DISCLAIMER: Hola les traigo una adaptación de un fanfic de Karen Potter. La historia no es mía y los personajes son de Suzanne Collins
Bueno sin más que decir aquí les dejo la historia.
Capítulo 4
¿Un día duro? Katniss se giró y vio a Peeta en la puerta de su despacho. No era que estuviese diferente a como estaba por la mañana, cuando él y el señor Crane la habían recogido. Entonces le había parecido espectacular, con su chaqueta y su corbata. El abrigo Burberry sobre su hombro le daba un toque de seguridad en sí mismo, como diciendo que nada le importaba un comino.
Sus ojos escanearon la habitación y pareció como si se detuvieran en cada detalle. Frunció el ceño cuando se fijó en la silla de Katniss, un viejo trasto de cuero que le daba dolor de espalda. Volvió a centrar la atención en ella y se quedó mirándola. Mirándole el pelo. Entonces Katniss se dio cuenta de que nunca antes se lo había visto suelto, hasta ese momento.
Era extraño ser observada de esa manera, sometida a tan exhaustivo escrutinio. Su vestido azul fue la siguiente víctima. No se le escapaba nada. Los lazos que colgaban de su falda, los botones que decoraban su corpiño, la fina cadena de oro alrededor de su cuello. Sus ojos se encontraron y él sonrió. Katniss se preguntaba si sospecharía que le gustaba ese vestido porque resaltaba el color de sus ojos. Llevar cosas azules era su única vanidad.
—¿Lista para irnos? —Preguntó Peeta—. He pensado que podíamos pararnos en algún sitio a cenar, o podemos comprar algo para llevar, si lo prefieres.
—Creo que no. Aún tengo mucho que hacer. Hoy no he hecho muchos progresos.
—Aún no estás cansada, ¿verdad?
—No. Me han distraído otros… asuntos.
—¿Asuntos?
—Asuntos personales.
—¿Cómo qué?
—Como tratar de quitarme de en medio a personas bien intencionadas pero en el lugar equivocado.
—Ah. Bien. Deduzco que estás hablando de mí.
Ella lo miró a los ojos pero enseguida desvió la mirada.
—Sí.
—Me alegra que reconozcas mis buenas intenciones, pero no estoy seguro de que sea correcto lo del lugar equivocado. Si te hicieras la amniocen…
—No. No me haré una prueba que puede dañar a mi bebé sólo para satisfacer tu curiosidad.
—¿Crees que es de eso de lo que se trata? —preguntó él—. ¿Curiosidad? —Ella se giró hacia la ventana y se echó hacia delante para frotarse la espalda.
—Peeta, por favor…
—¿Por qué estás tan decidida a seguir adelante sola?
—Sólo hago lo que sé que es bueno para mí.
—¿Pero no sería agradable tener a alguien en quien apoyarte y con quien poder contar? —preguntó él, y sonó como si realmente lo considerara posible.
—Claro, si pensara que pudiera encontrar a alguien así. Por mi experiencia, hay muy pocos especímenes masculinos así, y perdóname.
—¿Por qué tengo la impresión de que estás descargando conmigo tu frustración general con el género masculino?
—Sólo lo digo —dijo Katniss frunciendo el ceño.
—Bien, pues creo que te equivocas al meterme en el mismo saco que el resto de hombres que te han decepcionado.
—Haces que parezcan una legión.
—¿No lo ha sido? De acuerdo que hace poco que nos conocemos, pero no creo que hayas encontrado en mí una sola cualidad compensatoria, ¿verdad? ¿Es que no hay nada que te guste de mí?
—No, que yo haya visto —contestó ella. Sabía que no era fácil que Peeta cayese en su fingida indiferencia, pero quería intentarlo.
—Pues yo sí he visto una o dos cosas tuyas.
—¿De verdad?
—Eres preciosa, Katniss, e inteligente, y compasiva también, salvo por tu prejuicio hacia los hombres.
Katniss se quedó con la boca abierta. Nunca se había considerado a sí misma prejuiciosa con respecto a los hombres aunque, si lo pensaba, se daba cuenta de que tenía razón. Quizá fuese algo genético, trasmitido de generación en generación de mujeres escépticas.
—Lo siento. No pretendía juzgarte injustamente. Es un hábito, uno no muy agradable. ¿Una tregua?
—Una tregua —convino él—. Ahora, ven aquí y deja que te dé un masaje en la espalda.
—¿Qué?
—Cuando he entrado, estaba junto a la ventana frotándotela.
—Ah, no es nada. A veces, cuando estoy sentada demasiado tiempo…
—Deja que te dé un masaje. Hará que te sientas mejor.
—No tienes por qué —dijo ella demasiado deprisa—. Ya estoy bien.
Peeta la mandó callar chistando y levantó una mano.
—Ven aquí. No tengas miedo de mí. No muerdo.
«No tengas miedo de mí, pequeña. El viejo Romulus no muerde».
El súbito recuerdo apareció de golpe en la mente de Katniss, reviviendo los acontecimientos del peor día de su vida. Aquellas manos sucias, la sensación de estar atrapada. «Tu papá dijo que eras muy guapa, pero pensé que era sólo orgullo paterno. Ven aquí. Seré bueno contigo».
Katniss había salido corriendo y gritando aquel día, hacía mucho tiempo, en Australia, pero estaba decidida a no salir corriendo en esa ocasión. Retirarse era mostrar debilidad. La posibilidad de que Peeta emplearse esa debilidad contra ella le hizo estirar los hombros y mirarlo a los ojos con la esperanza de que no notara que estaba interpretando el papel más difícil de su vida.
Si intentaba algo, podría derribarlo dándole una patada en… bueno, podría derribarlo. Eso era todo.
—No te tengo miedo —dijo ella con una valentía que no sentía—. Pero la verdad es que no creo que fuera muy profesional por mi parte dejar que un perfecto desconocido me masajeara la espalda cuando se supone que debo estar trabajando.
—Me alegra que me llames perfecto, pero ambos sabemos que no somos desconocidos. Sólo porque no nos conozcamos en el sentido bíblico, no significa que no nos conozcamos,Katniss.
—No lo entiendo.
—Lo harás —dijo él extendiendo los brazos—. Ven aquí.
Era una idea tan mala que no podía creerse que estuviera considerándola de verdad. Hacía mucho tiempo que ningún hombre, amigo o enemigo, la tocaba. Tanto que apenas lo recordaba.
Contra su voluntad, o quizá porque estaba muy decidida a hacerle saber que no la intimidaba, se aproximó a él.
Por desgracia, sabía que no parecía tan segura de sí misma como le hubiera gustado.
Se detuvo a unos pasos de distancia y miró su panza.
—No funcionará. No hay manera de que puedas rodearme con los brazos.
—¿Quién ha dicho que vaya a rodearte con los brazos?
—Ah —la palabra escapó a sus labios con un tono de decepción antes de que pudiera controlarlo.
—Más cerca —dijo él—. Deja que te enseñe cómo se hace.
Katniss se acercó más hasta estar entre sus brazos. Entonces Peeta la giró de modo que su hombro descansara bajo la curva de su brazo. Estar tan pegada a él era desconcertante y un poco intimidante. Por un momento sintió que perdía el equilibrio. Enseguida Peeta le levantó la mano y se la colocó sobre su pecho, aprisionándola.
«¿Por qué a mí?», se preguntó Katniss. ¿Por qué tenía que ser tan amable y, a la vez, tan intimidante?
Se recordó a sí misma que no era más que un hombre, un hombre como todos los demás que había conocido. Todos dispuestos a aceptar un desafío con rapidez, e igualmente dispuestos a salir corriendo con la misma rapidez cuando las cosas se ponían difíciles. A veces podía verse verdadera emoción en ellos, pero la mayoría de las veces, dejaban un rastro de testosterona en su huida hacia la puerta.
La mano de Peeta subía y bajaba por su espalda, aliviando las tensiones del día. Katniss no podía recordar cuándo alguien la había agarrado de aquella manera.
Haber crecido con unos padres tan poco atentos le había enseñado a no buscar el contacto físico, pero nunca había dejado de ansiarlo. Estar en los brazos de Peeta Mellark era agradable, pero sabía que no podía disfrutar de ello. Sabía que no podía desearlo porque, saber eso, significaría admitir que no podía hacerlo todo por sí misma.
Trató de apartarse pero él la acercó más a su cuerpo mientras continuaba con el masaje.
Katniss comenzó a pensar en el bebé y en lo feliz que sería cuando su hija naciera. Se imaginaba las sonrisas de bebé, el olor a polvos de talco después del baño, las nanas que le cantaría. Su cuerpo, al principio rígido y nada receptivo, comenzó a relajarse bajo las manos de Peeta. A través del tejido de su camisa podía sentir la cadencia del ritmo de su corazón. Dejó caer la cabeza sobre su hombro y dejó escapar un suspiro, aceptando el confort que le proporcionaba.
—Katniss.
El modo en que susurró su nombre casi le produjo lágrimas en los ojos. Nadie antes lo había dicho así. Fue como si lo supiera todo sobre ella, como si la llamase desde la distancia con una simple palabra, como si hubiera estado perdida durante mucho tiempo y él estuviera en casa.
Antes de que Katniss pudiera decir su nombre, Peeta inclinó la cabeza y sus bocas se encontraron. Al principio sólo le rozó los labios. Entonces pareció cambiar de opinión y presionó su boca con fuerza contra la de ella con determinación y algo más que pasión.
Katniss se sorprendió ante su propia respuesta. No quería besarlo pero tampoco quería resistirse. El corazón le dio un vuelco cuando él recorrió sus labios con la lengua y luego la introdujo dentro para saborearla.
Ella suspiró de placer y él sonrió. Ese pequeño movimiento de su boca, junto con el ritmo de su mano en su espalda, que bajaba hasta sus nalgas, le hizo sentir escalofríos ante la expectativa. Nunca había experimentado nada semejante. La primera vez que había experimentado los besos, había sido con un chico del vecindario, cuando era adolescente. Pero los esfuerzos del muchacho fueron torpes y su abrazo demasiado agobiante. Trató de olvidar esos recuerdos pasados para llenar ese hueco con el beso de Peeta.
Se inclinó hacia él. Sabía que no duraría, pero podría disfrutar de ese momento.
Un golpe en la puerta hizo que se separaran. Johanna asomó la cabeza y sonrió.
—Si no me necesitas para nada más, me voy.
Avergonzada por haber sido pillada en una situación tan comprometida, Katniss se alisó el vestido y le dio las buenas noches a Johanna sin mirarla.
Peeta se rió y Johanna se unió a él.
El momento especial de Katniss se había perdido y lo lamentaba. Demasiado furiosa como para llorar, se acercó al escritorio y se sentó de golpe. Tomó un archivo y comenzó a leer. Oyó la puerta cerrarse y supuso que Johanna se había ido.
Deseaba que Peeta se hubiera ido también. Se lo merecían ambos.
La oficina quedó en silencio durante un momento hasta que Peeta se aclaró la garganta.
—Vete a casa —dijo ella.
—No pretendía reírme —dijo él—. Fue una reacción nerviosa.
—No importa —respondió ella con la esperanza de que Prim no pudiera oír la mentira de su madre—. No ha significado nada.
—Quizá para ti no pero, cuando beso a una mujer hermosa, no me gusta tener público delante.
—¿De verdad? ¿Nunca besaste a Delly Cartwright en público?
—¿Qué sabes sobre Delly y yo? —preguntó él con frialdad.
—Ah, ¿así que no pasa nada si tú invades mi privacidad hablando con mis médicos y apareciendo en mi casa sin ser invitado, pero no está bien que yo sepa nada de Delly?
—Contesta a la pregunta. ¿Qué sabes sobre Delly y yo?
—Sólo que estuviste comprometido con ella y que rompieron poco antes de conocernos. Johanna me lo dijo.
—Entonces lo único que sabes es que Delly me besó en público y no al revés. Nunca pretendí convertir nuestra relación en un espectáculo, aunque parecía ser uno de sus juegos favoritos.
—No me importa —dijo ella, sabiendo que hablaba como una niña petulante, pero eso tampoco le importaba.
—Bien. Entonces no tendremos que discutir más sobre el tema. Toma tu abrigo. Nos vamos a casa.
—Tú te vas. Yo tomaré el autobús.
—Bien —gritó Peeta.
—Bien —gritó ella también mientras él salía por la puerta, cerrándola de golpe tras él.
Katniss no lloró por el beso interrumpido, ni porque hubieran discutido, ni siquiera porque la hubiera dejado sola en una oficina vacía. Lloró porque el mejor ejemplo de su supuesta independencia fuese el estúpido autobús interurbano.
Peeta llevaba esperando en el vestíbulo casi una hora cuando Katniss salió del ascensor. Pareció momentáneamente sorprendida de verlo, pero luego sus gestos se calmaron y adoptó una máscara de indiferencia.
Él se puso frente a la puerta cuando Katniss intentó pasar por delante con todo el desdén que pudo encontrar. Peeta la agarró y le abrochó el botón de arriba, murmurando todo el rato sobre mujeres cabezonas y abrigos baratos.
Fuera, el chofer estaba listo para abrirles la puerta a sus pasajeros.
—Entra en el coche. Preferiría que Crane no supiera que hemos discutido.
Katniss asintió pero se negó a mirarlo a los ojos. Peeta se sentía fatal. Podía ver que había estado llorando, probablemente desde que él se había marchado de la oficina.
Ambos hicieron el camino en silencio. La posibilidad de volver a disgustarla era razón suficiente para no hablar. Eso era lo que pasaba con las mujeres y sus lágrimas. Las usaban como armas.
Cuando el coche se detuvo y ella trató de salir. Peeta le tocó la mano. Ella se quedó quieta mientras él le acariciaba la muñeca con los dedos, e imaginaba que podría notar la velocidad de su pulso.
—Cena conmigo mañana por la noche —dijo él.
—No.
—Entonces el sábado.
—No puedo.
—¿Por qué no? —no podía creerse esa conversación tan ridícula. ¿Cuándo le había rogado a una mujer que cenara con él?—. ¿Durante cuánto tiempo vas a hacerme pagar por querer besarte? ¿Acaso ha sido un pecado?
—No es eso. No me importa ese estúpido beso. Ya lo he olvidado. Quizá tú también deberías.
—Entonces, si no es por el beso. ¿Por qué no quieres salir conmigo?
—Se me ocurren mil razones, pero la principal es que la fundación va a dar un banquete para nuestras instituciones benéficas el sábado por la noche y tengo que estar allí.
—¿Va a ir alguien contigo? —si había alguien, podría asegurase de que amaneciese el sábado por la mañana con las piernas rotas.
—No necesito acompañante. Puedo llegar hasta allí yo sola.
—¿Por qué no lo dejas ya? ¿A qué hora te recojo?
Katniss suspiró y apartó la mano.
—A las seis en punto. El banquete empieza a las siete, pero necesito estar allí antes para comprobar las mesas y la decoración. Te lo advierto, te aburrirás.
—Lo dudo —dijo Peeta con firmeza, ignorando el fuego en sus ojos. Se preguntaba cómo sería observarla haciendo el amor. Haría que sus ojos brillaran si alguna vez tuviera la oportunidad.
