(Toc, toc, toc…)
— ¿Hola…? — dijo la voz de Dustin, mi sobrino tataranieto tras la puerta de mi habitación — ¿Tía Myrtle, estás despierta?
— Sí Dustin, lo estoy — contesté con voz espabilada —. Puedes pasar.
Dustin abrió despacio, y aún más despacio asomó la cabeza, quizá comprobando que yo estuviese visible. Me encontró sentada en la cama, con una bata de casa puesta sobre el camisón de dormir, y hojeando el primero de los diarios de mi madre que tenía sobre mi regazo. Sonrió en el momento en que entró, tal vez le pareció un cuadro bastante peculiar.
— Desperté a medianoche sobrino — le confesé —, y no me pude contener. Quiero recordar tantas cosas de mí… Y ahora que puedo hacerlo…
— Claro que puedes hacerlo, tía — me atajó él, yendo a sentarse a mi lado —. No sería un buen sobrino si quisiera ocultarte las cosas que investigué, siendo que lo hice por y para ti. Con confianza tía, sigue leyendo tu historia.
— Mis historias Dustin — le corregí —. Son dos mis historias. La primera, la que recuerdo yo desde mi muerte, la que tengo presente por no sé qué encantamiento. Y la otra, la que tú te esmeraste tanto en recopilar, la que yo desconocía de mi vida, la que se había quedado olvidada después de que morí. La de la niña que fui, y la niña y mujer que fue mi hermana, tu tatarabuela Meredith. Quiero saber en dónde se quedó la mía, y continuarla desde ahí. Quiero vivir una vida propia, como la que ella vivió y que ahora su yo-niña puede contarnos.
— Claro que sí tía, yo estoy encantado de poder ayudarte — me dijo luego de un momento —. ¿Sabes algo? Aún estoy sorprendido de estar aquí mirándote, y de llamarte "tía". Hace muchos años que había dejado de llamar a alguien por el parentesco…
— ¿Quién fue ese alguien sobrino, puedo preguntártelo? — inquirí curiosa. Él se miró las manos y jugueteó con los dedos por unos segundos.
— L-lo siento Dustin, no quise… — traté de disculparme, pero él me calló con una seña, y comenzó a hablar.
— Fue mi madre tía — dijo con voz grave —. Se llamaba Gala.
— Gala… qué hermoso nombre.
— Sí, y ella era hermosa también.
Al decir eso, Dustin metió la mano en su chaqueta, y sacó su billetera. Al abrirla, me mostró un par de fotografías, una donde figuraba él de jovencito con el uniforme de Hogwarts, y la otra acompañado de su padre y su madre. El parecido era innegable.
— Oh Dustin, eras un chico adorable — comenté sonriendo.
— Y pueeess… — dijo él, con un gesto incierto y una risita misteriosa — Digamos que en Hogwarts no tenían esa misma opinión, tía. Pero bueno, hablando de lazos familiares, ¿te gustaría ver algo muy interesante? Mira esto.
Diciendo y haciendo, mi sobrino se puso a hurgar entre los legajos que conformaban los cuadernos de los diarios de mi madre, hasta que encontró el que buscaba. Era un folio mucho más grande, doblado en seis partes el cual extendió sobre la cama, mostrando su contenido. Era un dibujo bastante detallado de un árbol, cuyas ramas mostraban rótulos con nombres y fechas. Era un árbol genealógico de casi toda la familia, y hasta el fondo estaba su nombre.
— Seguí mi ascendencia porque es la rama de la familia que prosperó — me explicó —. Eso fue hasta… aquí.
Señaló un punto en el dibujo, en donde estaban los nombres de mis padres, el de mi hermana Meredith (del cual surgían las demás ramas), y a su lado, el mío. Con las fechas de mi nacimiento y muerte.
— Mientras investigaba todo esto — comenzó a contar —, fue que conocí a Harry Potter. Estaba ya a punto de retirarse, pero aún así, se puso a mis órdenes y constaté que es el auror más competente y eficaz de todo el Ministerio. Llegué a confiar mucho en él, al grado de que, al enterarme de todas sus aventuras en Hogwarts, decidí preguntarle si alguna vez había tenido contacto con… Bueno, con todos sus fantasmas.
— Oh vaya. ¿Y qué respondió? — dije yo interesada.
— Pues dijo que con casi todos, incluído cierto poltergeist maleducado que les hacía ver su suerte de vez en cuando, llamado Peeves.
— Ah sí. Siempre molestando. Es insoportable.
— Bueno, el punto es que mencionó a uno en especial. Uno que le ayudó mucho en un par de años en los que tuvo que enfrentarse a situaciones complicadas, donde casi le cuestan la vida. Y ese fantasma que él recuerda con tanto aprecio, tía Myrtle… eras tú.
— Oh… Dustin, ahm… qué puedo decir. De alguna forma, yo también tengo presente su recuerdo. Claro que ahora él está muy distinto, pero sigue siendo el mismo caballero apuesto y gentil de entonces, lo sé.
— Je, je. También dijo que si te lo preguntaba, dirías eso de él tía.
— ¿Eh? ¿Disculpa? ¿L-le preguntaste a él sobre…? ¿T-te contó c-cómo fue que lo a-ayudé c-con… e-el huevo dorado? — pregunté sonrojada. Dustin pareció no notarlo, pero si lo notó no lo dijo.
— Pues sí, aunque no me dio muchos detalles — explicó, y yo suspiré aliviada —. Solo dijo que le aconsejaste darse un baño de tina con todo y huevo, y que él deduciría lo demás. Por cierto que recordar eso lo hizo sonreír mucho, lo que me hace pensar si me habrá contado todo…
— Oh, sí, eso fue todo sobrino, te lo aseguro — le dije apresuradamente —. Después de todo, ¿qué podrían hacer un chico vivo y una chica fantasma dentro de un baño cerrado?
La mirada de Dustin fue más que elocuente, pero dejó el tema por la paz con una sonrisa.
— En fin. Bueno tía, lo que quería mostrarte es que tu fecha de nacimiento de aquí concuerda con la que comienzan formalmente los diarios de tu madre. Fue en ese momento que les comenzó a poner fechas a lo que contaba, lo que hay antes son meras anotaciones de algunas cosas como lo que sintió cuando conoció a tu padre, cómo se le declaró, a dónde solía llevarla, etc. Parece que los sucesos más importantes que quiso recordar fueron a partir de que tú naciste.
Mientras Dustin hablaba, comencé a leer el diario de mamá desde el punto que me indicó, y noté que concordaba con lo que decía. Mis padres eran muggles, y siempre creyeron que yo lo era también, por lo que mi infancia estaba descrita como la de cualquier niña muggle. Pero para mi madre eso era casi como una aventura digna de ser contada, tal como lo describió en sus diarios:
"El parto fue lento, difícil para mí. Pero no iba a rendirme tan fácil, luego de haber luchado tanto por quedar embarazada no iba a permitir que le pasase nada a mi bebé, el fruto de mi profundo amor y entrega total al hombre que me desposó y me hizo mujer…."
"Terminé agotada. Estoy sudorosa, me tiemblan las piernas y siento que me voy a desvanecer. Pero escuchar ese suave llanto, que suena como una melodía celestial en mis oídos obra el milagro de reponer mis mermadas fuerzas, y aún alzo los brazos para que la partera me tienda a mi pequeña. La tengo, la abrazo contra mi cuerpo y ella deja de inmediato el llanto para cambiar su semblante a la curiosidad. Quiere saber quién soy, aunque creo que lo intuye, pues busca mi pecho el cual le doy generosamente para alimentarla por vez primera. Creo que tengo el nombre perfecto para ella, a reserva de que le guste a su padre, la llamaremos Myrtle…"
"Hoy Myrtle ha intentado andar. Quiso levantarse en su cunita, y casi cae al piso. Creo que crecerá rápido, ya tiene fuerza suficiente para enderezarse sola. He tenido que ponerle lacitos en el cabello, pues ya casi le tapan los ojos. Su padre quiso que se lo cortara un poco, pero le he dicho que es mejor que le crezca un poquito más…"
"Celebraremos el cumpleaños de Myrtle a pesar de lo que ocurrió hoy. Le había prohibido a Myrtle comer galletas hasta que comiera sus verduras, y todavía no me explico cómo es que llegó el tarro hasta sus manos. Estaba segura de que lo había puesto sobre la alacena, pero creo que me distraje al hacerlo, y debí ponerlo en donde ella lo alcanzó. Sí, eso debió ser…"
"Myrtle es ya casi una señorita, está a punto de llegar a los once años. No he querido decirle a su padre sobre la extraña carta que me ha llegado, pues la trajo una lechuza. Cuando la he leído, casi me voy de espaldas. Decía que mi hija era una bru… una bruja afortunada, que sería admitida en el más respetado colegio de magia británico, y que tendría un futuro prometedor. Decía además que pronto vendría alguien de dicho colegio a explicarme todo con calma y claridad, dado que nosotros (sus padres) éramos… no, somos algo así como 'muglos', 'megles' o algo parecido. En resumen somos gente no-mágica, pero aún así, nuestra niña estaría en muy buenas manos…."
"Acaba de marcharse la persona que ha venido del colegio de magia, llamado "Hogwarts" según sus palabras. Lo escribo todo para que no se me olvide lo que me ha dicho sobre la educación de Myrtle. Era una dama de mucho porte, de gesto serio y educadas maneras, que dijo llamarse Minerva McGonagall. Nos ha dejado claro que Myrtle es una bruja, o sea una persona que ha nacido con magia, y que tal es la razón de que le sucedan cosas extrañas que no puede controlar aún, por lo tanto debe recibir una educación adecuada a su condición. He sentido a mi esposo algo reacio a esa idea, pero ha asumido que es necesario que Myrtle asista, aunque me ha rogado que dejemos esto en secreto, 'por la seguridad de la niña' ha dicho. La señora McGonagall me ha dejado instrucciones precisas de dónde y cómo conseguir los materiales y libros que necesitará, e incluso para realizar esas compras me ha cambiado algunas libras por un dinero muy peculiar, creo que lo llamó 'galeones' si no mal recuerdo…"
"Hoy partió mi pequeña Myrtle a su nuevo colegio. Aunque no lo parece, sé que está nerviosa, asustada por irse de casa. Le he explicado todo muy despacio, con mucha paciencia, a pesar de que yo también estoy asustada de dejarla ir, sola, a un sitio en el que solo tienen cabida las personas con magia. Pero sé que es por su bien, y yo haría lo que fuera por ella, hasta atravesar ese muro que nos dio paso en King's Cross a alcanzar el tren que se la llevaría de nuestro lado. Mi esposo no ha estado por asuntos de trabajo, pero le ha dado un gran beso para desearle suerte. Y yo estoy escribiendo esto con la cara de asombro todavía, pues no olvidaré cuántos niños y niñas vimos en el andén siendo despedidos por sus padres, y con cuánta alegría los dejaban partir. Imagino que muchos de esos padres son magos y brujas, pues me admiraba la poca sorpresa con que ayudaban a sus hijos a cargar lechuzas, sapos, gatos, etc., y hasta algunos les ayudaban a ensayar movimientos de varita mágica. Yo solo espero que mi hija esté bien, y que logre hacer los amigos que no pudo en casa… Adiós, Myrtle querida, te extrañaremos mucho."
Palabras más o menos, mi madre describió mi infancia solitaria con muchos detalles, de los cuales muy poco recordaba. Luego no encontré más escritos hasta casi un año después, donde mi madre describe ya la espera del nacimiento de Meredith. No ahonda en detalles, más bien suena como embargada por la pena. Al parecer ya estaba peleada con papá para entonces, y la noticia de que iba a nacer otra hija, mi hermana, no le cayó muy bien a él. Quizá no era el momento adecuado, o quizá no quería que también ella fuera una bruja. Mamá no lo dice, así que creo que no lo sabré.
He dejado la lectura para otra ocasión. Es mediodía y Dustin me acompaña mientras caminamos por el callejón Diagon, el cual luce a mi parecer bastante cambiado. Llevo mi varita porque he querido preguntarle al señor Ollivander, quien se la vendió a mi madre para mí, si necesita algún tipo de mantenimiento o algo así. Después de todo, se pasó más de noventa y cinco años dentro del ataúd donde yo… ustedes saben.
Me llevo la sorpresa de mi vida cuando entro en el establecimiento de Ollivander, y miro al mostrador donde no me recibe el viejo y amable mago artesano de varitas, sino una mujer bastante mayor que se apresura a atendernos con mucha diligencia.
— Oh, hola, buenas tardes tengan ambos, señorita y caballero — dice la señora en tono cortés —. Díganme en qué puedo servirles.
— Ehm… disculpe — atino a decir antes de que Dustin conteste el saludo —, ¿el señor Ollivander no está?
— Oh, querida —responde ella sin perder el tono cortés —, el maestro Ollivander ya no se encuentra con nosotros, a no ser que te refieras a su retrato que está allá.
Señala hacia un lado del mostrador. Allá donde termina el mueble, sobre la pared se encuentra un gran retrato del señor Ollivander, con una leyenda que dice "nuestro fundador" en letras doradas pintadas al pie del marco. La pintura parece querer recibir a los visitantes, de la misma forma que lo hacía el maestro en persona.
— Yo fui la afortunada bruja que él aceptó como aprendiz — dijo la anciana —. Me enseñó todo lo que sabía sobre Varitología, la ciencia de las varitas mágicas, y cómo fabricarlas y conservarlas. Pero él mismo aceptó que no lo sabía todo, así que siempre me aconsejó que, aunque él ya no estuviera, yo continuara aprendiendo sobre estos magníficos instrumentos mágicos, tan necesarios para nosotros. Pero en fin, ya estoy aburriéndolos con recuerdos de vieja. Mejor díganme si puedo ayudarles en algo.
— Oh sí — dijo mi sobrino, golpeando micodo suavemente —. Verá, mi sobrina tiene una pregunta qué hacer sobre su varita, ¿no es así Myrtle?
— Oh, sí, sí, claro — me apresuré a decir —. Esto… Bien, verá señora, pasa que…ehm… heredé esta varita de mi… abuelita, y quisiera saber si me será útil todavía, o si habrá que hacerle algún tipo de "renovación" a su núcleo, o algo así. Es que quise mucho a mi abuelita, y por eso le tengo aprecio a sus obsequios…
— Ya lo veo hija, ya lo veo — dijo la señora, tendiéndome la mano —. Desde que entraste noté que abrazas esa varita con muchas ganas, como si temieras que fuera a esfumarse si la soltaras. Ten confianza hija, te aseguro que eso no pasará. Ahora, ¿me permitirías verla por un momento?
Con algo de miedo por lo que me pudiera decir, le tendí la varita. Ella la examinó tal y como lo hubiera hecho Ollivander, cuya imagen al fondo de la tienda no dejaba de mirar el análisis que su aprendiz hacía. Luego de un rato, la dama miró hacia el retrato, quien pareció estar de acuerdo con el dictamen que me revelaría y sonrió asintiendo. Luego la señora nos miró y me tendió la varita mientras hablaba.
— Su varita es sumamente peculiar señorita — comenzó a decir —. Tal parece que es madera de ciprés, muy poco común, con fibra de corazón de dragón como núcleo. Dígame señorita, ¿ha sostenido duelos con esta varita?
— ¿Eh? B-bueno, sí. Una vez — contesté tomada por sorpresa.
— Muy bien. ¿Y dicho duelo fue a causa de defender a alguien querido?
— Pues, a decir verdad sí. Yo no quería aceptar el duelo, pero…
— Pero algo muy dentro de usted le dijo que si no lo hacía, ese alguien querido por usted saldría lastimado. ¿Cierto?
— S-sí… algo así pasó. ¿Pero cómo sabe…?
— Señorita, las varitas de ciprés suelen tener una fidelidad poderosamente fuerte con aquellos magos o brujas en cuyo corazón reina la nobleza — dijo con seguridad —. La madera del ciprés es perenne, es decir que dura casi para siempre, y sus propiedades mágicas solo pueden ser encauzadas por un corazón desprendido y altruista, un corazón que pertenezca a alguien piense en los demás antes que en sí mismo. Si es su caso, pienso señorita que posee usted una varita fiel para mucho, mucho tiempo.
Mi sobrino y yo nos quedamos de una pieza. Nunca me imaginé que tenía algo así en mis manos, o al menos no lo recordaba. Iba ya a darle las gracias a la señora, cuando ella misma me atajó antes.
— Señorita, solo quisiera preguntarle algo, por pura curiosidad. ¿Podría?
— Sí claro, adelante.
— Gracias. Bueno, según recuerdo, mi maestro me contó que hizo muy pocas varitas con madera de ciprés, dado que muy pocos magos serían elegidos por ellas. Y recuerdo que mencionó que una ocasión, una niña fue elegida por una varita de ésas. Era una niña muy peculiar, algo retraída, quizá desconfiada, pero que escondía dentro de sí un corazón muy noble, y dotada de una inteligencia muy superior a la de las chicas de su edad. Mi maestro, o más bien su imagen, dice que usted responde a esa descripción bastante bien, pero yo no creo que usted sea… Bueno, la pregunta es, ¿su abuela era así como esa chica?
Me había descrito tan bien, que estuve tentada a confesarme y decir la verdad. Pero no sabía lo que pasaría luego, y creo que mi sobrino estuvo de acuerdo conmigo cuando lo miré antes de contestar.
— La verdad no lo sé señora — dije segura —. Yo no conocí a mi abuela. Solo sé de ella por lo que me cuentan, y me han dicho que tenía unas ganas muy grandes de conocerme cuando naciera. Pero no pudo hacerlo, y parece ser que ella lo sabía, pues dejó instrucciones de que lo que tenía fuera para mi educación y mi uso personal. Entre lo que me dejó estaba esta varita, y ahora que estudio con ella no me ha fallado nunca, ni una sola vez.
— Entiendo — dijo ella, al parecer satisfecha —. Bueno señorita, ha sido un placer conocerla. Si necesita algo referente a su varita, no dude en venir y le atenderé con mucho gusto.
— Sí, muchas gracias señora.
— Llámame Alice hija. Mi nombre es Alice Longbottom.
Wow. Esto de vivir de nuevo se estaba poniendo muy interesante. Estaba viendo el futuro de mis amigos en mi presente, mi nuevo presente.
