Marcia se disculpó unas veinte veces conmigo de camino a la lechucería, incriminándose de cómo fue posible que olvidara que Harry Potter estaba de acuerdo en ayudarme. Tras repetirle las mismas veinte veces que todo estaba bien, emprendimos la marcha a nuestro dormitorio mientras le contaba el episodio que acababa de ocurrir con Candy.

— Sabía que esa niña recapacitaría — comentó Marcia —. Ojalá y no se trate de otra artimaña de Dixie, solo para estar espiándonos de nuevo.

— También lo pensé Marcia — dije —. Pero, luego de que nos ha ayudado dos veces, pienso que tal vez podríamos darle oportunidad de reformarse.

— Sí… Tal vez tengas razón Myr.

Se quedó callada un rato. No sé por qué, pero a ella no puedo pedirle que no me llame Myr, aunque me siga recordando a Hed, digo a la señora Heather. Entonces una pregunta curiosa me surgió y decidí preguntar.

— Marcia, ¿puedo preguntarte algo?

— Claro Myr, pregunta.

— Bien. ¿Cómo conocieron tus padres y tú a la señora Heather?

— Bueno, es algo largo pero te lo diré. Cuando comenzaron… los "problemas" conmigo, mis padres sabían que no sería fácil encontrar quién los ayudara, y que me ayudara a mí a entender lo que me ocurría. Como ya sabes, el desarrollo de mi magia no va a la par del de mi cuerpo, ni tampoco el de mi personalidad. Yo sé que me veo mucho mayor de lo que soy Myr, y mi magia ha crecido junto con mi cuerpo, pero por dentro… Por dentro soy apenas una chiquilla, una niña que debe acostumbrarse a vivir como mayor. Pero mientras trataba de entender eso por mí misma, me ocurrieron muchas cosas, la mayoría desastrosas. Y fue gracias a una de ellas que conocimos a la señora Sinclair.

— Oh vaya. Ojalá no haya sido grave.

— Afortunadamente no. La señora Sinclair nos ayudó a salir airosos del percance, y desde entonces me ayuda a comprender muchas cosas. Nos ha contado que ella tuvo una vez una amiga, una gran amiga, que fue bruja como nosotras. Ella la ayudó con sus problemas, y la amiga le correspondió ayudándola a realizar su sueño.

— ¿Ha-hablas en serio? — pregunté, aunque sentía que la voz se me iba a quebrar.

— Sí, y aún más. Me contó que su amiga logró acompañarla por mucho tiempo realizando el mismo sueño, y que con él ayudaron a muchísima gente. No le entendí muy bien a qué se refería, lo que sí entendí fue que ella, de tan feliz que era haciendo tanto bien, se hizo en secreto una promesa. Se prometió que, si alguna vez podía retomar su vida en donde la dejó, seguir ayudando a quienes la necesitaran, ya fueran muggles o gente mágica, y que tal vez por esa promesa fue que le apareció el don de la clari… bueno su don de ver cómo son las personas.

Ya no quise preguntar más, pues me estaba costando trabajo contener las lágrimas. Marcia lo notó y se me acercó a consolarme.

—Ay Myr, lo siento. No quería hacerte sentir mal.

—No, no Marcia, no es eso. Pasa que… tengo recuerdos… de la señora Sinclair y yo, en otro tiempo…

Mi amiga me miró sin gesto alguno, pero yo sabía que estaba asombrada. Dediqué unos minutos a contarle cómo fue que la conocí, y lo que pude recordar de nuestras andanzas como ángeles guardianes.

— Woow… — dijo cuando terminé de contar —. Myr, debió ser grandioso ser un ángel.

— Sí, realmente lo fue — contesté nostálgica —. Pero ahora no sé qué pensar Marcia. No tengo ni idea de por qué ya no soy lo que era antes, ni por qué aparecí como lo hice en King's Cross, ni por qué me les escapé a los vigilantes de la estación, ni tampoco… Tampoco sé qué es lo que voy a hacer con esta vida… Cuando reconocía Hed, mi amiga ángel, en la señora Sinclair; me sentí aliviada de ver una cara conocida, una cara que era mi último recuerdo de la última vida que tuve… y creí que ella, al estar tan viva como yo ahora, podía saber por qué yo… Por qué nosotras estamos…

No pude seguir. Ahogué como pude el llanto de la desesperación ante la incertidumbre, y crispé los puños para desahogarme. Marcia hizo entonces lo que toda buena amiga hace en momentos de crisis. Lloró conmigo.

Luego de calmarnos, le pedí a Marcia que me acompañara a la enfermería, para que la sanadora Pomfrey y su nieto me dijeran cómo iba mi curación. Al salir de los dormitorios, nos encontramos con la sorpresa de que me esperaban. Cerca de la puerta, recargado en una columna haciendo el disimulado estaba Orlando, el chico rubio de Slytherin. Cuando nos vio se lanzó a alcanzarnos casi de inmediato.

— Hola "canaritos" — nos dijo, aludiendo a que éramos de Ravenclaw —. Ya era hora de que salieran de su "jaula".

— ¿Se te perdió algo "lengua bífida"? — le dije en el mismo tono. Aún estaba algo molesta con él. Marcia ni siquiera lo miró.

— Humm… Sigues molesta "altanerita" — dijo mientras nos seguía —. Qué lástima, y yo que les había traído unos obsequios. En fin, ahora tendré que ver quién los quie…

Nos detuvimos en seco, y Orlando casi choca con nosotras. Marcia me imitó cuando giré la cabeza para verlo con algo de desconfianza.

— ¿Tú nos compraste algo a nosotras? — dije despacio, sin quitarle la vista de encima. Él solo sonrió algo enigmático, y metió las manos en la túnica. Las sacó al mismo tiempo, y nos alargó un par de barras envueltas en papel impreso, que decían "chocolate" con letras grandes. Noté que a Marcia se le hacía agua la boca, pero no hizo nada y esperó a ver mi reacción.

— No, gracias Orlando — le dije en tono orgulloso —. Mi amiga y yo no aceptamos regalos que pueden ser peligrosos, viniendo de quien vienen.

Remarqué las últimas palabras antes de dar media vuelta y seguir andando. Vi de reojo que Marcia hacía un gesto como de decepción, pero siguió mis pasos casi de inmediato. Orlando aún dejó las manos extendidas cuando avanzó para volver a alcanzarnos.

— ¡Oh vamos! — dijo a nuestras espaldas — ¡Éstos son muy ricos, y no están embrujados! ¡Ni siquiera son golosinas mágicas!

— ¿Eh, cómo? — dije deteniéndome. Orlando aprovechó y se puso frente a las dos.

— Vamos chicas, acéptenlos — insistió el rubio —. Es una oferta de paz para ambas, en especial para ti "altan…", digo Myrtle.

Tomamos las barras, aunque yo seguía sintiendo desconfianza. Marcia no resistió más y la abrió rápido, como la niña pequeña que era. Mordió la barra y la saboreó sin reparo, mientras la veía asombrada. Luego mi mirada se paseó de mi barra a Orlando, quien me insistía a señas que la comiera. La abrí con cuidado, y al ver que no pasaba nada la mordí un poco. Estaba deliciosa.

— ¿Les gustaron? — preguntó Orlando, sacando otra barra para él — Son muggles. A que están riquísimos.

Y una vez más, me quedé asombrada. ¿Cómo es que él, un Slytherin, podía tener predilección por alguna cosa relacionada con los muggles? ¿Y por qué nos la ofrecía tan desinteresadamente?

— Si quieren probar más, solo pídanmelos — dijo de pronto —. Tengo más en mi baúl, como éstos.

Metió la mano de nuevo en su túnica, y al sacarla vimos un puñado de golosinas diferentes, que no se parecían en nada a las que aún suelen vender en el Expreso de Hogwarts. Me fijé un poco, y de repente vi unos envoltorios que reconocí apenas. Eran idénticos a el que me había llevado mi amiguito cachorro de crup en el vagón de equipaje del tren.

— Ehm, disculpa — le dije a Orlando sin dejar de ver esos chocolates — ¿Puedo…?

— Adelante, sé mi invitada — respondió galante, ofreciéndome todo.

Tomé el chocolate con maní, lo abrí y lo probé, confirmando que en efecto, sabía igual al que me había comido en el tren. Pero algo ya no cuadraba entonces. Ese chocolate lo había robado el crup del baúl de alguien llamado "O. Hornby", y que además dentro tenía ropa de hombre. Entonces, el dueño de ese baúl no podía ser mi antigua enemiga Olive, sino de alguien más. Ya había entendido para ese momento que no estaba en mi época de estudiante, sino en un tiempo más adelantado, y deduje que el baúl debía pertenecer a un pariente, un descendiente de mi rival, y si Orlando estaba en poder de ésas golosinas que contenía, entonces él es…

— O-Orlando… — balbuceé — ¿Pu-puedo preguntarte…a-algo?

— Eh, sí claro — dijo él, mirándome extrañado por mi cambio de actitud.

— G-gracias. Ehm; ¿cuál es tu a-ape…?

— ¡EH HORNBY! — gritó alguien a sus espaldas. Orlando giró y el Slytherinque le hablaba pasó a su lado — Acuérdate de ir a la práctica de Quidditch esta tarde, ¿eh?

El rubio sólo asintió mientras su compañero se alejaba. Mi pregunta fue contestada, estábamos en presencia de un descendiente de mi ex compañera Olive, Orlando Hornby.

Una oleada de sensaciones diferentes pareció golpearme en la cabeza. Mis demonios internos me gritaban que me alejara de él, que representaba la sangre de quien me había hecho sufrir tanto, de quien, aunque fuera en parte, había sido causante de mi muerte. Pero también, estaba el hecho de que el chico me buscaba, y aún admitiendo que al principio era para molestarme, de a poco he visto en él algo de respeto hacia mí. Tenía que saber más, sólo un poco más.

— ¿Me decías Myrtle? — dijo él de repente, volviéndome a la realidad.

— ¿Eh? — dije sorprendida — ¡Ah, no, no es nada, en serio! ¡A-adiós!

No se me ocurrió nada más qué preguntarle. Tenía que pensar, ordenar mis ideas, imaginar una forma de preguntarle por Olive. Quizás con esa información podría saber por qué estoy viva de nuevo. Tomé a Marcia de la mano y nos alejamos de ahí.

Llegamos a la salida a los jardines del castillo, un lugar más que adecuado para pensar. Marcia me seguía sin decir nada, pero sabía que quería preguntarme algo.

— Marcia — comencé a decirle —, mira siento mucho todo esto. Me siento muy… extraña, como si éste fuera mi lugar, pero de alguna forma no siento que esté encajando aquí. Quiero decir, en esta vida. Siento como que algo me falta, algo que está ahí, esperándome a que lo encuentre, a que… que yo…

— ¿A que lo vivas? — dijo ella, y me dejó callada — Myr, llevo poquito de conocerte, pero siento como si hubiéramos sido amigas desde siempre. Creo que fue eso lo que me impulsó a hablarte la primera vez que te vi, porque déjame que te diga que yo no suelo ser así. No solía ser así.

— ¿En serio? ¿Cómo eras, Marcia?

— Bueno, de más pequeña era más bien tímida, introvertida, y todo me daba miedo. Por eso me has visto siempre con mi muñeca, es algo que me reconforta, y que me hace sentir fuerte, protegida. Aún la siento así, pero desde que te conozco creo que la he ido dejando de lado, pues ya no me siento tan apegada a ella. La señora Sinclair dijo que eso pasaría, cuando empezara a madurar. Y por ti Myr, por ti lo estoy haciendo. Quizá es algo como eso lo que ella quiso decirte. Quizá eso es lo que debas llenar para no sentirte vacía.

No le contesté, y las dos guardamos silencio por un rato. Medité en sus palabras, y tomé una decisión. En cuanto pudiéramos, iríamos a ver de nuevo a la señora Sinc… es decir a Hed, y luego de disculparme con ella le preguntaría. Quizá ella no sepa la respuesta concreta, pero sí sabría dónde podría yo comenzar a buscarla.