Gracias a mis amigas, salí de los dormitorios como nueva. Por un lado, porque ellas me prestaron algo de su ropa de calle y, por otro; al salir me sentí renovada de verdad. La amargura y el miedo que me provocaban las burlas y humillaciones habían desaparecido, junto con la histeria que me hacía su presa cuando debía enfrentarme a quienes me los causaban. Y eso, junto con lo que había hecho con Dixie, me hacía sentir feliz.
Me encontré con mi "tío" Dustin fuera de los dormitorios. Así se los presenté a las chicas, puesto que Candy no sabía nada de mi "retorno". Ya tendría tiempo de explicarle a Marcia quién era él en realidad. Dustin me dijo que había pedido permiso al director Longbottom para llevarme con él por lo que quedaba de ese día y el siguiente también, para así conocer más a mi sobrino-nieto y de paso, ir al callejón DIagon de compras. Me despedí de mis amigas prometiéndoles devolverles sus ropas tan pronto las lavara, y ellas se deshicieron en cortesías para conmigo ("no te preocupes, lo luces mejor que yo", "es tuyo todo el tiempo que quieras", "me lo devuelves cuando haya pijamada en tu casa").
Casa. Había olvidado que eso era algo que no tenía ahora, y que era la razón principal de que me colara al colegio. Yo no tenía a dónde ir, al menos hasta ahora.
— Imagino que recuerdas dónde solías vivir cuando no estabas en Hogwarts, ¿cierto tía? — dijo Dustin de repente, mientras nos dirigíamos a la salida a los jardines — Dime, ¿te gustaría ir allá?
Tuve una especie de sentimientos encontrados antes de aceptar el ofrecimiento de Dustin. Me pareció que él se había dado cuenta, pues no comentó nada más hasta que traspasamos las rejas del límite de Hogwarts, y mi sobrino me tomó del brazo.
— Agárrate fuerte tía — dijo, y ambos desaparecimos.
Fue una sensación escalofriante y fantástica a la vez para mí. Nunca lo había hecho, pues mi muerte interrumpió mis estudios mágicos y aún no había estudiado eso, aunque llegué a leer algo al respecto y la sensación no me tomó tan de sorpresa. Aparecimos en un barrio de clase media, tras los setos descuidados de una casa grande que se le notaba el tiempo que llevaba sin habitarse. La contemplé con curiosidad y cierta duda. Realmente no recordaba mucho de la casa de mi infancia, se me había olvidado quizá por el tiempo que pasé muerta, viviendo en el baño de Hogwarts.
— Allí tía — dijo Dustin, y giré a donde me indicaba. Vi un banco mecedora para dos personas en el porche, algo pelado y envejecido pero se veía todavía funcional —. Tu madre solía leerte historias en las tardes, cuando eras muy niña. Después, ibas tú sola a hacer dibujos en ese mismo lugar.
— ¿Cómo sabes esas cosas Dustin? — pregunté, pasando mi mano por el banco como si eso me permitiera darle claridad a algún recuerdo.
— Cuando comencé a investigar a la familia, encontré algunos diarios de ella — explicó —. Fueron a parar a la Biblioteca Pública de Londres, tal vez dejados allí como curiosidad, como resultado del saqueo que sufrió esta casa cuando la abandonaron. Eso fue luego de que tú… Ehm…
— ¿Morí? — completé por él, y asintió — No te preocupes, estoy consciente de eso ahora.
— Sí… — dijo pausadamente. Luego continuó — Bueno, primero busqué la última dirección que tenía la familia, en los registros de propiedades mágicas. Allí mismo encontré los reportes que decían lo que el Ministerio había hecho con el mobiliario y pertenencias que aquí se encontraban, para ponerlos fuera del alcance de los muggles. Uno de los reportes decía "tantas cajas de libros ordinarios, Biblioteca Pública". Fui allá a buscarlos, y mi investidura de investigador me permitió recuperarlos. La mayoría eran precisamente eso, libros comunes, pero un hechizo revelio les quitó el velo a algunos que resultaron ser los diarios de tu madre, tía Myrtle. Si quieres leerlos, yo puedo…
— No, no Dustin — dije mirándolo seriamente —. Te agradezco el ofrecimiento, pero no, no aún. Lo que me contaste antes me tiene algo… algo abrumada todavía, y quiero leerlos cuando me sienta segura de que puedo hacer algo con esta… nueva vida.
— Comprendo, está bien tía — dijo él, subiendo los escalones hacia la entrada de la casa —. Al menos, déjame mostrarte algo ¿quieres?
Sacó su varita, e hizo un pequeño movimiento sobre la puerta tapiada, la cual se abrió sin ruido. Parados en el umbral, vi que el interior tenía un estado aún más lamentable que el exterior, con mucho polvo y telarañas debidas al abandono. Dustin comenzó a decir.
— La casa ahora es mía. Como casi todas las propiedades pertenecientes a familias mágicas, ésta no debía venderse ni pasar a propiedad de muggles por ninguna circunstancia. Por eso ves que han construido edificios alrededor de ella, pues nadie se ha interesado en poseerla. Al parecer tiene una especie de variante de encantamiento desilusionador, que hace que al verla se pierda todo interés en ella. Afecta a cualquiera que no sea de la familia, por supuesto.
— ¿Y el Ministerio sabe que es tuya Dustin? — pregunté curiosa.
— Sólo quien deba saberlo — contestó con seguridad —. La registré como base de operaciones auxiliar del Departamento de Misterios, y ya sabes lo que se dice de él.
— Ah sí. Nadie sabe quiénes lo conforman, ni lo que hacen en él.
— Exacto. Así que es privada y… Bueno, la he comenzado a dejar bastante acogedora. Mira esto.
Dustin acercó su mano al marco de la puerta abierta, y lo empujó suavemente. Una segunda puerta pareció abrirse, y ahora estábamos mirando una vivienda hermosa, amueblada con muy buen gusto. No resistí la tentación de entrar y ver el trabajo de mi sobrino en la casa, la que había sido mi casa.
— ¡Es bellísima! — exclamé sorprendida.
— A que sí — dijo orgulloso — y hay algo mejor. Es tuya tía.
— ¿Co-cómo? — pregunté confuse. Pensé que no había oído bien.
— Así es tía — dijo él con tranquilidad —. Recuerda lo que acabo de decir sobre las propiedades familiares mágicas, que tienen que pasar por miembros de la familia por generaciones, sin que caigan en manos muggles. Y bueno, esta casa fue de tus padres tía, por lo tanto la legítima dueña en sucesión…
— Soy… yo… —completé casi sin aliento — ¡Oh, no, no, no sobrino! Tú fuiste quien encontró y reparó esta casa, yo no puedo simplemente llegar aquí a quitar…
— Tía, no lo estás haciendo — interrumpió él sonriendo —. Para los muggles, para el Ministerio y para cualquiera que pregunte la respuesta es: sí, yo soy el excéntrico dueño de una casa abandonada que a nadie le llama la atención, en medio de un montón de viviendas muggles. Pero tú tuviste una oportunidad única tía, tú sencillamente… estás aquí, de nuevo. No sé exactamente por qué, pero es lo que es, y mientras vivas esta casa es tuya, hasta que decidas dejársela a tus descendientes.
¿Descendientes? Ni siquiera sabía lo que era estar con alguien, mucho menos podía imaginarme a mí misma cuidando hijos… Hijos, mis hijos… Se escuchaba lindo, pero a la vez muy lejano… a menos que yo… y él…
— Dustin, ¿podríamos volver al colegio? — dije apuradamente — E-es importante, es que yo…
— ¿Tan pronto? — dijo algo sorprendido — le prometí al director que te llevaría a comprar tus uniformes y tus materiales de clases. A estas alturas lo que había en tu baúl ya debe estar…
— ¿Mi baúl? ¿Está aquí?
La emoción me embargó cuando mi sobrino dijo que sí, y señaló la escalera a las habitaciones. Subí corriendo y al llegar al rellano me quedé parada ante el pasillo que veía ante mí. Entonces, dejando que mi mente viajara sola, me detuve ante dos puertas a la derecha, quedando una puerta más en la pared izquierda, justo detrás de mí. Al fondo, al terminar el pasillo había una puerta más, un poco más angosta que las otras. Cerré los ojos un momento y suspiré, tomé luego el pomo de una de las puertas, la que estaba ahora a mi izquierda, lo giré y entré en la habitación.
No me había equivocado. Me encontraba en mi habitación, mi refugio del mundo. Y de nuevo, un montón de imágenes se agolparon en mi cabeza, pidiéndome casi a gritos que les prestase atención. Mientras trataba de ponerle pies y cabeza a tantos recuerdos, fui a sentarme ante una mesa pequeña, donde había algunos objetos femeninos. Encontré un cepillo de cabello de mango de madera lacada, algunas cintas para el cabello y un espejo ovalado, con base de latón dorado, donde podía ver mi cara. Y recordé todas esas ocasiones en que ese espejo me devolvió la imagen quebrada, húmeda en llanto, de una niña humillada, burlada y sometida a la crueldad de otros niños que la calificaban de "rara", "fenómeno", "comelibros" y otras palabras más hirientes aún. Pasé un dedo por la orilla del dorado marco, y sentí cómo mi dedo se arañaba donde aún estaba el golpe que recibió el espejo cuando lo arrojé al suelo, en un ataque de frustración, por mirar en él a la niña más fea del colegio. Se me escapaba ya una lágrima cuando Dustin, que me veía desde la puerta sin entrar y sin que me diera cuenta, me habló.
— Tía Myrtle, yo… Lo siento, no pensé que ver esto te recordara cosas que…
— No, no te disculpes Dustin — le contesté rehaciéndome —. Es solo que, lo que está aquí representa a Myrtle, "la niña llorona" que fue siempre blanco de las burlas de los demás. Pero ahora sobrino, esta Myrtle que ves, que puedes ver por obra de no sé qué magia, que yo puedo volver a ver en ese espejo, es otra Dustin. Es la Myrtle que volvió a este mundo para vivir y realizar lo que no pudo antes. Esta Myrtle sobrino, es otra, y a la vez es la Myrtle de siempre, la que debió vivir.
Mi sobrino sonrió, y le sonreí de igual manera. Luego ambos nos sentamos en la cama, y acercamos el baúl hasta nosotros. Le permití hacer los honores, y lo abrió con magia. Esta vez, lo que vi dentro me trajo otros recuerdos, pero ya no dolorosos, sino más bien curiosos. Encontré una muñeca de cabellos negros y largos, que llevaba puesta una de mis cintas y su peinado era parecido al mío. Encontré un par de vestidos de calle, con los que probablemente habría ido a pasear a Hogsmeade alguna vez. También encontré, como era lógico, mis pertenencias escolares, mis libros de magia y hasta mis uniformes y túnicas, los cuales se veían bastante bien conservados a pesar de tantos años. Pero lo mejor de todo fue lo que encontré más al fondo. Ahí, perfectamente alineados estaban varios cuadernos atados con cordones, y al final una especie de carpeta grande, también atada. Ésa última fue la que tomé primero, pues tenía una corazonada de lo que era.
— Eso es lo más valioso de mi investigación tía — dijo Dustin mientras desataba el nudo — ¿Sabes? Estoy muy feliz de que lo tengas en tus manos. Anda, ábrelo.
Mi corazón se aceleraba a cada momento, y tuve que respirar profundamente para serenarme antes de abrir ese folio el cual, como había supuesto, era un álbum de fotos. Al mirar la primera me quedé extasiada. Ahí estaba yo, de bebé, levantada por mis orgullosos padres. Lo supe por la dedicatoria que llevaba la foto al pie, con letra de hombre: "el día más feliz de nuestras vidas".
Jugando en un jardín, dando mis primeros pasos, comiendo algo de cereal embarrado previamente en mi vestido… Me pareció que mi niñez había sido muy feliz. Luego siguieron un par de fotos mías de mayor, tal vez unos ocho o nueve años, donde estaba acariciando un cachorro, la foto era mágica, así que mientras lo acariciaba, pude ver cómo el pelo del perrito cambiaba de color con cada pasada de mi mano. En la página siguiente no había foto, pero estaba pegado un sobre del que sobresalía un pergamino. Tenía el sello lacrado de Hogwarts roto, así que pude imaginar que se trataba de la carta que recibieron mis padres para invitarme a estudiar allá. En ese momento Dustin me detuvo.
— Tía, hasta aquí llegan las fotos de tu infancia — anunció —. Solamente hay una foto más, la cual recuperé después con mucho esfuerzo. No sé si tú quieras verla, o cómo te vayas a sentir luego de que lo hagas.
— ¿Por qué Dustin, por qué tanta precaución? — dije extrañada.
— Es la única foto que poseo de ella, tía — dijo mirándome —. Es mi tatarabuela, tu hermana.
Me quedé fría un momento. Iba por fin a conocer el rostro de mi desconocida hermana, de quien Dustin descendía. Tras armarme de valor, le dije a Dustin que quería conocerla y él, asintiendo, dio vuelta a la página. Y ahí estaba, al fin la conocía.
Hola, Meredith.
