Desperté al otro día feliz, pero a la vez inquieta. Puse al tanto a mi única amiga de todo lo que me había revelado el retrato de mi antiguo profesor, y estuvo de acuerdo en cubrirme las espaldas mientras yo hacía algo de investigación al respecto. Tras asearnos y arreglarnos, Marcia se despidió de mí y se fue a clases, prometiendo que nos veríamos un poco antes de la conferencia para sentarnos juntas.
Me fui directamente a la biblioteca, donde busqué con la vista a la señorita Pince sin localizarla, cosa bastante extraña ya que siempre está vigilando los pasillos y las áreas de lectura. Fui a buscar el mueble que guardaba el catálogo para buscar la información que quería, y me llevé la sorpresa de que ahora su lugar lo ocupaba una mesa cuadrada con cubierta de cristal, la cual al tocarla desplegaba una especie de imagen de las listas de libros guardados. Vi que algunos alumnos tocaban los nombres de los libros que deseaban, y al instante el ejemplar era atraído hasta un gracioso carrito que el alumno llevaba, del que colgaba un cartelito que decía "Propiedad de la Biblioteca de Hogwarts. Si lo encuentras en otro sitio, favor de entregarlo a la biblioteca con la señorita Weasley".
— ¿Weasley? — me dije en voz alta — ¿De dónde me suena ese apellido, de dónde…?
— Ella es la bibliotecaria en jefe — dijo una voz detrás de mí —, y su nombre le sonará más si no guarda silencio señorita.
Me giré rápido por la sorpresa, y vi que quien me hablaba era una mujer madura, de rostro serio tras sus gafas pequeñas, y cuyo cabello pelirrojo era surcado ya por algunas mechas canosas. Al verla detenidamente sus facciones me parecieron conocidas, pero por más que me esforzaba no podía recordar de dónde las conocía.
— Oh, perdón — me disculpé apenada —. No quise moles…
— Venga, acompáñeme por favor — dijo cortante, para luego dar media vuelta y caminar a paso rápido. Me inquietó un poco que sus pasos no hacían ruido, en tanto los míos sonaban como un regimiento marchando. Llegamos al centro de la biblioteca, donde un gran mostrador circular era la pieza principal del recinto. La dama entró en él por un costado, y sin más tomó su varita y me apuntó con ella. Tras un leve tintineo que casi ni escuché, se dirigió a mí en un tono más amable.
— Bien, ahora sí. ¿En qué puedo ayudarle señorita? — dijo sonriendo con su voz normal.
— Ehm… bueno… — dije dudosa. En realidad no sabía cómo preguntar por lo que quería.
— ¿Tiene dudas de alguna de sus clases, alguna investigación especial, sólo viene a pasar un tiempo libre? — comenzó a decirme, confundiéndome más.
— No, no es nada de eso… E-es más bien algo más… antiguo — pude decir al fin.
— Ah. Historia de la Magia tal vez…
— No, bueno quizá historia… Verá, deseo saber algo de la historia de los… Los fantasmas…
— ¿Fantasmas? ¿Quizá historias y leyendas muggles de horror?
— No, no, más bien algo sobre los fantasmas del colegio.
— ¡Ah, muy bien! — exclamó. Me extrañó que nadie hubiera escuchado su expresión. Juntó los labios e hizo un gracioso silbido, que tampoco fue notado por nadie alrededor. En un momento, un pequeño fuego fatuo apareció ante nosotras, y esperó instrucciones.
— Muéstrale a la señorita las biografías de los habitantes de Hogwarts — le dijo ella —. Que te diga si necesita alguna en particular o las fechas aproximadas, por favor.
El pequeño fuego hizo como que asentía, y se dispuso a llevarme. La señorita que me atendió volvió a apuntarme con su varita, y tras recomendarme a señas otra vez que mantuviera el silencio, se despidió de mí con una sonrisa. Fue cuando pude ver su gafete metálico de identificación que decía "Rose Weasley / Bibliotecaria Jefe".
Mientras trataba de recordar de dónde conocía ese apellido, seguí a la pequeña flama en su revolotear por la estantería, hasta que llegó a un par de estantes que hacían esquina, y señalándome un par de filas se quedó quieto esperando mis indicaciones.
— Ehm… — dije, sintiéndome rara de hablarle a una flama — Bueno… quisiera leer sobre los fantasmas que habitan en los baños, si es posible…
No había terminado de hablar, y la flama ya había señalado unos cinco o seis volúmenes enormes, que sin más flotaron hasta posarse en un escritorio contiguo a los estantes. Cuando vi todo lo que debía revisar me quedé con la boca abierta, pero si quería saber algo más de mi "muerte" tenía que comenzar, así que suspiré y comencé a leer.
Como casi siempre pasa, no fue sino hasta que revisé el último tomo, el más viejo, que encontré lo que buscaba. En un par de páginas se resumía lo que había sido mi vida hasta que morí víctima de la mirada de un basilisco, controlado por magia oscura. Pero fueron los pormenores de este hecho los que llamaban mi atención, pues se mencionaba que había hecho de ese baño donde encontraron mi cadáver un lugar para esconderme del mundo, de las personas que no me querían o que no me aceptaban, sobre todo de una, llamada Olive Hornby, quien me humillaba sobremanera y parecía encontrarlo divertido. No fue igual después de mi muerte, pues al ser un fantasma la torturé hasta casi la locura, en venganza a su actitud para conmigo. Eso hizo que su familia interviniera, solicitando al Ministerio de Magia que me castigara y me alejara de Olive, por lo que ellos dispusieron que, si no iba a descansar en paz, me quedara a "vivir" entre los muros del colegio. Y efectivamente, esto sucedió en 1943, cuando tenía quince años, desde entonces habité el baño de mujeres del tercer piso, asustando a quien se dejara.
Lo estaba viendo, pero aún no me lo creía. Tenía la prueba de mi muerte allí, en los estantes de la biblioteca, pero todavía no me entraba en la cabeza que, si había muerto hace tanto tiempo, ahora estaba allí mismo, sentada en la biblioteca de mi colegio, leyendo casi todo sobre ¿mí misma?
Cerré el libro y comencé a esforzarme por recordar. Quería visualizar de nuevo ese día, esa ocasión cuando conocí a Harry, cuando estaba planeando hacer algo con sus amigos… su amiga Hermione Granger estaba haciendo una poción multijugos me parece, y luego con ella se convirtió sin querer en una gatita medio humana… y su amigo pelirrojo que siempre lo acompañaba, era Ron… Ronald… Ronald Weasley… ¡Weasley, se apellida Weasley como la bibliotecaria!
Rápidamente abrí otro libro de biografías, uno algo más reciente que el anterior, y busqué a "Weasley". Aparecieron muchos, pero el que quería estaba casi al final, y cuando lo encontré casi devoré la información que había sobre él. Me salté todo lo que decía sobre su carrera, para llegar a la parte de lo familiar. Encontré que desposó a la escritora e investigadora Hermione Jane Granger, y con ella formó una familia con dos hijos, llamados Hugo y… Rose.
— Eso tenía que ser — me dije —. Esta Rose que conocí debe ser la hija de Ronald Weasley, dada su edad aparente. Y quizá ella pueda contactarme con su padre, para preguntarle por Harry…
De repente, recordé que la conferencia de DCAO donde estaría Harry sería ese día. Chequé el reloj del mostrador y vi alarmada que casi era la hora, así que me di prisa para salir de la biblioteca y dirigirme a la Sala de Menesteres, lugar más que adecuado para recibir una enorme cantidad de personas para escuchar a Harry Potter. Estaba ya por llegar (me di cuenta por la cantidad de gente en los pasillos), cuando sentí que alguien me metía una zancadilla, haciéndome tropezar y casi caer. Alcancé a meter mis manos muy rápido, y no me pasó gran cosa fuera de asombrarme, pues nunca había tenido esos reflejos. Iba a buscar con la vista al gracioso, pero no fue necesario porque ella se presentó sola.
— ¡Hola rarita! — dijoDixie en tono cantarín — ¿Qué te pasó, se te hacía tarde y te caíste por las prisas?
— Déjame en paz, ponzoñosa — le dije alterada —, y quítate de mi camino.
— ¡Jáh, como si fuera a hacerlo! — dijo retadora mientras sacaba su varita — ¡Óyeme "princesa", tú y yo tenemos algo pendiente, y te aseguro que ahora la sangre no vendrá de mi brazo!
Cuando iba a defenderme recordé dónde estábamos, e intenté mejor escaparme de ella mezclándome con los demás alumnos, pero ella hizo algo extraño. Su cuerpo se volvió como humo negro, y se movió tan rápido que ni me di cuenta cuando me sujetó por el brazo, y ambas desaparecimos para reaparecer en el Salón de Duelos, que por la conferencia estaba vacío, o eso pensaba. Cuando llegamos, Dixie me empujó y caí al suelo de la tarima de duelos, y me quedé mirándola aún sorprendida por lo que había hecho.
— ¿Te gustó el truco rarita? — dijo sintiéndose superior — Lo aprendí… por ahí.
— Esa magia… es oscura DIxie — dije al fin, levantándome.
— ¡Ay vaya, con que sí eres una "matada" del estudio! — contestó burlona mientras se alejaba un poco — Bien, porque espero que tus conocimientos te saquen adelante en cuanto comencemos.
— ¿Comencemos? ¿Qué cosa?
— ¡Con este duelo, estúpida! — dijo, y me arrojó un cruciatus del que apenas alcancé a protegerme. Entonces tuve que arriesgarme, y le hablé en su tono.
— ¡Muy bien Dixie, basta, espera! Me queda claro que lo que quieres es batirte en duelo conmigo, pues te daré el gusto. Pero lo vamos a hacer bien, como lo marcan las reglas de los duelos, y si pierdes dejarás de molestarme a mí, a Marcia y a las demás que has torturado.
— Sí claro, pero si tú eres la perdedora… Ji, ji, ji… Vas a ser la chica más humillada de la historia, y te convertiré en poco menos que mi esclava personal.
— Acepto, pero con una condición. La magia oscura está prohibida.
— Ash, aguafiestas… Está bien, acepto.
No dijimos nada más y me preparé. Pero sabía que algo no andaba bien desde que DIxie aceptó mis condiciones sin reclamar, y me puse en alerta para cualquier sorpresa. Comenzamos el duelo probando algunos ataques de desarme, tras los cuales intenté pensar cómo sorprenderla para ganarle. Entonces noté que Dixie miraba de forma extraña a los lados y detrás de mí, como buscando algo, o a alguien.
— ¡Ya! — gritó de pronto, e invocó — ¡Levicorpus!
El hechizo lo escuché también detrás de mí, y aunque detuve el de Dixie no pude hacer nada contra el que me lanzara al mismo tiempo su amiga Candy, que se escondía bajo el escritorio del salón. Otras dos chicas salieron de sus escondites bajo la tarima de duelos, riéndose a costa mía mirándome flotar controlada por la varita de Candy.
— ¡Bien, muy bien rarita! — dijoDIxie aplaudiendo con burla — Y ahora que estás ahí, ¿qué te haremos? ¿Tal vez un…? ¡Crucio!
— ¡Aaahh! — ahogué mi grito, para no darle el gusto de q ue viera mi dolor.
— Mmm… no, eso luego — siguió DIxie — ¿Qué tal un…? ¡Imperio!
Me quedé quieta, como paralizada ante la invocación. Vi que Dixie murmuraba algo, y no pude resistirme a doblar mi pierna de forma grotesca, hasta que alcancé a quitarme un zapato y morder mis dedos del pie hasta que me saltaron lágrimas de dolor, en tanto escuchaba reír a Dixie y sus amigas. Pero entonces noté que solamente escuchaba tres risas, y al mirar para abajo vi que Candy no se reía, sino que se mordía los labios con gesto preocupado, lo que hacía que comenzara a perder concentración y podía dejarme caer, lo cual era, en la posición en la que estaba y sin control de mi cuerpo, bastante peligroso.
— Eh, Dixie… — intentó decir Candy — ¿No crees que ya fue sufí…?
— ¡No, nunca es suficiente! — le gritó haciendo callar a las otras — ¡Morgan, vigílala! ¡Si la baja maldícela, o yo las maldeciré a las dos!
Una de las que estaban con ella sacó su varita y le apuntó a Candy, quien me miró con sincero arrepentimiento. Yo no podía hacer nada más que devolverle la mirada, mientras seguía lastimándome. Entonces, pareció tomar una decisión, y mirándome asintió con la cabeza. En rápida sucesión, me soltó dejándome caer, y apuntó a Dixie directamente.
— ¡Reducto! — dijo Candy, al tiempo que recibía el impacto de un cruciatus de la otra chica de lleno. Sin embargo, tuvo éxito en lo que intentó, pues le dio a la varita de Dixie la cual hizo explosión en su mano. Desde el suelo miré todo lo que siguió, fingiendo estar desmayada.
— Tú… te atreviste a atacarme… — le dijo a Candy quien lloraba de dolor — Y eso… Eso no lo perdono Candy, no lo perdono… jamás. ¡Patty, tu varita!
Vi como DIxie le apuntaba lentamente a Candy, como disfrutando por adelantado lo que iba a hacerle. Las otras dos miraban sin hacer gesto alguno, no supe si por miedo o por placer. Yo nada podía hacer, estando aún bajo el efecto de la maldición imperius, y me resigné a ver lo que iba a pasar, cuando de pronto…
— ¡Bombarda! — gritó alguien desde fuera. La puerta voló y la voz sonó más fuerte —¡Expelliarmus! ¡Desmaius! ¡Flipendo!
El efecto fue espectacular. Dixie cayó desarmada, Morgan fue arrojada hasta el otro extremo del salón y Patty fue golpeada con una de las sillas que voló hasta ella con violencia. Luego de eso, alguien a quien no distinguía sin mis gafas se me acercó.
— ¡Myrtle, amiga! — dijo la inconfundible voz dulce de Marcia — ¡¿Qué te hicieron, estás bien?! ¡Háblame por fa…!
— E-estoy bien Marcia…(aay) N-no te preocupes estoy bi… ¡Aay!
Pero no estaba bien. En mi afán por querer salir de allí, no reparé en que la caída me había lastimado más mi retorcida pierna, y al apoyar el pie que me había mordido yo misma sentí una punzada terrible en mis dedos sangrantes. De no haber sido por Marcia hubiera id a dar al piso nuevamente.
— Amiga… — dijo lentamente, dejándome con cuidado en el piso. Luego habló casi para sí misma — Esto… lo vas a pagar Dixie, ¡Lo van a pagar TODAS, SE LOS JURO!
Lo que vi me dejó sin aliento. Marcia, abrazada de su inseparable muñeca, lanzaba hechizos continuos sin parar, golpeando a las tres chicas sin darles tiempo a nada. Llegó un momento en que ninguna se movía de tantos golpes, y Marcia las juntó recargándolas contra la orilla de la duela, sin dejar de apuntarles con la varita.
— ¿Sabes cómo le duele a mi amiga, DIxie? — le dijo alzándole el mentón — ¿No? ¿Quieres que te lo diga? Bueno, pues ¡Sectumsempra!
Un grito desgarrador me hizo reaccionar, y buscar mis gafas con desesperación. Pude encontrarlas cerca de mí y arrastrándome un poco las alcancé. Me las puse solo para ver con horror el estado de Dixie, con cortadas en brazos y piernas que no dejaban de sangrar, y sus dos compinches mirando todo con espanto. Hice un esfuerzo sobrehumano para halar aire y gritar con toda la fuerza de mis pulmones.
— ¡Para Marcia, páralo yaaa! — grité. MI amiga reaccionó automáticamente, dejó a las chicas y corrió a mi lado.
— Déjalas Marcia… por favor… por mí… — le dije cuando llegó conmigo. De inmediato, la escuché decir "vulnera sanetum", y volver a mirarme.
— N-no sé curar huesos Myrtle… — me dijo a punto de llorar — pero creo que el sanador Pomfrey podría… ¿Myrtle? ¿Amiga…?
Fue lo último que escuché antes de dormirme. O al menos así me sentí cuando desperté en la enfermería, oliendo a ungüento para golpes y con una pierna entablillada.
— ¿Pero cómo llegué…? ¡Auch! — dije intentando moverme. Fue inútil, mi pierna estaba inmovilizada por completo, y al tratar de moverla algo cayó sobre mi rodilla, precisamente la cabeza de mi amiga Marcia, a quien desperté con el grito.
— ¿Eh, qué, cómo…? — dijo antes de reaccionar — ¡Myrtle, despertaste! ¡Amiga qué bueno verte, pensé que…! ¡Bueno que otra vez tú te…! Bueno, tú me entiendes.
— Eh… Sí claro — le dije, por decir algo —. Oye Marcia, antes que nada… Gracias por ayudarme.
— No fue nada Myr…
— ¡Pero no vuelvas a hacer esas cosas espantosas nunca jamás! ¡Casi liquidas a…! Hey, por cierto, ¿dónde están Dixie y sus…?
— ¡Ssshhh! — dijo Marcia tapándome la boca. Señaló con la cabeza unas camas tapadas con cortinas, al fondo de la sala.
— Allá estaban las tres — explicó —, creo que sus amigas ya se fueron, pero queda Dixie. Está sedada porque el sanador dijo que estaba alucinando, hablando de cortadas por todas partes y cosas así. Estará en observación unos días más.
— Ah, vaya. Pues no es para menos, debió quedar impresionada por lo que le hiciste.
— ¿Le hice qué?
— ¡Pues las cortadas Marcia! Le lanzaste un embrujo sectumsempra y la dejaste toda cor…
— No sé de qué hablas Myr. Ella no tiene ninguna cortada.
— ¡Pero yo las vi Marcia, tú la cortaste y luego la curaste! ¡¿No lo recuerdas?!
— Myr, me estás asustando… Yo solo me acuerdo estar a tu lado, y tratar de moverte para traerte acá, y que una chica me ayudó, y luego…
— ¿Chica, cuál chica?
— Creo que era amiga de Dixie, pero ya no. Me dijo que se llama Candy…
— ¡Candy, sí! ¡Búscala, y pregúntale sobre lo que pasó, ella te recordará que tú…!
— Ella me dijo que se desmayó del dolor. Creo que le hicieron una maldición o algo, pero despertó cuando estaba cargándote, y me ayudó a traerte. Vino ayer cuando todavía estabas dormida, y dijo que vendría hoy tamb… Ah mira, allí viene.
En efecto, entrando cautelosamente, cuidando uno de sus brazos que estaba en cabestrillo, venía entrando Candy. En cuanto volteó a la cama donde yo estaba se detuvo, agachando la mirada y tratando de decidir si se acercaba o no. Marcia la animó haciéndole señas, a las que Candy hizo caso y continuó andando, solo que un poco más despacio. Cuando me habló lo hizo intentando no mirarme.
— Ho- hola — dijo escuetamente — ¿E-estás bien?
— Candy, tengo que preguntarte algo — le dije sin contestar su pregunta —. ¿Tú viste lo que pasó en el salón de duelos, luego que me dejaste caer? Candy necesito saberlo por fav…
— ¡L-lo siento, lo siento de veras! — dijo casi llorando — ¡Yo pensé que solo te molestaríamos, en serio, yo no quería hacerte cosas, pero Dixie… Dixie nos…
En este punto no pudo seguir, y salió corriendo sin que pudiéramos detenerla. Pensé que ya habría otra oportunidad de hablar con ella, en cuanto pudiera salir de allí.
— Yo… también lo siento — comenzó a decir Marcia de pronto —. Si no hubiera tardado en ir a ayudarte, no te hubieras perdido la conferencia.
— Es verdad — dije resignada —, pero bueno, ya habrá otra oportunidad para ver a… Ehm, por cierto Marcia; ¿cómo supiste que tenía problemas, y dónde encontrarme?
— Me lo dijo un chico — contestó recordando —. Rubio, ojos claros. Me dijo que necesitabas ayuda, que seguramente estabas en el Salón de Duelos, y que me apurara porque estabas con…
— Oh vaya. ¿Y él cómo lo supo?
— No me dijo. Pero de seguro escuchó a Dixie decirlo, porque dijo que estabas con ella discutiendo afuera del Salón de Menesteres, y que luego las dos desaparecieron.
— Un chico rubio… Mmm… ¿No dijo su nombre?
— No, y no se lo pregunté tampoco. Me dio algo de desconfianza que de buenas a primeras un chico de Slytherin me hablara, pero cuando dijo tu nombre yo…
— ¿Eh? ¿Perdón, dijiste Slytherin?
— Sí. Bueno debo irme ya Myr, aún debo estar en la última clase. Pero vendré por ti mañana, me han dicho que ya estarás bien para salir de aquí. Te he extrañado mucho estos tres días.
— ¿Cómo? ¿Llevo tanto tiempo aquí?
No lo creía, pero así era. Los golpes y la fractura se estaban curando despacio, pero el efecto de las maldiciones era el que me había hecho desmayar por tanto tiempo. Tenía que saber cómo era que Dixie sabía hacer cosas de magia oscura, sobre todo cómo las disimulaba para que nadie se diera cuenta como pasó con ese chico Orlando, quien deduje que había sido el que le avisó a Marcia. Decidí descansar todo lo que pudiera, por si acaso al salir debía enfrentar a Dixie de nuevo.
Al llegar la noche me dispuse a descansar, me quité las gafas y las puse en la mesilla al lado de la cama, me arropé como pude y traté de dormirme pronto, pero un par de ruidos en la ventana no lo permitieron. Me puse atenta, y vi a trasluz una silueta de alguien que se apeaba de una escoba voladora, y se deslizaba a través de la ventana. En penumbra y sin mis gafas no distinguía bien, así que no fue sino hasta que llegó a mi lado y me puso una mano en el hombro, que reaccioné y lo atrapé por el brazo, logrando que hablara.
— ¡Hey! — dijo una voz masculina — ¿Así agradeces que te visiten altanera?
Al escucharlo lo solté de inmediato. Busqué mis gafas a tientas, siendo él quien me las entregara, para luego de mirarlo bien y asegurarme de su identidad. Efectivamente, sentado al lado mío en la cama, estaba el chico de Slytherin, Orlando.
