Desperté un poco confundido: recordaba haberme dormido en la habitación de Wyatt y sin embargo había despertado en mi cama. Luego me acordé de Piper entrando a la habitación de mi bebé y despertándome con un beso. Intercambiamos un par de frases y me fui con ella a nuestro cuarto. Y acababa de despertar junto a ella. Me puse de lado sobre el colchón y a observé dormir. Pensé en el día anterior, y en el susto que se había llevado cuando yo me fui después de nuestra discusión. A lo largo de los años, había acostumbrado a Piper a mis desapariciones, y aun así se seguía preocupando. Hubo una vez que estuve seis meses desaparecido. Aunque tuve un buen motivo, el miedo de que eso volviera a pasar la consumía. Cuando estás casada con un Anciano, son muchas las posibilidades de que un día se vaya al Cielo y no vuelva. Instintivamente, la di un beso en la frente, con cuidado de no despertarla, mientras me sentía la mayor basura del planeta. De pronto no soporté la idea de seguir tumbado junto a la persona a la que tanto daño hacía con mis idas y venidas, y me levanté de la cama.
Fui al cuarto de Chris. Mi bebé dormía boca abajo. Aunque es una postura perfectamente normal, mi lado sobreprotector se preocupó porque hundiera la cabeza en la almohada y dejara de respirar. Nada de pensar que soy exagerado ¿vale? Atendí muchos casos de bebés que morían por no poder respirar, o los hubiera atendido de no haber muerto casi antes de que mi carrera como médico comenzara. El caso es que era una posibilidad (aunque quizás estaba olvidando que Chris tenía tres años y no tres meses), y yo me inquieté. Intenté que se diera la vuelta sin despertarle, pero no hay una manera discreta de mover a alguien mientras duerme, así que, evidentemente, se despertó. Abrió sus preciosos ojos azules, y yo me pregunté una vez más de quién los habría sacado: yo los tenía verdes, y Piper marrones. Aunque el padre de ella los tenía azules. Ahí podría estar la explicación.
- Ey, bebé. Vuélvete a dormir ¿vale? Aún es pronto.
Chris asintió y me dedicó una sonrisa. Luego cerró los ojos y se acurrucó en la sábana. Verle hacer eso era algo que podría haber hecho durante horas o incluso días, pero si me quedaba por allí habría terminado por hacer algo que lo despertara de nuevo, así que decidí salir.
Me dirigí al cuarto de Wyatt y me llevé un buen susto cuando no le vi en su cama, ni debajo de ella, ni en el suelo porque se hubiera caído, ni en ningún otro rincón de su cuarto. Antes de poner a prueba mi corazón mágico inmunizado contra paros cardíacos, pensé con la cabeza, y cerré los ojos, buscando la esencia de luz blanca de mi pequeño. Le sentí en el piso de abajo. Cómo amaba ser un Anciano cuando eso me permitía encontrar a mis hijos sin problema. Bajé, y le encontré sobre el sofá, durmiendo abrazado a Bunny y sonriendo por algún sueño agradable. Probablemente habría orbitado allí mientras dormía. No sería la primera vez al dormir, perdían la capacidad de controlar su poder. Les llevaría un tiempo dominarlo. Era uno de los motivos por el que Wyatt nunca se iba a quedar a dormir con ningún amigo. El otro motivo era que no tenía amigos con los que hacerlo. Esa idea llevaba molestándome algunos días, pero quizá con más fuerza desde la conversación con su profesora. Un niño debe tener amigos, aunque sea para jugar. Le acaricié y decidí dejarle dormir ahí: se le veía muy cómodo. Pero me quedé junto a él, pensando que había sido un padre de mierda para mi niño el día anterior.
Había un buen motivo para que ese día yo estuviera algo decaído, protector y preocupado, todo eso a la vez. Llevaba en la tierra varias semanas. No dejaba de prolongar mi estancia, con la perfecta excusa de los demonios que nos habían atacado, pero había llegado la hora de volver al Cielo…por unos días. Yo era un Anciano. Se suponía que tenía que vivir en el Cielo, pero eso era algo que no estaba dispuesto a hacer, puesto que mi familia no podía venirse conmigo. Sin embargo había obligaciones que no podía eludir, y mis Hermanos me necesitaban. Juntos éramos más fuertes. Y yo también necesitaba subir ahí arriba a descontaminarme un poco de la vida terrenal.
Me resultaba tan difícil separarme de ellos…Aunque sólo fuera por unos días, me sentía horrible por hacerlo. Me sentía un padre y un esposo intermitente. Piper no se merecía eso, y mis hijos tampoco. Y lo que desde luego no quería era irme después de haberla cagado de esa forma al no entender los motivos de mi bebé para pelearse y al irme sin avisar preocupando a todos. Así que decidí que aquél día me iba a ocupar de que todo fuera perfecto.
Más animado al tener un objetivo, me fui a preparar el desayuno. No es que yo fuera un inútil en la cocina, pero cuando tu mujer es chef y no te deja ni poner un dedo en la comida, hay una clara falta de entrenamiento. Así que mis tortitas quedaron un poco espachurradas. Mis tostadas, un poco tostadas de más. Pero oyes, que el café me quedó perfecto. Eso lo hacía todos los días. Y el cola-cao también. En ese momento caí en la cuenta de que el día anterior no había comido ni cenado, y mi estómago protestó. Mientras mordisqueaba un trozo de pan me puse a pensar si sería posible que yo muriera de hambre. Creía que no, pero era difícil comprobarlo porque la sensación del hambre sí la sentía, así que nunca había estado mucho tiempo sin comer.
Empecé a escuchar algunos ruidos que me indicaron que ya no era el único habitante despierto de la casa. Subí arriba y me topé con Piper, que estaba a punto de entrar en el baño.
- Hola, cariño. ¿Huele a quemado? – me preguntó, y yo me ruboricé inevitablemente.
- Tal vez. Las tostadas se me han pasado un poco.
- ¿Has hecho el desayuno?
No sé si sonó sorprendida, agradecida, o contrariada. Tal vez las tres cosas. Yo asentí con timidez.
- Quiero que hoy sea un gran día.
Generalmente, uno esperaría un "gracias", o un "no hacía falta cariño" pero yo ya debería haber sabido que a Piper no la podía engañar ni por un segundo. Se me debió de ver demasiado el plumero, porque cualquier atisbo de sonrisa desapareció de su rostro.
- Te vas ¿no es así?
Intenté sostenerle la mirada, pero no pude. Simplemente no pude.
- Sólo por tres días, tal vez cuatro…- empecé, y me sonó a excusa.
- ¡Oh, Leo!
- Piper, se supone que debería vivir allí arriba. Me permiten bajar aquí demasiado a menudo…
- ¡Encima tendré que darles las gracias por robarme a mi marido!
- Volveré lo antes que pueda…
- Más te vale. Si no será mejor que no vuelvas – me amenazó. ¿He mencionado ya que mi mujer tenía MUCHO carácter? Y una sonrisa preciosa, eso también, y justo un momento después me dedicó una de esas – Vamos a ver ese estupendo desayuno hecho cenizas.
- Eh, ¡un respeto!
- No, si para un hombre de tu edad ya es todo un logro haber sabido encender la tostadora.
- Ja ja ja, qué graciosa. Ya había tostadoras en mis tiempos, que lo sepas. Y antes de casarme contigo sabía cocinar.
- ¿Antes de casarte conmigo? Mmm no me acuerdo de eso. Tú siempre has estado casado conmigo – bromeó, y me dio un beso breve, juguetón.
- Sí, eso parece – coincidí y la devolví el beso.
Bajamos, sonreímos al ver a Wyatt dormir en el sofá, y dejé que viera el estropicio. Quizás debería haber limpiado la cocina antes…Definitivamente, esa mancha de huevo en la pared no abalaba mi pose de "sé cocinar". ¿Cómo rayos habría llegado eso ahí? Al hacer las tortitas, seguramente…
- ¿Sabes? Para otra vez deberías limitarte a calentar la leche y sacar unos bollos de la despensa. – dijo ella, divertida.
- ¡Pero eso lo hago todos los días! Quería hacer algo especial…Cuando tú haces un desayuno especial, haces tortitas.
- Exacto, tortitas. No una masa deforme de algo que ni siquiera parece comestible.
Me sentí herido en mi orgullo. Piper siempre había sincera, pero no hacía falta serlo tanto ¿no? Pareció reparar en mi expresión de cachorro apaleado, porque me dedicó una sonrisa tierna.
- Sólo bromeaba, cariño. La primera vez que yo hice tortitas, una acabó en el techo. En serio.
Le devolví la sonrisa y ella la absorbió con un beso.
- Gracias - susurró, y probó una de las tortitas. – Deliciosa. ¿Me aceptas sólo un consejo?
- Claro.
- Para otra vez, ponles azúcar en vez de sal.
Yo abrí los ojos con horror. ¿En serio había cometido semejante error de principiante? Probé un poco y vi que era verdad. Me deprimí. Ya iba a tirarla a la basura cuando Piper me detuvo.
- Lo podemos arreglar – me dijo, y sacó una sartén. La puso a calentar con aceite mientras yo observaba. Luego abrió la nevera y se armó con un par de huevos. Los cascó uno contra otro con habilidad profesional, y los echó a la sartén. Una vez estuvieron fritos, los sacó con una espátula y puso casa uno sobre una montaña de tortitas. – Voilá: tortitas saladas. ¿Freímos un poco de bacon?
Observé a esa mujer recordando por qué me había enamorado de ella. Resolvía todos mis desastres. Tenía siempre una buena idea. Completaba toda mi esencia. Y, aunque pudiera parecer que siempre estaba a la gresca, en realidad nunca se enfadaba por nada. No en serio. Porque, pese a todo, Piper era un trozo de pan. O de tortita.
Terminamos el desayuno en equipo.
- ¿Sabes? Me gusta cocinar contigo. Podríamos hacerlo más a menudo – sugerí.
- Ni hablar – protestó ella – Este es mi santuario.
Puse un puchero, aplicando una técnica aprendida de Chris cuando quería conseguir algo.
- Está bien. Alguna vez – concedió, rodando los ojos. Yo sonreí plenamente, y me fui a buscar a mis dos bellos durmientes.
Primero fui al sofá a despertar a Wyatt, pero él ya no estaba ahí. Dos piececitos detrás de las cortinas me informaron de que mi niño se había despertado juguetón esa mañana. Yo hice como si nada, y levanté la mantita del sofá.
- ¡Ay va! ¡Pero si Wyatt no está aquí!
Escuché una risita contenida, y empecé a caminar por la habitación.
- ¿Dónde podrá estar? – actué, hablando más alto de lo que era necesario, como si no supiera que él me estaba oyendo. Me agaché para "mirar" debajo de la mesa, y en ese momento le escuché correr. No me di por enterado y de pronto sentí como algo se subía a mi espalda.
- ¡Buh! – exclamó mi pequeño, pretendiendo asustarme/sorprenderme.
- ¡Uy! Pero si es un mono. – dije, y le agarré hasta llevare de mi espalda a mi pecho, y empecé a hacerle cosquillas.
- ¡No, cosquillas no! – protestó, entre risas.
- ¿Cómo que no? – pregunté, sin detenerme. – Voy a seguir hasta que digas "buenos días, papá"
- Ay jajaja Buenos jajaja buenos días, papá. – logró decir, y por fin le solté, sin dejar de sonreír.
- Buenos días, bebé. – saludé, y le di un beso - ¿Dormiste bien? Ya vi que hiciste una excursión nocturna.
- ¡He vuelto a despertar en el sofá! – anunció, como si yo no lo supiera.
- Me di cuenta. ¿Y qué tal se duerme ahí?
- Muy bien, papito. A Bunny le gustó mucho.
Yo sonreí.
- Me alegro. Ahora a desayunar, trasto – le dije, y le empujé cariñosamente. Le vi marchar corriendo hacia la cocina y se me dibujó una sonrisa aún más grande que la que tenía. Los niños pequeños tienen algo… algo que me recordaba la inocencia perdida o la bondad sin barreras…Creo que se debe a que aún no han pasado el suficiente tiempo en el mundo como para que éste les estropee. Aún son ellos mismos, sin apariencias, sin rencores, sin escudos, sin miedo al rechazo.
Subí al cuarto de Chris y le apreté suavemente el dedito del pie para despertarle.
- Hola, campeón. Hora de levantarse.
- ¡No! – protestó mi bebé.
- ¿No? ¿No quieres desayunar?
- ¡No "quero" cole!
- Pero si hoy no hay cole, campeón. Es sábado.
- Ah, "tonces" vale. – respondió Chris y salió de las sábanas. Rebuscó bajo la almohada hasta encontrar lo que quería: su querido chupete. Se lo llevó a los labios y se puso de pie. Yo bajé los barrotes de la cama para que pudiera salir sin dificultades y le di la mano para que bajáramos juntos. Por el camino, mientras observaba sin soltarle como Chris se desenvolvía con los escalones, pensé en el hecho de que no le gustara el colegio. A Wyatt le gustaba, más o menos. Aún eran pequeños. El colegio era poco más que dibujar y que te lean cuentos. Pero a Chris no le gustaba porque allí no podía hacer magia.
Justo cuando Chris terminaba de bajar el último escalón, escuché lo que me parecían gritos. Me extrañé, y cogí a Chris en brazos para ir más rápido a la cocina, que era el lugar de dónde venían los chillidos. La aguda voz de Wyatt se alzaba por encima de cualquier otro ruido.
- ¡No quiero! – decía, moviendo las manos porque Piper intentaba sujetárselas. - ¡No quiero, no quiero, no quiero!
Entró como en bucle, y le dio un manotazo a Piper. Reconocí los síntomas de una rabieta. Hasta los tres años las rabietas eran algo normal, una frustración del niño que no sabía expresar de otra manera. Más allá de esa edad eran un capricho, como en ese momento. Una forma de conseguir algo que era muy molesta e inefectiva. No sé por qué Wyatt seguía intentándolo si nunca conseguía nada así…
- Wyatt, tomarás cereales en cuanto te termines eso – explicaba Piper totalmente calmada, ignorando su llanto insistente. Señalaba el plato con dos tortitas, huevo, y bacon. Sinceramente si mi niño se acababa todo eso habría que estudiar su estómago por ser excepcionalmente grande para alguien de su edad. Por eso Piper le decía que los cereales iban después: para que no se llenara comiendo eso y luego estuviera demasiado lleno para comer lo demás. – Si al acabar tienes hambre, te daré los cereales.
- ¡No quiero! – repitió él. Yo me ponía nervioso cuando chillaba así, porque me daba la sensación de que se iba a hacer daño en la garganta. Luego se ponía a toser, y hasta se ponía rojo.
- Me da igual si no quieres, Wyatt, te lo tienes que comer – siguió diciendo Piper, sin perder la calma en ningún momento.
Entonces Wyatt la miró muy enfadado, y empujó el plato hasta tirarlo. Yo lo hubiera orbitado para impedir que cayera al suelo, pero aún tenía a Chris en las manos y no fui lo suficientemente rápido. Suspiré, mientras el plato se hacía añicos y la comida se esparcía por el suelo. Ese era "mi angelito". Costaba verle en ese momento como la cosa dulce de hacía unos minutos.
Senté a Chris en su sitio y observé como Piper se agachaba a recoger el destrozo con frustración.
- No, Piper. Va a recogerlo él. – dije, muy despacio, mirando a Wyatt. Mi niño me devolvió la mirada pero no se movió. – Ahora. Y luego le pondremos otro plato, y se lo comerá.
- ¡No quiero las estúpidas tortitas de mamá!
- No las hizo mamá, Wyatt, las hice yo. Y ya que piensas que la comida de mamá es estúpida no deberías comerla nunca más ¿no crees?
Eso descolocó un poco a mi pequeño. Creo que no se esperaba que las hubiera hecho yo.
- En esta casa es mamá quien cocina. Lo hace porque nos quiere y no pienso dejar que le hables de esa manera. Vas a disculparte, vas a recoger lo que has tirado, y vas a desayunar.
Wyatt recogió los pedazos con un movimiento de su mano, y los orbitó a la basura.
- No he oído la disculpa. – insistí.
- Es que está enfadado conmigo – explicó Piper – Porque le he dicho que no podrás llevarle al cine mañana.
- ¿Y por eso te enfadas con ella? – pregunté. ¿Qué culpa tenía mi mujer de que yo no pudiera llevarle? En fin, tampoco podía pedirle que actuara siempre con lógica a un niño de cinco años. Era normal que culpara al "mensajero". Normal, pero no aceptable. – Mamá tiene razón, Wyatt. No podré llevarte al cine, pero puede hacerlo ella, si es que aun quiere después de cómo la has tratado.
- ¡Pero yo no quiero ir con ella! ¡Quiero ir contigo!
- No puede ser, Wyatt. Y no puedes ponerte así ni tirar la comida porque mamá te diga que no. Discúlpate con ella.
Wyatt me echó un pulso de miradas, y debí de ganar yo, porque terminó por musitar un "lo siento" que no me sonó muy creíble.
- Es un comienzo. Ahora mamá va a prepararte otra vez el desayuno, y tú y yo vamos a ir tu cuarto.
- ¿Por qué? – preguntó con desconfianza. Yo me había propuesto sinceridad total con él, así que suspiré, y me puse a su altura, para no intimidarle al mirarle desde arriba.
- Te voy a castigar por tirar la comida y llamar estúpida a mamá.
Le tembló el labio como si fuera a llorar otra vez, pero no lo hizo. Orbitó, y supe que se había ido a su habitación. Yo respiré hondo, como para coger fuerzas, y orbité también. Wyatt me recibió con un sollozo.
- ¿Pero por qué no puedo ir al cine contigo? – preguntó, lloriqueando. Le cogí en brazos y me senté con él en la cama.
- Porque tengo que irme, bebé. Serán sólo tres o cuatro días.
- ¿Te vas?
- Con los Ancianos.
Wyatt asintió, indicando que entendía. Yo evitaba decir "al Cielo", porque era algo que el asociaba con la muerte y no le quería asustar.
- Yo quería ir al cine contigo – protestó, con un puchero.
- Hay más días para ir al cine, Wyatt. Hoy mismo podríamos ir, si quieres.
Wyatt volvió a asentir y me miró con tristeza.
- Siento haber tirado tu desayuno.
- No era mi desayuno, bebé. Era el tuyo. Lo hice para ti, por eso me duele que lo hayas tirado sólo por un enfado. Además, mamá no se merece que te enfades con ella sólo por darte una mala noticia. No es su culpa.
- Lo siento – repitió mi niño, que parecía a punto de llorar. Me mataba verle así. Sólo un poco más, para asegurarme de que entendía…y luego lo más difícil.
- Mientras yo estoy fuera tú tienes que cuidar de mamá, y hacer que sonría. ¿Y me encuentro con que la insultas, la gritas, y tiras las cosas?
En ese punto Wyatt empezó a llorar. Le di un beso en la cabeza.
- Lo siento mucho – gimoteó. – No lo volveré a hacer.
- Sé que no lo harás. Espero que esto te lo recuerde – le dije, y le puse de pie. Le bajé el pantaloncito y la ropa interior, y le puse sobre mis rodillas.
SWAT
- A mamá no se la grita.
SWAT
- Si te dice que te tomes el desayuno, te tomas el desayuno.
SWAT
- No se tiran las cosas.
SWAT
- Y no se llama "estúpida" a la gente.
SWAT
Dejé la mano sobre su espalda y le acaricié haciendo circulitos. Lloraba muy bajito, con gimoteos más que con llanto. Le incorporé, le coloqué la ropa, y le envolví con mis brazos, como el pequeño bultito que era.
- No pasa nada por enfadarse, bebé, pero no podemos pagarlo con la gente que nos quiere. Sé que no te gusta que papá se vaya. Yo tampoco me quiero ir. Pero mamá no tiene la culpa. Ella sólo quería que desayunaras. Sé que te gustan más las tortitas que los cereales, por eso las hice. Así que eso que has hecho ha sido una rabieta, y ya sabes que si te pones así papá y mamá no te escuchan. Si hablas como un niño mayor, entonces sí.
Wyatt no dijo nada y sólo se encogió en mis brazos. Le di un beso.
- Vamos, bebé. Ya está, no llores. Con lo que yo te quiero.
- Haré sonreír a mamá – me dijo – Seré bueno con ella y me portaré muy bien.
- Lo sé, cariño. No tengo ninguna duda de eso.
Wyatt se acurrucó en mi regazo. Le mecí un poquito, y saqué un kleenex para limpiarle la carita. No tenía ninguna prisa. Estaríamos allí hasta que lo necesitara. Sin embargo, a los pocos segundos salió de mis brazos y se puso de pie.
- ¿Qué le digo a mamá? – me preguntó, algo inseguro.
- ¿Qué quieres decirle?
- Que lo siento. Y que sí me gusta su comida.
- Creo que eso estará bien, bebé.
- ¿Me perdonará?
- Seguro que sí.
- ¿Y tú?
¿Cómo pueden los ojos de un niño mostrar tanta preocupación?
- Yo ya te he perdonado. Ven aquí, bebé – dije, y me le subí a los hombros. - ¿Así que quieres ir al cine con papá?
- Sí.
- Pues al cine iremos. Será una tarde muy guay. Pero te lo tienes que comer todo ¿eh? Las tortitas y luego si te caben, los cereales.
Casi pude ver cómo sonreía, a pesar de llevarle encima. Me enternecía que para él fuera tan especial pasar tiempo conmigo. Para mí también lo era.
Al llegar a la cocina le bajé, y observé. Wyatt caminó lentamente hacia Piper, que estaba de espaldas cogiendo algo, y tiró de su camisón, como para llamar su atención.
- Lo siento, mamá. – susurró. Luego me miró a mí, algo inseguro, y yo le sonreí. – Tú comida no es estúpida. Sabe mejor que la de papá.
Yo puse una mueca: otro que era demasiado sincero. Piper sonrió, y se agachó para darle un beso.
- Me alegro de que te guste, cielito. ¿Se te ha pasado ya el enfado?
Wyatt asintió, y me volvió a mirar. Entonces puso un puchero.
- Papá es malo – me acusó, y estiró los brazos para que Piper le cogiera.
Yo aluciné. Qué hijo más chaquetero* tenía. Ella le alzó en brazos y le mimó. Pequeño monstruito manipulador ¬¬. Pero era mi monstruito manipulador, y no pude contener una sonrisa.
- Pues no quieras saber cómo soy si no te veo ahí sentado y comiendo – advertí, más en broma que en serio. Aun así Wyatt se dio prisa en sentarse. Piper colocó un plato de tortitas frente a él. Suerte que había hecho suficientes para un ejército. Miré fijamente a Wyatt hasta que empezó a comer. Después, le acaricié la nuca, complacido.
- Están buenas – dijo Wyatt – Pero me gusta más cuando cocina mamá.
- A mí me "guta", papá – me dijo Chris.
- Gracias, campeón. Al menos alguien aprecia mis esfuerzos.
- Me "guta" mucho – añadió. Qué mono ^^
- Sólo te está haciendo la pelota. Le he dicho que tiene que tomarse la papilla de frutas y está viendo a ver si contigo tiene más suerte. – explicó Piper.
Tocado y hundido.
- Tú verás si te la tomas, campeón, pero ésta tarde vamos a ir al cine y sólo pueden venir los que se lo comen todo.
- "Tonces" tú no puedes. – dijo mi bebé – No has "desahunado".
Yo solté una carcajada, pero tuve que reconocer que tenía razón. Le revolví el pelo y me serví un plato. Probé mis propias tortitas, con los huevos y el bacon. A mí me sabían bien, jo.
Con un poco de paciencia, conseguí que Chris se terminara la papilla. Y dediqué el resto de la mañana a pasarlo bien con mis hijos. Tal como había prometido fuimos al cine. Y al final del día, mientras metía a cada uno en su cama, no podía dejar de pensar en lo duras que son las despedidas, aunque sólo fuera por unos días. Realmente, no quería irme. Tenía ganas de hacer una rabieta como la de Wyatt. Le di un beso a mis bebés repitiéndome a mí mismo que era sólo por unos días. Luego fui a despedirme también de Piper.
N.A.: Chaquetero es una persona que cambia de causa o partido por pura conveniencia.
inukaiser, me apunto lo de Melinda. Ya veré como lo hago, porque se llevan unos cuantos años. Salto en el tiempo, flashfoward, otro fic... Buscaré la forma de hacerlo ;)
