DISCLAIMER:Hola les traigo una adaptacon de un fanficde Karen historia no es mia y los personajes son de Susanne Collins.

Bueno sin mas que decirles aqui les dejo la historia ;) xoxoxoxo

Capitulo 11

Asombrado Peeta se encontró a sí mismo completamente asombrado ante su hija, alucinado por sus pequeños deditos, sus rodillas, sus ojos perfectamente formados mirándolo desde un monitor.

Sam Williams estaba detrás de él, claramente asombrado.

—Doy por hecho que es la primera vez que ves una ecografía en cuatro dimensiones —dijo el doctor.

—Es la primera vez que veo cualquier tipo de ecografía. Es como si hubiera una cámara dentro de la panza de Katniss.

—La nueva tecnología es alucinante —dijo el doctor, y se volvió hacia Katniss—. ¿Te encuentras bien?

—Es maravilloso —dijo ella con tranquilidad, sin quitar los ojos del monitor—. Gracias.

—Un placer —contestó él—. Estás sana, y ahora sabemos que el bebé también. Sigue así —de camino a la puerta se dio la vuelta—. A partir de ahora se ocuparán mis ayudantes. Si tenéis alguna duda, no dudéis en llamarme. Quiero verte una vez a la semana hasta que des a luz.

Katniss siguió mirando el monitor cuando el doctor se marchó, y Peeta continuó mirándola a ella.

Tenía que admitir que sentía una increíble curiosidad hacia la madre de su hija, y ese día había aprendido más observándola que con todas las conversaciones que habían tenido. También vio en ella un amor y un deseo que no creía que pudiera ser para él jamás.

Eso le hizo sentir como un extraño, un intruso en lo que era un momento de unión ente madre e hija.

La alegría que había sentido al ver a su hija había quedado ligeramente reemplazada por algo parecido a la desesperación. La afirmación de Katniss de que no necesitaba ningún hombre para llenar su vida se hacía patente al ver al ser vivo que llevaba dentro.

Peeta sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el viento que soplaba fuera, y pensó que jamás recuperaría el calor sin esas dos mujeres en su vida.

Katniss no podía ver a Peeta detrás de ella, pero lo sintió apartarse emocionalmente cuando el doctor se marchó. Era como si ya no quisiera hablar con ella. Se preguntaba si estaría decepcionado porque el bebé no fuera chico.

Al principio había parecido fascinado por la imagen de Prim en el monitor pero, cuando habían empezado a contarle los deditos al bebé, Peeta se había recostado en su asiento y se había quedado extrañamente callado.

Y nada la ponía más nerviosa que eso. Algo malo ocurriría en su cabeza si se quedaba callado tanto tiempo.

Preocupaciones aparte, Katniss sabía que era mejor dejar que se apartara cuando lo deseara. Sin importar el modo en que la besaba, era cuestión de tiempo que se marchara y la dejara sola criando a Prim.

Sin embargo, se quedó sorprendida cuando Peeta se levantó, se acercó a ella y le apretó la mano. Ella llevó sus manos unidas a su panza y presionó ligeramente. La presión hizo que Prim se moviera.

—¿No es la niña más bonita que jamás hayas visto? Hollywood nos la va a quitar de las manos incluso antes de que le quitemos los pañales.

—Yo preferiría que tuviera una niñez normal en casa, con sus padres —dijo Peeta.

—No siempre ocurre así —contestó Katniss—, pero lo haré lo mejor que pueda —en ese momento se dio cuenta de que, ellos tres, nunca serían una familia de verdad. Aunque ese día estaban unidos. Muy unidos—. Tiene tus ojos —añadió mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Y tú barbilla testaruda.

Los asistentes ayudaron a Katniss a incorporarse y luego comenzaron a imprimir las fotos del bebé.

Katniss se puso la chaqueta y se abrochó hasta arriba con decisión, como una armadura.

—Es hija de su madre, no se puede negar.

Peeta se quedó de piedra, como si acabara de ser consciente de lo que había dicho y del daño que había sabía que no obtendría una disculpa, sin embargo, él parecía arrepentido.

Peeta comenzó a hablar, pero no había muchas cosas que pudiera decir que Katniss quisiera oír. Dejó de mirarla y observó la imagen de Prim en el monitor suspendida en el tiempo.

—Así que será una niña muy afortunada.

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La noche cayó inusualmente pronto esa tarde y el tiempo, que había sido frío durante el día, se había vuelto gélido a medida que avanzaba la jornada. Peeta apenas podía creer que él y Katniss hubieran pasado un rato hablando en su porche hacía veinticuatro horas.

Más o menos a las nueve de la noche, el viento cesó y las nubes descendieron amenazantes. El granizo comenzó a caer cubriéndolo todo. Las tormentas de granizodel sur de Washington siempre eran fuertes, rápidas e inesperadas. Aquélla no fue una excepción. Los árboles comenzaron a partirse, llevándose consigo los cables de la luz. Los barrios de toda la ciudad se quedaron sin electricidad.

Peeta nunca más podría decir que su madre no educaba a tontos.

Si un hombre que conducía su coche por Seattle durante la que parecía ser la tormenta de hielo más peligrosa de la historia no podía ser considerado como tonto del año, nadie podía.

Crane se había marchado durante una semana de vacaciones poco antes de que comenzara la tormenta. Había llamado diciendo que había reservado habitación en un motel a las afueras de la ciudad, alejándose del mal tiempo.

Su madre estaba sana y salva en su casa, al otro lado del río, en Kentucky.

Ya sólo le quedaba ocuparse de Katniss. Miró al teléfono móvil, que estaba en el asiento del copiloto. Quería llamarla desesperadamente. No había contestado a su llamada hacía una hora y su miedo por su bienestar era como un cuchillo que se le clavaba en el pecho. Tenía miedo de quitar las manos del volante por si acaso perdía el control del vehículo. No valía la pena considerar cualquier cosa que retasara su encuentro con ella.

Sin previo aviso, el coche patinó y se deslizó por medio de la carretera, deteniéndose de golpe junto a una curva. Cuando Peeta se aseguró de que no iba a patinar el resto de la calle, agarró el móvil y marcó el número de Katniss. Esa vez sí contestó.

—¿Dónde has estado? —preguntó él, dándose cuenta de que estaba gritando—. ¿Estás bien?

—¿Peeta? —su voz era débil. Debía de estar durmiendo y se habría despertado por su llamada—. Algo va mal. No hay luz y hace frío.

—Tenemos una tormenta de hielo. Quédate dentro y aguanta, cariño. Voy de camino.

Entonces oyó un ruido, como si el teléfono se hubiera caído al suelo, y comenzó a gritar su nombre de nuevo.

—¿Peeta? Tengo miedo.

—Cariño, estás bien. La tormenta ha cortado el suministro eléctrico. Quédate al teléfono y yo llegaré en pocos minutos. ¿Por qué no consigues una linterna y buscas una manta y calcetines extra? Envuélvete bien para no pasar más frío.

—Voy a tener que dejar el teléfono.

Peeta escuchó un ruido sordo, luego el sonido de un cajón abriéndose y cerrándose. Pasó una eternidad antes de que Katniss volviese a hablar.

—Bien. Ya estoy envuelta. ¿Dónde estás tú? ¿Llevas puesto tu abrigo?

—Estoy entrando en tu barrio en este momento. Ve a la puerta principal y quita la llave. Luego quiero que te metas en la cama.

—Peeta —dijo ella—, no creo que éste sea el momento de…

—Cariño —la interrumpió él—. Métete en la cama para estar más caliente. Tendrás que mantener el cuerpo caliente hasta que yo llegue.

—Ah —dijo ella, y Peeta imaginó que había escuchado cierta decepción en su tono—. Peeta, si me quedo dormida otra vez, ¿me despertarás?

—No te duermas, Katniss. Es importante que te quedes despierta. ¿Me oyes? Tienes que mantenerte despierta.

—De acuerdo, pero no grites.

—Háblame, cariño.

—¿De qué?

—No sé. ¿Qué tal Mayselle? ¿Has hablado con ella últimamente? ¿Cómo está Hope?

—¿Hope? Dijo su primera frase completa el otro día. ¿Te lo había dicho? Fue hasta la puerta y dijo: «Hope va con Ninny». Mayselle se puso muy contenta. Estoy deseando que Prim aprenda a hablar.

Peeta supo por el tono de su voz que estaba a punto de echarse a llorar.

—¿Crees que estarán bien? El centro es viejo y seguro que hará frío —dijo ella.

—Están bien. De camino a tu casa vi que las luces seguían encendidas en el centro. Sólo se ha ido la corriente en la periferia.

—Bien. ¿Dónde estás ahora?

—Estoy aparcando frente a tu casa. Deberías ver los coches aquí fuera. Están totalmente congelados.

Peeta paró el coche, echo el freno de mano pero dejó el motor y la calefacción encendidos. Salió del coche y se dirigió hacia la casa tratando de no resbalarse.

La casa estaba totalmente tranquila cuando entró al vestíbulo. Una leve luz se acercó a él en la oscuridad.

—¿Peeta? —preguntó Katniss.

Peeta apuntó con su linterna a Katniss y se quedó helado. Incluso envuelta en mantas, su panza era inconfundible.

—Dios —murmuró él—. Olvidé que estaba embarazada.

Había estado aterrado ante la posibilidad de que lo pasara mal por el frío, y tan desesperado por llegar hasta ella, que había arriesgado su propia vida por las carreteras heladas.

Se había olvidado completamente del bebé.

Fue como si le golpearan con un ladrillo en la cabeza.

La amaba. A ella. No por el bebé, sino porque, dentro de él, sabía que ella era su otra mitad.

La pequeña Katniss Everdeen le había robado el corazón y se lo había guardado en el bolsillo.

Y sabía que nunca lo recuperaría.

Esa certeza, junto con el contoneo erótico con que se acercaba a él por el pasillo, desató una innegable necesidad de abrazarla.

Peeta colocó los dedos sobre la bombilla de su linterna para tapar el foco y vio, a través de la luz que se filtraba, el rostro pálido de Katniss y sus labios un tanto azules por el frío.

¿Y qué podía hacer él sino calentarla del único modo que sabía?

Dejó la linterna y estiró los brazos.

—Ven aquí —ordenó suavemente. Cuando ella estuvo lo suficientemente cerca, Peeta se soltó la bufanda de lana y le envolvió el cuello con ella. Utilizó la bufanda para llevar su cabeza hacia él y la besó con suavidad. Su lengua se unió a la de Katniss en un baile sensual y ella le devolvió el beso, pero como si no estuviera realmente despierta.

Tenía los labios helados, como si fuera verano y ella hubiera estado sentada en el jardín bebiendo limonada helada. Pero no era verano, y Katniss sabía que ella no podría entrar en calor a no ser que él pusiera de su parte.

—Acércate más.

Katniss obedeció, pero en vez de envolverse en los pliegues de su abrigo, simplemente chocó la panza contra la suya.

—Parece que no encajo —dijo ella.

—Encajamos perfectamente, cariño —contestó él—. Deja que te lo demuestre.

Volvió a besarla, pero con la intención de subirle la temperatura, mientras que la suya aumentaba hasta niveles peligrosamente altos. Incluso desorientada por el sueño y el frío, Katniss era increíblemente sexy.

Recorrió su espalda con las manos, acercándola más a él. Después le tocó las manos. Las tenía heladas.

—Pon las manos bajo mi jersey —dijo él, y se estremeció al sentir el frío de sus dedos sobre su camisa. Quizá todo ese asunto no fuese a resultar tan sencillo como esperaba.

Hurgando bajo las mantas, Peeta encontró el borde del jersey de Katniss e introdujo las manos hasta que localizó su piel con los dedos. Su piel helada. Entonces comenzó a frotarle la espalda con fuerza en un intento por hacerla entrar en calor.

No funcionó.

—Es mi culpa—dijo él.

—Tú no tienes el control sobre el clima, Peeta.

—No es eso. Si hubieras estado conmigo, no habrías llegado a este punto de frío.

—No puedes estar en todas partes. No es tu responsabilidad.

—Yo no quiero ser responsable de todo el mundo. Quiero ser responsable de ti.

Aquella declaración no pareció afectar a Katniss, pero él disimuló su decepción y la abrazó con más fuerza. Ella reposó la cabeza sobre su hombro y se estremeció violentamente.

—Tenemos que acabar con esos temblores, cariño. Cuanto antes te saque de aquí y te lleve a mi casa, mejor.

—¿Tienes electricidad?

—Tengo algo mejor. Tengo chimenea en mi dormitorio.

Después de que Katniss se hubiera lavado la cara con el agua que Peeta había calentado en su cocina de gas y se hubiera lavado los dientes, comenzó a pensar en las tres cosas que la esperaban fuera del cuarto de baño: un fuego encendido, una cama caliente y Peeta.

Perfectamente habría renunciado a las dos primeras por pasar la eternidad en brazos de la última.

La calefacción del coche la había sacado de su ensimismamiento a medio camino hacia casa de Peeta y se había quedado asombrada al ver la habilidad con la que conducía a través de la tormenta. Eso la había hecho sentirse importante para él. Tan importante, que casi se sentía orgullosa.

Y era un orgullo que, por experiencia, sabía que se iría pronto.

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Katniss agarró la vela que Peeta le había dado y luego la volvió a dejar. Era grande y con adornos, pero estaba en armonía con todo lo demás que había podido ver en la casa con la luz tenue. Se echó para delante para observarse en el espejo que había sobre el tocador y vio a una mujer que no era ella.

La vela emitía luz suficiente como para ver sus deficiencias.

El pijama de franela que había comprado en la tienda, porque la talla de hombre era la que mejor se ajustaba a su panza, no era más que el principio.

Odiaba tener esos pensamientos, pero no podía evitarlo. Sabía que Delly Cartwight se había mirado también en ese espejo, pero no llevando franela, sino seda y encaje, dispuesta a ir con Peeta, hermosa, perfecta.

—Un poco tarde para preocuparse por la figura —se dijo a sí misma.

—¿Estás bien? —preguntó Peeta desde fuera.

—Estoy como siempre he estado —murmuró ella mientras se acercaba a la puerta.

Cuando salió del baño, hundió los pies en el suelo enmoquetado. Caminó hacia la cama y vio que Peeta había retirado la colcha, dejando ver las sábanas de seda. Era como ver una exposición en un museo, salvo que todo era real. Sobre todo Peeta.

Y el pecho masculino y musculoso de Peeta.

—¿No tienes frío? —preguntó ella.

—Sí, pero odio los pijamas. ¿Por qué no vienes aquí y compartes algo de tu calor corporal conmigo?

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque estás en mi lado de la cama.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque siempre duermo sobre mi lado izquierdo, en el lado derecho de la cama. Es mejor para el bebé.

Peeta se puso en pie y ella se sintió aliviada por un momento al ver que, al menos, llevaba pantalones.

—Entonces métete —dijo él—. Cuanto antes te pongas cómoda, mejor.

Katniss estuvo tentada de preguntar qué ocurriría una vez que se pusiera cómoda. Su inexperiencia volvía a quedar patente, como cuando Peeta la había besado la primera vez y ella lo había echado de su despacho. Pero, desde luego, esa noche, no iba a echarlo. Lo abrazaría fuerte, y no sería sólo para calentarlo.

Peeta le quitó la vela y la colocó sobre la mesilla. Después la ayudó a meterse en aquella inmensa cama y, cuando él se metió y se acurrucó a su lado, a Katniss le dio un vuelco el corazón.

Se dio cuenta de que no iba a dormir nada esa noche cuando Peeta le llevó la cabeza hasta su hombro. Katniss rezó en silencio porque aquél fuese el comienzo de una nueva era polar, cerró los ojos y, sorprendentemente, se quedó dormida, sintiéndose segura en brazos del hombre que había capturado su corazón simplemente porque le importaba.

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Y que les parecio porque a mi me encanto porfin se dio cuenta de que se ha enamorado yo creo que se tardo un poco demasiado para darse cuenta de eso pero menos mal que al final si .. Si no yo creo que ioba a ser muy tarde aunque una vez escuche algo de que nunca es tarde para el amor pero yo no se .. o tavez si ...

Bueno diganme que les parecio este capitulo , gracias

;) xoxoxoxoxoxo