DISCLAIMER: Hola les traigo una adaptación de un fanfic de Karen Potter . La historia no es mia y los personajes son deSuzanne Collins
Bueno sin mas que decir aquí les dejo la historia.
Capitulo 13
—¡Katniss! —gritó Peeta mientras se arrodillaba frente a ella—. Háblame. ¿Estás bien?
—El bebe, Peeta —dijo ella—. El bebé.
Peeta llamó inmediatamente a Sam, pidiéndole que fuera inmediatamente, luego fue a abrir la puerta y regresó junto a Katniss.
Para cuando llegó Sam, Peeta había conseguido que Katniss soltara la barandilla y le pasara las manos por el cuello.
—Katniss—dijo el médico colocándose frente a ella—, cuando dije que quería verte todas las semanas, no me refería a esto.
Katniss le dirigió una sonrisa entre sollozos mientras se secaba las lágrimas con la manga del jersey.
—¿Puedes decirme qué ha ocurrido?
Katniss apartó las manos del cuello de Peeta como si acabara de recordar en ese momento dónde estaba y por qué estaba allí.
—Me resbalé y me caí.
—Comprende que tengo que preguntarte esto —dijo el médico tomándole la mano—. ¿Te empujaron?
—No. Discutimos, pero fue culpa mía que me cayera. Peeta estaba en… en la habitación del bebé.
—¿En algún momento durante la caída te golpeaste la panza con los escalones o la barandilla?
—No. No me golpeé nada hasta que aterricé de culo.
—¿No te duele la panza?
—No.
—¿Qué tal si hacemos un repaso antes de moverte?
Katniss asintió y Sam comenzó a hacerle preguntas.
—¿Te duele la cabeza?
—No.
—¿El cuello? ¿Los brazos, los hombros? ¿Sientes entumecimiento en las manos? Mueve los dedos. Eso está bien.
Peeta observó cómo Katniss flexionaba las muñecas y él hizo lo mismo. Ella dobló los codos, encogió los hombros. Sam le quitó los calcetines y le giró los tobillos para comprobar que todo estuviese bien. A pesar de la seriedad de la situación y de que Sam fuese su mejor amigo, Peeta no pudo evitar ponerse celoso al ver que ese hombre osaba tocar a su mujer.
Peeta se puso frenético y, en un intento desesperado por aclarar que Katniss era suya, dijo:
—Ha dormido en mi cama esta noche.
—¡Peeta! —exclamó Katniss mirándolo por fin.
—No creo que eso sea importante para la caída de Katniss—dijo Sam—. ¿Por qué no te calmas un poco? Ve a encender el gas y a calentar algo de agua.
—¡Oh, Dios! —exclamó él—. ¿El bebé está en camino?
—No, no está en camino. Necesitas tener algo que hacer y yo necesito un café. Déjale a la señorita algo de privacidad,Mellark.
Cuando Peeta regresó con el café, Katniss estaba descansando en un sillón del salón.
—Le he dicho a Katniss que probablemente le duela la espalda durante unos días, pero no parece que tenga ninguna lesión, al igual que el bebé. La panza es como un parachoques. Es raro que un bebé sufra daño alguno con una caída así, incluso aunque la madre se sienta como si la hubieran tirado por un tobogán —Sam se giró hacia Katniss—. Estaba a punto de ponerme en contacto con el hospital cuando me llamó Peeta. Iré a ocuparme de eso y luego volveré a verte en una hora. Si tienes algún dolor o comienzas a sangrar, llama al 911.
—Pero la ambulancia no puede llegar aquí.
—Está subiendo la temperatura y se está derritiendo el hielo. Las calles estarán despejadas pronto.
Justo en ese momento, Katniss oyó el ruido del horno poniéndose en marcha y el reloj del DVD comenzó a parpadear.
La expresión de Peeta indicaba que la electricidad probablemente también habría vuelto en su casa.
—Quiero irme a casa —dijo ella tratando de incorporarse.
—¡No! —dijeron ambos hombres a la vez, colocándose frente a la puerta.
Katniss supo que era el momento de retirarse, si no por su bien, por el del bebé. Pero se iría a casa, y retomaría su vida donde la había dejado antes de conocer a Peeta Mellark, y volvería a ser feliz.
O, al menos, todo lo feliz que pudiera con el corazón roto.
La mañana dejó paso a la tarde y, cuando llegó la noche, Sam Williams dijo que Katniss podía irse. Peeta recogió sus cosas de mala gana y la llevó a casa. La distancia entre ambos era tan grande, que a Peeta le parecía como si vivieran en continentes distintos.
Realmente pensaba que Katniss había ido demasiado lejos preocupándose por que pudiera quitarle a su bebé. Por eso él había contratado a un decorador para que decorara la habitación. Por eso la cama de la habitación de invitados estaba llena de muestras de tejidos, de cortinas y de alfombras, todas en diferentes tonos de azul, para que Katniss pudiera elegir el que quisiera para la habitación que ocuparía cuando Primrose fuera de visita.
Era lo único que había podido hacer ante su negativa a la hora de hablar sobre una relación permanente entre ellos.
Y ahora, cualquier discusión era imposible. Katniss estaba totalmente fría con él. La observó por el rabillo del ojo. ¿Dónde había ido a parar su gatita salvaje?
Le llevaría años aclarar sus sentimientos y, sin embargo, el bebé llegaría en unas pocas semanas. Todo sería más fácil si Katniss le dijera lo que había hecho mal.
La razón por la que se negaba a hablarle era evidente. Usaba su rabia para protegerse del dolor. Si se negaba a escuchar, no escucharía nada que pudiera echar al traste todas sus ideas preconcebidas.
Tenía todo el derecho a estar enfadada, pero le daría sólo un día o dos para calmarse. Después, volvería a la carga. De ningún modo iba a dejarla tirada. Jamás.
Cuando aparcó frente a su casa, Katniss agarró inmediatamente la manivela de la puerta. Él se echó hacia delante para detenerla.
—Ni lo pienses. Tú te quedas ahí sentada hasta que yo de la vuelta al coche.
Ella se volvió a echar hacia atrás y comenzó a buscar la llave en su bolso tras quitarse el cinturón. Todo ello sin mirarlo un instante.
Cuando llegaron a la puerta, Katniss abrió y estuvo a punto de cerrársela en las narices, pero él la detuvo.
—Katniss—dij oPeeta—. Siento lo que ha ocurrido hoy. Por favor, no te enfades conmigo.
Ella meneó la cabeza con tristeza.
Peeta sabía que ésa era la última oportunidad de hablarle como amigo. Las próximas palabras que salieran de su boca tendrían el poder de romperles el corazón a los dos.
—Kat—repitió—, si los hombres fueran los que se quedaran embarazados, si yo fuera el que llevara dentro tu bebé, ¿me dejarías ir?
Ella entró en la casa y cerró la puerta, pero Peeta pudo oír la respuesta desde el otro lado.
—Sí.
Katniss pasó los dos días siguientes llorando. La mujer llorosa que veía en el espejo no era la chica estoica que había sido. Cuando era más joven, cuando su abuela había muerto y sus padres la habían abandonado, las lágrimas no eran aceptables en casa de su bisabuela. Había aprendido a ocultar sus sentimientos. En su trabajo, sobre todo con los niños, era fácil dejarse llevar por las emociones.
Pero no se trataba del trabajo. Era su vida, y se sentía desgraciada e iba a regocijarse en su pena si le daba la gana.
Al tercer día ya estaba harta de llorar. No había conseguido nada con ello, salvo que sus tobillos no estuvieran hinchados, pues estaba deshidratada.
Los golpes en la puerta no la pillaron por sorpresa. Había estado esperando a Peeta,anticipando, temiendo y, al tiempo, deseando su visita.
Pero no se trataba dePeeta. En esa ocasión, había enviado refuerzos.
—Usted debe de ser la señora Mellark—dijo Katniss—. Los ojos marrones la delatan.
La anciana sonrió y le dio la mano a Katniss. Le recordaba a una madre de la tele, una de esas que se reía con las bromas de sus nietos y que hacía la cena llevando perlas y un delantal.
—Por favor, llámame Rosemery.
—¿Quieres pasar? —dijo Katniss echándose a un lado.
—No me quedaré mucho, lo prometo. Debes de estar ocupada preparándote para el bebé y todo eso. He traído esto para Primrose—dijo, y le entregó a Katniss un paquete con lazos rosas—. Y esto es para ti.
La madre de Peeta se sacó un álbum de fotos de debajo del brazo.
Katniss dejó el regalo del bebé y comenzó a ojear las páginas, viendo la vida de Peeta foto por foto.
Rosemery señaló una foto de Peeta vestido de Boy Scout. Había un hombre alto a su lado.
—Ésta fue tomada dos semanas antes de que el padre de Peeta muriera —dijo la mujer, y pasó la página—. Ésta es su foto del colegio, tomada un mes después del funeral. Cuando miro estas fotografías, apenas reconozco a mi hijo. Peeta se quedó muy afectado por la muerte de su padre. Sentía como si hubiera sido abandonado. Mi marido, Ethan, era el típico adicto al trabajo. Quería lo mejor para su familia y pensaba que el éxito era la manera de conseguirlo. Peeta es muy parecido a su padre. Cuando me enteré de lo del bebé, deseé que tuviera fuerza suficiente para cambiar. Pero me temo que se ha vuelto más cabezón, si cabe.
—Rosemery, creo que conoces a tu hijo muy bien.
—¿Cómo puedo convencerte para que le des otra oportunidad?
—No sé si puedo. Tenemos puntos de vista distintos en muchas cosas que son importantes.
—Te ha hecho daño.
—Sí.
—Lo quieres, ¿verdad?
Parecía inútil negarlo. Katniss cerró el álbum y dijo:
—Lo quiero mucho.
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—¿Señor Mellark? La señorita Everdeen está aquí y quiere verlo.
—¿Katniss, aquí? —dijo Peeta poniéndose en pie de un salto—. ¿Dónde está?
—En la sala de conferencias, con el señor Odair.
—¿Qué hace Finnick con ella?
—La ha traído aquí, señor.
Katniss llevaba el mismo vestido azul que había llevado la primera vez que la había besado, y estaba increíblemente guapa. Todos los instintos de protección de Peeta aparecieron al ver a la mujer que amaba más que a su vida, a pesar de que lo hubiera sacado de sus casillas en tantas ocasiones.
Katniss levantó la vista y lo pilló mirándola. Parecía cansada. Peeta sintió un dolor en el corazón. Era todo por su culpa. Todo.
—Le he pedido al señor Odair… Finnick que viniera aquí conmigo hoy. Espero que no te enfades con él por ayudarme.
—Por supuesto que no —dijo Peeta.
—Hemos preparado un documento que me gustaría que ojearas.
—¿Una orden de alejamiento? —preguntó él con el corazón en un puño.
—No, por supuesto que no —contestó Katniss sorprendida—. No quiero hacerte daño, Peeta. Por eso le pedí a Finnick que fuese mi abogado. Sabía que miraría por tu interés además de por el mío.
—No lo comprendo.
Katniss se sentó en una silla y miró a Finnick.
—Katniss me pidió que preparara un acuerdo dándote la custodia compartida de Primrose Everdeen siempre y cuando tú no reclamaras la custodia completa más adelante. Sólo pide que no te lleves al bebé de la ciudad sin decírselo. A cambio, ella accede a lo mismo.
—¿Por qué? —le pregunto Peeta a Katniss.
—¿No es lo que quieres?
—Es más de lo que nunca esperé. ¿Pero qué pasa contigo?
—Quiero lo mejor para nosotros. Eres un hombre bueno y sincero. Sé que, si firmas este acuerdo, te ceñirás a él. Entonces ya no tendré que preocuparme por Primrose más adelante.
—Sabes que si me dejaras…
—Es lo mejor que puedo hacer,Peeta. O lo tomas o lo dejas.
Peeta miró el documento que Finnick había colocado sobre la mesa. Eso no era lo que esperaba, que todos los momentos que habían pasado juntos quedaran reducidos a unas cuantas hojas de papel.
Katniss se puso en pie y se acercó a la ventana. Peeta se colocó a su lado y le ofreció su pañuelo.
—Probablemente pienses que lloro todo el tiempo. Pero no es así. Nunca lloro.
Él le tocó la barbilla con el dedo, girándole la cabeza para mirarla a los ojos.
—No puedo soportar verte así. Dime lo que tengo que hacer para hacer que vuelvas a sonreír.
—¿Te mudarás a Siberia y no volverás jamás?
—No, cariño, no puedo hacer eso. Tú y yo estamos destinados a unirnos gracias a ese bebé que llevas dentro. Incluso aunque me fuese a la cara oculta de la luna, seguiría en tu vida. Quiero conocer a mi hija. ¿Es eso tan terrible?
—No, no es terrible. Serás un padre maravilloso. Tuviste un gran maestro.
—¿Cómo lo sabes?
—Tu madre vino a verme. Me habló de tu padre, de su infarto inesperado. Sé lo que debió de ser perderlo así.
—Tú también te sentiste así, ¿verdad? Cuando tenías dieciséis años.
Katniss volvió a mirar hacia la ventana y dijo:
—Tu madre es una mujer increíble. Tienes suerte de tenerla.
Otra lágrima se deslizó por su mejilla. Peeta estiró los brazos y ella se acurrucó entre ellos, reposando la cabeza sobre su hombro.
—Lo siento mucho, Katniss. Nunca pretendí que ocurriera nada de esto pero te juro que, si tuviera que volver a hacerlo, no cambiaría nada.
—Lo sé. Yo tampoco —dijo ella, se apartó y recogió su bolso de la mesa—. Te agradecería que no te pusieras en contacto conmigo. Tengo mucho que pensar y sería mejor si lo hiciera sola.
—¿Y qué pasa con el parto? ¿Dejarás que esté contigo?
—No sé —dijo ella esbozando una sonrisa—. Otra cosa que añadir a mi lista.
—Si necesitas algo, ¿me llamarás?
Ella asintió.
—¿Dejarás que Crane te lleve a casa?
—Sí, por favor, pero ésta va a tener que ser la última vez. Tengo que empezar a cuidarme sola otra vez.
Cuando Katniss se dio la vuelta para abandonar la sala, él la agarró del brazo, la acercó hasta él y, a pesar de su panza, los dos encajaron perfectamente. Peeta inclinó la cabeza y la besó. Esperaba que su beso le dijera todo lo que ella necesitaba saber sin necesidad de decir palabra.
Katniss separó los labios y recibió su beso, compartiendo aquel momento de reconciliación. Finalmente se separaron y la puerta se cerró tras ella.
—No lo entiendo —dijo Finnick cuando se quedaron los dos solos.
—¿Entender qué? —preguntó Peeta.
—Se siente desgraciada, tú te sientes desgraciado. Los dos estáis tan enamorados, que me sube el azúcar al veros. Por no hablar de que casi me hace llorar. Y yo soy el típico abogado frío. Imagina lo que algo así podría hacerle a un tipo normal con un corazón de verdad.
—Confía en mí, tío. Es mejor no meter el corazón en situaciones como ésta —dijo tocándose el pecho—. Este sentimiento de pérdida es una mierda.
Peeta recogió los documentos y los ojeó, sin leer realmente las palabras, sino tratando de averiguar por qué Katniss habría accedido a semejante acuerdo. Luego los deslizó por encima de la mesa hacia Finnick y buscó algo que arrojarle.
—Solía pensar que era un tipo bastante inteligente, pero este asunto me supera —dijo Peeta señalando la puerta—. ¿Por qué esta mujer no es mi esposa? Si puede confiarme a Primrose, ¿por qué no puede confiarme su corazón?
—¿No vas a ir tras ella?
—Ahora no. La he perseguido desde que nos conocimos y mira dónde hemos llegado. Esta vez pienso esperar hasta averiguar qué diablos estoy haciendo mal.
—¿Tienes idea de lo que ha ocurrido?
—Ni idea.
—Bueno, eso ayuda. Volvamos al principio. ¿Exactamente qué le dijiste cuando le pediste que se casara contigo?
—Soy un idiota. He estado tan ocupado buscando el anillo, que se me ha olvidado pedirle lo que realmente ella desea. Le dije al amor de mi vida, a la madre de mi hija… no, espera un momento. Tengo que adoptar el tono arrogante necesario para reproducirlo. Le dije: «creo que deberíamos casarnos».
—Bien —dijo Finnick—. No puedo imaginarme cómo una mujer como Katniss no se lanzó a tus brazos tras oír eso.
—No puede ser eso —dijo Peeta negando con la cabeza—. No puede haberse marchado de mi vida porque no hice toda la parafernalia al pedirle que se casara conmigo.
—Haz esto por mí, Peeta . Dime una palabra que describa el tipo de mujer que es Katniss Everdeen. Una palabra. Es una técnica que usaba un profesor mío para reducir un problema a su esencia. Si puedes hacer eso, creo que comprenderás lo que tienes que hacer.
Peeta pensó en todas las cosas que era Katniss. Guapa, generosa, compasiva, inteligente, constante. Cualquier hombre sería afortunado de tenerla en su vida para siempre.
—Siempre —dijo finalmente—. Katniss es un tipo de mujer para siempre.
—Ya lo tienes, amigo —dijo Finnick con una sonrisa.
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El lunes después de la visita de Rosemery, Katniss estaba en pie junto a sus vecinos, observando cómo el autobús se acercaba a la parada. Todos ellos la habían recibido alegremente de vuelta, y eso le proporcionaba una agradable sensación de normalidad que hacía que muchas de sus preocupaciones desaparecieran.
El autobús se detuvo y las puertas se abrieron. El conductor la saludó con una sonrisa y luego desvió la mirada hacia un pasajero que había al final de las escaleras.
Era poco corriente, pero ocurría que, a veces, algún pasajero bajaba del autobús a esas horas de la mañana. Katniss se echó a un lado para dejarle bajar.
Pero el pasajero no se bajó, sino que se quedó inmóvil en el último escalón.
Katniss sintió cómo se le erizaban los pelos de la nuca. Levantó la vista y vio que se trataba de Peeta.
Él bajó del autobús y se colocó frente a ella con un ramo de rosas.
—Sé que dijiste que nada de flores —dijo él—, pero espero que me perdones. Espero que me perdones por muchas cosas.
Katniss hundió la nariz en las flores y aspiró la fragancia, sintiendo cómo las lágrimas se le acumulaban en los ojos.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó una de las mujeres que esperaban en la parada—. ¿Quién es usted?
Peeta le tomó la mano a Katniss y se dirigió a la gente.
—Mi nombre es Peeta Mellark y, si son ustedes capaces de aguantarme durante unos minutos, pronto seré el prometido de la señorita Everdeen.
—¿Mi qué?
—Katniss, hay algo que quiero decirte desde el día en que nos conocimos.
—También hay algo que yo quiero decirte pero que me da miedo —dijo ella, se colocó entre sus brazos y le susurró al oído.
—¿Qué ha dicho? —preguntó la señora Harvey.
—Shhh —dijo la señora Simpson.
—Bueno, quiero oírlo. Es la cosa más interesante que ha ocurrido en este vecindario desde el tornado del noventa y nueve.
—Le he dicho que lo quiero —le dijo Katniss a sus vecinos con una sonrisa—. Eso es bueno, ¿verdad?
—Saber eso hará que sea más fácil decir lo que tengo que decirte —dijo Peeta.
—Entonces, adelante, joven —dijo el señor Moslow—. ¿Qué tiene que decir?
—Que yo también la quiero.
—¿Y? —preguntó la señora Simons. Los pasajeros del autobús comenzaban a bajar sus ventanillas, curiosos por ver lo que sucedía.
Peeta le tomó la mano a Katniss y se arrodilló. Cuando levantó la mirada, vio que ella se estaba mordiendo el labio y que la barbilla le temblaba.
—Katniss, mi amor…
—¡Espera! —gritó ella.
—Oh, no. Por favor, no me hagas esto.
—Mira —dijo, y señaló hacia la limusina blanca que había aparcado detrás del autobús. Se abrieron las puertas y salió el señor Crane junto con Finnick, Johanna, la secretaria de Peeta y su madre. Los siguieron Maysilee y Hope Turner. Un Lexus plateado se detuvo detrás de la limusina y de él salió Sam Williams.
—¿Llego tarde? Tuve que cambiar un par de citas para poder llegar a tiempo.
—¿Has invitado a gente para que vean cómo te declaras? —preguntó Katniss.
—Quería testigos, cariño. Amigos que sepan que te quiero y que quiero casarme contigo. Gente que te recuerde, si alguna vez pierdes la fe en mí, Katniss siempre te amaré.
—¿Era eso? —preguntó la señora Harvey—. No parece mucho una proposición.
—Yo, personalmente, prefiero las cosas más tradicionales —dijo la señora Simons.
—Señoras y caballeros —dijo Peeta—, si pudiera retener su atención, por favor —se giró hacia Katniss, que estaba tratando de aguantar la risa—. Cariño, por favor, no te rías. Quiero hacer esto bien —le tomó la mano y se preguntó por qué habría esperado tanto para decir eso—. ¿Katniss, quieres casarte conmigo? Te quiero más de lo que jamás pensé que fuera posible. Quiero ser tu marido y el padre de tu hija. Quiero compartirlo todo contigo y nunca lamentar las circunstancias en que nos conocimos.
Katniss se sentía incapaz de hablar. Peeta sacó un anillo de zafiros de una caja y se lo puso en el dedo. Ella comenzó a sollozar. Él la tomó en sus brazos y le prometió en silencio que nunca la dejaría marchar.
—¿Te casarás conmigo, Katniss? Dime que te casarás conmigo. Simplemente asiente si es que sí. Si es que no, dispárame. No quiero vivir sin ti.
Katniss asintió.
Peeta gritó de alegría y la multitud comenzó a aplaudir. Los dos se besaron y el conductor del autobús tocó la bocina mientras los vecinos gritaban.
—Prim también dice que sí —dijo Katniss entre sollozos.
—Hablando de Prim, ¿crees que podremos casarnos antes de que nazca? Me gustaría que estuvieran nuestros tres apellidos juntos en el certificado de nacimiento.
—Conozco a un juez —dijo Finnick.
—Y yo tengo una madre que se muere por organizar la boda —dijo Peeta riéndose.
—Supongo que lo único que queda por resolver es quién llevará a la novia al altar —dijo Rosemery mientras Seneca Crane, Sam Williams y Finnick Odairse alineaban detrás de Katniss.
—Demasiado tarde, caballeros —dijo ella llevándose la mano de Peeta al pecho—. Ya he elegido.
Fin.
Y aquí esta el fina pero tranquilidad que en el próximo es el epilogo.
Quiero agradecerles a todos los que comentaron esta bellísima historia .
Dejen sus comentarios cada vez que leo uno me llena una emoción inimaginable.
;) xoxoxoxoxoxoxo.
