3. La primera noche
Mientras comía noté que algunos alumnos se me quedaban mirando, sobre todo las chicas quienes luego de fijarse en mí comentaban algo, para luego negar con la cabeza y continuar con su cena. Traté de apurarme a comer lo más que pude, dándome cuenta de que estaba comiendo bastante más que lo que solía comer siempre, asumiendo que eso era lo que llamaba la atención de mis compañeros y compañeras. Ignoré las miradas y seguí comiendo, pues la verdad sentía mucha más hambre de la habitual; cuando vi que algunos alumnos comenzaban a levantarse. En las demás mesas varios chicos hacían lo mismo, y pensé que el tiempo de la cena había terminado y debíamos retirarnos a dormir.
De repente recordé que no conocía la contraseña para entrar en la torre de Ravenclaw, y me apresuré a levantarme para seguir a los de primero. Todo iba bien hasta que un chico alto y flacucho me detuvo.
— ¡Hey, vas por el camino contrario! — me dijo sorprendiéndome — ¿Por qué sigues a los de primero?
— Eeehh… Bu-bueno, es que… — dije por decir algo.
— ¡Nada! — dijo él halándome por un brazo — Los de cuarto año ya deben estar en sus camas, así que no puedes estar deambulando por ahí. Tienes suerte de que sea el primer día, que si no como prefecto que soy te podría castigar. Pero entiendo que estamos volviendo de vacaciones, a mí también me ha pasado lo mismo, eso de volver al colegio a veces nos desorienta y…
Él siguió hablando sin parar por el camino, aunque yo ya no le ponía atención por ir fijándome por dónde me llevaba. Definitivamente algo estaba mal, pues no recordaba que ése fuera el camino a los dormitorios. Sin embargo, me dejé llevar hasta una pequeña puerta lateral de la misma torre. Al llegar el chico se paró frente a ella y se me quedó mirando.
— Bueno, adelante — me apresuró.
— Esto… yo no… — dije desconcertada.
— ¡Ay por favor! ¡No me diga que olvidó su llave!
Asentí con la cabeza, y luego miré el piso apenada. Noté que el muchacho iba a decir algún reproche, pero se quedó callado y, tras agitar un poco la cabeza, sacó de su túnica un inmenso manojo de llaves, de las que extrajo una y me la entregó.
— Como le dije, a mí también me ha pasado — dijo en tono condescendiente —. Tome, pero no le diga a nadie o me asediarán para que les dé copias a cada uno, ¿me entiende?
— Sí, sí. Entendido. — dije alzando la cara. Él esbozó una sonrisa, y se alejó. Sonreí al mirar la llave, e intuí que aquel chico era bastante simpático.
Al entrar vi que se trataba de una estancia muy amplia, con tres hileras de camas tipo litera dominando el espacio. Las camas estaban ocupadas sólo por chicas, y había muy pocas disponibles. Avancé haciéndome la desentendida, hasta que encontré una cama vacía casi al final de la hilera del lado de los ventanales. Las cabeceras de esa litera daban directo al último ventanal, por lo que tenían una buena vista de un costado del castillo, y de un lado del patio de la entrada principal. Me distraje por un momento mirando el paisaje que se dominaba desde allí, cuando una voz algo tímida me devolvió a la realidad.
— ¿Y tu baúl? — dijo una chica asomada desde la litera superior a la mía — ¿No lo han traído?
— ¿Eh? — contesté confundida, buscando a la dueña de la voz. Vi su cabeza asomada a la orilla de la cama de arriba, y le contesté apresurada — Bu-bueno, yo… Yo creo que no, a-aún no.
— Oh, oh — dijo, en un tono que se me antojó como el ulular de una lechuza — Ojalá no lo hayan extraviado. Un par de chicas dijeron que hubo una confusión en el vagón de os equipajes.
— ¿E-en verdad? — pregunté, fingiendo interés para que no me dijera nada más sobre mi equipaje.
— Sí, a una la oí decir que se percató de que tenía una reparación mágica, y al revisarlo dijo que le revolvieron sus cosas — explicó —. Dice que le falta un uniforme, pero eso suena absurdo. ¿Para qué iba a querer un empleado del tren un uniforme de niña?
Asentí con la cabeza expresando acuerdo, al tiempo que la veía bajarse de un salto. Se plantó frente a mí luciendo una sonrisa, y me tendió la mano que tenía libre. La otra la tenía ocupada cargando una muñeca.
— Marcia — dijo sin dejar de sonreír —, Marcia McArthy; ¿y tú?
— ¿Yo? — dije confusa, mirándola de arriba a abajo. Reaccioné rápido y le tendí la mano — Ups, perdón. Soy Myrtle, Myrtle Morseferth, mucho gusto.
Por un segundo me sorprendió verla ante mí, pues era una chica algo más alta que yo, pero comparada conmigo se veía de mucho menos edad que la mía. Creo que se dio cuenta de mi asombro, pues la cara le cambió y dejó de sonreír.
— Perdón, te incomodé ¿verdad? — dijo apenada — No te preocupes, me voy.
Tardé en reaccionar lo mismo que le tomó a Marcia girar sobre sus talones y empezar a caminar rápidamente hacia la puerta. Su estatura le daba algo de ventaja, pues yo tuve que correr para alcanzarla.
— ¡Espera, espérame Marcia! — grité mientras corría — ¡No me incomodaste, es sólo que…!
Marcia se frenó de repente causando que me estrellara con ella. Cuando me repuse pude ver que tres chicas le cerraban el paso hacia la puerta, y nos veían a ambas con miradas maliciosas. La más bajita de las tres fue la que se adelantó para hablar.
— ¡Vaya, vaya! — dijo en voz alta, llamando la atención de casi todas las demás — ¿Ya vieron chicas? ¡La "rarita estirada" tiene una amiga al fin! ¡De seguro es tan extraña como ella!
— ¡Ay sí! — dijo una de las que la flanqueaban — ¡Venga, veamos si aguanta una "bienvenida" como la tuya, "rarita"!
Las tres se acercaron amenazantes, en tanto que Marcia daba pasos hacia atrás hasta que mi cuerpo le estorbó para seguir caminando. Entonces sentí coraje de que Marcia no se defendiera y salí de detrás de ella, varita en mano.
— ¡Basta las tres! — dije apuntándoles — ¡No somos ningunas "raritas", discúlpense o verán!
— ¿Veremos qué, fea "cuatrojos"? — dijo la bajita, adelantándose también con la varita en la mano. En vez de apuntarnos jugueteaba con ella, como queriendo decirnos lo peligrosa que era.
Miré de reojo a Marcia para que me ayudara, pero la vi temblando inmóvil y no le dije nada. Decidí enfrentar sola lo que viniera, y me preparé para atacar. La bajita se me acercaba lentamente, parecía estar midiendo el terreno.
— Te crees muy valiente, ¿eh, "cuatrojos"? — dijo con desdén. No me moví ni un centímetro — Veremos si te dura el valor cuando yo te… ¿Uh?
De repente se detuvo y fijó su vista en mi persona. Tras barrerme con la mirada vi su cara transfigurarse en una mueca de furia, y comenzó a gritarme mientras ahora sí me apuntaba con su varita.
— ¡Ese uniforme es mío! — dijo sin dejar de apuntarme. Las que iban con ella se asustaron de verdad — ¡Es mío y me lo darás ahora mismo, ladrona! ¡Quítatelo ya!
También me asusté, no tanto por cómo me amenazaba como porque se descubriera que estaba de contrabando en el colegio. El miedo de que me expulsaran me hizo pensar en algo rápido, y volví al ataque.
— ¿Ah sí, eso crees? — le dije ufanándome — ¡Entonces pruébalo!
No me gustó nada que la sonrisa socarrona le volviera a la cara. Comenzó a darse golpecitos en la barbilla con la punta de la varita, mientras me hablaba segura de sí misma.
— Bueno, si eso quieres — dijo acercándose un poco más —, entonces me divertiré con tu cara de vergüenza cuando veas las marcas mágicas con mi nombre que mi madre bordó en mi ropa, ésa que llevas puesta. Así que… ¡Revelio marcas!
El hechizo me tocó de lleno, pero fuera de dejarme la ropa desacomodada no pasó nada más. La chica bajita se sorprendió primero, para enfurecerse más después.
— ¡Revelio marcas! — repitió furiosa, rechinando los dientes. El resultado fue el mismo.
— ¿Satisfecha? — dije envalentonándome — Mi turno. ¡Expelliarmus!
Su varita salió disparada y ahora ella era la sorprendida. Volteé la cara para ver a Marcia con aire triunfante, y vi cómo me miraba sorprendida abrazando a su muñeca. En eso estábamos cuando una voz sonó en la estancia.
— A todos los alumnos, se les avisa que es hora de apagar luces. A partir de este momento deben estar en cama. Por su atención, gracias.
Por la ventana vimos cómo los reflejos de todas las luces comenzaban a extinguirse. La chica bajita nos miró con odio y habló en voz baja antes de irse con sus amigas hasta sus camas.
— Esto me la pagarás "cuatrojos" — dijo señalándome —. Si descubro que ésa es mi ropa, la pagarás muy caro, te lo juro.
Cuando se alejaron, volvimos a nuestras camas justo a tiempo de que la luz se apagara. Vi a Marcia subir hasta su cama y recostarse, y yo hice lo mismo en la cama baja, sobre las cobijas. Un rato después, Marcia me tomaba por sorpresa pensando en lo ocurrido.
— Psst, Myrtle… — dijo bajando la voz — Muchas gracias.
— De nada Marcia — respondí mecánicamente. Iba a sumirme de nuevo en mis pensamientos cuando su cabeza asomó por un lado de la cama de arriba.
— ¿Me perdonas lo de antes? — dijo mordiéndose un labio — E-es que, yo…
— Claro Marcia — contesté dándole confianza —. No pasa nada, todo está bien ahora.
— No, no lo está — replicó ella con seriedad —. Yo… tengo miedo de Dixie.
— ¿Dixie? ¿Quién es Dixie?
— E-es esa chica que te amenazó. La bajita de cabello oscuro que mira muy feo.
— Ah, ok. No te preocupes, ya viste que no pudo conmigo. Y si la enfrentamos, no podrá con ambas.
— N-no, no entiendes. Ella es muy vengativa y rencorosa, y si descubre que sí tienes su ropa podría.
— Oye, espera. ¿por qué piensas que ésta es su ropa?
— Yo… c-cuando te amenazó, yo… quité el encanto de las marcas que mencionó.
Me quedé boquiabierta. Sólo atiné a mirar a Marcia mientras ella sacaba su varita de dentro de la muñeca que se empeñaba en abrazar mientras hablábamos, y repitió el hechizo que usó en voz tan bajita que apenas se le entendía. Entonces, las marcas de las que hablaba la tal Dixie reaparecieron por un momento, para luego esfumarse.
— P-puedo quitarlas por un tiempo — explicó —, pero es un hechizo fuerte, y no sé cómo quitarlas permanentemente.
— Wow, Marcia… — dije al fin — Pues soy yo la que te lo agradece.
— No hay de qué Myrtle. Tú me defendiste de ésas feas niñas, es lo menos que podía hacer. Pero, ¿por qué tienes tú un uniforme de ella?
— Ehm, yo… — dije dudosa. No sabía si podía confiarle mi problema a Marcia, aunque pensándolo bien, quién sabe si me creería. Además, quizá pudiera necesitar a alguien confiable que me ayudara, así que me decidí. Suspiré antes de comenzar a contarle a Marcia sobre mi asunto.
— Y eso es todo Marcia — finalicé —. Así fue que llegué hoy aquí.
— Wow — dijo con cara de asombro. Sus gestos siempre eran como los de una niña pequeña —. Es maravilloso… Ojalá y me pasara algo así cuando me muera.
— Pero Marcia — le dije algo exasperada —, ¿no entiendes? Yo estoy asustada, confundida, desorientada. No tengo idea de por qué estoy otra vez viva, y tampoco sé qué voy a hacer con esta vida nueva. Según lo que leí en ese aparato que llaman móvil, yo morí hace más de cincuenta años, la magia ha cambiado mucho desde entonces. Y mi último recuerdo es de hace como veinte años, cuando "El-que-no-debe-ser-nombrado" fue derrotado por…
— ¿Harry Potter, verdad? — me interrumpió risueña, segura de lo que decía — Ah, aún sigo siendo buena en Historia de la Magia.
— ¿Historia de la…? — dije sorprendida — Pe-pero, ¿eso está en los libros de Historia de la Magia?
— Ay, claro que está — dijo, haciendo algo con las manos que parecían que buscaban algo —. Espera, te lo enseñaré. Sí… Aquí está mi libro, mira.
— Gracias. Oye, ¿por qué tienes tus libros en tu cama? — pregunté curiosa.
— Dixie… — dijo Marcia abrazando un gran bolso. Imaginé que eran todos sus libros y sus pertenencias, y no dije más. Le deseé buenas noches, y me oculté con el libro bajo la cama, para que el encantamiento "lumos" que utilicé para leerlo no despertase a alguien.
Me pasé casi la noche entera leyendo. No se lo dije a Marcia, pero me interesó sobremanera el saber qué había sido de Harry Potter y sus otros amigos, y los encontré a todos en las páginas del libro. De repente, de entre las páginas cayó un pedazo de pergamino que llamó mi atención. Era un volante de propaganda que anunciaba una conferencia sobre seguridad y defensa contra las artes oscuras, y mencionaba la participación del mismo Harry en persona. Me quedé pensando con el pergamino en la mano, y sonreí. A Harry sí que podría contarle mi problema, seguro que él podría ayudarme.
Apagué mi varita y me recosté, durmiendo lo que quedaba de la noche e ideando cómo podría acercarme a Harry el día de la conferencia, que tenía fecha de efectuarse en dos días. Tenía que hablar con él, debía hacerlo.
