DISCLAIMER: Hola les traigo una adaptación de un fanfic de Karen Potter . La historia no es mía y los personajes son de Suzanne Collins

Bueno sin más que decir aquí les dejo la historia.

Capitulo 3

A la mañana siguiente, un golpe en la puerta interrumpió la rutina de Katniss. Miró a través de las cortinas y vio a Peeta Mellark en el porche.

—Buenos días, Katniss—dijo él desde el otro lado de la puerta—. El señor Crane y yo hemos venido para llevarte a trabajar.

—Gracias —gritó ella desde el otro lado—. Pero no es necesario. Voy un poco tarde esta mañana. Vayan sin mí —se volvió y se apartó de la puerta antes de repetir—. Gracias.

—Abre, Katniss.

Ella abrió la puerta, furiosa.

—¿O qué? —preguntó—. ¿Soplarás, soplarás y mi casa derribarás?

—Algo así —contestó él con voz calmada.

—¿Es que nunca aceptas un no por respuesta? Te he pedido que me dejes en paz. Ahora debo insistir. Lárgate.

—¿Siempre estás de tan mal humor por las mañanas?

—No estoy de mal humor. Estoy cansada. Prim ha estado ocho horas haciendo sus acrobacias gimnásticas dentro de mí. Estoy destrozada. No creo que haya dormido más de diez minutos seguidos en toda la noche.

—¿Prim? —preguntó él.

—Sí. El diminutivo de Primrose.

—¿Ya has elegido un nombre?

—Realmente no necesito esto. —murmuró ella.

—¿Prim? —repitió Peeta.

—Prerrogativa de una madre soltera —contestó ella, agarrando el abrigo que había colgado junto a la puerta. Se lo puso y se abrochó el botón de arriba, el único que podía. Peeta la miró horrorizado.

—¿Ése es tu abrigo? —gritó—. Si ni siquiera se puede abrochar.

Aquello ya era demasiado. Las lágrimas que habían estado amenazándola toda la mañana, finalmente resbalaron por sus mejillas. Era más de lo que podía soportar.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó—. No te gusta el nombre de mi bebé. Mi abrigo no es lo suficientemente bueno.

Peeta sacó un pañuelo de su bolsillo y dio un paso adelante para secarle las lágrimas. Entonces ella dio un paso atrás.

—No me toques— contestó ella, sonando un poco como la niña de "El exorcista".

—No pretendía criticarte, Katniss. Primrose es un nombre precioso, para una niña. Y tu abrigo es… muy bonito. Sólo me daba miedo que pasaras frío.

—Me abrochará bien cuando haya nacido el bebé. Me parecía una frivolidad comprarme otro cuando no volveré a usarlo —dijo ella, le quitó el pañuelo de la mano y se secó la cara.

—Katniss—dijo él con suavidad.

—Cállate, ¿de acuerdo? Simplemente cállate. Si pretendes que me vaya al trabajo contigo, será mejor que no digas nada más.

—Bien —contestó él.

—Y será mejor que no me mandes más flores tampoco —añadió Katniss.

—No más flores, lo juro. Nunca más.

Cuando Peeta llegó para llevar a Katniss a casa, lo primero que vio fue la ausencia de color en sus mejillas y sus ojos rojos. No dijo nada, simplemente le sostuvo el abrigo para que pudiera ponérselo y luego la acompañó al coche.

Saludó a Crane, pero se resistió a mantener cualquier tipo de conversación. También denegó la oferta de tomar algo de beber. Peeta la cubrió con una manta del cuello hasta los pies, pero ella no dijo nada.

Cuando el coche arrancó, Peeta oyó un suspiro seguido de un sollozo. Se sacó el pañuelo del bolsillo y se lo entregó a Katniss sin mirarla.

—Siento mi comportamiento de esta mañana. Tenías todo el derecho a decir que estaba de mal humor.

—Supongo que yo no debería haberme metido de ese modo. Sólo quería ayudar.

Como disculpa era patética, pero era lo mejor que podía hacer, considerando lo mucho que hacía que no se disculpaba por nada.

—Lo sé, pero creo que sería mejor que siguiéramos cada uno nuestro camino.

—Lo pensaré —mintió él, sabiendo que no la dejaría salir de su vida hasta no estar seguro de que el bebé era suyo.

Katniss debió de creérselo, porque sintió cómo se relajaba en el asiento de al lado. Por el rabillo del ojo vio que tenía los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás.

Peeta sintió una punzada en el corazón. ¿Cómo iba a dejar que esa mujer saliese de su vida? ¿Es que no se daba cuenta de lo mucho que lo necesitaba? ¿De lo mucho que un niño necesitaba a su padre?

Era curioso que él nunca hubiera dudado en la palabra del médico al decirle que él era el padre. El primer impulso de la mayoría de los hombres habría sido negar la paternidad, pero ahí estaba él, recibiéndola, desmandándola. De algún modo sabía que, cuando sostuviera a su hijo en brazos, sería el hombre más feliz del planeta.

¿Pero qué hacer con Katniss? Ella no se creía que hubiese habido error alguno en la clínica, o que Peeta fuera el padre del bebé. Y, sin embargo, ahí estaba, en su coche, aceptando su ayuda, oponiendo resistencia sólo de palabra.

Katniss cambió de posición y la manta se le resbaló de los hombros, acabando sobre su cintura. O, al menos, lo que quedaba de ella. Su panza asomaba por el abrigo abierto y Peeta maldijo en silencio por querer pasar la mano por encima de ella y, a la vez, querer salir corriendo a comprarle un abrigo nuevo.

Si no le gustaba algo tan simple como las flores, seguro que tampoco apreciaría algo como un visón. Quizá pudiera dejarle en casa su Burberry de cachemir, accidentalmente, por supuesto. Aunque eso resultaría un problema si ella seguía negándose a dejarlo entrar en su casa.

Bueno, él no era el azote del distrito financiero de Seattle por nada. Ya encontraría la manera de conseguirlo finalmente.

Katniss se giró y murmuró algo ininteligible. Luego comenzó a deslizarse hacia él con una velocidad alarmante. Apenas pudo levantar los brazos para agarrarla antes de que acabara tumbada sobre su pecho. Katniss volvió a murmurar algo y se acurrucó.

Su suave fragancia se le metió por la nariz. Nada de perfumes provocativos y pesados para Katniss. Tenía un olor tan puro y natural como una mañana de primavera, y era igual de tentador.

Finalmente había conseguido acabar con la chica en sus brazos en el asiento trasero de su coche. Ya no tenía dieciséis años, pero era como estar en el cielo.

—¿A casa, señor Mellark? —preguntó el chofer.

—Demos una vuelta al parque —dijo él—. Parece que la señorita se ha quedado dormida.

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— ¿Katniss? —Johanna estaba de pie junto a la puerta del despacho—. Lo siento.

— ¿Qué ha ocurrido?

—Bueno, Peeta ha llamado y ha preguntado si estabas libre para comer. Le he dicho que tenías reuniones hoy y que habíamos decidido pedir comida.

— ¿Entonces qué es lo que sientes?

Johanna se quedó callada por un momento y luego dijo:

—Ha enviado a una mujer con un catering y está en la sala de conferencias.

—Dile que se vaya.

—Demasiado tarde. He oído el ruido del microondas —añadió Johanna, y bajó la voz a modo de conspiración—. Creo que hay sopa.

Katniss se quedó con la boca abierta y dijo:

— ¿Es que hay cámaras en este lugar? ¿Cómo sabía que estábamos deseando tomarnos una sopa? —en realidad le apetecía chili al estilo de Seattle, pero el sentido común prevaleció y supo que la sopa era la mejor opción.

— ¿Intuición? —Preguntó Johanna—. Bueno, hace frío. La sopa sienta bien y, desde luego, el que tú estés bien parece ser lo que más le preocupa últimamente.

—Ojala no fuera así.

— ¿Por qué no? —preguntó Johanna de pronto—.Peeta Mellark podría cuidar de ti de modos que ni te imaginas. Tiene dinero, poder y buen tipo.

Katniss tenía que admitir que era rico y poderoso. Todo lo referente a él la ponía nerviosa, pero también despertaba su curiosidad.

Ya estaba cayendo en su trampa. Cuando se había despertado en sus brazos la noche anterior, se había sentido completamente avergonzada. Su vecino la había llamado para ver si estaba bien y había dicho que la limusina aparcada enfrente había estado casi una hora allí antes de que Peeta la ayudara a salir del coche y la escoltara hasta la puerta.

Y, sin embargo, cuando había aparecido ante su puerta esa mañana, se había puesto su abrigo y lo había seguido como un cordero al matadero. Algo dentro de ella se derretía al verlo y le hacía pensar en cosas que era mejor dejar sin explorar.

Se dio cuenta de que estaba siendo una estúpida y que tenía que dejar de fantasear así. Un hombre como Peeta no la querría una vez que llegara a conocerla.

—Johanna, puedo cuidarme sola. Me lo pensé mucho antes de decidir tener a Prim sin un padre. Sé que no será fácil, pero creo que es lo mejor. He conocido al menos a cien madres solteras en mi trabajo en la fundación y sé que puede hacerse. Mis abuelos estuvieron ausentes físicamente y mi padre lo estuvo emocionalmente. Haré todo lo que esté en mi mano para evitar que mi hija pase por eso.

En ese momento Prim le dio una patada en un costado y Katniss pensó en la dificultad de la maternidad incluso antes del parto.

—Además —dijo—, Peeta ha dejado muy claro que no soy lo suficientemente buena. Tendrías que haber visto cómo se puso con mi abrigo el otro día.

—Pero…

—No necesito a ningún hombre que cuide de mí, o que me utilice y me abandone.

—¿Abandonarte? ¿De qué diablos hablas?

—Nada. Olvídalo. ¿A qué hora es mi reunión con la gente de United Way?

—No es hasta dentro de una hora. Tienes tiempo de sobra para tomar una buena comida caliente.

—No quiero su comida —masculló Katniss.

—No seas tonta. Es gratis. Además, los de la tienda seguro que no nos envían cosas tan buenas. Te ahorrarás algo de dinero para la universidad de esa pequeña mocosa y, al mismo tiempo, tomarás tus vitaminas —dijo Johanna y, antes de salir de la sala, añadió—: Katniss, sé que trabajo para ti, pero también me considero tu amiga.

—Oh, Johanna. Claro que eres mi amiga.

—Peeta no es un monstruo —dijo, y vio el ceño fruncido de Katniss—. Puede que un poco pesado. De acuerdo, muy pesado, pero, si lo que dice es verdad…

Katniss abrió la boca para protestar, pero Johanna la mandó callar con un movimiento de mano.

—Si lo que dice es verdad, tiene derecho a tratar de ayudarte en lo que pueda. Para mí eso es algo muy noble. El bebé merece lo mejor que puedas darle ahora, no sólo a partir de que nazca.

—Johanna, sé que he sido difícil pero, créeme, tengo mis razones.

—No has sido difícil en absoluto —dijo Johanna sin ser consciente de la mezcla de emociones de Katniss—. Cualquier sentimiento que tengas está justificado porque estás embarazada. Pero no creo que debas permitir que este asunto se interponga en las pautas nutricionales del departamento de agricultura de Estados Unidos. Así que, a no ser que quieras que nos encierren por violación de la pirámide alimenticia, será mejor que comamos. ¿Quieres que te traiga aquí la comida o prefieres unirte a mí en la sala de conferencias?

Katniss se puso en pie riéndose.

—La sala de conferencias me parece bien. Además, querría darle las gracias a la mujer del catering.

—Excelente —dijo Johanna con una sonrisa, ofreciéndole el brazo como una escolta uniformada—. ¿Y ahora te parece que comamos?

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Katniss se preguntaba constantemente qué pensaría Seneca Crane de su nueva tarea como su chófer.

Cuando se dejó caer por la oficina una fría tarde, una semana después de que la mujer del catering hubiera aparecido por primera vez, también se preguntó si estaría espiando para Peeta Mellark.

Habría sido sencillo. No había secretos en la pequeña oficina.

—Señor Crane, hay un problema en el hogar de los niños que apadrinamos en el centro. Uno de los bebés tiene fiebre y necesita ir al médico. El servicio de taxi que normalmente nos ayuda no está disponible. ¿Le importaría llevar a la directora del centro y al bebé al médico? Es una emergencia.

Para su sorpresa, Seneca se puso en pie y agarró su sombrero.

—¿Un bebe? Pobrecito. Si me da la dirección, saldré para allá inmediatamente.

El «gracias» de Katniss se quedó suspendido en el aire. Seneca se marchó antes de que pudiera decir nada.

La voz de Johanna la sacó de sus pensamientos.

—¿En qué diablos estabas pensando? Cuando Mellark se entere de esto, se pondrá furioso.

Katniss se dio la vuelta abriendo mucho los ojos y poniendo cara de inocencia.

—¿Eso crees? ¿De verdad?

—Lo has hecho a propósito —dijo Johanna apretando los labios y frunciendo el ceño en broma. Luego sonrió—. Claro que sí. ¿Desde cuándo el servicio de taxis nos deja tiradas?

—Y cuando el señor Mellark se entere de esto, sacará de aquí a su chofer—agente secreto tan rápido que nos dará vueltas la cabeza. Entonces, con un poco de suerte, decidirá que soy demasiado terca y podremos volver a la vida normal.

—¿Normal? Creo que será un poco soso —dijo Johanna.

—Me gusta lo soso —contestó Katniss—. Además, estaba destinado a perder el interés antes o después. No es diferente a los demás hombres que he conocido. Cuando ven algo que les gusta, hacen lo que sea por conseguirlo. Luego, cuando no sale como esperaban, se aburren y se van a buscar otro desafío.

—Me parece a mí que Peeta no es así —dijo Johanna.

—La verdad es que me da igual —dijo Katniss mientras se dirigía hacia su despacho, tratando de alejarse de su miedo a lo desconocido—. Sólo quiero llevar una vida tranquila y agradable, ayudar a la gente y tener a mi bebé. Una vida preciosa y sosa.

—Bien —musitó Johanna—. Puedes intentarlo pero, si quieres saber mi opinión, creo que nada volverá a ser como antes.

Katniss se sentó en su despacho para descansar y esperó a que se desatara la tormenta.

Pero no ocurrió.

Esperaba que Peeta Mellark apareciera en la sala exigiendo saber quién se creía que era utilizando a su chofer como… eso, como un chofer.

Ya tenía la respuesta preparada. «Si no le gusta, señor Mellark, puede…». Ya decidiría el tono más tarde, según lo enfadado que estuviera Peeta y lo mucho que la hiciera enfadar a ella.

Luego se iría, ella podría respirar aliviada y seguir con su vida.

Pero, si aquello era algo tan bueno, ¿por qué la idea le molestaba tanto?

Hola bueno y que les pareció?

Quiero agradecerles a todas por sus comentarios que de verdad me ayudan mucho para seguir con esta historia ;)