en su sitio. La tapa del retrete estaba bajada y yo no entendía qué es lo que le había demorado tanto.

- ¿Qué ocurría hijo? Llevas ahí dentro mucho rato.

- Na-nada papá.

Ya. Y yo era tonto. Se notaba que algo sí ocurría, porque la cara de mi niño era todo un poema. Estaba más blanco que la leche y me miraba con ese aire de culpabilidad post travesura que yo tan bien conocía.

- ¿Nada? ¿Seguro?

Wyatt se mordió el labio. No solía mentirme y yo le había hecho una pregunta directa, así que se sentía inclinado a decirme la verdad, aunque no parecía tenerlas todas consigo.

- Estás enfadado – me dijo al final.

- ¿Cómo dices? – pregunté sin entender.

- Estás enfadado por lo que ha dicho mi seño. – explicó, y creí comprenderle.

- ¿Así que te has escondido aquí?

Él asintió.

- Cariño, nunca te escondas de papá. Anda, ven. Tenemos que irnos.

Estiré la mano y Wyatt la agarró, pero aún me miraba algo intranquilo. Empezamos a caminar en silencio, y traspasamos las puertas de su escuela. Ya en la calle el silencio continuó. Me di cuenta de que Wyatt aún llevaba su pequeña mochilita a la espalda, y se la cogí. Siempre la llevaba yo, para que fuera más cómodo.

- ¿Muy muy enfadado? – preguntó al final. Yo hice esfuerzos por no sonreír. Ese niño era mi debilidad, lo prometo.

- No estoy enfadado, Wyatt, pero no me gusta que te pelees y no entiendo por qué lo has hecho. Tu seño dice que no es la primera vez. ¿Por qué le has pegado?

Mi bebé no dijo nada. Yo suspiré, me detuve e hinqué una rodilla en el suelo para ponerme a su altura.

- ¿Por qué, hijo?

Más silencio. Aquello me hizo creer que en realidad no tenía un buen motivo para pegarle y por eso no me respondía. Qué equivocado estaba…Pero en ese momento yo no lo sabía. Decidí no insistir, y quizá eso fue un error. Suspiré, e intenté explicarme.

- Bebé, vamos a hablar un momento ¿de acuerdo? A golpes no se solucionada nada. Si ese niño ha hecho algo que te ha molestado, pegarle no lo soluciona.

- Pero al menos me tendrá miedo – respondió Wyatt, y aquello me pilló desprevenido.

- ¿Y eso te parece bien? – pregunté al final, intentando controlar mi voz.

- Sí.

- Pues no lo está, Wyatt. No está bien. Pegar no está bien, y tampoco lo está no pedir perdón. Uno se puede equivocar, pero luego al calmarnos nos damos cuenta y nos pedimos perdón.

- Yo no voy a pedir perdón a Mark. Nunca.

- Quiero que lo hagas, hijo. Yo… - empecé, algo desesperado porque no me esperaba esas respuestas. Pero entonces me vi bruscamente interrumpido cuando Wyatt salió corriendo hacia un niño que salía en ese momento de una tienda con su madre. De pronto Wyatt le metió un empujón. Por suerte yo había salido corriendo detrás de él, y le alejé del niño.

- ¡Wyatt! – exclamé. Sorprendido es poco. No podía creerme lo que acababa de ver. Miré a la madre del niño, y me disculpé. – Lo siento mucho. No sé… no sé lo que ha pasado.

- ¡Mami, es él! ¡Es el niño que me pegó!

Así que ese tenía que ser Mark. El niño lloriqueaba un poco, y se escondía detrás de tu madre. Tenía miedo de mi hijo, que aún quería echarse encima de él. Me parecía una canallada. El pobre crío daba lástima.

- Wyatt, pídele perdón.

- ¡No!

Mi paciencia se agotó en ese momento. Había intentado hablar con él, pero Wyatt daba respuestas que no me satisfacían en absoluto. Él era muy poderoso y estaba destinado a hacer un gran bien, pero si se dedicaba a infundir miedo podría hacer justo lo contrario. Y yo no lo iba a permitir. Le agarré del brazo, y le di un azote.

- No te ha hecho nada. Le has empujado por la espalda, por poco le tiras y no ha estado nada bien. Pídele perdón.

Pero Wyatt empezó a llorar y quedó claro que no iba a pedir perdón a nadie al menos durante un rato. Yo suspiré, y le cogí en brazos.

- Lo siento mucho – repetí.

- No pasa nada. Seguramente Mark haya hecho algo para enfadarle.

- ¡Que no, mamá! – protestó el niño - ¡Que yo no he hecho nada!

- ¡Ni yo tampoco! – respondió mi niño, restregándose los ojos.

- Tu sí caballerete, y cuando lleguemos a casa papá va a hablar muy seriamente contigo.

Me despedí de la mujer y del niño, y volví a casa con mi bebé medio lloroso en brazos. No sé si lloraba por el pequeño regaño, o porque sabía que en casa le iba a castigar. En cualquier caso, yo no me consideraba frío, y no podía soportar todo un viaje de vuelta oyéndole gimotear sin decirle nada.

- Shhh. ¿Por qué lloras?

- Porque me vas a dar pam pam en el culete. – me dijo, miserablemente.

No pude evitar extrañarme, porque ni Piper y yo solíamos usar esa expresión. Yo la odiaba, para ser sinceros. Supuse que mi niño la habría escuchado por ahí, y en vista de que él había decidido llamarlo así yo hice lo propio.

- Sí, cariño. Te voy a dar pam pam porque te has portado mal. No puedes volver a hacer lo que has hecho hoy.

Wyatt volvió a llorar con más fuerza. Le di un beso en la cabeza.

- Lo siento, bebé. Sabes que en el cole tienes que portarte bien, y también sabes que no puedes pegar. Papá ya te ha enseñado eso, pero tú lo has hecho igual.

No tardamos mucho en llegar a casa. Wyatt seguía llorando, y aunque yo estaba bastante enfadado, ese llanto me estaba derritiendo. También debió derretir a Piper, a juzgar por su expresión cuando salió a recibirnos con Chris en brazos.

- ¿Cómo está? – pregunté. Christopher no había ido al colegio porque se había despertado con dolor de tripa y algo de indigestión. No parecía nada serio y tal vez le hubiéramos llevado al colegio si

a) No fuera tan pequeño.

b) No fuera nuestra cosita consentida.

c) No tuviera esa tendencia a orbitar cuando se encontraba mal. Si le dejábamos en clase y le dolía un poco la tripa tal vez nos diera la sorpresa y decidiera orbitar para estar con mamá y papá.

- Perfectamente. Hace nada me estaba pidiendo un helado.

Yo sonreí, y le di un beso a mi bebé goloso. Le hice un mimo y me regaló un gorgorito.

- ¿Y qué le pasa a mi cielito? – preguntó Piper, haciéndole un mimo idéntico a Wyatt. En lugar de responder, mi niño escondió su cabecita en mi pecho.

- ¿No vas a responder a mamá? – dije, separándole un poquito.

- Papá me va a dar pam pam – respondió mi niño al final. Piper me miró, y luego volvió a mirarle a él.

- ¿Por qué cielito?

- Porque es tontooo.

Le di una palmadita suave, casi cariñosa.

- Eso no se dice, Wyatt. Y sabes que no es verdad. Te voy a castigar por pelearte con ese niño, empujarle, y no pedirle perdón.

Con eso conseguí que su llanto se hiciera más fuerte. Se raspó un poco la garganta, y tosió. La boca del estómago se me hizo un nudo. ¿Por qué aquello era tan difícil? Ya no lo aguantaba más, así que decidí acabar pronto. Caminé hasta el sofá, y me senté, con él encima. Le saqué de mis brazos para ponerle sobre mis rodillas.

- ¡No, papá! – protestó, pataleando. – Él es malo, ¡es malo!

- Mark no es malo, Wyatt, ni pegarle la forma de resolver los problemas. – le dije, y me sentí un hipócrita. Veía realmente paradójico el pegarle para enseñarle a no pegar. Le incorporé un momento, y le miré a los ojos. – Cuando te portes mal, ya sabes que habrá una consecuencia, que es esta.

Yo no quería hacer una diatriba moral sobre "pegar es éticamente incorrecto porque bla bla bla". Mi niño me había demostrado que no lo entendía. Que para él pegar estaba bien y que no iba a disculparse por ello. Tal vez aún era muy pequeño. Así que al menos esperaba conseguir que no lo hiciera porque supiera que de hacerlo tendría un castigo.

Le bajé un poco el pantalón y la ropa interior, y le tumbé encima de mí.

- ¡Él es malo! – volvió a gritar, pero yo no le escuché y le di la primera palmada.

SWAT SWAT SWAT SWAT

- No quiero oír que vuelves a pelearte.

SWAT SWAT

Me detuve. Wyatt lloraba de forma aguda y como con hipo. Cuando era más pequeño lloraba así cuando estaba enfadado. Le hacía parecer más pequeño de lo que era, y me hizo sentir horrible. Le atrapé en mis brazos, y le di besitos cortos. Le coloqué la ropa.

- Shh. Ya fue, bebé. Sh.

- ¡Eres malo! – me gritó, y yo me sorprendí, porque no solía reaccionar así cuando le castigaba. Al menos, no lo había hecho las otras veces, aunque por otro lado era una reacción lógica. - ¡Malo, malo, malo! ¡Eres malo y ya no quiero estar contigo!

Dicho esto salió de mis brazos y se fue a buscar a su madre. Y yo aluciné cuando Piper me miró con enfado, como si no aprobara lo que había hecho. Decidí no hacer caso de esa mirada, pensando que tal vez la había malinterpretado. Como ella estaba ocupada consolando a Wyatt, que en ese momento me detestaba, yo cogí a Chris y salí de allí, porque no soportaba seguir en esa habitación.

No es que Wyatt no se hubiera enfadado conmigo otras veces. Es una persona, y además un niño. Tiene derecho y tendencia a enfadarse. Pero de alguna forma aquella vez me parecía más injusto que otras veces. Estaba claro que mi niño no sabía y tal vez nunca supiera lo difícil que era para mí ponerme serio con él. Sin embargo había visto un lado suyo que no me había gustado nada. Algo así como "el miedo es poder". Uno tiene que tener cuidado cuando su bebé es el ser mágico más poderoso del mundo. No siempre será un bebé, y depende de uno que siga siendo adorable…o temible.

Por mucho que Chris hubiera pedido helado me preocupaba un poco que lo de su tripita pudiera derivar en un cólico, así que intenté olvidarme de Wyatt y su enfado y le preparé una manzanilla. Si tenía hambre tal vez le diera un poco de jamón de york, pero no creía conveniente que comiera nada más. Me puse a calentar la manzanilla mientras jugueteaba con él y cotilleaba lo que Piper había hecho de comida. Pero entonces entró ella, con cara de pocos amigos:

- Leo, ¿cómo has podido?

- ¿Cómo he podido qué?

- ¡Todo! ¡Irte así, sin consolarle!

- Él no me quería a su lado.

- ¡No tenías que haberle castigado, para empezar!

- ¿Qué? – pregunté, incrédulo. – Ha pegado a otro niño, y no es la primera vez. Yo mismo he visto cómo le empujaba sin provocación alguna, y se negaba a disculparse.

- Él te ha dicho que "es malo" y ni siquiera le has escuchado.

Yo respiré hondo. No me podía creer aquella escena. Le di un beso a Chris y le dejé en la silla. No me gustaba que nos viera discutir. No sabía lo que podía entender, pero seguro que se enteraba de más cosas de las que parecía. Así que le indiqué a Piper que saliéramos.

- Piper, es un niño, y le iba a castigar. Claro que Mark era malo, y se merecía que le pegara, porque así él era bueno y no había hecho nada malo.

- ¿Cómo puedes decir eso? – preguntó, como si acabara de insultar a su madre, o algo.

- ¡Pero si no he dicho nada! – protesté – A mí tampoco me gusta tener que castigarle, créeme. Me ha dado mucha pena verle llorar durante todo el camino.

- Leo, soy su madre, y mi intuición me dice que ese niño sí le había hecho algo.

- ¡Por el amor de Dios, Piper! ¡Son niños! ¿Qué puede haberle hecho? ¿Quitarle el lapicero? Eso no justifica que le pegue un puñetazo, ni que se lance a por él cuando lo ha visto en la calle. Tú no has estado ahí ese niño le tenía miedo. No puedo permitir que se comporte así. La violencia no es una opción.

- ¡Te niegas a ser razonable porque eres un pacifista sin remedio! – me gritó, y tengo que reconocer que eso me escoció un poco, pero continuó, y sus siguientes palabras directamente me dolieron - ¡No eres imparcial! ¡Eres un Anciano así que cualquier tipo de agresión es censurable para ti, sin importarte nada más! Quieres que tu hijo sea como tú, pero a lo mejor no está mal que se defienda de vez en cuando si va a vivir en un mundo donde mucha gente va a querer matarle.

Yo la miré muy fríamente. Era como si hubiera insinuado que mi instinto de Anciano estaba por encima de mi instinto como padre. Y eso era tan injusto…tan injusto que…que…¡me faltaban las palabras!

- Si tan pacifista soy tal vez quieras ser tú la que castigue a Wyatt la próxima vez que su profesora te llame para decirte que se dedica a pegar a sus compañeros. Ponle en el rincón, déjale sin ir al parque, pero ni se te ocurra pegarle aunque le digas que se disculpe y te pasé por encima, gritándote a la cara que no va a hacerlo. – repliqué con mucho sarcasmo. Ella pareció entender mi punto, pero es evidente que mi tono no la gustó demasiado. Se dio la vuelta y se marchó, ofendida, pero mi esposa siempre ha tenido mucho genio y aquella vez no iba a ser menos. Antes de irse, se giró y me gritó:

- ¡Eres un insensible! ¡Te preocupa más que tu hijo sea perfecto que lo que pueda haber hecho que se comporte así! ¡Y para que te enteres, es no ha sido el mejor castigo para enseñarle a no pegar!

Vale, tengo que reconocer que en eso último tenía razón. Yo mismo me lo había planteado. Pero, todo lo demás…¿En serio era un insensible? Me notaba enfadado. Enfadado con ella, y eso no era normal. Tal vez había pasado demasiado tiempo en la tierra, sin subir al Cielo. Cuando subía al Cielo al volver solía estar dos días como en una especie de nube. Entonces sí que era pacifista, y lo admito. Pasar demasiado tiempo en el Cielo no le hace bien a nadie, si luego va a bajar a la tierra otra vez. Y vale que nunca sería belicista pero…¿en serio eso era algo malo? ¿En serio mi mujer estaba usando mi supuesto pacifismo como una acusación? ¿De verdad había obrado mal al intentar que mi hijo no volviera a pelearse? Ya no sabía qué pensar, pero sentí que necesitaba despejarme, así que orbité a mi refugio, a lo alto del Golden Gate, y allí seguía horas después, observando cómo se ponía el sol.

Mis horas de soledad me dieron paz. Meditar siempre me hacía bien. Pude entender lo que mi esposa quería que yo viera: apenas le había dado importancia al motivo por el cual Wyatt se había peleado. Él había evitado decírmelo, y yo no le había insistido, ni siquiera cuando gritó "es malo" antes de que le castigara. Además, podía ser cierto que yo me ponía un poco más intransigente en asuntos relacionados con la violencia, aunque no estaba seguro de que eso fuera malo. Quiero decir que no estaba mal que eso me hiciera enfadar si en cambio cosas como pintar en las paredes o jugar con mi móvil no me afectaban. Yo no solía ponerme serio con "las pequeñas travesuras", así que no me consideraba injusto. Pero, justo o no, era cierto que le daba mucha importancia al asunto de las peleas. Quizá demasiada, como cuando lo de la bola de cristal de Chris. Quizá tendía a trasladar todo hacia mi miedo porque Wyatt se volviera malvado. Mi bebé era mi bebé. Un trasto, una culebrilla adorable que tenía muchas cosas que aprender. Pero no era malo, y no debía temer que se volviera malo a cada segundo. Que se pegara con otros niños no le hacía malo: le hacía normal. Por Dios, si yo mismo había tenido alguna pelea en mi infancia…

Si yo hubiera visto a mi hijo llegar llorando en brazos de su madre, para luego ser testigo de cómo lo castiga, también hubiera estado predispuesto a defender a mi pequeño. Mi orgullo me hacía pensar que yo seguía teniendo más razón que Piper, pero había algo que no me podía perdonar: haberme ido. Haber hecho caso a mi niño cuando me dijo que no quería estar conmigo. Tendría que haberme quedado, consolándole. Se lo había prometido. Le había dicho que siempre me quedaría con él después de un castigo, hasta que se sintiera mejor. Pero aquella vez no se sentía mejor: pensaba que yo era malo y estaba enfadado conmigo. Y yo me había ido igual.

Eso fue lo que me hizo pensar que ya había estado fuera demasiado tiempo. Orbité de vuelta a casa. No me podía imaginar que todos me iban a estar esperando. Y cuando digo todos digo todos, cuñadas incluidas. Tenían una cara de preocupación enorme, y al verme noté su alivio. Comprendí que les había preocupado. Yo a veces me iba sin avisar por algún asunto con los de Arriba, pero en esos casos siempre volvía pronto para que supieran dónde estaba. Aquella vez me había ido antes de comer, después de una pelea, y volvía después de la hora de la cena. Eso había sido desconsiderado por mi parte. Iba a disculparme, pero …

- ¡Lo siento! – dijo Piper, llorando un poco, y se tiró a mis brazos. Eso era extraño. Ella no se solía disculpar. Para empezar, casi siempre tenía razón. Y cuando no la tenía siempre daba la vuelta a la situación de forma que parecía que la tuviera. – Lo siento, cariño, lo siento. No debí decirte eso. Estaba furiosa, no me gusta verle llorar, pero no fue tu culpa.

- Está bien, Piper. Lo entiendo.

- ¡Me has asustado mucho! ¿Dónde estabas?

- Tenía que pensar. No me di cuenta de que podía preocuparte. Perdona. – susurré, y la di un beso. Noté sus lágrimas mientras la besaba, y me sentí una mala persona. La mirada de Paige de "has hecho llorar a mi hermana" no contribuyó a que me sintiera mejor. - ¿Dónde está Wyatt? Tengo que hablar con él.

- Está en la cama, pero no creo que esté dormido.

Yo asentí, y orbité al piso de arriba. Mi bebé estaba bajo su colcha de elefantitos, abrazado a Bunny, su nuevo amigo inseparable, pero efectivamente no estaba dormido. Cuando me vio salió de la cama.

- ¡Papá!

- Hola, bebé. ¿No tienes sueño?

- Papá, no te vayas, no seré malo nunca más, pero no te vayas.

De haber sido posible, esa frase me hubiera matado. Por suerte, la ternura de mi bebé no era una de esas cosas que podían matarme, aunque sí podían estrujarme el alma. Me acerqué a él en dos zancadas y le di un abrazo.

- Nunca me voy a ir. Te quiero demasiado para eso. – argumenté, y le di un beso – Y no eres malo.

- Siento haber pegado a Mark. Mamá me ha explicado que al hacerlo sólo me estoy portando como él conmigo, y yo no quiero ser como él.

Eso despertó mis alarmas.

- ¿Como él contigo? ¿Mark te ha pegado, bebé?

- Mark me pega siempre – lloriqueó él – Y…y me dice que estaré solito y…y…y que si se lo digo a alguien me harán pam pam por chivato.

El clic de mi cerebro fue casi audible, cuando las piezas encajaron. Por qué de pronto usaba esa expresión para referirse a un castigo, por qué Mark "era malo", por qué yo lo era también, por qué no se quería disculpar con él, y por qué Wyatt nunca me había contado de sus peleas. Vale que mi niño no viniera diciendo "papá, he pegado a Mark", pero mi hijo solía contarme las cosas, incluso cuando pensaba que se podía meter en algún problema. Sin embargo con aquél asunto nunca hizo ni el intento, porque no quería que lo castigaran "por chivato". Porque si decía que había pegado a ese niño, tendría que decir por qué, y ese había sido el motivo de su silencio cuando le pregunté. Es más, probablemente mi niño se pensaba que el castigo había sido porque yo me hubiera enterado de sus peleas, y no por las peleas en sí mismas.

Maldita intuición de Piper. ¿Por qué siempre tenía que tener razón?

Me senté en la cama, y senté a mi niño encima.

- Nadie te castigará nunca por decir que alguien ha sido malo contigo, ¿vale, cariño? ¿Lo entiendes?

Wyatt asintió, con penita.

- Si alguien te hace daño, o hace algo que tú crees que no está bien, se lo dices a mamá, o a papá, o a la seño, o a algún adulto – recalqué, para asegurarme de que quedaba claro. Luego pasé al siguiente punto. – Tú nunca vas a estar solito, porque papá estará siempre contigo. Siempre.

En ese punto mi niño sonrió, y yo le di un beso en la frente.

- Y ahora lo más importante. Bebé, Mark ha sido malo contigo. Te ha engañado, te ha tratado mal, y te ha hecho daño. Ha estado mal, y yo sé que te hemos enseñado a defenderte cuando te hacen daño. Es importante que lo hagas cuando se trata de un demonio. Pero cuando se trata de una persona tienes que hacer algo diferente.

- Eso ya lo sé, papá. Por eso no he usado mis poderes contra él. – dijo mi niño, y yo caí por primera vez en ese punto. Cierto. Le di un abrazo.

- Wyatt, siento no haberte escuchado hoy, bebé. Creí a la seño y a ese niño, sin pensar que él podría haber sido malo contigo. Lo siento mucho. Pero me gustaría que entendieras que… pegarle no es la solución. Y… no sé cómo hacer que lo entiendas, hijo, porque la verdad es que yo tampoco lo entiendo muy bien.

Cualquier que hiciera daño a mi niño enterraba mis instintos pacifistas muy muy al fondo.

- Yo sí lo entiendo, papá. Le he pegado varias veces, pero él me sigue tratando mal. Me tiene miedo, pero no quiero eso. Yo quiero caerle bien. Yo le caigo bien a todos. Quiero que sea bueno conmigo porque le caigo bien, no porque me tiene miedo. Además, si me porto mal con él luego me castigas, y tampoco quiero eso.

¿Y yo había pensado que mi niño era demasiado pequeño para entender mis explicaciones? Más bien, yo estaba demasiado sordo para entenderle a él. Mi bebé no dejaba de demostrarme día a día que era "bebé" sólo de nombre. La reflexión que acababa de hacer era perfecta. Era mejor de lo que yo podría haberle dicho nunca. Y me hizo sentir muy orgulloso.

Me quedé con él, leyéndole un cuento, y al final los dos nos dormimos en su cama. Yo me desperté cuando Piper le dio un beso a él, y otro a mí. Tiré de ella cuando se iba.

- No te escaparás tan fácilmente – protesté.

Ella me sonrió, y me dio otro beso, este último un poco menos maternal.

- Tenías razón ¿sabes? Tu instinto maternal nunca se equivoca. Ese niño le había hecho algo. Mañana iré a hablar con su profesora.

- No tenía razón, Leo – replicó ella – Tú no eres un insensible. Nunca lo serás, y nunca podrás serlo.