DISCLAIMER: Hola les traigo una adaptación de un fanfic de Karen Potter . La historia no es mia y los personajes son de Suzanne Collins
Bueno sin mas que decir aquí les dejo la historia.
Capitulo 7
Cuando katniss le había entregado el papel con la dirección y le había dicho que eso era lo que ella era, Peeta se había sentido desconcertado.
Sin embargo, al plantarse en aquel antiguo barrio de Seattle frente a la fachada de piedra de aquel edificio con un letrero que decía Hope's House, lo comprendió todo.
Recordó la controversia que se había desatado en la comunidad cuando el centro de madres adolescentes y drogadictas había sido propuesto. Recordaba también cómo lo había apartado de su mente, concentrándose en la relación que, por entonces, tenía con Delly.
Evidentemente, Katniss no lo había apartado de su mente. Peeta habría apostado cualquier cosa a que estaba metida hasta el cuello ayudando a las asociaciones benéficas.
Claro que lo estaba. El edifico estaba lleno de bebés. ¿Dónde si no estaría ella tan dentro de su ambiente?
La directora lo saludó cuando entró por la puerta y no perdió el tiempo en agradecerle el haberle proporcionado un medio de transporte a ella y a su bebé para ir al médico.
Peeta se recordó a sí mismo que debía disculparse ante Katniss por el comentario sobre la madre soltera que había hecho la otra noche. Incluso después de considerarlo durante largo rato, no entendía qué le había hecho actuar como un imbécil. Quizá hubiese sido el ver a Katniss y a Delly tan cerca, o quizá la certeza de que Katniss formaba parte de un mundo más amplio, que tenía amigos y obligaciones más allá de él.
Maysilee Donner irrumpió en sus pensamientos.
—No sabía que estuviera interesado en nuestro trabajo —dijo ella.
—Para ser sincero, señora Donner, hasta que la señorita Everdeen no me ordenó venir aquí, ni siquiera sabía de su existencia. Claro que, recuerdo la publicidad que se le dio al caso pero, más allá de eso, he de reconocer que estoy bastante perdido en cuanto a Hope's House.
—Llámeme Maysilee. Lo que aquí tenemos es un hogar para madres que han salido de su adicción a las drogas. En cuanto sus bebés están lo suficientemente bien como para abandonar el hospital y las madres han pasado ya por la peor parte de su desintoxicación, se reúnen aquí y es entonces cuando comienza el verdadero trabajo.
Caminaron hacia la parte de atrás del comedor hasta llegar a una estantería con una enciclopedia y algunos libros de preparación para el graduado escolar.
—Antes de que una joven pueda entrar en el centro, tiene que firmar un consentimiento diciendo que irá a clase al menos cuatro horas al día para prepararse para obtener el graduado escolar. También asiste a clases de tareas domésticas como cocina, administración de presupuestos.
—Parece un campo de entrenamiento.
Maysilee se rió abiertamente. Por el rabillo del ojo, Peeta vio a Katniss levantar la cabeza y sonreír. Tuvo que resistir la tentación de atravesar la sala para rogarle más sonrisas de las suyas.
—Ya he escuchado eso antes —dijo Maysilee —. Pero, en serio, aquí hay mujeres que no han tenido mucho éxito en sus vidas. Ninguna está casada, ni tienen esperanzas de encontrar una pareja estable. Tratamos de darles el tiempo, la educación y la seguridad para creer que cualquier cosa es posible.
—¿Cuánto tiempo se tarda?
—No hay un tiempo fijo. Cada día es una lucha cuando eres así de joven y todo parece estar contra ti.
—¿De dónde sacáis el dinero para todo esto?
—Lo hacemos mediante subvenciones. Algunas de la ciudad, del condado y del estado. Algunas de fundaciones, como la fundación Prescott. También tenemos algunos donantes individuales. Espero que usted sea uno de ellos.
Hicieron la visita a la planta baja, pasando junto a Katniss por la zona de la guardería. Tenía en brazos a un bebé sonriente. La observó caminar de un lado a otro, dándole palmaditas al bebé en la espalda y cantándole nanas. Y una vez más admiró la paciencia y el amor que emanaba.
Se preguntó cómo sería ser el destinatario de tanto amor y sintió por un momento el dulce dolor de la necesidad.
La necesidad de tener una esposa y un bebé.
Una esposa como Katniss y un bebé llamado Primrose.
Al llegar al pie de unas escaleras que subían desde el hall Principal, Maysilee se detuvo.
—Las habitaciones de las chicas están arriba. No se permite la entrada de hombres. Los bebés duermen con sus madres por las noches.
—¿Y dónde están esta mañana?
Maysilee levantó una ceja y dijo:
—En la iglesia, señor Mellark. Nada sectario, por supuesto.
—Por supuesto.
—¿De qué conoce a Katniss?
—¿No te lo ha dicho?
—No.
—Soy el padre del bebé.
—¿Del bebé de Katniss?
—No hay ningún otro, ¿no?
—Oh, no pretendía no dijo nada de que hubiera conocido a alguien.
—Nos conocimos sólo hace un mes.
—¿Entonces cómo…? — Maysilee se llevó la mano a la boca—. Lo siento. Tengo más preguntas que sentido común.
—No pasa nada, pero dejaré que Katniss conteste esas preguntas. Yo ya he dicho demasiado.
—No se preocupe. Sus secretos, sean cuales sean, están a salvo conmigo. Pienso en Katniss como en una hija, o quizá como en una hermana mucho más joven —se rió y sus rizos grises se agitaron—. Nunca traicionaría su confianza. Bien, ¿dónde estábamos?
—¿Cuánto tiempo lleva Katniss ejerciendo de voluntaria?
—Desde que se abrió el centro. La captamos de la unidad de neonatos del hospital universitario.
—¿Ejercía como voluntaria allí?
—Ejerce de voluntaria en todas partes. Nunca he visto a una trabajadora más incansable. Si todos nuestros colaboradores fueran como ella. Deduzco que no la ha visto en acción.
—No —dijo él. La llevaba a trabajar y luego la recogía cada día, pero se daba cuenta de que no sabía nada de su trabajo.
—Es como un torbellino —dijo Maysilee con una sonrisa—. O quizá más como un pulpo, tratando de extender sus tentáculos para ayudar allí donde puede.
—¿Cómo puedo ayudar yo? —preguntó él. Era casi un alivio encontrar un lugar en el que su dinero pudiera hacer algún bien—. ¿Cuáles son vuestras necesidades más inminentes?
—Es fácil. Comida, pañales y voluntarios.
—Puedo ocuparme de la comida y de los pañales. ¿Te parece bien que mi ayudante llame mañana por la mañana? Puedes decirle lo que necesitas y nos aseguraremos de que lo traigan.
—¿Y qué hay de los voluntarios?
—Eso puede que nos lleve algo más de trabajo.
—¿Y usted?
Peeta sonrió y dijo:
—¿Cuándo viene Katniss?
—Todos los domingos a las nueve en punto.
—¿No va ella a la iglesia?
—Asegurar que los niños tengan una infancia feliz es la religión de Katniss.
Peeta sonrió una vez más.
—Entonces supongo que te veré el próximo domingo.
.
.
.
—¿De qué estabais hablando Maysilee y tú? —preguntó Katniss cuando Peeta se reunió con ella en la cocina del centro.
—De esta casa, de los bebés, de ti.
—¿En ese orden? —preguntó ella riéndose, y Peeta pensó que jamás había oído un sonido tan maravilloso—. Me alegra ver que al fin tienes algo de equilibrio en tu vida.
Por un momento se quedó paralizado al ver su sonrisa. Fue como ser golpeado por un relámpago sólo que, al contrario que cualquier víctima de un relámpago, él quería volver a sentir el impacto.
—Bueno —dijo él—, me has echado el lazo. Eso es seguro.
—No era mi intención —contestó ella. Se inclinó sobre la encimera y colocó algunos biberones junto al fregadero. El ejercicio que había hecho meciendo a los bebés le había puesto color en las mejillas, casi a juego con el rosa de la camiseta que llevaba. Parecía muy joven e inocente—. Para ser sincera, nunca pensé en cómo se sentiría el donante de esperma después de que… bueno, ya sabes.
Peeta se quedó helado. ¿Estaría diciendo que pensaba que él era el padre del bebé? ¿Admitiendo que todo lo que él había dicho era verdad?
Katniss continuó hablando nerviosamente, como si pudiera leer su mente.
—La mayoría de los donantes de Morningstar son estudiantes de la escuela de medicina de la Universidad de Seattle. Eso es lo que yo esperaba, algún erudito altruista consciente de las necesidades del planeta.
—¿Y crees que yo no soy esas cosas?
—No he dicho eso. Realmente no te conozco lo suficiente para juzgarte. Has sido muy generoso conmigo y te estoy agradecida. Pero hay por ahí muchas personas con necesidades mayores que las mías.
—¿Me estás diciendo que, si yo fuera tan generoso como las otras personas de ahí fuera, te caería mejor?
—No, te caerías mejor a ti mismo.
—No soy ningún miserable que se pase las noches contando su oro, ya sabes: Tengo intereses filantrópicos. Hace un par de años estuve a punto de formar parte de la junta de United Way.
—Eso está bien, ¿pero qué haces ahora?
Peeta se cruzó de brazos y frunció el ceño. ¿Realmente necesitaba aquel avasallamiento tan impertinente?
—No te estoy criticando —continuó ella—. Sólo trato de demostrarte que somos personas diferentes.
—Bueno, eso espero.
—Sabes lo que quiero decir. Tenemos metas completamente diferentes y seguimos caminos divergentes en nuestras vidas.
—Tonterías. Acabas de admitir que no me conoces bien —dijo Peeta tocándole el brazo—. Pasa algo de tiempo conmigo y deja que te muestre quién soy. Cena conmigo en mi casa esta noche.
—No —dijo ella apartándose.
—¿Por qué no?
—Una cena es algo muy personal —Katniss alcanzó una toalla y comenzó a secarse las manos—. Además, la última cena que tuvimos juntos no acabó muy bien, y no quiero repetirlo.
—Si no quieres venir a mi casa, ven a mi oficina. Mañana. Ya he aprendido cosas sobre tu trabajo, ahora tú puedes aprender sobre el mío. Conoce a mis empleados y quizá ellos puedan convencerte de que soy un buen tipo.
—¿Ellos creen que eres un buen tipo?
—Eso quiero pensar.
—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por ellos sólo porque sí?
—¿Porque sí?
—Porque trabajan duro y te hacen millonario. Porque a la gente le gustan las sorpresas. Porque puedes.
—No lo sé. Tendré que pensar en ello.
Katniss tenía los ojos brillantes. Claramente estaba disfrutando con aquello.
—Si tienes que pensar en ello, eso es que hace demasiado tiempo.
Peeta emitió un suspiro de frustración.
—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo agradable por Johanna?
Ella ni siquiera tuvo que pensarlo. De algún modo, eso lo irritó.
—A Johanna le encanta la poesía. Puede recitar casi a cualquier poeta americano que le nombres. La semana pasada en la biblioteca, fui a la tienda de regalos y encontré un viejo ejemplar de las obras de Cari Sandburg. Estaba en buen estado, con bordes de oro en el papel. Me costó dos dólares y a ella le encantó.
—¿Le compraste un libro usado? —pregunto él, pensando en la biblioteca llena de ejemplares firmados que había heredado de su padre.
—Lo que cuenta es la intención, no apuntarse un tanto.
—¿Es eso lo que piensas? ¿Que me apunto un tanto?
—No, no realmente —Katniss colocó una cazuela en el fregadero y abrió el grifo—. Supongo que es cierto lo que dicen. El dinero no es importante a no ser que no tengas nada.
—Y yo tengo y tú no tienes, y por eso nunca podremos juntarnos, ¿no?
Ella cerró el grifo y comenzó a levantar la pesada cazuela. Peeta se colocó a su alrededor para ayudarla. Katniss señaló hacia el fuego y él la colocó encima del fogón.
—Sigues sin comprenderlo.
Se oyó un sonido en la parte delantera de la casa y Peeta reconoció la risa de un bebé.
—Ven conmigo —dijo Katniss dándole la mano—. Creo que es hora de que conozcas al propietario de Hope's House.
Maysilee estaba de pie en el salón, esperándolos. Katniss le agarró la mano a Peeta con más fuerza mientras se arrodillaba frente a su amiga.
—Buenos días, mi amor —dijo ella. Al principio Peeta se sintió confuso por el tono de su voz y por el hecho de que parecía estarle hablando a las rodillas de Maysilee. Entonces observó a una niña pequeña salir poco a poco de detrás de las piernas de la mujer—. ¿Cómo está mi niña hoy?
La niña, vestida con el mismo color rosa que Katniss llevaba y con un diminuto par de zapatillas, ignoró a Katniss y centró su atención en Peeta.
Peeta sonrió, alentándola para que saliese de su escondite. La niña echó la cabeza hacia atrás para mirarlo y casi perdió el equilibrio. Peeta no pudo evitar sonreír al ver la concentración que necesitaba para mantenerse en pie.
La pequeña caminó lentamente hacia él sin quitarle los ojos de encima. Peeta estaba asombrado por la perfección de aquella personita en miniatura, por la realidad que estaba de pie frente a él.
Antes pensaba en Primrose como el bebé que iba en la panza de su madre. Pero ahora se daba cuenta de que no la había considerado como una niña que anduviese, hablase y respirase. Que fuese a la escuela, que aprendiese a conducir, que tuviese citas.
Hizo una nota mental para comprobar la legalidad de utilizar un arma para ahuyentar a los pretendientes que no fueran bien recibidos.
La niña se detuvo frente a él y volvió a echar la cabeza hacia atrás. Lo observó tan cuidadosamente como cualquier socio de negocios que hubiera tenido jamás. Cuando Peeta la miró a los ojos, distinguió una inteligencia que jamás había considerado que fuera posible en una niña tan pequeña.
—Arriba —dijo la niña levantando los brazos.
Peeta la tomó en brazos y ella se acomodó plácidamente. Sus rizos castaños le caían por encima de los ojos y ella trataba de apartárselos con los dedos.
—Peeta , quiero que conozcas a la señorita Hope Donner. Hope, éste es mi amigo,Peeta.
—Maa —dijo Hope asintiendo, aparentemente convencida de que lo había dicho bien. Luego señaló a Katniss—. Ninny.
—¿Donner? —preguntó Peeta.
—Es la hija de Maysilee.
—Adopté a Hope hace dos años —explicó Maysilee —. La dejaron abandonada en el hospital. Su madre pensó que sería retrasada por el consumo de drogas.
—¿Lo es? ¿Retrasada? —preguntó Peeta.
—No, está bien. Es una de las afortunadas.
— Maysilee terminó con el proceso de adopción y le cambió el nombre al centro todo en la misma semana —añadió Katniss.
—Y nunca miré atrás.
A Hope evidentemente no le gustaba que la ignoraran. Comenzó a darle golpes a Peeta en la mejilla y luego se señaló los pies.
—Zapatos —anunció.
—Sí —dijo Peeta—. Son muy bonitos.
—Bonitos —repitió la niña, y Peeta quedó totalmente prendado de ella.
—Oh, oh —dijo Maysilee —. Parece que ha hecho otra conquista.
—Sí —dijo Katniss riéndose—. Cuanto más grandes son, más prendados se quedan.
Katniss vio cómo Maysilee tomaba a Hope en brazos y se giraba hacia la cocina, anunciando que era la hora de comer. Katniss le dio la mano a Peeta y él la ayudó a levantarse. Ella se apartó y se secó las lágrimas con los dedos.
El día que Katniss había comenzado su voluntariado en el centro, se había prometido a sí misma que jamás lloraría delante de los niños, que ellos nunca oirían su voz temblorosa, que sólo sentirían amor y nunca pena.
Pero rara vez podía cumplir con esa promesa, sobre todo en días como ése, cuando Primrose estaba tan activa y sus emociones tan a flor de piel que casi asomaban a la superficie. Katniss casi podía sentir el corazón del bebé latiendo junto al suyo.
Era irónico que ese día, cuando realmente había descubierto cómo sería Peeta como padre, no había podido contener las lágrimas. Debería haberse sentido feliz, pero sentía que se le rompía el corazón.
Sabiendo la verdad, habiendo visto a Peeta con una niña en brazos e imaginando que esa niña sería Primrose, ¿cómo iba a mantener a su hija alejada de él?
—Nuestra hija será fuerte y sana también —dijo él.
Katniss se dio la vuelta y colocó la cabeza sobre el pecho de Peeta. Podía oír sus latidos tan claramente como los del bebé que llevaba dentro.
—Y preciosa.
—¿Mmm? —dijo él dándole un beso en la cabeza.
—Primrose será preciosa.
Tras ellos, la puerta principal se abrió de golpe. El sonido de la risa femenina inundó el salón.
—Han vuelto las chicas —dijo Katniss, se apartó de Peeta y sonrió, estirando el brazo para pedirle el pañuelo que siempre llevaba. Los dos se quedaron mirándose—. ¿Puedes quedarte a comer?
—Tengo mucho trabajo que hacer, así que será mejor que me valla. Crane te llevará a casa.
Katniss observó su expresión seria y frunció el ceño.
—¿Estás bien? —preguntó ella—. No era mi intención que nada de esto te afectara.
—Estoy bien —contestó él, acariciándole la mejilla con la palma de la mano. Su pulgar recorrió su boca mientras se inclinaba hacia delante para darle un suave beso en los labios—. Estoy orgulloso de ti. Trabajas duro para marcar la diferencia, cueste lo que cueste. Realmente eres una mujer extraordinaria.
—No soy nada especial.
Él sonrió y la calidez de su sonrisa le llegó directamente al corazón.
—Para mí sí lo eres.
De vuelta en la calle, Peeta se dio la vuelta para mirar al centro. El lugar necesitaba algunos arreglos. Se preguntaba si habría alguna compañía constructora que donara su mano de obra si él se lo pidiera. Y, si no la había, sólo se trataba de dinero.
Se imaginó que su talonario iba a trabajar mucho en los próximos meses, pero se dio cuenta de que no le importaba en absoluto.
De pronto supo lo que tenía que hacer. No sería fácil, ni barato, pero valdría la pena.
Si iba a hacer del mundo un lugar mejor para su hija y para la mujer que había llegado a amar, sería mejor que se pusiera a ello.
Se dirigió a la oficina con un nuevo sentido de la responsabilidad.
Había caminado unas cuantas manzanas hacia el centro de la ciudad cuando los sonidos del vecindario llamaron su atención. Montones de niñas con chaquetas vaqueras abarrotaban las aceras jugando a la comba. Chicos de todas las edades y aspectos mostraban su maestría en el baloncesto y el patinaje. Las tiendas pequeñas inundaban la calle; una librería, un restaurante familiar, etcétera.
Una pequeña iglesia, probablemente aquélla a la que habían acudido las residentes del centro, anunciaba una venta de pasteles. El olor del pan recién hecho atrajo su atención hacia el lugar, donde fue recibido como un vecino más, y de donde no se marchó hasta que no hubo comprado todas las galletas de chocolate que pudo.
Peeta retomó su camino hacia la oficina justo cuando una fría brisa otoñal comenzaba a levantarse. Satisfecho de haber dejado a Crane para que recogiera a Katniss, reconsideró la idea de ir andando y comenzó a buscar un taxi. Era una perezosa mañana de domingo, así que no aparecía ninguno. Finalmente se dirigió hacia un grupo de personas que esperaban el autobús.
Cuando se levantó el cuello del abrigo para evitar que se le congelaran las orejas, pensó en Katniss, esperando al autobús con ese abrigo que no podía abrocharse. Al menos había conseguido hacer eso por ella. Apartarla de la acera y meterla en un coche caliente puede que no contara mucho en cuanto a su inseminación, pero hacía que él se sintiera satisfecho.
De pronto se dio cuenta. Se detuvo en seco y no pudo evitar esbozar una sonrisa.
Cuando se había referido al bebé como de los dos, ella no le había llevado la contraria.
Eso sí que era un progreso.
Hola
Pobre Peeta se va a tener que comprar un arma para ahuyentar a todo el que se le acerque ;)
Les agradesco a todas las que dejan sus cometarios .
;) xoxoxoxo
