Tres días, dieciocho horas, cuarenta minutos, y doce segundos. Ese fue el tiempo que pasé fuera de casa. Vale, los segundos no los conté. Pero los minutos sí, y fueron exactamente esos. Hay que entender que el tiempo Allí Arriba no es igual que el tiempo en la tierra. Se tiene una concepción del mismo bastante diferente y el cuerpo se adapta a ello: en esos días no dormí ni necesité hacerlo. Pero, cuando me despedí de mis Hermanos para volver con mi familia, todo el cansancio me abrumó de golpe. Cuando puse los pies en la tierra (nunca mejor dicho), me embargó cierta tristeza, cierta sensación de vacío, propia del que prueba el chocolate y luego se alimenta de limones. Creo que la mejor forma de explicarlo es compararlo con un bajón de azúcar. Estaba allí, en el salón de mi casa, sintiéndome incompleto.

Pero entonces apareció mi familia, y ellos me completaron. Primero vi a Piper y me volví a enamorar de ella sólo con una mirada. Los ojos de Piper hacían que me enamorara de ella todos los días. Después vi a Wyatt, que literalmente se tiró a mis brazos con un salto increíble; menos mal que yo ya tenía práctica y le atrapé sin que se cayera.

- ¡Papi!

- Hola, bebé. Caray, sabéis hacer que uno se sienta querido. – dije y le di un beso.

Cuánto le había echado de menos. Piper se sumó al abrazo, y sentí que ese era mi verdadero Cielo….o casi, porque a quien no vi por ningún lado fue a Christopher. Le busqué con la mirada, pero me quedó claro que no estaba en la habitación. Intenté situar mi desordenado sentido el tiempo. Eran las cinco menos cuarto de la tarde, lo que significaba que mis hijos tenían que estar en casa, los dos. Y, si estaba en casa…¿por qué no estaba ahí, saludándome?

- ¿Y Chris? – pregunté al final, cuando no encontré ninguna explicación lógica para que no estuviera. Piper puso una mueca. Yo dejé a Wyatt en el suelo y mi sonrisa murió en ese instante, al notar la expresión de mi esposa.

- En la cocina.

- ¿Y qué hace allí? – insistí, extrañado, pero no esperé a que me respondiera y me asomé a la cocina.

Chris estaba en una esquina, sentado en una silla, mirando la pared. Yo parpadeé, asombrado. No es que nunca hubiera visto a Chris castigado en el rincón; yo mismo le había puesto ahí alguna vez. Pero sí es cierto que no era algo frecuente. Además uno tiene una extraña forma de pensar cuando se va fuera: uno siente que todo va a ir bien, que los hijos no van a dar problemas, que nada malo va a pasar. Como si porque uno lo deseara tuviera que ser cierto. Chris estaba llorando un poco, y daba tanta penita… Creo que el arma más potente que tienen los niños es lo monos que son y el aspecto angelical que no siempre se corresponde con la realidad.

- ¿Qué ha pasado, campeón?

Al oír mi voz, Chris giró la cabeza. Me vio, y se le iluminó el rostro. Se levantó y corrió hacia mí de forma similar a como lo había hecho antes su hermano. Sin pensarlo un segundo le tomé en brazos. Chris lloriqueaba. Para mí era difícil saber si estaba siendo sincero o era todo un teatro. Me parecía raro que Piper no se sintiera inclinada a consolarle como yo.

- ¿Qué pasó? – repetí acariciándole la carita.

- Mamá se enfadó – protestó mi niño, con un puchero perfecto.

- ¿Se enfadó? – pregunté, en tono cómplice - ¿Y qué hizo?

- Me pegó – lloriqueó – Y me mandó al "ricón"

Doble castigo. Miré a Piper algo extrañado. Chris tendría que haber hecho algo realmente malo. Me debatí entre consolarle, regañarle, o intentar averiguar lo que había hecho. Consideré que lo mejor era la tercera opción.

- ¿Y por qué hizo eso?

- Porque es malaaaa – gimoteó. Su respuesta favorita. Piper y yo éramos malos, pero él no. Él nada de nada. Rodé los ojos.

- Dile la verdad a papá – exigió Piper, en un tono algo duro para mi gusto. No le dio la oportunidad de hacerlo, sin embargo, porque siguió ella – Cuando he entrado a la cocina le he visto jugando con el cuchillo, y es la tercera vez en dos días. Entra, abre el cajón de abajo, se sube, abre el de arriba, y coge un cuchillo.

Aunque una minúscula parte de mí se sentía orgullosa de las habilidades de mi pequeño escalador, no me gustó nada lo que escuché. Estaba más preocupado que enfadado. Poníamos las cosas peligrosas como los cuchillos lejos de su alcance, pero era evidente que a medida que crecían adquirían más recursos para esquivar nuestras medidas de seguridad.

- Eso no puedes hacerlo, Chris – le dije, mirándole a los ojos. – Nunca más ¿de acuerdo?

Mi pequeño sorbió por la nariz, y asintió. Yo le di un beso en la cabeza.

- Ahora dale un abrazo a mamá. Ella no es mala, sólo se preocupa por ti porque te quiere mucho.

No muy convencido, pero con ojitos de cachorro abandonado, Chris hizo lo que le decía. Piper le achuchó con fuerza y pude sentir como poco a poco dejaba que su miedo, y por tanto su enfado, desapareciera.

- ¿Quién quiere ver una peli con papá?

Mi idea fue acogida con entusiasmo y así los cuatro fuimos al sofá a ver una película de dibujos. Wyatt me tomó por su nuevo sillón y jugueteaba conmigo y con mis manos, quitándome el reloj y volviéndomelo a poner. Al final, se quedó dormido encima de mí y Piper me explicó que no había dormido bien ni tampoco se había echado la siesta. Le mimé mientras dormía en mis piernas y no me levanté cuando acabó la película. Al cabo de un rato, llevado por el cansancio acumulado que tenía, me dormí yo también.

Desperté a la media hora porque Wyatt me daba calor. Con cuidado, me levanté sin despertarle. En el salón sólo estábamos los dos, así que me fui a buscar al resto de mi familia. Piper estaba limpiando el baño de arriba. Yo la sorprendí por la espalda y la di un beso en el cuello. La quité la bayeta y atrapé su muñeca con la mano derecha. Empecé a rozar su piel con mis labios y…..y vosotros no tenéis por qué saber lo que hago o dejo de hacer con mi mujer ¬¬

El caso es que estábamos en un buen momento, pero no en el adecuado, y ella se separó lentamente, con una risita.

- Tengo que limpiar esto.

- Te ayudo.

- No. Mejor ve a ver qué está haciendo Chris.

Emulé al menor de mis bebés poniendo un puchero perfecto, pero Piper no cedió ante mis payasadas y se limitó a reírse. Yo me fui sólo porque sabía que continuaríamos donde lo habías dejado en cuanto nos fuera posible.

Busqué a Chris en su cuarto, pero no estaba ahí. Me recorrí la casa sin éxito, hasta que se me ocurrió mirar en la cocina. Le pillé en plena faena: había abierto el cajón de abajo, y se había subido, y estaba abriendo el cajón de arriba. Metió la mano y …

- ¡Christopher! ¡Deja eso ahora mismo! – ordené. Chris soltó el cuchillo y me miró. Se bajó de su escalera improvisada, y puso ambas manos en su espalda, en la pose perfecta del niño bueno. Y una porra. - ¿Qué te hemos dicho? – regañé, y me acerqué a él. Le cogí el brazo y le di una palmada, que fue suficiente para que empezara a llorar. – Nada de cuchillos. Eres muy desobediente. No, nada de pucheritos. Lo que has hecho está muy mal.

La fascinación de mi hijo por los cuchillos era algo que no entendía, y que me inquietaba. Era peligroso, y el asunto se agravaba porque fuera algo por lo que ya se le había castigado varias veces. Suspiré. Por lo visto no había sido suficiente. Le cogí en brazos y le llevé hasta una silla. Me senté, y le puse de pie delante de mí.

- Papá te va a castigar por desobediente, y por tocar algo malo y peligroso. Los cuchillos de la cocina son malos, y no se juega con ellos. Son más grandes que los que usas para comer, y aun así esos tampoco puedes tocarlos si no están mamá y papá.

Chris me escuchaba con la mano en la boca, todo lleno de lágrimas y babitas. Aparté su mano con delicadeza y dudé un segundo antes de hacerlo. Aún estaba a tiempo de darle dos golpecitos en la mano y decirle "no se toca", pero hasta donde yo sabía eso Piper ya lo había hecho, y ese mismo día le había dado un azote y le había puesto en la esquina. Mi niño tenía que aprender que había una consecuencia para lo que hacía, y definitivamente yo tenía que asegurarme de que no tocaba un cuchillo de nuevo. Tenía claro lo que debía hacer, y para el "cómo" debía hacerlo, me apoyé en lo que había hecho con Wyatt.

- Te voy a dar unos azotes – le dije. Intenté que mi tono de voz fuera meramente informativo, sin enfado. Como indicando "esto es lo que va a pasar y te lo digo sólo para que lo sepas".

Chris abrió los ojos y me miró de una forma que no supe descifrar. Parecía concentrado en mí, como prestándome toda su atención, pero había algo más. Me dio la impresión de que quería salir corriendo, pero no podía porque yo le sujetaba. Aunque tampoco sentí que intentara zafarse.

Llevé mis manos a su cintura y tiré de la gomita de su pantalón para bajárselo. Chris no se extrañó: yo le vestía y le desvestía todos los días. Pero sí que me miró con algo de curiosidad. Seguro que pensó "qué raro es papá, que me desnuda a estas horas".

- Te voy a poner sobre mis rodillas – continué, y luego recordé que Chris no sólo era más pequeño que Wyatt, sino que además era más miedoso, y tenía menos autocontrol. Lo veía en los juegos: Chris gritaba y chillaba cada vez que le hacía cosquillas, y se revolvía como una ardillita. Así que, pensando en mi bebé inquieto, decidí hacer algunas advertencias. – Yo voy a sujetarte. No voy a dejarte caer. Pero mientras estés en las rodillas de papá, tienes que quedarte quieto. No puedes tratar de irte ni poner la mano.

Le dejé unos segundos para que lo asimilara, y luego bajé también sus calzoncillos. Le empujé con suavidad para tumbarlo en mi regazo, de tal forma que su tripita estaba sobre mi pierna izquierda, y sus manitas se aferraban a mi pierna derecha. Creo que la lentitud de mis movimientos le calmaban de alguna forma, pero a mí me hacía pensar que estaba haciendo alguna clase de ritual, que era en si peor que el propio castigo. Recordé por qué lo estaba haciendo, y me di fuerzas. Levanté la mano derecha y la dejé caer con fuerza moderada sobre él. Mi palma abarcaba casi todo su pequeño trasero y me recordaba que a quien tenía encima era a un niño de tres años, así que no fui nada duro en aquél golpe, pero Chris soltó un gritito.

SWAT

- ¡No! ¡Quita! ¡No quero, nooo!

- Estate quieto, Chris. – dije, mientas le sujetaba. En realidad, no tenía que hacer mucha fuerza para retenerle ahí. – Te estoy castigando porque me has desobedecido, y a mamá también, y eso no se hace.

SWAT

La segunda palmada provocó que renovara su llanto y que diera pataditas. Sin la protección del pantalón le picaba mucho más, y aquello estaba siendo más intenso que los azotes de aviso que solíamos darle.

- Y los cuchillos no se tocan. Nunca, NUNCA, vuelvas a hacerlo.

SWAT SWAT

Consideré que era suficiente, y utilicé ambas manos para acariciarle mientras lloraba. Mi bebé, al notar que ya no le estaba sujetando, se levantó y se alejó de mí, mientras se restregaba los ojos con su puñito.

- Ven aquí, bebé, no te vayas.

Pude notar que la idea no le gustaba, pero no quería desobedecerme de nuevo, así que se acercó. Cuando le tuve de nuevo frente a mí le subí la ropa, y le di un beso. Le alcé y le senté encima de mí, mientas él lloraba, y lloraba, y amenazaba con acabar con todo el líquido que su cuerpecito pudiera tener almacenado.

- Ya está, campeón. Si te portas mal papá te castiga y eso es lo que ha pasado. Pero no hay que llorar por eso. Papá te quiere mucho y eso no va a cambiar nunca.

Chris se apretó contra mi estómago y me rodeó con sus brazos, de una forma muy parecida a como Wyatt abrazaba a su peluche. A Chris no le gustaban los peluches, pero recordé que amaba su chupete, así que lo orbité y se lo di, pero ni siquiera lo quiso. Saqué un pañuelo del bolsillo y le limpié la carita. Luego hice que se sonara. Le mecí y le di palmaditas en la espalda, como se hace con los bebés para que se calmen. Poco a poco su llanto se fue suavizando.

- Papi – me dijo, y levantó la carita para mirarme.

- Dime.

- No "tes" enfadado.

- No estoy enfadado, campeón. Papá ya te ha perdonado. Pero me tienes que prometer que no vas a volver a coger el cuchillo. Es más, que no vas a entrar en la cocina si no estás mamá o papá.

- Pero a mí me gusta la cocina, papi – protestó.

- Pues me lo dices a mí y yo estoy contigo, campeón. Si a mí me encanta estar con mi bebé.

Chris me volvió a abrazar, indicando que el plan le gustaba. En ese momento entró Piper y Chris se apretó aún más.

- Papi, no le digas – susurró.

- ¿Qué?

- Que no le digas.

- Es mamá, campeón.

- Pero no le digaaaas.

Yo me asombré un poco. ¿Le daba vergüenza? Pronto descubrí que no se trataba de eso sino de que no quería que Piper se enfadara al ver que había vuelto a hacer lo mismo. Pero no hizo falta decir nada, porque ella vio los cajones abiertos y ató cabos ella solita.

- Chris, ¿has cogido el cuchillo?

Mi bebé negó con la cabeza.

- ¿Pero lo has intentado?

Chris asintió, y Piper resopló.

- ¿Qué te he dicho, Chris? Sabes que no puedes hacerlo. ¿Lo sabes o no?

Mi niño dijo que sí con la cabeza, y pareció a punto de llorar otra vez, así que decidí echarle un cable.

- Ya no lo va a hacer más ¿verdad que no? Me lo ha prometido.

- Vale, genial, Leo. – dijo Piper, con sarcasmo, dirigiendo su enfado contra mí. – Te lo ha prometido y ya no hay de qué preocuparse. ¿Por qué no se me habrá ocurrido eso a mí antes? Oh, espera, ¡porque ya lo intenté y no funcionó! Siempre haces lo mismo. Te pone ojitos y entonces…

- Le he castigado – corté yo. No sabía que diera la impresión de ser tan blando, pero supuse que era verdad. – No va a hacerlo más, porque le he castigado. Le he dado unos azotes.

Entonces, aluciné cuando los bandos cambiaron, y Piper dejó de querer estrangular a Chris para aliarse con él en mi contra.

- Pobre bebé. – dijo, y me le quitó de los brazos. Yo abrí la boca con indignación, mientras ella le llenaba de besos. Le hizo mimos, le sentó a la mesa, y le puso de merendar, que era para lo que había bajado inicialmente a la cocina. Cuando Chris estuvo distraído con un sándwich, Piper y yo aprovechamos para hablar.

- ¿Pobre bebé? - inquirí yo, alzando una ceja. - ¿Qué fue de la unidad de los padres a la hora de corregir a los hijos?

- Ya le habías castigado ¿no? Entonces es mi bebé. Mi bebé que necesita mimos porque su padre fue malo con él.

- ¡No fui malo! – protesté. Sabía que estábamos hablando medio en broma, pero sentía la necesidad de defenderme. – Sólo le… - me interrumpí cuando Wyatt, ya despierto, vino a merendar también. Piper le hizo carantoñas y le sentó en la mesa, y después yo me la llevé un poco aparte. – Sólo le di cuatro azotes.

- ¿Sin ropa? – preguntó ella, como para asegurarse. Yo asentí, algo inquieto. Estaba deseando ver su reacción, conseguir su aprobación, para estar seguro de que había hecho lo correcto. Ella suspiró. – Espero que no vuelva a hacerlo más.

Eso esperaba yo también. Volvimos a la cocina, y yo saludé a Wyatt revolviendo cariñosamente su espeso cabello.

- ¿Has dormido bien?

- ¡Siii! Eres muy blandito, papá.

Me reí, y le di un beso. Si me iba mal como Anciano, siempre podía buscar trabajo como almohada portátil. Me senté entre él y Chris, y observé a éste último. No parecía triste, como Wyatt después de que le castigara. Se dio cuenta de que le estaba mirando y me sonrió. Yo le sonreí de vuelta, más tranquilo.

- ¿Está bueno? – le pregunté, señalando el sándwich. Él me miró con picardía, miró a su madre que estaba distraída en ese momento, y luego negó con la cabeza. Se llevó el dedo a los labios como diciendo "guarda el secreto". Solté una risita. El sándwich era de queso, y no se contaba entre los favoritos de Chris, que aun así se lo comió. Entonces yo, para hacerle de rabiar, fui al congelador y cogí un helado. Empecé a comérmelo ante la incredulidad de mi hijo, que frunció el ceño y me miró muy enfadado. Le guiñé un ojo, y saqué otro para él.

- Ah, eso "ta" mejor. – me dijo, muy serio, y se lo llevó a la boca. Yo estallé en carcajadas, y Piper, que había estado mirando, se rió también. Sacó otros dos helados para Wyatt y para ella y entonces, por fin, pude disfrutar de mi pedacito de cielo terrenal robado. Mi familia.