DISCLAIMER: Hola les traigo una adaptación de un fanfic de Karen Potter . La historia no es mia y los personajes son de Suzanne Collins

Bueno sin mas que decir aquí les dejo la historia.

Capitulo 9

—Me gustaría que no me miraras así —dijo Katniss tras limpiarse la boca y dejar la servilleta de nuevo sobre su regazo.

—¿Así cómo? No es ningún secreto que te encuentro muy atractiva.

Katniss emitió un sonido de impaciencia. ¿Qué le pasaba? Parecía que, una vez saciada de comida, no podía ignorar la necesidad de pelear con él.

Peeta la había puesto ente la espada y la pared hablando de los cuidados de Primrose. Su opinión sobre él estaba cambiando, de acuerdo. Pero la idea de entregarle a Prim, aunque sólo fuera por un corto período de tiempo, la aterrorizaba. Se puso en pie, lista para pelear.

—Así es como la mirabas a ella —dijo furiosa.

—¿De qué diablos estás hablando?

—Delly. En la fiesta. Los vi a los dos, ya lo sabes. Ella estaba pegada a ti y a ti te encantaba.

—Para tu información, señorita «saco mis propias conclusiones» —dijo Peeta—. Le dije que se fuera a paseo.

—Bueno, pero aún te desea. Eso era evidente.

—Pero yo no la deseo a ella.

—Ella dijo…

—Ah, ahora hemos llegado al centro de la cuestión. ¿Que te dijo Delly exactamente?

—Dijo que te sentías atraído hacia ella como una polilla hacia una llama —contestó Katniss.

—Sigue.

—Dijo que, tarde o temprano, encontrarías pruebas evidentes de que el bebé era tuyo.

—¿Y?

—Lo siento. No debería haber dicho nada.

—¿Qué te dijo?

Katniss cerró los ojos para controlar las lágrimas.

—Que me quitarías a Prim—susurró.

Peeta se puso en pie y se acercó a ella. Le agarró la barbilla y le giró la cara hacia él.

—Mírame.

Cuando ella abrió los ojos, las lágrimas que había intentado controlar resbalaron por sus mejillas y él utilizó sus pulgares para secárselas.

—¿Por eso has estado rehuyéndome? ¿Tratando de espantarme?

—No sabía qué más hacer. Tú y yo somos muy diferentes. Me haces sentir como si no tuviera opciones sobre mi propia vida. No quiero hacerte daño, pero no creo que pueda darte lo que quieres.

—No voy a quitarte a tu bebé. ¿Lo entiendes? —dijo él, y le colocó las manos sobre los hombros—. Pero eso no significa que no quiera saber si es mío o no. No puedes seguir negándome el derecho de conocer a mi hija.

—Lo sé. No quiero ser injusta. Dejaré que el hospital realice las pruebas cuando nazca Primrose.

—Gracias —dijo él, y le acarició la mejilla antes de besarla—. Sé que a veces me dejo llevar cuando hay algo que deseo, pero te prometo que nunca te haré daño intencionadamente.

—Quiero creerlo, pero realmente no me conoces.

—No hay nada que puedas decirme que me haga pensar mal de ti.

Ella lo miró, evaluando su semblante misterioso. Se cruzó de brazos y lo observó como sus abuelas habían hecho tantas veces con ella.

—Sabes lo de Australia, ¿verdad?

Él asintió.

—Eso pensé. Una de las vecinas dijo que había un desconocido haciendo preguntas sobre mí. Fue poco después de que nos conociéramos, así que asumí que irías detrás de mí. Ella llamó a las autoridades, ya sabes.

—No utilizaremos al detective nunca más.

—La policía mandó a un detective a hablar conmigo, pero le dije que no se preocupara. Era embarazoso. Los policías no son tontos.

—Gracias por guardar mi secreto —dijo él.

—¿Qué secreto? ¿Que a veces actúas como un idiota?

Peeta se rió amargamente.

—Algo así. ¿Te hizo daño?

—¿Quieres decir que si me violó? —preguntó Katniss. Entonces se giró y se acercó a la ventana. Se quedó de pie mirando al río y abrazó su panza en un gesto protector. —No, no me violó. Acabé con cardenales en los brazos y en el pecho, donde me había agarrado. Yo estaba muy asustada.

Lo recordaba perfectamente. El monstruo que la había dejado con su virginidad pero que se había llevado su inocencia. Olía a sudor y a cerveza y parecía pensar que sus padres la habían enviado allí para su diversión.

—Cuando grité y peleé, me rasgó la blusa y me arrastró hacia su dormitorio. Yo le di un puñetazo todo lo fuerte que pude y le rompí la mandíbula. Me dejó marchar y yo salí corriendo hacia el bosque. ¿Puedes creerlo? Mi padre llevó a ese cerdo al hospital antes de ir a buscarme a mí. Supongo que pensó que una noche en el bosque me tranquilizaría, pero sólo aumentó mi rabia. Así que esperé a que llamaran a la policía para aparecer.

—Bien hecho.

—De hecho, la peor parte vino después. Mis padres me culparon de lo que ocurrió. Cuando me dejaron en el aeropuerto, no se despidieron de mí, y ni siquiera me dijeron que los volvería a ver —Katniss apartó las manos de su panza y las dejó caer a los lados—. Es extraño. Es la primera vez que hablo de esto con alguien que no sea policía ni trabajador social. Mi abuela… bueno, cuanto menos diga de ella, mejor. Actuó como si eso nunca hubiera ocurrido, como si fuera algo demasiado sucio como para hablar de ello. Ni te imaginas lo furiosa que me puso eso.

—¿Por qué no me lo habías contado?

Ella se rió amargamente.

—¿Aparte de porque no es asunto tuyo?

—Sí —dijo él encogiéndose de hombros—. Aparte de eso.

—No es algo de lo que me guste hablar, «hola, me llamo Katniss, y me acosaron cuando tenía dieciséis años». Es algo muy fuerte para romper el hielo.

—No tiene gracia —dijo él.

—No te lo dije antes porque tenía miedo de que lo utilizaras para quitarme al bebé. No hubiera sido la primera vez que un hombre utiliza el pasado de una mujer para hacerle daño. Deja que te diga una cosa,Peeta Mellark. Lo que ocurrió no fue culpa mía. Yo no hice nada mal.

—Nunca pensé que lo hicieras.

—Mi madre me envió allí —dijo ella— con una película que habían filmado en una inmersión en el gran arrecife de coral. El me llevó dentro. Yo no fui por voluntad propia.

—Lo sé, cariño. Eras joven y no tenías ni idea de los peligros a los que te enfrentabas. Creo que eres muy valiente y sincera.

—Pero sigo estando en medio de lo que tú quieres.

—No tienes ni idea de lo que quiero. Si mis intenciones son lo que impide que seamos amigos, entonces lo siento. Quiero ayudarte en lo que pueda, protegerte a ti y al bebe si lo necesitan.

—Te lo agradezco, pero no será necesario. Yo soy toda la protección que mi bebé necesita. Si alguien trata de hacerle daño a Primrose alguna vez, lo mataré con mis propias manos.

Peeta dio un paso adelante y tomó a Katniss en sus brazos.

—Cariño —susurró él—. Mi pequeña guerrera. Te prometo que, si alguien trata de hacerle daño a Primrose, yo te ayudaré.

Katniss reposó la cabeza sobre el pecho de Peeta. No se le había ocurrido que pudiera ser tan amable. ¿Cómo había podido decir justo las palabras adecuadas para hacer que se sintiera menos sola? En toda su vida, nadie había estado junto a ella como lo había estado él. Ni siquiera sabía cómo agradecérsete.

Peeta se sentó en el alféizar de la ventana y la acercó a él, colocándola entre sus rodillas. Le agarró las manos y se las llevó al pecho.

Cuando finalmente sus miradas se encontraron, Katniss pudo ver en sus ojos una ternura que no había visto antes. Con los dedos sobre su pecho, podía sentir su corazón acelerarse.

Los muslos de Peeta eran fuertes, pero no opresivos. Estuvo tentada de bajar la guardia… tentada, pero no convencida de que fuera lo correcto.

—No nos conocemos desde hace mucho —dijo entonces Peeta—, pero hay algo entre nosotros, algo especial.

—No digas eso, Peeta.

—Escúchame, ¿de acuerdo? Soy un tipo cuidadoso y cauteloso. Alguien que nunca toma decisiones sin pensarlas antes. Cuando me enteré de lo del bebé, me volví un poco loco. Yo tenía planes muy concretos para mi vida, y en el plazo de uno o dos días, todo quedó patas arriba. La verdad es que me encantó asustarte así el primer día en tu despacho, y me he torturado por ello desde entonces.

—Entiendo cómo te sentías, quizá no entonces, pero ahora sí. No tienes por qué…

—¿Te dije por qué rompí con Delly? —preguntó él de pronto.

Katniss pudo ver el dolor en sus ojos pero, por suerte, no vio arrepentimiento. Sabía que ya no quería a la bella modelo, pero su dolor era casi más fuerte de lo que Katniss pudiera soportar. Sintió las lágrimas acumularse en su garganta. Quería hablar, pero no le salían las palabras, así que negó con la cabeza.

—Me dijo que tenía miedo de quedarse embarazada porque eso afectaría a su trabajo. Yo entendía cómo se sentía. Había trabajado tan duro para forjarse una carrera como yo con mi negocio. Yo quería ser justo. Estuvimos de acuerdo en que yo donaría mis espermatozoides y luego me haría la vasectomía.

Katniss se quedó con la boca abierta.

—Delly tenía miedo de quedarse embarazada por error. El día de la operación, cambié de opinión. Me fui a su casa para darle la noticia y oí cómo le decía a una amiga que me había engañado para hacerme la operación y que sólo me quería por mi dinero.

—Lo siento.

—No lo sientas. ¿No lo comprendes? Eso es lo que hizo que nos encontráramos. No puedo sentir algo que hizo que te quedaras embarazada de mí.

Katniss sintió rabia entonces. ¿Es que Peeta no comprendía que ella deseaba que la deseara, y no sólo al bebé que llevaba dentro?

—Pero no se trata sólo del bebé —dijo él rápidamente—. Estoy muy feliz de haberte conocido y de saber lo que es importante para ti. Estoy empezando a descubrir cómo puedo ser útil para el mundo. Cada día me siento mejor que el día anterior.

—Me alegro por ti,Peeta, pero imagino que, tarde o temprano habrías encontrado tu lugar en el mundo. Nadie puede permanecer oculto tras las paredes de cristal y las puertas de hierro para siempre.

—Lo sé, pero me alegra que tú seas mi guía.

La sala se quedó en silencio salvo por el sonido de sus respiraciones. La tensión entre ellos era palpable. Katniss sabía que debía dar un paso atrás para romper el hechizo, pero no podía. No sabía si era miedo o curiosidad lo que la mantenía allí. Cada vez que Peeta la miraba, parte de su resistencia desaparecía. Sus ojos eran como dedos. Acariciaban su cuerpo y la excitaban, sustituyendo al sexo que no habían practicado para concebir a su hija.

—¿Puedo verla? —preguntó Peeta.

Ella le tomó la mano y la colocó sobre su panza. El calor de su piel traspasó su jersey. Era agradable. Tanto, que no podía resistirse.

Su cabeza le enviaba señales de alarma, pero las ignoró todas. Lo último en lo que pensaba era en ser sensata.

Peeta le levantó el jersey para observar su panza. Ella contuvo el aliento al ver que él hacía lo mismo. ¿La encontraría horrorosa? Desde luego, no era el típico estómago plano de supermodelo.

Él la miró asombrado y dijo:

—Es maravilloso —dejó la mano puesta sobre su panza, extendiendo los dedos. Previsiblemente, Prim se movió dentro de su madre—. Realmente es un milagro. ¿Siempre has tenido el ombligo para fuera,Kat? —preguntó mientras deslizaba la mano sobre su ombligo.

Se echó para delante y le besó la panza, haciendo que Katniss volviera a creer en la magia de la vida. Ella se rió y le colocó las manos en la cabeza en un esfuerzo por mantenerlo junto a su cuerpo.

Era un milagro que aún tenía que suceder en la vida de Katniss. La fascinación de Peeta por el bebé era una manifestación de amor, pero eso no significaba que pudiera o fuese a enamorarse de ella.

Las lágrimas inundaron sus ojos y Katniss se apartó inmediatamente.

—Lo siento,Peeta. No puedo… —se bajó el jersey. Peeta se puso en pie pero ella evitó mirarlo. Katniss se apresuró a la silla que había junto al escritorio y agarró su bolso, buscando desesperada una vía de , aparentemente confuso, señaló hacia la puerta de un pequeño baño que había al otro lado del despacho. Ella se apresuró hacia él, tratando por todos los medios de ocultar su bochorno.

Katniss entró en el baño, dejando a Peeta totalmente confuso. ¿Qué había ocurrido? Tocarla había sido uno de los acontecimientos más agradables y significativos de toda su vida pero, al parecer, Katniss no opinaba igual. Al principio sus caricias habían sido bien recibidas, pero luego algo había cambiado.

Si ella hablara con él sobre sus miedos, quizá Peeta fuese capaz de acabar con ellos. Y, si no hablaba, él iba a subirse por las paredes de su oficina, porque Katniss iba a volverlo loco con toda seguridad.

El sonido insistente del teléfono lo sacó de su ensimismamiento. El ruido provenía del maletín de Katniss. Peeta sacó el teléfono, sabiendo lo mucho que una mujer podía estar en el baño.

—¿Peeta? —contestó Johanna al otro lado de la línea—. ¿Dónde está Katniss? ¿Está bien?

—Está bien,Johanna. Se encuentra un poco indispuesta en este momento. ¿Puedo ayudarte yo?

—¿Puedes darle un mensaje de mi parte? Mis padres vienen a casa pronto de un viaje de negocios y tengo que recogerlos en el aeropuerto. Iba a ir con ella a las clases de preparación al parto esta noche, pero me temo que tendré que cancelarlo.

—¿Tú eres su acompañante para el parto?

—Sí.

—¿Por qué no me lo pidió a mí?

—Probablemente porque no te conocía.

—¿Cuándo comenzaron las clases?

—La semana pasada fue la primera.

—Entonces no es tarde para que yo me ponga al día.

—Oh, Dios —dijo ella—. Me va a matar por habértelo contado.

—No te preocupes. Te defenderé.

—Estaba bromeando. Katniss no es rencorosa. Para Katniss, cuando eres su amiga, lo eres para siempre.

—Es bueno saberlo. Le daré el mensaje —dijo él con una sonrisa.

La puerta del baño se abrió y apareció Katniss.

—He oído el teléfono —dijo ella—. Le dije a Johanna que me llamara si me necesitaba.

—Has acertado. Me ha pedido que te diga que no puede ir a las clases de preparación al parto esta noche.

—Oh, oh —dijo ella, y le quitó el maletín, colocándoselo delante como un escudo.

—¿Cuándo ibas a decírmelo?

—Pensé en decírtelo cuando tuviera mi certificado como prueba.

—Muy generoso de tu parte. ¿Dónde vas a tener al bebé?

—En el Universitario —Peeta puso cara de horror y Katniss pudo imaginárselo pensando «¿Un hospital público?». Como si ella quisiera dar a luz en un balneario carísimo donde seguramente tendría que pedir cita para ver a su bebé.

—¿Quién es tu médico?

—Aún no tengo.

—¿Qué quieres decir con «aún no tengo»?

—He estado mirando —dijo ella—. Parece que no encuentro a nadie que esté dispuesto a atenderme en tan avanzado estado.

—Eso es ridículo. ¿A quién has llamado?

—A todos los médicos que cubre mi seguro.

—¿Has llamado a Sam Williams?

—¿El más famoso ginecólogo-tocólogo de Washington? ¿Estás de broma? No podría permitírmelo.

—Yo sí puedo. Además, es mi vecino y estoy seguro de que me debe un gran favor. Hablaré con él esta tarde y te contaré lo que me ha dicho cuando te recoja.

—¿Recogerme?

—Para las clases de preparación al parto. No pensarás que, ahora que lo sé, no voy a ir contigo. Venga,Katniss. Me conoces mejor que todo eso.

—Mala idea.

—¿Porqué?

Katniss dejó el maletín en la silla y juntó las manos.

—La preparación al parto es muy… física. Tendrías que, bueno, que tocarme y yo tendría que, digamos, echarme sobre ti y dejar que me agarraras.

—¿Como acabamos de hacer? ¿Es que crees que no valgo para eso? —preguntó Peeta con una sonrisa, dobló el brazo y sacó músculo—. Mira, siente mis músculos.

En vez de obedecer, Katniss juntó las manos tras su espalda. Ya se habían estado tocando el uno al otro demasiado últimamente.

Era maravilloso.

Pero tenía que parar.

Katniss estaba empezando a creer que algo iba mal en su cabeza. Peeta era guapo, inteligente y considerado. Era fuerte y educado. ¿Por qué no podía confiar en él?

Él mismo había admitido que se dejaba llevar cuando deseaba algo. ¿Dónde se detendría? ¿Por qué no podría quedarse a un lado y dejarle hacer su vida? ¿Cómo iba ella a decidir lo que hacer con él tan cerca?

Antes de que pudiera dar una respuesta, Peeta se acercó y la rodeó con sus brazos.

Se inclinó hacia delante y le dio un beso destinado a borrar toda duda de su mente. No fue como el beso que se habían dado en el ascensor. En esa ocasión era un beso que demandaba una respuesta, y Katniss sabía que la respuesta que quería era un sí.

—Estoy dispuesto a aceptar el desafío, Katniss. Lo juro.

Katniss sintió cómo se le sonrojaban las mejillas.

—Ya sabes lo que quiero decir —susurró ella.

Peeta se acercó más, hasta que su panza plana tocó la suya redonda.

—¿Es que no se me da bien dar masajes de espalda? —pregunto él susurrándole al oído—. ¿Y cuándo estábamos en el ascensor y te inclinaste sobre mí, no lo hice bien?

—Pero ahí estábamos sólo nosotros. Habrá otra gente, otras parejas en clase.

Él pareció intuir su incomodidad y se apartó un momento. Luego extendió la mano para acariciarle la mejilla. Aunque Katniss deseaba que no lo hiciera, no podía decirle que parara.

—Te diré una cosa —dijo él lentamente—. Le pediré a Crane que te lleve a casa para que puedas descansar. Yo iré más tarde y entonces me dirás si te acompaño o no, ¿de acuerdo?

Katniss sacudió la cabeza sin estar segura.

—Piensa en ello, ¿de acuerdo?

—Lo haré —contestó ella, sintiendo que estaba perdiendo la batalla.

Claro que lo pensaría. Ya no iba a dejarse llevar por las emociones y los besos arrebatadores sino por la razón. No más montañas rusas entre el miedo, la sospecha y la confianza.

El hecho de que un hombre siempre dijera las palabras adecuadas no significaba que fuese el adecuado.

El hecho de que siempre adivinase lo que quería y lo que necesitaba incluso antes que ella misma no significaba que lo hiciera por algo que no fuera su ego o su sensación del deber.

El hecho de que ella se hubiera enamorado de él no significaba que él fuese a enamorarse de ella. Jamás.