Las dos nos mirábamos con el gesto de una revuelta indescriptible de sentimientos. Por unos cuantos segundos, me pareció que el rostro de la amable señora coincidía en todo con el de mi amiga Hed, aquella a quien recordé repentinamente al ver el retrato de su infancia. Nuestro silencio se hizo algo incómodo para Marcia y para el caballero Sebastián, quienes nos miraban sin explicarse qué sucedía. La señora Heather tomó la palabra sin separar sus ojos de mi persona.
— Sebastián — le indicó al caballero —, hazme un favor, ¿podrías acompañar a la señorita Marcia con su madre? Dile a la señora que hablaré unos minutos con la amiga de su hija, por favor.
El hombre asintió, y le hizo señas a Marcia de que lo siguiera. Ya a solas, vi una lágrima correr por una de las mejillas de la dama, al tiempo de que en su rostro se dibujaba una sonrisa.
— ¡Myr, amiga! — dijo al fin, yendo a abrazarme. Yo también la abracé emocionada. Tras un par de minutos nos separamos, y me señaló la puerta por donde había salido detrás de Marcia.
— Ven, aquí podremos hablar mejor — dijo adelantándose. La seguí sin oponerme, y me hallé en una confortable habitación llena de fotografías, algunas de ellas mágicas.
— Mi familia — dijo sonriendo —. Somos una gran familia, ¿verdad?
— Sí, es cierto — dije mirando la galería de fotos.
— Han pasado muchos años Myr — dijo sentándose en la cama —. Dime, ¿cuándo volviste?
La miré desconcertada. Ella parecía saber lo que me pasaba, y no esperó mi respuesta.
— Ji, ji, lo siento — dijo algo apenada —. Debiste volver hasta hace poco tiempo, porque te ves tal y como te recuerdo de cuando… estuvimos juntas, como guardianas.
— ¿T-tú… tú recuerdas eso? — atiné a preguntar.
— Sí Myr, eso y muchas cosas más — respondió, invitándome a sentar —. Cuando volví, yo también me veía como tú seguramente me recuerdas, y tampoco sabía por qué estaba de regreso. Por fortuna, yo traía un don, digamos extra, que con el tiempo me permitió responderme muchas preguntas. Yo resucité con el don de la clarividencia Myr.
Resurrección. Esa palabra explicaba en parte mi aparición, pero aún faltaba algo. Esperé un poco a que mi amiga continuara.
— Gracias a este don — siguió Hed —, fue que encontré la razón de mi "renacer" por así llamarlo. El día que "volví", lo hice en un lugar vagamente familiar para mí, en un tiempo que ya no reconocía como el que había vivido antes. Pero poco a poco me adapté, como seguro te está ocurriendo a ti también Myr, y encontré que mi don podía ayudar a mucha gente, mágica o no. Y aquí estoy, ayudando a tu amiga a entender su enorme poder.}
— E-entonces… — dije dudosa — ¿Tú puedes decirme qué hago aquí, por qué resucité?
Hed bajó la vista, y se quedó mirando sus manos por un momento. Creo que estaba articulando, buscando las palabras adecuadas para contestarme, pues cuando volvió a mirarme tomó la palabra con mucha seguridad.
— No Myr, no puedo — dijo con seriedad —, y no es porque no quiera hacerlo, es simplemente porque yo no lo sé. La única persona que puede contestarte esa pregunta… eres tú.
— ¿Qué? ¿Yo? — dije incrédula — ¿Te estás burlando de mí Hed? ¡Pensé que éramos amigas, pensé que podías ayudarme! ¡Tú lo dijiste, tu don te sirve para ayudar personas mágicas o muggles, pensé que tú… tú me ayudarías con esto!
— Myr, yo…
— ¡Cállate, no quiero escucharte más!
Salté de la cama y, aguantándome la molestia de la pierna, me di prisa en salir de la habitación. Me deslicé por la barandilla de la escalera y seguí mi camino hasta la puerta, olvidándome de mi amiga y su madre que seguían esperándome. Salí a la calle con los ojos llorosos, y por no fijarme casi me arrolla un auto, de no haber sido por Marcia quien detuvo mis pasos a tiempo.
— Myr… ¿qué pasó? — me dijo preocupada. Su mamá nos veía desde la acera, sin acercarse.
— Marcia, por favor… — le dije entre sollozos — Vámonos Marcia, te lo ruego…
Mi amiga guardó silencio, pero asintió. Llamó a su madre, y abordamos otro taxi para volver a su casa, para transportarnos al colegio por red flu. No nos dimos cuenta de que Hed nos miraba partir desde una de las ventanas del piso superior.
Durante todo el viaje y el resto del día en el colegio me encerré en mí misma. Y no quise hablar ni siquiera con Marcia, quien me dejó en el dormitorio y se fue a seguir con las clases. Me sentía más sola que nunca, traicionada por la única persona que pensaba podía ayudarme a entender lo que me había pasado. En eso estaba cuando un aleteo me sacó de mis pensamientos, haciéndome voltear hacia la parte alta del ventanal. Por allí entró una lechuza gris, que descendió majestuosamente hasta posarse en la cabecera de mi cama y estiró su patita, en la cual traía un mensaje.
— ¿Para…para mí? — dije incrédula. La lechuza lanzó un ulular alegre, como asintiendo, y siguió estirando su pata para que tomara el pergamino. Pero en cuanto iba a hacerlo, un hechizo flamígero golpeó la cabecera, y casi le da a la pobre lechuza, quien levantó el vuelo yendo a posarse en uno de los candiles del techo.
— ¿Quién demon…? — comencé a decir, buscando el origen del hechizo. Pronto lo encontré, pero hubiera preferido no hacerlo. En la puerta estaba Dixie, varita en mano, acompañada por Patty y Morgan, las otras chicas que me acorralaran durante el duelo con mi enemiga.
— ¿Así que, tienes quién te escriba, eh "rarita cuatrojos"? — dijoDixie en tono altanero — Pues, creo que no te vas a enterar de quién es esa carta, y de eso me encargo yo. ¡Reducto!
— ¡No! — grité, pero fue tarde. El hechizo fulminante iba derecho hacia el ave pero algo inesperado pasó. Cuando el hechizo estaba a punto de tocar a la lechuza, ésta desapareció, y el embrujo siguió su camino golpeando la parte del techo de donde colgaba el candil, haciéndolo balancearse peligrosamente, el balanceo comenzó a rajar y romper las tablas del techo, y la pesada lámpara comenzó a desprenderse.
— ¡Morgan, Patty, vámonos! — ordenó Dixie, y las tres salieron corriendo del dormitorio justamente cuando el candil se venía abajo. Instintivamente me cubrí la cara con el brazo y esperé el golpe, pero en lugar de eso escuché una vieja y familiar invocación.
— ¡Wingardiumleviosa! — escuché desde algún lugar cercano a la puerta. El candil se detuvo en el aire antes de llegar al suelo, y se mantuvo flotando hasta que pude ver al autor del hechizo. De entre las camas cercanas a la puerta salió nada menos que Candy, la ex amiga de Dixie. Con cuidado, Candy levitó el candil hasta su lugar, para luego usar un hechizo Reparo y dejarlo como estaba. Luego se acercó hasta donde yo estaba, con gesto de sincera preocupación.
— ¿E-estás bien, Myrtle? — me dijo a dos pasos de llegar a donde me encontraba. Le dije que estaba bien, y la invité a sentarse en la cama.
— Muchas gracias Candy — le dije como saludo —. Fuiste oportuna, como en el duelo.
— Sí… el duelo… — dijo bajando la vista — Myrtle, yo… siento mucho haberte…
— Ya pasó Candy. Te perdono de verdad.
Y era cierto. Sentí que ella se merecía otra oportunidad, y que estaba siendo sincera. Ella me sonrió por fin, y se abalanzó para abrazarme. Luego de soltarnos nos tomamos de las manos y hablamos.
— Yo… No sé por qué Dixie es así — me dijo entre la charla —. Todas aquí le tememos, hace cosas… muy feas, a quien la contradice o no hace lo que ordena. Nos agrede, nos insulta… nos lastima…
— Lo sé Candy — dije —. Quisiera saber qué es lo que la tiene así, pero ella no coopera.
— Myrtle — me interrumpió —. Yo sé que cuando me encuentre a solas ella la emprenderá conmigo, así que te diré esto. Quisiera que tú… que nosotras… Bueno, que…
— ¿Quieres ser mi amiga Candy? — le ayudé a decir. Ella se sonrojó, se rió tímidamente y asintió con la cabeza. Le tomé las manos y le sonreí.
— Claro que sí Candy, seremos buenas amigas ya lo verás.
— Gracias… ¡Muchas gracias Myr!
Cuando me llamó Myr recordé lo pasado en la casa de HEd, y no pude reprimir una mueca de decepción. Candy se dio cuenta, y creyó que me había molestado.
— Lo siento. No te llamaré así si no te gusta.
— No Candy, no te preocupes. Puedes llamarme así si quieres. Fue solo un recuerdo algo... incómodo, pero ya pasó.
— Oh, lo siento, espero no haberte molestado. Bueno, me voy, tengo la última clase.
Nos despedimos y, cuando iba a salir recordó algo y volvió.
— ¡Ay, disculpa otra vez! ¡Revelio ave!
Al instante, la lechuza con mi carta apareció, posada en una de las vigas y con mi carta a salvo. Cuando Candy salió, el ave voló otra vez hasta donde yo estaba, estirándome su patita de nuevo. Tomé la carta, le di a la lechuza algunas semillas de una lata en la mesita de noche y se fue. Rápidamente la abrí, pues me carcomía la curiosidad de saber quién sabía que yo estaba en Hogwarts, y que tal vez él o ella podría ayudarme. Leí el contenido, y no pude menos que asombrarme al ver quién me había escrito:
Estimada señorita Morseferth:
Esperando no ser molesto para usted es que me atrevo a escribirle estas líneas, las cuales no tienen más objeto que saludarle y ponerme a su disposición, para charlar con usted de un cierto problema que le tiene preocupada, de acuerdo a las palabras de una muy amiga suya llamada Marcia McArthy, a quien tuve oportunidad de conocer al término de la conferencia que ofrecí en días pasados en Hogwarts, mi alma mater.
Ella se encargó de disculparla conmigo, y me hizo saber que yo podría serle de gran ayuda, aunque no me dio detalles del problema que le aqueja, argumentando que sería mejor que usted misma me lo expusiera. Tras decirle que lo pensaría, cuando ella mencionó su nombre muchos recuerdos de mis días de estudiante acudieron a mí, y sí, despertaron la inquietud de conocerla y ayudarle. Lo he pensado ya, y hoy puedo decirle que, por favor, siéntase en libertad de escribirme y concertaremos una cita para hablar de su problema.
Saludos cordiales
Auror Harry Potter
Increíble. Mi amiga Marcia lo hizo de nuevo, me ayudó desinteresadamente con mi problema, y ahí estaba. El mismo Harry Potter me escribía para ofrecerme su ayuda. Ni siquiera le iba a reclamar el que no me hubiera dicho que habló con él, pues quizá ese recuerdo se le borró como lo de las heridas de Dixie, estaba feliz con esto. Busqué con rapidez una pluma, tinta y pergamino, y me puse a escribir. Cuando mi carta estuvo lista, esperé impaciente a que Marcia volviera para que me ayudara a llevarla a la lechucería y enviarla de inmediato.
