Disclaimer: Los personajes de H.P NO me pertenecen, como tampoco este fic, que es de la autoría de Cheryl Dyson.


Llama tres veces

DOS

.


Teddy lanzó el último baúl al suelo y se tumbó sobre la cama.

¡Merlín!, las mudanzas siempre eran toda una molestia… Pero, con suerte, no tendría que volver a cambiarse de apartamento durante un tiempo. Estaba listo para establecerse allí durante una temporada, y la localización era inmejorable, especialmente considerando que era una zona exclusiva para magos y así no habría ningún tipo de restricción con respecto al uso de la magia, como había ocurrido con sus dos últimas viviendas.

Aun así, vivir entre muggles había sido una experiencia enriquecedora y le había sido de utilidad. Pero ya era hora de regresar a su mundo y estaba listo para hacerse un nombre en él, uno que hiciera enorgullecer a su abuela y a su padrino.

De repente, su amigo Robin apareció por la puerta, con una caja de fideos y un par de palillos de madera.

—Traje comida. Imagino que aún no te sientes con ánimos de cocinar.

Ted bufó.

—Eres genial, Robbie. Pero estoy tan cansado que no quiero ni tomarla.

Robin levitó una segunda caja hasta Teddy, quién encontró las fuerzas necesarias para sentarse y clavar los palillos en la carne al curry y los trozos de verdura. No estaba seguro de si tendría energía para masticar, pero una vez se hubo comido el primer bocado, el sabor le despertó el apetito.

—Gracias por ayudar, Robbie.

Su amigo se dejó caer al suelo, usando la pared como respaldo. Ted tenía un mobiliario limitado, consistente principalmente en una cama, tres baúles, una mesa pequeña y redonda y dos sillas plegables. La mesa y las sillas querían imitar un comedor en la otra habitación.

—No te preocupes, T. Me vas ayudar con mi mudanza el mes que viene, ¿recuerdas?— La sonrisa de Robin era casi perversa, pero Teddy no podía siquiera quejarse porque su amigo había pasado todo el fin de semana ayudándole a encoger y empaquetar sus pertenencias, antes de trasladarlas desde su viejo piso en Brighton hasta su nuevo hogar en WandsWorth. Además de hacer una pequeña visita a su abuela para recoger cuatro cosas que había dejado allí.

—Sí, gracias por recordármelo… ¿Te quedas?

Robin gruñó.

—Odio desaparecerme cuando estoy así de cansado, pero odio aún más dormir en el suelo.

—Hay red flú pública en la planta baja.

Robin lo consideró y acabó asintiendo.

—Sí. Buena idea— arrastró las piernas hasta colocarlas debajo de su propio cuerpo y se levantó con esfuerzo casi sobrehumano—. Buenas noches, entonces.

—Buenas noches. Y gracias de nuevo.

Robbin se marchó y Teddy tuvo la energía suficiente para desvanecer las cajas de cartón vacías y quitarse los zapatos a patadas. Se metió entre las sábanas y estaba dormido antes de llegar a decidir si su nuevo cojín era una bazofia o no.

ooOoo

Un fuerte ruido lo despertó de su maravilloso sueño.

Buscó su varita a tientas, medio incorporándose con pánico, desorientado y alarmado. No la encontraba por ningún lado y, al cabo de un rato, recordó donde estaba.

El ruido procedía de la pared de detrás del cabezal de su cama. Un golpeteo muy rítmico, acompañado de lo que parecían gritos femeninos de placer.

—Oh, genial— murmuró Teddy—, vecinos ruidosos…

Volvió a tumbarse en la cama e intentó perderse en sus pensamientos, pero los golpeteos eran demasiado fuertes y molestos, a pesar de que los gemidos femeninos fueran, de algún modo, entretenidos. No podía entender sus palabras exactas, pero aquella mujer parecía ser bastante escandalosa.

Bostezó y frunció el ceño cuando un particularmente sonoro golpe tiró un montón inestable de libros al suelo.

— ¡Hasta aquí llegaron!

Se puso de rodillas encima de la cama y cerró el puño antes de aporrear con fuerza la pared.

— ¡Silencio! ¡Algunos intentamos dormir, y es muy… —buscó su varita de nuevo para lanzar un Lumos, y continuó, penosamente— temprano!

El ruido cesó inmediatamente y Teddy asintió, satisfecho, antes de acostarse en la cama de nuevo. Casi había conseguido dormirse cuando todo empezó de nuevo, más fuerte que antes.

Maldita sea.

Sus nuevos vecinos sí que eran unos idiotas. Eso parecía. Tendría que hablar con el encargado por la mañana y, con suerte, mudarse a otro piso en algún otro punto del edificio. Eso, o tendría que soportar la enemistad con sus vecinos durante los meses siguientes. Ambas opciones le resultaban poco agradables en el medio de la noche. Se cubrió la cabeza con la almohada e intentó volver a dormirse.

ooOoo

Tuvo que levantarse temprano en la mañana para poder ir a trabajar. Le fue difícil concentrarse y se sorprendió a si mismo bostezando varias veces en el transcurso del día.

Maldijo a sus vecinos por haberlo mantenido despierto media noche con su vigorosa actividad sexual; y el hecho de que no se había acostado con nadie en lo que a él le parecía una eternidad tan solo empeoraba su humor.

El día se le hizo más largo de lo esperado, algo que siempre ocurre cuando uno está cansado y simplemente quiere que la jornada se acabe. Cuando llegó a su casa estaba deshecho, y sabía que no tenía energía como para ir a ver al encargado con respecto al cambio de apartamento. Sólo le quedaba esperar que sus vecinos no tuvieran el sexo esa noche como era su costumbre diaria.

Para su sorpresa, había una nota en su puerta, pegada con un hechizo. Tiró de ella y examinó el pergamino doblado. No había ninguna inscripción. Puso un dedo en el pliegue con la intención de abrir el sobre, pero antes de poder hacerlo, la puerta del piso de al lado de abrió para descubrir a uno de sus maleducados vecinos.

Su mandíbula casi cayó al suelo ante la vista.

—Oh—dijo su vecina— Veo que has recibido mi nota. Tenía intención de decírtelo en persona, pero has estado fuera todo el día—. Sus ojos de color azul lo evaluaron mientras se acercaba y le arrancaba el sobre de los paralizados dedos—. Pero ahora que te veo, creo que necesito hacer algunos cambios…

Abrió el sobre y le dio un golpecito con su varita al pergamino antes de volver a cerrarlo y dárselo otra vez. Teddy tragó saliva al recogerlo. Los labios de ella se curvaron con una sonrisa sensual, se giró y volvió a su apartamento. La puerta se cerró detrás de ella, dejando a Teddy con la vista clavada en el lugar por el que había desaparecido, intentando procesar el increíble hecho de que su nueva vecina no era otra que Pansy Parkinson, su primer amor.

Largo rato después, volvió en sí, abrió la puerta de su apartamento y consiguió entrar. Se dejó caer en una de las sillas plegables y abrió la nota, intentando contener las mariposas que habían empezado a revolotear en su estómago.

No golpees la pared de mi habitación ni interrumpas mi gratificación sexual de nuevo, a no ser que estés dispuesto a tomar el lugar de mi amante actual. Y, si lo estás, llama tres veces… Si crees que tienes la resistencia suficiente.

Teddy leyó las palabras seis veces. Merlín.

"Si crees que tienes la resistencia suficiente…"

Se levantó y se preparó para irse a la cama. Hecho polvo como lo estaba, se tumbó en el colchón y fijó la mirada en el techo, preguntándose si Pansy estaría durmiendo al otro lado de la pared. Se preguntó que debía de llevar puesto en la cama. Si es que llevaba algo. Sin ir más lejos, la noche anterior había estado… ¡Maldición! Algún sujeto suertudo la había estado estampando contra la pared, provocando en ella aquellos ruidos, gemidos que Teddy solamente había oído en sus sueños. Sintió un pinchazo de celos que no lo había embargado en años. Se preguntó que debería haber pasado con el hombre rubio con el que se había entretenido en Hogwarts años atrás, la noche en la que había destrozado, sin saberlo, su corazón.

Amante actual, había dicho, cosa que parecía negar la presencia de alguien permanente en su vida.

Por Merlín, ¿cómo podía haberse mantenido tan increíblemente atractiva después de tanto tiempo? Estaba exactamente igual que la primera vez que Teddy le había puesto los ojos encima. Las mismas curvas, el mismo pelo negro cortado en un seductor estilo bob, los mismos ojos del color del más profundo océano… Ted tragó saliva y se dio cuenta de que tendría que mantenerse alejado de ella. Sería demasiado fácil caer ante sus encantos, y sabía que aquello sólo terminaría con un corazón roto. El suyo.

Su determinación sólo duró dos días.

ooOoo

Teddy abrió la puerta tras el golpe y se sorprendió de ver el adorable rostro de Pansy.

—Hola, querido vecino. Estoy haciendo margaritas y parece que me falta sal. ¿Tienes un poco? — preguntó ella. Sus ojos le recorrieron de una manera que provocó que la temperatura corporal de Ted aumentara unos veinte grados en una milésima de segundo.

—Sí —dijo—. Emm… Espera.

Se giró y entró en la cocina, que era visible desde la puerta, ya que el piso solamente contenía dos habitaciones y un baño pequeño. Ella entró mientras él abría un armario y localizaba un paquete de sal. Frunció el ceño mientras se preguntaba dónde poner un poco, ya que los únicos utensilios que había desempaquetado eran dos platos, unos cuantos vasos, y un cajón lleno de herramientas.

La observó por el rabillo del ojo, en el centro de la habitación, dónde observaba a su alrededor con diversión.

— ¿Tienes intención de adquirir algún otro mueve, o prefieres el estilo espartano?— preguntó.

Teddy enrojeció, consciente de que su domicilio era el perfecto ejemplo de la peor clase de apartamento de soltero.

—Por supuesto— aseveró, quizá más fríamente de lo que pretendía—. Necesito encontrar un sofá, y alguna silla decente. También tengo obras de arte… en algún sitio.

—Me alegra saberlo— comentó, asintiendo—. Me preocupaba que fueras algún tipo de monje— Mientras hablaba se acercó más a él. Pansy llevaba una falda negra y ajustada, -que no era exageradamente corta- cayendo sobre sus rodillas. Sin embargo, combinada con la blusa de seda verde que llevaba, parecía más sensual de lo que era. O quizás simplemente era Teddy canalizando sus viejos sentimientos de lujuria adolescente.

Pansy le arrebató la caja de las manos.

—Usaré lo que necesite, y simplemente volveré para devolverte el resto, ¿sí?—Interrogó.

—Sí, claro— dijo Teddy, casi ahogándose en su proximidad y, ¡Por Merlín!, su perfume. El familiar aroma, más que nada hasta el momento, le devolvió tal cantidad de emociones que sintió que se le doblaban las rodillas. Su corazón se encogió al darse cuenta de que estaba totalmente jodido. Tendría que mudarse. Preferiblemente a otro continente.

Sintiéndose miserable, observó el vaivén de sus caderas mientras deshacía su camino hasta la puerta, lugar en el que se detuvo.

— ¿Te apetecería venir a tomar una copa? Hice empanadas, que son la razón por la cual los margaritas son absolutamente necesarios.

Teddy asintió, a pesar de que las partes más inteligentes de su cerebro gritaban alarmadas que era una pésima, pésima idea. Se sintió como un autómata mientras la seguía.

Fue una idea peor incluso de lo que había imaginado. El departamento de Pansy estaba amueblado con rica madera oscura y diferentes tonos de verde. Teddy frenó en seco al ver un hombre esperando en el sofá. Éste le lanzó una mirada interrogante por encima del borde de su copa mientras sorbía el líquido verdoso. El hombre no era rubio, aunque Teddy estaba demasiado destrozado por el hecho de verlo allí como para sentir algún tipo de alivio.

—Con— la voz de Pansy era de reproche— Se suponía que tenías que esperar la sal.

— ¿Tú eres el chico de la sal?— inquirió el hombre. Teddy pensó que parecía, en cierta forma, una pantera. Elegante, oscuro y, de algún modo, peligroso.

—Éste es mi nuevo vecino… — comentó Pansy. Parpadeó un instante y después lo miró fijamente. Ted se dio cuenta de que ella lo había olvidado completamente, y no tenía ni idea de cual era su nombre. Aunque no es que tuviera mucha suerte recordándolo en Hogwarts.

—Ted—dijo—. Teddy.

—Teddy— repitió Pansy— Éste es Con. Diminutivo de Conner— se detuvo un momento, frunciendo los labios— ¿O es Conrad?

El hombre pantera le dirigió una mirada resentida.

—Es Connelly.

Pansy sonrió, burlona, y vertió una generosa cantidad de tequila en una jarra.

—Cierto. Qué tonta… ¿Cómo puedo haberlo olvidado?

Teddy se sintió ligeramente mejor tras oírla. Al menos no era el único que sufría la incapacidad de Pansy para recordar nombres.

La bruja mezcló el contenido de la jarra con un movimiento de varita y después echó la sal de Teddy en un plato, antes de mojar los bordes de dos altos vasos para ponerlos en la sal. Con otro giro de varita envió el líquido de la jarra a los vasos sin derramar una sola gota.

— ¿Empanada?— Preguntó con una sonrisa, pasándole un vaso a Teddy y señalando la bandeja de comida con un movimiento de cabeza.

Teddy bebió un trago y rechazó la oferta, demasiado nervioso como para comer. Pansy le sonrió antes de volver a hablar.

—Siéntate, Teddy— dijo, y se dirigió al sofá en el que Connelly estaba sentado. Por suerte, había varias sillas en la habitación, por lo que Teddy se decidió por sentarse en la más alejada del hombre.

— ¿Tú eres el que golpeó la pared hace un par de días?— indagó el hombre-pantera, con marcado acento escocés.

—Sí, me había pasado todo el día de mudanzas. Estaba cansado— se excusó, sin mucha convicción.

Teddy se fijó en que Pansy se sentaba en otra de las sillas, no al lado de Connelly. Elegantemente, cruzó una pierna por encima de la otra, movimiento que provocó que su falda subiera, mostrando gran parte de sus suaves muslos. Teddy desvió la vista y la paseó por la habitación, escondiendo parcialmente su cara tras el vaso. Se fijó en que el piso debía haber sido ampliado mágicamente, puesto que parecía tres veces más grande que el suyo, aunque ocupara el mismo espacio por fuera. Distraídamente se preguntó si Pansy era lo suficientemente hábil como para hacer aquél tipo de magia ella misma, o si había contratado a alguien para que lo hiciera.

—Pans se vuelve un poco salvaje en la cama— dijo de pronto Connelly, y se rió.

Teddy alzó la vista y miró a la mujer, dándose cuenta de que ella estaba mirándolo también, en vez de prestar atención a Connelly. Su expresión era pensativa.

—Me recuerdas a alguien… ¿Cuál es tu apellido, Teddy?

Él sorbió su bebida cargada de lima y alcohol, y lamió la sal que había encima de su labio superior.

—Lupin. Ted Lupin.

—Lupin— exclamó, como si le faltara aire— ¡Eso es! ¡Eres hijo del Profesor Lupin, de Hogwarts!

—Remus Lupin era mi padre —asintió él—. Murió en la guerra justo después de que yo naciera. ¿Lo… conocías?— Odiaba el tono esperanzado que adquiría su voz siempre que alguien mencionaba sus padres. Era estúpido estar tan desesperado por cualquier pequeño fragmento de información, pero siempre le había pasado.

Pansy dio un largo sorbo a su copa y pareció estudiarlo con la vista. Teddy percibió la calculadora mirada que le dirigía. Se preguntó por que sería, pero antes de poder formular la cuestión, Connelly soltó una risotada.

—Si tenía pene, seguramente le conocía.

Puesto que Teddy la estaba mirando atentamente, pudo ver como los ojos de ella se entrecerraban con una expresión que tan solo podía ser de enojo. Sus nudillos se volvieron blancos al cerrarse entorno a su copa un instante, y seguidamente mostró sus dientes en lo que le podría haber parecido una sonrisa a cualquiera que no hubiera estudiado sus variadas expresiones durante semanas, tal y como Teddy había hecho. Se quedó sorprendido de lo rápido que los gestos y expresiones de Pansy volvían a su mente.

—Conner, no hagas que eche tu arruinado trasero de aquí. Tu madre no volverá a hospedarte en casa después de tu último desliz, ¿recuerdas?— La voz de Pansy sonaba burlona, pero había dureza detrás de ella.

Teddy miró a Connelly, cuya expresión se había endurecido tras una máscara de petulancia. Sintió asco al mirar aquél hombre, y se preguntó qué podía Pansy ver en él. La boca de Connelly se transformó en una mueca de disgusto, y Pansy lo fulminó con la mirada. Teddy la animó interiormente. Había visto a esa mujer dirigir aquella mirada penetrante a magos poderosos. Un don nadie como Connelly no tenía ninguna oportunidad contra ella.

Ted se tragó el resto del contenido de su vaso y se levantó.

—Debería irme— anunció.

Pansy asintió. Se levantó y dejó su vaso, aún lleno, encima de la mesa antes de acompañarlo a la puerta.

—Gracias por venir, Teddy. Te devolveré la sal más tarde.

Teddy se forzó a sonreír y después le dirigió una mala mirada a Connelly, como si preguntara, ¿por qué él?

Pansy pareció entenderle, y sonrió con picardía.

—Buenas noches, Teddy— el tono de despedida no podía malinterpretarse, Y Teddy se apresuró a irse y regresar a su apartamento.

Una vez dentro, se recargó contra la puerta y dejó que sus emociones contenidas le embargaran.

Por Merlín, ¿cómo podía preferir a burdos y repugnantes idiotas como el tal Con, y tratarlo a él como si fuera sólo un niño?

Suspiró.

Eso no cambiaba el hecho de que la deseaba.

-~TBC~


Gracias por leer.

Hasta la próxima!