— ¿Orlando, eres tú? — pregunté, para asegurarme de que mis oídos y mis gafas sucias no me mentían. Él encendíó su varita, y asintió con la cabeza al tiempo que me imponía silencio con una seña.
— Baja la voz, altanerita — me dijo sonriendo, y yo sentí esta vez que no se burlaba —. No queremos que Madame "Reglas Estrictas" nos interrumpa la fiesta, ¿o sí?
Su comentario me hizo sonreír. Tras cubrirme un poco, me senté en la cama para poder charlar en voz baja.
— ¿Qué haces aquí tan tarde? — le pregunté — ¿Acaso viniste a verme?
— Naa, qué va — contestó burlón —. Es sólo que me encanta venir a pasear por el pasillo de la Enfermería a medianoche, es un ejercicio fantástico para la salud… ¡Pues claro que vine a verte tontita! No me iba a quedar con la duda del resultado del duelo del año, aunque, para serte franco, me hiciste perder un par de galeones.
— ¡¿Qué, apostaste!? — casi grité, ofendida — ¡¿Y en mi contra?!
— Pueees… Nop — dijo calmadamente —. Aposté a que Dixie no lograría hacerte pelear, pero creo que me equivoqué. Definitivamente sí hubo alguien que por fin se le enfrentara a esa bruja siniestra, cínica, altanera y cruel.
Me dejó sin palabras. Mientras lo escuchaba, sentí que me estaba inflando el ego, mismo que él se encargó de desinflar.
— Y eso me dejó una duda que quise venir a aclarar contigo. Una de dos: o eres una bruja atrevidamente temeraria, o estás loca de remate y pretendes suicidarte de la forma más original.
— Imbécil — le dije molesta, dándole la espalda y cubriéndome —. Lárgate, quiero dormir.
— Hey, oye, no te enfades — dijo cambiando el tono. Como no le contestara, optó por levantarse y volver por donde había llegado. Desde la ventana, todavía me dijo algo más antes de salir.
— Ya en serio, te admiro… Eres una bruja valiente, que te mejores.
Tras escuchar la ventana cerrarse, sin mirar hacia ella me sonreí. No sabía por qué, pero ese Slytherin me estaba haciendo sentir bien, muy a su manera.
Al día siguiente, Madame Pomfrey fue a verme, para decirme que me podía ir a clases si me sentía bien para caminar. Me levanté con cuidado de la cama para dar unos pasos, y constaté que, aunque el dolor había disminuido mucho aún tenía un poco, y los vendajews que me inmovilizaban la pierna me dificultaban andar. Madame evaluó todo esto e hizo aparecer un bastón de madera, que me entregó y me dio algunas recomendaciones.
— Bien señorita Morseferth, su pierna va progresando pero no debe forzarla. Tenga, le doy esto para que se ayude a caminar, eso es bueno para que la fortalezca, pero por ningún motivo podrá hacer esfuerzos por algún tiempo. Mi asistente Augustus irá a hablar con sus profesores de las materias en las que deba hacer actividad física, para que la dispensen de hacerla por ahora.
Le agradecí a la enfermera mientras probaba a caminar con el bastón, y comprobé que debía acostumbrarme un poco para andar con cierta soltura, en tanto la anciana Pomfrey no dejaba de observarme.
— Insisto en que usted me recuerda a alguien — dijo pensativa —. Bueno, bueno, después veré si lo recuerdo. Ande ya a clases, y si tiene molestias o dolores, venga directamente conmigo.
— Sí Madame, así lo haré. Muchas gracias — dije al despedirme. Salí de la enfermería y me dirigí despacio a la sala común de Ravenclaw. Al llegar comencé a buscar mi llave, pero por la falta de costumbre solté el bastón y cayó al piso, quedándome en equilibrio en mi pierna sana. Intenté agacharme a recogerlo, pero con la pierna inmóvil estar de pie era ya bastante complicado, así que me quedé ahí en espera de que alguien atinara a pasar por el corredor o que saliera algún compañero de casa para pedirle ayuda.
Luego de un par de minutos escuché que alguien se acercaba, mas cuando iba a vociferar para pedirle su ayuda escuché toda una gama de improperios malsonantes que me hicieron callar. Con la pierna inmóvil intenté jalar el bastón hacia mí, pero era inútil intentar moverme más sin perder el equilibrio, y me resigné a queme encontraran ahí, sin poder defenderme. En eso, a mi espalda la puerta del dormitorio de abrió, y por ella salió mi amiga Marcia.
— ¡Myr, ya saliste, qué bueno! — me dijo efusiva. Se acercó para darme un abrazo, pero la contuve señalándole el bastón en el piso. Ella lo recogió y me lo entregó.
— Muchas gracias Marcia — dije alzando un poco la voz. Los improperios cesaron junto con los pasos, que después comenzaron a sonar cómo se alejaban. Respiré aliviada, y pedí a Marcia que me acompañara hasta mi cama.
— No tienes que pedirlo dos veces amiga. Vamos —. Me dijo ella, tomándome por el brazo libre. Llegamos hasta la cama y me ayudó a acomodarme, elevándome la pierna con sus propias almohadas.
— Listo Myr. ¿Estás cómoda? — dijo, y siguió preguntando — ¿Te sientes mejor? ¿Necesitas algo? ¿Quieres que pida que te traigan el almuerzo acá?
— JI, ji… No Marcia, gracias otra vez, pero la enfermera Pomfrey dice que entre más camine, más rápido estaré bien de nuevo. Solo debo ser cuidadosa para andar con el bastón un tiempo.
— Ah, bueno. Entonces yo te cuidaré para… Ehm, bueno… M-mejor te dejo descansar, hasta lue…
— ¿Eh, que pasa Marcia, qué te ocurre?
— E-es que… Bueno, yo no… No creo que deba cuidarte…aunque sí quisiera…
— Pero ¿por qué dices eso?
— Bueno, yo… Aaah, está bien, te lo diré. ¿Recuerdas que me dijiste algo sobre que yo… que lastimé a… Dixie…?
— Sí, lo recuerdo. Pero la que parecía no recordarlo eras tú.
— Bueno. Pues así es Myr, yo no lo recuerdo. Ni eso ni nada parecido a eso que haya pasado antes.
Me quedé sin palabras. Me estaba enterando de que Marcia sí tenía idea de que algo le ocurría, pero decidí dejar que ella me lo contara. Quizás así sería más fácil ayudarla.
— Mis padres me han contado cosas… Cosas de mí que no he creído, o no he querido creer Myr. Dicen que llevo en mí mucha magia, más de la que puedo controlar a mi edad. Que eso me hace ver como me ves, mucho mayor de lo que soy. Pero eso no es lo malo, sino lo que me pasa cuando me enojo de veras. Me han dicho que soy… mala…como Dixie…
— Oh, Marcia… — dije intentando consolarla. Ella soltó un pequeño sollozo, pero me pidió con una seña que la dejara continuar.
— Me han contado cómo cambio y… me asusta pensar que podría… lastimarlos… Lastimar a los que quiero, como… como mis padres… como tú Myr… Por eso, me llevan a veces con alguien… U-una señoramuggle especial…
Comencé a intrigarme. ¿Los padres de Marcia confiándole su hija a una muggle? Esperé un poco, sin dejar de mirar a mi amiga para animarla a que siguiera.
— E-ella es única, de veras. Ella ha ido encontrando la forma de que yo no… de que pueda ser una bruja más "normal" y menos… peligrosa…
— Debe ser una persona fascinante Marcia — dije al fin —. Me gustaría conocerla.
— Tú… ¿Tú quieres conocerla? — me dijo con asombro, revelando un poco de su verdadera edad. Asentí sonriéndole, y eso la hizo animarse. Se secó las lagrimitas que había soltado ya, y me dijo sonriendo lo que había hecho antes de que yo llegara.
— Me habías puesto a pensar Myr, en todo lo que me dijiste que hice. Y pues, pensé que debía hacer algo, y me comuniqué a casa. Le dije a mamá lo que me dijiste que hice, y ella me calmó, y dijo que vendría a por mí para llevarme con esa señora muggle, como las otras veces. Ya hace mucho tiempo que no iba a verla, y mamá dice que eso es bueno, pero que no hay que confiarse. Creo que no le molestará si le digo que eres mi amiga y que me acompañarás a verla. ¿Verdad que sí irás?
— Por supuesto Marcia. Eres mi amiga, y no te dejaré sola — le dije convencida. Ya veríamos cómo iba a hacerle para viajar con mi pierna inmóvil.
Al otro día, tras pedir los respectivos permisos, los padres de Marcia se presentaron por su hija, y ella se encargó de las presentaciones. Viajamos por red flu, y a pesar de la agitación no hubo mayor problema para mi pierna que una leve incomodidad. De la casa de Marcia abordamos un auto muggle de ésos que llaman "taxis", y en poco tiempo llegamos a la casa de la mencionada señora que atendía el problema de Marcia. Se trataba de una casa muy bonita, grande, con jardines delantero y trasero, decorada con muchas plantas por el lado de la fachada. Luego de llamar, nos abrió la puerta un caballero, a quien la madre de Marcia le dijo el objeto de nuestra visita. Sin asombrarse, el caballero nos pidió esperar a la señora en el recibidor, en tanto él le avisaba. Íbamos a tomar asiento, cuando me fijé en algunas fotos enmarcadas que se encontraban en una mesilla cerca de la ventana del frente. Las miré con curiosidad, hasta que una de ellas llamó profundamente mi atención.
Era una fotografía vieja, donde figuraba una chica que se veía de mi edad, sonriendo alegre a la cámara. Me le quedé mirando porque algo en ella me recordaba a alguien, pero no podía precisar a quién. Y fue cuando sentí que otra vez iba a perderme en los recuerdos vagos que me asaltaban, pero esta vez hice un esfuerzo por enfocarme en él. Y lo vi con claridad. La chica de la foto comenzó a moverse, a cambiar ante mis ojos. Estaba segura de que era una foto sin magia, pero ahí estaba mirándola cambiar. Las ropas de la chica se tornaron blancas, y de su espalda surgió un par de alas de brillos plateados que resplandecían mientras las alas se abrían como pétalos de una flor. Y entonces, en mis oídos resonó una palabra, una que me llamaba: "Myr… Myr…"
La imagen cesó de repente, y me sorprendí volviendo bruscamente a la realidad. La madre de Marcia me llamaba, y al parecer reaccioné hasta que ella se acercó a mí sin que me diera cuenta y tocó mi hombro. Miré a su espalda y no vi a Marcia.
— ¿Myrtle, estás bien hija? — la escuché preguntar, pero era tanta mi sorpresa que en lugar de contestarle le pregunté a mi vez — ¿Dónde está Marcia, a dónde fue?
— E-está arriba, en la alcoba principal — dijo la mamá de mi amiga —. Subió mientras mirabas esa foto, pero no debe tar…
Ya no alcancé a escuchar lo demás, pues olvidándome de mi pierna inmóvil eché a andara saltos escaleras arriba buscando la alcoba que ella dijera. Pero al llegar al rellano el caballero que nos recibiera me detuvo.
— ¡Oye niña, no puedes estar aquí! — dijo sujetándome — ¡Tienes que esperar abajo!
— ¡Pero es que tengo que verla! — intenté explicar mientras luchaba por liberarme — ¡No entiende, es muy impor…!
En eso, una puerta del fondo del pasillo se abrió, y por ella salió mi amiga Marcia quien corrió a nuestro encuentro.
— ¡¿Myr, qué pasa amiga, qué tienes?! — dijo al llegar conmigo — ¡Señor déjela por favor, es mi amiga!
EL hombre me soltó, pero nos miró vigilante mientras nos bloqueaba el paso a la puerta por donde segundos antes saliera Marcia. Le mostré a mi amiga el retrato que todavía llevaba en la mano mientras le explicaba.
— ¡Marcia, no tienes idea! ¡Mira, este retrato me hizo recordar algo, que yo una vez fui un…!
— Señoritas, por favor un poco de calma — dijo de repente una voz calmada, que transmitía mucha serenidad. Ambas miramos al pasillo, y pudimos ver que quien había hablado era la dama a quien Marcia había venido a visitar. El pasillo estaba algo ensombrecido, pero podíamos distinguirla caminar hasta nosotros.
— Abuela, lo siento — dijo el caballero —, es que esta chica que vino con Marcia…
— ¿Vino con ella y su mamá? — interrumpió la viejecita — Oh bueno, entonces es una buena señal. Anda, déjame verla Sebastián.
El caballero se hizo a un lado franqueándole el paso a la dama, quien se acercó poco a poco a nosotras. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, ella se agachó un poco y miró mi pierna vendada.
— Oh hija mía, debes cuidar tu pierna, no quisiera que te lastimaras más — me dijo en el tono más dulce que había escuchado jamás.
— Perdóneme señora — atiné a decir —, perdone mi arrebato, pero es que tenía que verla para preguntarle por esta foto que yo…
— Ah, mis niñas — dijo tomando el retrato de mi mano —. Cuántos recuerdos me trae esta foto. Si pudiera contarles… Ésa soy yo cuando tenía su edad. ¿Verdad que todavía me parezco?
Mientras preguntaba, puso el retrato junto a su cara de frente a nosotras, y sonrió igual que la chica retratada. Y pude ver bien su rostro, lo que me hizo enmudecer de emoción y asombro.
— ¿U-usted… usted es… e-es…? — balbuceaba sin poder terminar la frase.
— Heather Sinclair, investigadora paranormal y a veces médium hija, para servirte — dijo ella tendiendo su mano.
— ¿He… Hed? — dije al fin. Al decirlo, el rostro de la dama se asombró tanto como el mío — ¿E-eres Hed, verdad?
