DISCLAIMER: Hola les traigo una adaptación de un fanfic de Karen Potter . La historia no es mia y los personajes son de Suzanne Collins

Bueno sin mas que decir aquí les dejo la historia.

Capitulo 8

Katniss apretó el botón para llamar al ascensor, luego miró hacia el panel que indicaba los pisos numerados, veinticuatro. La oficina de Peeta estaba en el piso diecisiete.

¿No era el diecisiete su número de la mala suerte? Las puertas del ascensor se abrieron y ella dudó un instante, aunque no lo suficiente como para que volvieran a cerrarse las puertas. Entró en el ascensor, sola, dejando el vestíbulo silencioso a sus espaldas.

No se había dado cuenta de que había aceptado hacer esa pequeña visita hasta esa misma mañana, cuando Peeta la había llamado para recordárselo. Ella había tratado de poner excusas pero, claro, él no había aceptado ninguna de ellas. Así que allí estaba, sorprendida de que no la hubiera recibido en la calle para acompañarla dentro.

¿Qué era lo que quería? La pregunta se repetía una y otra vez. Katniss colocó la mano sobre su panza y pensó en la vida sin Primrose. Ningún hombre podría ser tan insensible.

En un esfuerzo por ganar tiempo, apretó el botón del séptimo piso y, luego, como una niña traviesa, comenzó a apretar todos los demás. De ese modo subiría más despacio y tendría más tiempo para pensar. Tiempo suficiente para planear una huida.

El problema, su dilema, era que se estaba enamorando de Peeta Mellark. Había comenzado en el instante en que había tomado en brazos a la pequeña Hope Donner y ella se había imaginado a Primrose en su lugar. Era extraño, maravilloso, intimidante, sobre todo teniendo en cuente sus sospechas sobre sus intenciones con el bebé.

Sobre todo cuando las posibilidades de que su amor fuera correspondido eran tan remotas, que ni un ingeniero de la NASA habría sido capaz de calcularlas.

Cada noche, antes de desearle a Prim dulces sueños y de cerrar los ojos, se juraba a sí misma que mañana, siempre mañana, le diría a Peeta que no podía seguir viéndolo, que las cosas eran demasiado complicadas y la vida demasiado inestable como para buscar más problemas.

Y cada mañana, cuando le abría la puerta, siempre le pedía a la providencia un día más.

Y, de ese modo, allí estaba, en un ascensor, ascendiendo inexorablemente de piso en piso hacia una decepción segura.

Era el ego. Única y exclusivamente su ego lo que la había llevado hasta allí. Él quería que conociese a sus empleados y ella no podía resistir la tentación de meter la nariz en sus negocios, sólo para asegurarse de que sus empleados fueran felices y que fuesen a seguir cuidando de él cuando ella se marchara.

—Has perdido la cabeza —dijo en voz alta. Lo último que el millonario Peeta Mellark necesitaba era que Katniss Everdeen se preocupara por él.

Pero eso no la detuvo. Nunca nada la haría detenerse.

Cerró los ojos y se apoyó contra la pared, tratando de que aquella certeza no le hiciese daño.

—¿Katniss, estás bien? —la voz era suave como la seda.

Antes de abrir los ojos, Katniss admitió lo que, de pronto, se había convertido en la verdad. No se estaba enamorando. Se había enamorado.

Se había enamorado de Peeta Mellark, con su amabilidad y generosidad. Y su cabezonería, como la suya propia. Tenía que confiar en que no fuera a hacerle daño. No sería fácil, pero era importante para Primrose y para ella misma que lo intentase.

Peeta había entrado en el ascensor y esperó pacientemente a que ella abriese los ojos y respondiera a su pregunta. Lo hizo y sintió la calidez de su presencia envolviendo su corazón.

—¿Katniss?

—Peeta.

Él dio un paso adelante y la estrechó entre sus brazos, suavemente, casi como si hubiera estado esperando al otro lado de la puerta a que ella apareciese y completase su vida. No había vacilación en sus movimientos, como si hubiera decidido, al igual que ella, que ya había pasado la hora de esperar y de preocuparse y de cuestionárselo todo.

—¿Cómo están mis chicas esta mañana? —Peeta le frotó la panza con las manos y, en ese momento, la capa de cachemir que Katniss se había colgado del brazo, cayó al suelo.

El ascensor comenzó a subir, llevándolos hacia la última planta. No había visto a Peeta apretar el botón, así que imaginó que habría usado la misma magia con el aparato que la que usaba con ella.

—Estamos bien.

—¿No más saltos mortales? —preguntó él.

Katniss negó con la cabeza.

—Sólo algo de ballet. Algunas piruetas pero nada de saltos.

Prim se movió ligeramente y Peeta captó el movimiento con las manos.

—Me encanta cuando se mueve así. Creo que me conoce.

—Se está acostumbrando a ti —dijo ella.

Y en ese momento, en algún piso entre el diecisiete y el veinticuatro del edificio Mellark en Seattle, Washington, Estados Unidos, Katniss aceptó a Peeta como el padre de Primrose.

Así de simple. Nada de campanas ni silbatos, ni trompetas. La simple aceptación por parte de su mente de lo que su corazón sabía desde el principio. Lo que su alma sabía desde el primer momento en que él la había tocado.

Peeta se rió con suavidad cuando el bebé volvió a moverse. Katniss sintió la alegría en su cuerpo, un extraño torrente de emoción que era como un afrodisíaco.

Sus ojos se encontraron y él sonrió, casi como si pudiera sentir el deseo, la necesidad que crecía dentro de Katniss. Con un ligero movimiento, la besó, jugueteando con sus labios, encendiendo un fuego dentro de ella que sabía que sería imposible de extinguir. Cuando se apartó, ella se acercó a él, casi perdiendo el equilibrio, obligándolo a quitar las manos de su panza y colocarlas sobre sus pechos.

Se le aceleró la respiración. Deseaba, necesitaba que volviera a besarla. Como si pudiera leer su mente y su corazón, Peeta obedeció a aquella petición silenciosa.

Deslizando las manos alrededor de su cuello, Katniss se preparó para el torrente de sensaciones que se avecinaba.

Peeta no la decepcionó. Devoró su boca con ansia, complaciéndola. Parecía sentir placer al bordear su boca con la lengua. Le mordisqueó el labio superior mientras ella cerraba los ojos y se ahogaba en el placer.

Él movió una mano para alcanzar uno de sus pechos. El deseo se concentró allí. Sintió cómo se le endurecía el pezón bajo su tacto, sintió su piel calentarse con cada caricia de sus dedos. Suspiró y luego gimió con suavidad, incapaz de ocultar la más mínima reacción que Peeta desataba en ella.

Mientras el ascensor subía, Katniss sintió como si estuviera volando. Peeta apartó la boca de la suya y hundió su cara en su cuello, abriendo la boca para recibir su piel caliente. Katniss sintió el latir de su corazón contra el suyo propio.

Las puertas se abrieron.

Katniss parpadeó, cegada por la luz que entró de golpe en el ascensor.

—¿Dónde estamos?

Peeta se enderezó, se quitó las manos de Katniss del cuello y las besó suavemente.

—Es el mirador —dijo él—. ¿Quieres admirar la vista?

Katniss tomó aliento. Sentía que la cabeza le daba vueltas y las hormonas estaban revolucionadas.

—No, creo que ya he experimentado muchas de las maravillas de la ciudad por un día.

—¿Crees que soy maravilloso? —preguntó Peeta con una sonrisa.

—Bueno…

—Quiero decir que, ya me han dicho que beso bien, pero nadie me ha dicho que sea maravilloso.

Pulsó un botón del ascensor y las puertas se cerraron. Realmente ella no vio su dedo apretar el botón. Quizá estuviera empleando su magia otra vez.

—¿Sólo bien?

—Eh, no pretendo jactarme…

—¿Ah, no? —Katniss no pudo contener la risa—. No te pongas modesto conmigo—. No sabría qué hacer con un Peeta corriente.

—Muy graciosa, señorita Everdeen —le dio un último beso en los labios y le tomó la mano. Los dos se giraron para apoyarse contra la pared del ascensor. La puerta se abrió finalmente.

Frente a ellos había al menos cincuenta personas. Eso significaba cien ojos, todos puestos en Katniss. Quizá eso explicaba el vestíbulo vacío.

—¿Qué te parece si empezamos a trabajar? —dijo Peeta apretándole la mano.

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—Es la peor idea que he tenido jamás —murmuró , de pie junto a él, sonreía con benevolencia. Hizo que Peeta se sintiera como un idiota—. Mírala, maldición. Desde que ha entrado por la puerta, todos la siguen como cachorritos.

Katniss sonrió por algo que le había dicho uno de los secretarios y Edward comenzó a excitarse. Sólo con su sonrisa.

—¿Qué pretende Shepherd? ¿Por qué se pone tan cerca?

—Sabes que se morían por conocerla desde que se enteraron de lo del bebé —dijo Finnick—. Son curiosos, eso es todo.

—¿Es que no pueden ser curiosos desde la distancia? —sentía la necesidad de gritar para que se alejaran. Sobre todo los hombres.

El jersey azul que llevaba Katniss junto con sus sexys pantalones hacía que se le acelerara el corazón y que comenzara a hervirle la sangre. El amplio cuello suelto del jersey se balanceaba de un lado a otro cuando se movía, mostrando más cuello y hombros de lo que quería que el mundo viera.

Claro, que él habría estado más que encantado de poder examinar esos hombros y ese cuello colocándola sobre cualquier superficie horizontal, sobre todo esa mancha roja que le había dejado bajo la oreja.

Katniss besaba como una principiante, pero lo que le faltaba de práctica lo suplía con entusiasmo, haciendo que su sangre ardiera de deseo. Parecía que habían pasado horas desde que habían salido del ascensor y, sin embargo, seguía sintiendo su cuerpo humeante y caliente.

A juzgar por el aspecto de Katniss, a ella también le estaba costando volver a la normalidad. La energía sexual que habían creado aún seguía presente entre ambos, atrayéndolos entre sí.

Más de una vez la había pillado mirándolo. Cada vez que daba un sorbo a su bebida o se echaba el pelo hacia atrás de esa manera tan sexy, miraba en su dirección.

Entonces se sonrojaba.

Siempre.

Si sus empleados no la hubieran rodeado, Peeta la habría vuelto a meter en el ascensor, habría cerrado las puertas y dejado que la vieja madre naturaleza hiciera su parte.

—Es sólo porque se interesa por su trabajo —explicó Finnick—. Si incluso me ha preguntado por mi trabajo, y si me gustaba o no trabajar para ti.

—Yo me intereso por su trabajo.

—¿Pero te interesas en ellos personalmente?

—Hablas como ella. Les he traído galletas. Las traje de la calle Crandall.

—Es un buen comienzo —dijo el abogado riéndose—. Pero creo que tus empleados querrían algo más. ¿Ves a esa mujer con la que está hablando ahora? ¿Sabes su nombre?

—Effie.

—¿Effie qué?

Peeta pensó un instante y luego admitió su derrota.

—No lo sé.

—Entonces seguro que no sabes que tiene dos hijos en el ejército. Uno sirve en Afganistán, el otro en Irak. Su marido es un militar retirado. Recibió el corazón púrpura por servir en la guerra del golfo. Ese tipo al que no dejas ni a sol ni a sombra, Shepherd, él sólito le pagó la universidad y la escuela de derecho a su hermano.

—¿Por qué me cuentas todo esto?

—Para que los veas como seres humanos y no como autómatas —dijo Finnick, haciéndolo sentir como la peor persona de la historia.

—¿Tan absorto estoy? —preguntó Peeta.

—Tío, yo diría obsesionado.

Peeta sabía que Finnick estaba siendo sincero. Quizá pusiera demasiado énfasis en el trabajo, pero eso no significaba que no le importara nada la gente que trabajaba para él. El sentimiento de tener la obligación de ser como su padre había sido un reto durante su adolescencia. Su padre había sido un trabajador nato y un padre afectivo. Peeta pretendía aunar todo eso en una sola cosa.

Y entre él y su meta, estaba Katniss Everdeen.

¿O sería Katniss su nueva meta?

Las cosas estaban cambiando entre ellos. Lo había notado el día anterior cuando la había abrazado mientras lloraba. Lo había sentido ese mismo día cuando el había correspondido con los besos, con una pasión que seguro que no había compartido con nadie más.

Sentía que ya no oponía tanta resistencia. Se sentía más seguro de sí mismo, incluso arrogante al pensar que el premio podía estar cerca.

—¿Obsesionado? —preguntó volviéndose hacia su amigo—. ¿Ves a esa mujer de ahí? Ella lo va a cambiar todo.

—¿Cómo? —preguntó Finnick.

—Va a convertirme en padre. Ella y yo, y ese pequeño bebé que lleva dentro, vamos a ser una familia.

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Peeta entró a su despacho con Katniss después de que ella se hubiera tomado un descanso con sus entrevistas. Cerró la puerta tras ellos.

Katniss se dejó caer en un sillón de cuero.

—Me encanta Harriet. Es un tesoro.

—Es fantástica. Era la secretaria de mi padre antes de que él muriera. Cuando yo era pequeño, ella fue muchas veces mi confidente y siempre me daba consejos del tipo «si tu padre estuviera aquí…» —dijo Peeta mientras rebuscaba entre los papeles del escritorio—. Fue duro para mí crecer sin él.

—¿Es por eso por lo que estás tan decidido a ser el padre de este bebé?

—Absolutamente. Incluso aunque trabajaba duro, mi padre siempre estaba allí, cada día, en todo momento. Yo no sería la persona que hoy soy si no hubiera sido por él.

—Y yo nunca me hubiera convertido en la persona que soy si mis padres hubieran estado ahí por mí —dijo ella—. Pensar que puedes trabajar tanto como trabajas y además ser un padre veinticuatro horas es una tontería.

—Puedo intentarlo.

—¿Y si fracasas? Será Primrose la que sufra —«y yo también», añadió en silencio—. Nadie que conozca tiene menos tiempo que tú para ser padre.

—Eso es lo que diceFinnick, pero lo ignoro.

—Parece un tipo muy centrado. Quizá debieras escucharlo.

—No me conoces, Katniss, si piensas que puedo seguir un consejo una vez que ya me he decidido por algo.

Katniss se rió por su tono pomposo.

—Nunca te dejas llevar por los hechos, ¿eh?

—Has dado en el clavo. Pero vayamos al grano. ¿Qué piensas de mis empleados?

—Son una gente genial, y te adoran —admitió Katniss—. Algunos me han dicho lo sincero y justo que eres.

—¿Pero son felices?

—¿Para eso me has traído aquí hoy? ¿Para descubrir si tu gente es feliz? ¿Es que no puedes preguntárselo?

—No me lo dirían, Katniss—dijo él—. Me adoran.

—Te lo tienes muy creído —dijo ella negando con la cabeza—. No puedo creerme que tu departamento de recursos humanos no esté al corriente de las necesidades de tus empleados.

—Recursos humanos se encarga de los puestos, de contratar y despedir. Administran los beneficios y se ocupan de los planes de jubilación. No tienen tiempo de preocuparse por las pequeñas cosas. Eso es sobre lo que quiero saber. Mejorar el ambiente de trabajo para incrementar la producción.

—¿Quieres que sean felices para que trabajen más? —preguntó ella.

—¿Una cosa no va ligada a la otra? —contestó él.

Katniss suspiró. Debería haberlo sabido.

—Sí, supongo que sí.

—Entonces, si trabajaras aquí, ¿qué que dirías que hiciera para que fuera mejor?

—Bien, tú te lo has buscado —dijo ella adoptando su personalidad de trabajo—. Primero, la reunión de personal.

—¿Te han hablado de nuestra reunión de personal?

—No me han contado los detalles —dijo ella—. No sé lo suficiente sobre tu negocio como para utilizar la información.

—Bien. ¿Qué pasa con la reunión?

—Está programada el lunes a las ocho. Tus empleados tienen que venir al amanecer para prepararse para ella. Si el programa es apretado, puede durar horas.

—¿Recomendación? —preguntó él apretando los labios.

—Pásala a las diez. Dale a la gente un descanso. Si pasa del mediodía, dales de comer. No son robots, ¿sabes?

—¿Darles de comer?

—¿Por qué no? Yo conozco un catering perfecto. Quizá si esa mujer cocinara aquí, yo no parecería una vaca —añadió Katniss tocándose la panza.

—¿Pero, comida? ¿Es que no te das cuenta de que acude una docena de personas a esa reunión?

—¿En vez de dejar que su eficiencia desaparezca por el cansancio, no sería mejor darles un descanso para comer para que regresen a la reunión frescos para aportar ideas?

—Bueno…

—Peeta, desde que estoy embarazada, me he dado cuenta de la importancia que tiene comer bien. Si tengo demasiada hambre, me agoto. Si pico algo, puedo seguir adelante como el conejito de las pilas del anuncio —en ese momento le sonó el estómago.

Peeta se puso en pie y preguntó:

—¿Tienes hambre? ¿Por qué no me lo has dicho? No irás a desmayarte ni nada, ¿verdad?

Katniss se echó a reír. Sabía que Peeta no sería de ninguna ayuda en momentos de crisis.

—No te alteres tanto. No lo he hecho a propósito.

—Oye, cariño, no me altero. Sólo hago mi trabajo.

—¿Tu trabajo? ¿Cuál es?

—Cuidar de mis chicas, por supuesto.

Katniss sintió que le dejaba de latir el corazón por un momento. Había parecido casi como si a Peeta le importara, como si le importara más que a una persona que sólo planeaba quitarle a su bebé y salir corriendo.

Se permitió por un instante imaginárselos como una familia, junto a la cuna, por las noches, cuando el bebé se fuese a dormir. Entonces la visión desapareció y fue sustituida por las caras de sus padres, y la esperanza de un final feliz desapareció como el humo que se escapa por la chimenea en las noches de invierno.

—¿Qué te apetece? —preguntó Peeta.

—Algo de beber estaría bien. Un jugo.

—No creo que el jugo te quite el hambre,Katniss. ¿Qué te parece un sándwich?

Katniss asintió y se resignó a dejar que se ocupara del asunto.

Peeta descolgó el teléfono e hizo el pedido. La tienda de abajo probablemente haría el negocio del siglo con la cantidad de comida que pidió. Katniss sospechó que parte de la comida iría dirigida a la sala de personal.

Si la intención de Peeta llevándola allí ese día era la de mostrarle que era un tipo normal, había sido todo un éxito. Para ella estaba comenzando a ser una persona real con amigos y compañeros de trabajo que se preocupaban por él y lazos que lo unían a la comunidad.

A no ser, claro, que fuera todo una farsa para ganarse su confianza y quedarse con su bebé.

«Deja de desconfiar, Katniss Everdeen», se dijo a sí misma. Aquél era el verdadero Peeta, no un secuestrador de niños sino alguien a quien cualquiera querría tener al lado.

Aquella certeza la asustó y al tiempo la tranquilizó.

—Tu comida está en camino —dijo Peeta, interrumpiendo sus pensamientos. Cuando lo miró, tuvo que admitir que la comida era lo último en lo que pensaba en ese momento. Pero hacer de Peeta el postre era algo completamente diferente—. ¿Había algo más en tu lista?

—De hecho, sí. Creo que deberías instaurar un programa de guardería o algo así. Mejoraría la eficiencia si las madres y los padres que trabajan para ti no tuvieran que preocuparse de sus hijos durante el día.

—Eso suena muy caro.

—No, si consideras la falta de absentismo que se produciría como resultado.

—Lo tenías todo planeado, ¿verdad?

—Quizá. Cuando se trata de servicios para mujeres y niños, mi mente trabaja muy deprisa.

En segundos, Katniss pudo imaginar que la mente de Peeta también estaba trabajando.

—No te prometo nada, ¿de acuerdo? —dijo él.

—De acuerdo —convino ella, pero podía ver en sus ojos que había sellado un trato.

La visita a Hope's House había sido un éxito. Antes sospechaba que había algo de compasión en él. Pero ahora estaba segura.

—¿Qué harás tú con la guardería cuando nazca Primrose? —preguntó Peeta una vez que estuvieron sentados con su comida delante.

—Trabajaré desde casa durante las primeras seis semanas o así —dijo ella—. Luego me llevaré una cuna plegable a la oficina.

—¿Y qué pasa si tienes que asistir a reuniones?

—Contrataré a una niñera. Algunas de las abuelas del vecindario ya se han ofrecido.

—¿No considerarías la opción de dejarla aquí?

—No.

Él frunció el ceño.

—¿No se te ha ocurrido pensar que puede que yo también tenga algo que decir en cuanto a quién cuide de ella?

—No.

—¿Por qué no?

Katniss se lo pensó un momento antes de contestar y luego consideró que sería justo decir la verdad. Resignada, se encogió de hombros y dijo:

—Pensé que para este momento ya habrías desaparecido.

—Pues piénsatelo de nuevo, Katniss—dijo él mientras desenvolvía su sándwich—. Piénsatelo de nuevo.