2. Preguntas
No fue cómodo viajar con el equipaje, pero no tenía opción. El vagón estaba oscuro y completamente cerrado, sin ventanas y con la puerta que daba ingreso al resto del tren cerrada por fuera. Lo peor de todo era que comenzaba a tener hambre, y no había manera de conseguir algo para comer. Había decidido tratar de dormir para olvidarme del hambre, cuando de pronto escuché el ruido que antecedía a la apertura de la puerta que daba al vagón siguiente, junto con el murmullo de voces tras ella.
Me agazapé en el rincón más alejado de la puerta, intentando pasar desapercibida entre la oscuridad del vagón. Un chorro de luz entró cuando la puerta fue abierta, y dos sombras se proyectaron en el piso cerca de mis pies. Una era alta y algo robusta, coronada por un gorro, y la otra era más baja y delgada. Los dueños de ambas sombras continuaban con la conversación que sostenían desde antes de entrar, y no era muy amena que digamos.
— ¡Te lo he dicho por tres años, Warncke! — dijo una voz adulta, de hombre — ¡Las mascotas deben ir con el equipaje de los alumnos, no con los alumnos!
— ¡Pero ya me disculpé con la señorita dulcera! — contestó una voz aguda de un chico. Me imaginé que debía ser de tercer año — ¡Sólo le mostraba mi mascota a la chica que me gus…!
— ¡Pues no me importa para qué lo sacaste de su jaula, "Romeo"! — replicó el adulto sarcástico. Debía tratarse del conductor — ¡Tu comelón animal se queda aquí hasta que llegues al colegio, y ni una palabra más o te devolveré a Londres con todo y tu glotona bestia! ¡Ahora entra, y déjalo!
El chico hizo ademán de contestar (lo noté por su sombra), pero no lo hizo. Entonces vi con espanto que su sombra se hacía más grande, señal de que se acercaba a donde estaba escondida. Temblando, hice mi cuerpo tan pequeño como pude en el pequeño rincón, y cerré los ojos esperando que el muchacho no me viera. Entonces la voz del conductor lo apremió.
— ¡Vamos Warncke, muévete de una vez! — dijo molesto.
— ¡Ya voy! — rezongó el chico. Escuché un golpe de algo que rebotó en el suelo, un chillido y otro golpe más seco, seguido del sisear de algo que se arrastró a consecuencia del último golpe.
— ¡Esto es por tu culpa! — gritó el chico, dando media vuelta para irse con el conductor, que rezongaba algo sobre la mala hora en que permitieron el ingreso de cualquier mascota mágica a Hogwarts.
Esperé un poco antes de abrir los ojos de nuevo, empujada por los lloriqueos que escuchaba. Me acerqué un poco a la jaula que había ido a parar cerca de mis pies, miré dentro y un par de ojillos oscuros llenos de ternura me devolvieron la mirada. El lloriqueo cesó para dar paso a la curiosidad.
— Hola, hola amiguito — dije sin alzar la voz — ¿Cómo estás, no te lastimaron?
El cachorrito lamió mis dedos en respuesta, y decidí sacarlo de su encierro. Fue cuando pude ver que entre mis manos tenía un cachorro de crup, que agitaba sus dos colas contentísimo de que alguien se hubiera apiadado de él. Tenía pegados en su lomo pedazos de dulces mágicos, y algunas envolturas de golosinas.
— Así que por eso te descubrieron — le dije al cachorrito en tono maternal —. Perrito malo, eso no se hace. No debes devorarte todo el contenido del carrito de dulces — en eso, tras un sonoro eructo el can arrojó una rueda —, ni el carrito tampoco.
Por respuesta el pequeño crup hizo un leve quejido y agachó las orejas avergonzado. Me dio tanta ternura que comencé a acariciarlo para darle consuelo, y él respondió con un par de ladridos de aceptación. Ahora éramos amigos.
— Si te portas bien, te conseguiré más golosinas — le dije acariciándolo —. Ahora, calladitos los dos para que no nos descubran, ¿de acuerdo?
El cachorro me miró como si comprendiera, y agitó sus colas jadeando sin ladrar, haciéndome saber que había entendido. Me senté con él en el suelo y al sentir algo en el bolsillo trasero, lo extraje con una mano en tanto sostenía al cachorro con la otra. Era una gorra arrugada de trabajo, con el logotipo de la estación bordado y a medio coser por lo gastado. La sacudí un poco y me la puse a manera que me cubriera un poco los ojos, para tratar de dormir, en tanto que el pequeño crup se acomodaba en mi regazo.
El viaje transcurrió sin más contratiempos, ya era entrada la noche cuando unos ruiditos peculiares me despertaron. El cachorro no estaba y me asusté, creyendo que algo le habría sucedido. Comencé a andar gateando por el vagón, haciendo silbidos leves para llamar al crup, hasta que lo escuché dar un ladrido y sus patitas sonando por el piso del vagón. Llegó hasta mí con una envoltura en el hocico, la cual dejó caer para sentarse sobre sus patitas traseras y jadear de gusto al verme.
— ¡Uf, me asustaste pequeño! — le dije acariciándolo — ¿Pero dónde te habías metido? ¿Y qué es eso que traes, restos de golosinas?
Revisé la envoltura, y en efecto tenía restos de algo que olía a maní con chocolate. No reconocí la marca, así que pensé que debía ser algún dulce muggle que el cachorro había encontrado. El aroma me despertó el apetito, y mi estómago me recordó con un quejido que no había comido nada durante el viaje.
— Amiguito, voy a pedirte un favor — le dije al crup acariciándolo —. Quiero que me muestres dónde encontraste esto, ¿lo harás?
Le mostré la envoltura y, haciendo como si me entendiera, el cachorro saltó de mis manos y echó a correr por donde había venido, conmigo siguiéndolo a gatas. Tras un momento encontré al crup saltando delante de un baúl que tenía un costado roto, en donde el animalito metía la cabeza y forcejeaba un poco antes de sacarla triunfante con otra golosina parecida, pero esta vez completa. La dejó cerca de mí y esperó, como pidiendo que lo convidara.
— Huy, gracias amigo — dije abriendo la golosina —. Me pregunto de quién será este baúl, es raro que se haya roto siendo de un ma… Oh, es de una bruja.
Leí la placa de identificación y vi un nombre femenino, uno que me fue muy familiar. Decía "O. HORNSBY" con letras muy adornadas. De inmediato un recuerdo acudió a mi cabeza, uno no muy agradable de cierta alumna que me molestaba hasta la tortura.
— Olive — me dije casi entre dientes —. Así que este es tu baúl… Es hora de desquitarme de las que me has hecho.
Probé a abrir el cerrojo con mi varita, sin lograrlo. Olive debió utilizar algún encantamiento especial para bloquear el acceso al baúl, y maldije mi suerte. El cachorro saltó sobre el baúl y se sentó a mirar mi frustración.
— Diantres, no puedo abrirlo. Si pudiera botar el cerrojo… Pero bueno, ya me desquitaré de ésa de otra form… ¡Hey, pero qué…!
Más tardé yo en hablar que el cachorro en lanzarse a atacar el cerrojo, el cual arrancó sin mayor problema. La tapa se levantó suavemente, mientras felicitaba al crup por su ayuda. Había olvidado que los crups pueden devorar casi cualquier cosa, y el baúl no estaba hechizado para repelerlos.
Una vez abierto, empecé a revisarlo al tiempo que maquinaba toda clase de venganzas contra Olive, mas mis planes se fueron evaporando de mi cabeza cuando me di cuenta de algo sumamente extraño. Todas las cosas, los uniformes y la ropa en general eran para hombre. Me quedé de una pieza cuando de entre la ropa tomé accidentalmente una trusa masculina, y la devolví con asco a su lugar.
Me quedé dudosa por lo que vi en el baúl, pero ya no tuve tiempo de pensar en nada pues un silbido del tren y el chirriar de los frenos me avisó que estábamos por entrar a la estación de Hogsmeade, desde donde nos llevarían a Hogwarts. Apenas si pude recordar a tiempo el hechizo para reparar el baúl y dejarlo como estaba, y rogarle a mi amiguito de doble cola que volviera a su encierro para que nadie sospechara que me encontraba ahí. Al detenerse el tren por completo supuse que alguien iría a hacer desaparecer el equipaje para trasladarlo a los dormitorios del colegio, así que me mantuve oculta hasta que escuché ruidos tras la puerta. Me agazapé al lado de la entrada, y esperé a que se abriera. Como la puerta se abría hacia adentro, la misma me ocultó de la vista del par de empleados que comenzó su labor de leer los nombres de cada equipaje y enviarlos mágicamente a su dormitorio correspondiente. Tan enfrascados estaban que no se percataron de mi salida del vagón.
Eché una mirada a la estación antes de bajar, y fijándome bien por si alguien me veía, bajé del tren tratando de confundirme entre la gente. De repente, alguien gritó a mis espaldas.
— ¡Hey, oye tú flacucho! — escuché tras de mí, tan cerca que me detuve de inmediato — ¡Deja de holgazanear y ayuda a preparar el tren para salir! ¡Rápido, rápido, ve a checar que no quede nadie, vamos muévete!
La voz era la misma que había oído antes regañando al chico dueño del crup, así que decidí no arriesgarme y, sin voltear a mirar a su dueño, asentí rápidamente con la cabeza y volví a meterme en el tren, pensando en qué podría hacer para escaparme e irme con los alumnos. Al volver dentro escuché reclamos provenientes del vagón de equipajes, y decidí ir allí a ver qué pasaba. Encontré a los dos empleados que habían ido por los equipajes peleándose airadamente, culpándose uno al otro de haber roto accidentalmente uno de los baúles, sin que ninguno hiciera algo por levantar algo o arreglar el estropicio.
Mientras peleaban, me acerqué al montón de cosas que había sobre los restos del baúl, y vi que había ropa de mujer con los colores de Ravenclaw. Ninguno de los dos empleados notó que me guardé una muda de ropa dentro del uniforme de trabajo antes de hacer el hechizo de reparación y comenzar a guardar todo lo demás en él. Al terminar llamé su atención fingiendo la voz para que no preguntaran nada.
— ¡Eh, atención compañeros! — dije hablando ronco y rápido — El jefe está molesto por la tardanza, y si se da cuenta de lo que pasó aquí, nos deja sin trabajo, así que, ¡sigan con el equipaje, vamos, vamos ya!
Los apremié tan bien que ninguno preguntó qué era lo que hacía yo ahí, mucho menos se fijaron en qué momento me fui dejándolos trabajando. Avancé por el tren hasta alcanzar los compartimientos de pasajeros, entré en uno y cambié mis ropas por las del uniforme de Ravenclaw, el cual se notaba un poco que era para alguien más bajo que yo. Decidí dejarlo así hasta tener tiempo de arreglarlo, deseando que su dueña no lo reconociera durante la cena de bienvenida en el Gran Comedor.
Tal y como lo pensé, logré mezclarme bien entre los demás alumnos, y nadie me notó al abordar uno de los últimos carros tirados por testhrals que iban hacia la escuela. Me impresionó bastante el ver a estos animales por vez primera, y me pregunté cómo es que los veía si yo nunca fui testigo de muerte alguna. Pero ya habría tiempo de contestar tantas preguntas, así que traté de poner mi mente en blanco y disfrutar de la cena.
