En la escuela de magia había un chico que me recordaba a Wyatt. Tenía mucho poder y apenas parecía consciente de ello. No fanfarroneaba en exceso ni era más imprudente que cualquier otro chico de su edad. Me gustaba pensar que mi bebé sería así dentro de unos años: que nada le iba a corromper e iba a crecer siendo tan bueno como lo era con sus cinco añitos.

Cuando un Chris del futuro vino a avisarnos que el Wyatt adulto lo había destruido todo, evitar eso se convirtió en un prioridad. Acabamos con aquella amenaza, pero aún había mil cosas que podían ir mal. Muchas cosas que podían hacer que Wyatt dejara de ser una fuerza del bien. Por eso de vez en cuando, y sólo para estar seguro, le pedía a Phoebe que intentara tener una visión del futuro de mi niño. El control de Phoebe sobre sus premoniciones era limitado, pero había pociones y hechizos que podían ayudarla a ver lo que quería ver. Aprovechando que aquél sábado mi cuñada vino a casa, le pedí que lo hiciera.

Se sentó en el suelo con su enorme barriga de embarazada y se rodeó de velas perfumadas. Piper y yo nos sentamos cerca de ella, con Wyatt y Chris encima nuestro. Phoebe bebió una poción que Piper y ella habían preparado y luego le dio la mano a Wyatt: el contacto la ayudaba en sus visiones. Echó el cuello hacia atrás y cerró los ojos cuando la premonición vino. Estábamos acostumbrados a eso, así que esperamos con paciencia. Cuando abrió los ojos otra vez, sonreía.

- ¿Qué has visto? – pregunté, con curiosidad, pero tranquilo. Si sonreía, es que no había visto nada malo.

- Míralo tú mismo – me sugirió, y me dio la mano. Noté cómo toda mi magia de Anciano corría por mis venas, y por las suyas. Fue una sensación extraña… un contacto demasiado íntimo. De no ser la hermana de mi mujer, hubiera rechazado tanta proximidad.

Todo eso dejó de tener importancia en cuanto empecé a ver cosas que no estaban pasando. Al menos no en aquél tiempo, ni en aquél lugar. Vi a un chico rubio, de pelo largo y cierta familiaridad, como si me resultara conocido. Intenté pensar si era alguno de mis estudiantes o tal vez el hermano de alguno de ellos, pero no se trataba de nadie que conociera.

Entonces una chica corrió tras él, como para alcanzarle.

- ¡Wyatt! – gritó la joven, que debía andar por los dieciséis años. El chico era mayor… tendría unos veinte, o veintiún años. Era mi hijo. Mi bebé… Entendí por qué me resultaba familiar. Ya le había visto antes, a su versión futura, aunque con pelo corto y no con esas greñas… Las visiones de Phoebe no solían mostrarme una versión tan joven de él.

- Hola, Pe. – saludó él.

- ¿Tienes prisa? – preguntó ella, coqueteando con su pelo. Parecía que estaba un poco bastante prendida de mi hijo.

- Un poco. Linda quiere que la acompañé a elegir las invitaciones.

- Linda, siempre Linda – protestó la chica que respondía al nombre de Pe.

- Me voy a casar con ella, Pe. – dijo Wyatt. Yo no podía creerlo. Aún tenía en mis brazos a mi bebé de cinco años… y su versión adulta, en mi cabeza, estaba hablando de boda.

- Eso ya lo veremos – replicó la joven. Ella también me resultaba familiar. Se parecía a alguien a quien conocía. ¿A Piper? No, no. Más bien a Phoebe…

- Sí, lo veremos, en dos meses. Durante la ceremonia.

- ¿De verdad te vas a casar con una mortal? Tú deberías estar con una bruja.

- Contigo ¿no? – preguntó Wyatt, en tono burlón. La chica se ruborizó mucho, y Wyatt pareció un poco culpable. – Vamos, primita. Vete a casa o la tía Phoebe me echará a mí la culpa por entretenerte.

La visión se acabó. Parpadeé un par de veces, y volví al presente. Phoebe me miraba con diversión y luego miró a Wyatt con seriedad fingida.

- ¿Es que mi hija no es lo bastante buena para ti? – preguntó, en broma. Wyatt levantó la cabeza y me miró, sin entender nada. Él no había tenido aquella visión, y de haberla tenido seguramente no la habría sabido entender.

- ¿De qué está hablando, papá?

- La tía está de broma, bebé. Venga, vamos a levantarnos del suelo. – dije, y me puse de pie. Me sentía tranquilo. Mi hijo iba a estar bien. No todas las versiones eran iguales. Era la primera vez que veía algo que me indicaba que iba a tener su propia familia.

Entre Piper y yo tiramos de Phoebe para ayudarla a levantarse, pero entonces…

- ¡Oww! – exclamó mi cuñada, y se llevó ambas manos al vientre.

- ¿Qué ocurre? – preguntó Piper.

- Creo que ya viene.

- ¿El bebé? – pregunté yo.

- Owww. ¡No, la compra, no te digo! ¡Si, Leo, el bebé! – exclamó Phoebe, apoyándose contra la mesa, sin soltarse la tripa. No sé por qué cuando las mujeres de esa familia se ponían de parto la tomaban conmigo.

- Pero.. aún es pronto ¿no? – indagué, preocupado por si algo iba mal.

- No creo que a ella le importe – replicó Phoebe, refiriéndose a la bebé. – Oww.

- ¿QUIERES HACER ALGO ÚTIL Y LLEVARLA AL MÉDICO? – ordenó Piper mientras cogía el teléfono, supongo que para llamar a Coop, el futuro nuevo papá.

- ¿Por qué te grita mamá, papi? – preguntó Wyatt.

- Porque soy hombre, campeón. – respondí.

- Exacto. Owww. Vosotros tenéis la culpa – dijo Phoebe. – Tengo las contracciones demasiado seguidas.

- Creéme, cariño, eso no son contracciones – dijo Piper, con la experiencia de dos hijos a sus espaldas. Puso a Chris en mis manos y luego le volvió a coger, nerviosa como si fuera ella la que estuviera dando a luz. Entonces, Phoebe soltó un gritito. – ESO sí fue una contracción.

- Dile a Coop que estamos en el St. John – le dije a Piper, y tomé la mano de mi cuñada para orbitar con ella.

- ¡No voy a orbitar ahora! – replicó ella, soltándome.

- ¿Qué?

- ¿Y si algo sale mal? ¡Estoy de parto! Iré en coche, como todo el mundo…

- Pero Phoebe, eso es una tont…- empecé, pero me cortaron bruscamente.

- ¡HE DICHO EN COCHE!

- Vale, vale.

Nunca discutas con una mujer dando a luz. Es una de las cosas que aprendí cuando vino Wyatt. Saqué las llaves del coche, pero en la mirada de Phoebe vi que ella quería ir con su hermana. Hasta que pudiera estar con su marido, ella quería la compañía de otra mujer. Piper también se dio cuenta y me pidió las llaves con un gesto. Así, las dos se fueron y me dejaron sólo con mis hijos.

- ¿La tita tiene pupa? – preguntó Chris, preocupado.

- No, bebé. Va a nacer tu primita.

- ¿Cómo se va a llamar? – preguntó Wyatt. Iba a responder que no lo sabía. Phoebe no lo había decidido aún, pero entonces recordé la visión que había tenido hacía un momento.

- Pe. – respondí, suponiendo que sería alguna clase de apodo para un nombre más largo.

- ¿Y mamá? – preguntó Chris. Wyatt estaba tranquilo, porque recordaba el nacimiento de su hermano. Chris no entendía aquella forma de actuar tan extraña.

- Se ha ido a hacerla compañía. Mientras tanto nosotros vamos a hacer algo divertido ¿mm? – sugerí, y me puse a pensar en qué podía ser ese algo.

- ¡Podemos hacer pasteles! – dijo Chris, con los ojos brillantes. Piper a veces hacía postres con ellos, e incluso les dejaba elegir los ingredientes (sí, todo muy cuqui, pero luego el que se comía cosas raras como pastel de pepinos, era yo). La cocina no era lo mío, pero ey, podía intentarlo.

- Esa es una gran idea – acepté, y nos pusimos manos a la obra.

Según mis hijos, estos son los ingredientes que debía tener un buen pastel: chocolate, nata, azúcar, más chocolate, y lacasitos. Yo añadí a la lista lo imprescindible para hacer el bollo, y les dejé trocear el chocolate mientras me ponía a hacer la masa. Estaba atento al teléfono, por si alguien me llamaba, y también atento a mis sentidos de luz blanca, pero sabía que si todo iba bien tardarían unas tres horas en acordarse de llamarme para decir cómo había ido todo.

- ¡Wyatt, no te comas el "chiocolate"! – protestó Chris.

- Eso, Wyatt. Que me lo tengo que comer yo – dije, y le robé un trozo. Wyatt y yo nos reímos, pero Chris frunció su ceñito. Le puse un dedo entre las cejas, como para desarrugárselo. – Vamos, campeón. No te enfades. Tú también puedes coger un poquito. Tenemos mucho.

- ¡Es para cocinar! – reclamó mi niño. Algún día sería chef como su madre, seguro.

- Todo buen cocinero tiene que probar su comida – dije yo, y eso pareció contentarle un poco. Sin embargo, minutos después, mientras echaban los lacasitos en un bol, Wyatt cogió un puñado.

- ¡Que nooo! ¡Papá, dile que no se lo comaaaa! – gimoteó Chris, lleno de rabia.

- Chris, no es para que te enfades. Anda, ven y ayúdame a remover esto.

- ¡No quiero! Ya no "quero" hacer pasteles. – gritó, medio en rabieta.

- Está bien. Entonces vete a jugar mientras tu hermano y yo terminamos. – le respondí. Chris seguramente había esperado que yo le diera la razón ante su amenaza de dejar de cocinar, y no le debió de gustar nada mi respuesta.

- ¡No me voy! ¡"Toto"!

- Christopher, sabes que no puedes llamarle eso a papá. Ponte en la esquina hasta que decidas portarte bien.

Mi bebé se fue pataleando y llorando un poco. Solté el bol donde estaba batiendo los huevos y cogí una silla para ponerla en la esquina y sentar a Chris en ella. Mi niño me miró muy enfadado y con lágrimas de rabia en los ojos. Suspiré. Volví a la encimera con Wyatt, y le vi a punto de meter los dedos en la mezcla que yo estaba haciendo.

- Wyatt, eso no se puede comer - le dije.

- ¿Lo veeees? – protestó Chris, bajándose de la silla, y encarándose con su hermano. - ¡Se lo come todo! ¡Es un tragón!

- ¡Y tú un quejica! – replicó Wyatt.

- Vamos, no os peleéis. Chris, no te he dicho que puedas salir de la esquina.

- Pero es que es su culpaaaa. – se quejó Chris, dando una patada al suelo. - ¡Es "toto"!

Entonces Wyatt le dio un empujón, pero creo que usó más fuerza de la que había pretendido porque se sorprendió cuando Chris se cayó al suelo. Pensé que se pondría a llorar, pero en lugar de eso se levantó y le devolvió el empujón. Y así empezaron a pelearse. Les separé sin mucho esfuerzo, pero seguían intentando pegarse.

- ¡Vale ya! Mirando a la pared los dos. – les dije, y llevé a cada uno a una esquina, para que se calmaran.

Esperé dos minutos. Luego puse una silla en el centro de la habitación y les dije que se dieran la vuelta.

- Daros un beso y un abrazo, pediros perdón, y seguimos haciendo pasteles – les dije, conciliador, deseando que tomaran ese camino. Pero por lo visto preferían la vía "difícil". Chris le sacó la lengua a Wyatt, y Wyatt le devolvió el gesto. – Muy bien. Si no estáis dispuestos a portaros bien entonces ya no cocinamos más. – dije, como último intento. Pensé que protestarían y dirían que no, accediendo a hacer las paces, pero me equivoqué.

- ¡Es por tu culpa! – chillÓ Wyatt, acercándose a Chris para darle un empujón.

- ¡No, es culpa tuya!

- ¡Ya basta! No podéis pelearos así. Sois hermanos. La culpa es los dos y ahora papá os va a castigar a los dos. – les dije, y agarré a Wyatt de un brazo.

- ¡No, papi, no!

- Os he dado varias oportunidades, Wyatt. A tu hermanito no puedes empujarle ni chillarle así. – le dije, y me senté en la silla, poniéndole a él encima de mí. Lloriqueó un poco mientras le bajaba la ropa pero se quedó quieto.

SWAT SWAT SWAT SWAT

Wyatt lloró un poquito, flojito pero con muchas lágrimas. Le di un beso y le senté en mis piernas, mientras le colocaba la ropa. Le limpié las lágrimas y le puse de pie, para coger a Chris.

- A ti te digo lo mismo. Tu hermano no ha hecho nada para que te enfades así. – le dije, y me volví a sentar, colocándole encima, pero él sí que se movía.

- ¡No, papi!

Pese a sus esfuerzos, no me costó mucho bajarle la ropa y sujetarle bien.

SWAT ¡Aii! SWAT SWAT ¡Papiii! SWAT

Él si lloró a todo pulmón, como si fuera un objetivo el que le oyeran en Marte. Le senté encima como había hecho con Wyatt y le coloqué la ropa. Luego llamé a Wyatt también y le sostuve a los dos a la vez. Wyatt ya no lloraba, pero parecía muy triste. Le di un beso a cada uno.

- Yo sé que os queréis mucho, así que no me gusta que os enfadéis por tonterías – les dije, mientras les frotaba la espalda. Chris dejó de llorar y se calmó, pero me miró con ojos brillantes y manipuladores.

- ¿No hay pastel? – me preguntó, haciendo puchero.

- ¿Va a haber más peleas? – pregunté, y los dos negaron con la cabeza. – Entonces tal vez podamos hacer un pastel pequeñito.

Chris sonrió y se colgó de mi cuello. Yo sonreí y apreté el abrazo.

- Vamos, bebé. Ahora hay que meterlo en el horno – le dije, y me levanté con él y con Wyatt, que ni sonrió ni parecía con ánimos de hacerlo. Retomamos la tarea y Chris estaba tan feliz como siempre, contento con su pastel, pero Wyatt no se soltó de mi pierna y no hacía ni decía nada. Ya había notado que él se ponía mucho más triste cuando yo le regañaba. Le cogí en brazos y él escondió la cabeza en mi cuello, gimoteando un poco.

- Sh, bebé, no pasa nada. Mira ¿quieres ver cómo sube el pastel? – le dije, y me agaché con él para ver a través del cristal del horno. Le dije que se iba a hacer mucho más grande, por la levadura, pero aunque él miraba donde yo le decía no parecía prestar atención y no se soltaba de mi cuello. Chris se acercó a nosotros y miró a su hermano con curiosidad y rostro serio. Se mordió el labio, y luego le dio un beso. Sonreí, enternecido.

- No llores – le dijo.

Wyatt miró a su hermano pequeño, y debió de pensar que si él no estaba llorando él tampoco debía hacerlo. Sorbió por la nariz y me soltó, despacito. Los dos se dieron la mano mientras miraban el horno como si fuera la pantalla de televisión. Morí de amor por un gesto tan bonito y cuando estuvo listo sacamos el pastel. Lo partí en cuatro porciones, pero Wyatt dijo que tenía que ser en cinco.

- ¡Uno es para mi primita! – dijo, y yo solté una carcajada.

- Bebé, ella no puede comerlo. Es muy pequeña.

- ¿Más pequeña que Chris?

- Mucho más.

- ¿Y la vamos a ir a ver?

- Claro. En cuanto la tía diga que podemos.

Justo en ese momento sonó el teléfono. Penélope Haliwell pesó tres kilos, y doscientos gramos. Estaba muy sana, pese a haber venido dos semanas antes de tiempo.