Habíamos logrado acabar con los soldados que nos querían tender una trampa. Creían que seríamos tan estúpidos de salir del tren desprevenidos y recibir sus disparos por una supuesta rebelión. Pero no contaban con que NORA estaba entre los exiliados. Mi grupo de resistencia siempre había sido criticado y poco comprendido por muchos allá en el Nido, y si yo fuese de esos que dan importancia a lo que escuchan hubiese cerrado sus puertas hace años. Pero ahora eran mis muchachos quienes llevaban a cabo planes, proponían y actuaban, salvando la vida de muchos. Vaya que estaba orgulloso de ellos, vaya que sí. De hecho, no quería aceptarlo en público pero resultaron ser mejores para hacer planes que yo mismo.
Los exiliados estaban casi todos reunidos fuera mientras asegurábamos la zona. Habíamos perdido a dos hombres, pero eso era poco teniendo en cuenta que no teníamos armas al principio y tuvimos que librar una batalla de agilidad. Los cuerpos de los soldados finalmente nos regalaron las suyas, así como parte de sus armaduras, y eso lo teníamos que agradecer. Gracias, soldados... Ahora era momento de armarse de valor y ser los héroes que todos estos desgraciados necesitaban.
- Tu sólo conserva la calma, y ellos lo harán también -le dije a Yuj, un joven de buen corazón, uno de los más jóvenes de NORA. Llevaba un arma y aunque parecía faltarle un poco de confianza, sabía que lo haría bien.
En la lejanía se escuchaban otros frentes de batalla, los disparos hacían eco en medio del Despeñadero, verde y lúgubre. Necesitaban una moral bien alta para poder sobrevivir.
- ¿Cuál es nuestro lema? -le pregunté finalmente al joven.
- "Ninguna milicia puede con NORA" -recitó Yuj, así que le dediqué una sonrisa, un pulgar y le dije despacio para que solo él lo escuchara: "ese es mi chico".
Inesperadamente, un sonido de disparos cercanos nos alertó. Corrí hacia Gadot, el más corpulento del grupo.
- ¿Has escuchado eso? -pregunté.
- Tan claro como tú. ¿Vamos?
Decidimos ir a investigar junto a Maqui y Lebreau, cubriéndonos entre las ruinas. Cuatro de nosotros, cada uno con armas, lograríamos asegurar el área. Pero lo que vimos nos dejó impresionados, pues sí habían soldados cerca, pero no eran 4 ni 10. Unos 40 hombres estaban desplegados en la zona, y lo peor, estaban haciendo lo mismo que nosotros. Era cuestión de tiempo para que terminaran de inspeccionar la zona y darse cuenta de nuestra presencia.
- Hay soldados por todos lados -exclamó Lebreau, una hermosa chica de cabello suelto.
- ¿Cuál es el plan, jefe? -preguntó Gadot, conservando la calma como siempre lo hacía.
- Cargamos las armas bien y disparamos -respondí, ocultando mi evidente nerviosismo.
- Oye, ese no es un plan -replicó Maqui, otro joven de NORA, de cabello rubio con sus lentes de mecánico.
- Los héroes no necesitan planes -respondió Lebreau con una sonrisa. Guiñe el ojo y le mostré el pulgar. No podía darme el lujo de demostrar nervios, todos ellos contaban conmigo. Pero no podríamos con tantos nosotros solos, así que decidí regresar donde estaba el grupo para reclutar algunos civiles.
De regreso, miraba a los muchachos con especial cariño. De hecho, quedé rezagado durante un tiempo para "cuidar sus espaldas". Pero en realidad hubiese querido que este momento perdurase por más tiempo. El momento en el que NORA finalmente daba fruto, el momento en el que este compañerismo que veía frente a mi... salvaba vidas.
- ¿Están todos bien? -les pregunté a los exiliados cuando volvimos, la mayoría yacían en el suelo, algunos muy nerviosos. Maqui traía varias armas en las dos manos y por un momento resbaló y casi tira todo al suelo- ten cuidado con eso -le dije, y volví a mirar el grupo frente a mi.- no se preocupen, nadie hoy acabará en Paals. Todo saldrá bien. Pero ellos son más que nosotros y...
- Dejen que peleemos también -dijo uno de los civiles levantándose del suelo. Por un momento agradecí no tener que proponerlo yo.
- No nos vamos a quedar aquí sin hacer nada -exclamó otro. A lo lejos, una explosión y luego otra distrajeron nuestra atención. El campo de batalla se hacía más y más hostil. Uno a otro se pusieron de pie sin que tuviera que decir una sola palabra más. Había sido más fácil de lo que pensé, literalmente no tuve que pronunciar palabra.
- Muy bien -respondí, con voz de mando, y todos hicieron silencio- los voluntarios que sepan utilizar armas, un paso hacia adelante.
Comenzamos a conversar con los voluntarios, rápidamente pues no sabíamos con cuánto tiempo contábamos, y fue entonces que una dama de cabello color plata se acercó y me miró decidida, extendiendo su mano para recibir un arma.
- ¿Está segura, señora?
- Si, las madres somos mujeres fuertes -dijo. Su mirada era firme, pero tan noble. Detrás de ella, un exiliado de baja estatura con el traje encima y la capa aún sobre su cabeza, la miraba atentamente, a una distancia media entre ella y el resto del grupo que no participaría. Probablemente un familiar, pensé.
- Señora, no sabemos en qué podría resultar todo.
- Yo tampoco. Y sentada allá atrás sabría mucho menos, no podría defender nada. -su mirada firme me sorprendió. Su pulso era fuerte, su mano en mi brazo parecía pesar un mundo para ser la mano suave de una mujer mayor- ¿O es usted de los que creen que las mujeres no son fuertes?
Fue entonces cuando tocó mi fibra sensible, con palabras que me hicieron recordar a mi propia madre. Le entregué el arma en sus manos y le dirigí una mirada firme y una leve sonrisa, como el oficial que promueve personalmente a su cadete favorito.
- Es la última, jefe -dijo la voz de Gadot. El grandulón estaba a mi lado, sosteniendo un arma con ambas manos. Dejando a la mujer, la tomé y me dirigí al grupo.
- Muy bien, es la última arma. Necesito que uno de ustedes la tome, y defienda la base -dije, acercándome a ellos, y extendiendo la mano al jovencito más cercano.
- N-no, no, no -dijo, tartamudeando y retrocediendo mientras yo caminaba hacia adelante. Se tropezó entonces con una chica que también vestía el traje de los exiliados con su capa sobre la cabeza.
- Yo lo haré -aclamó con una voz dulce y alegre. Aunque inicialmente dudé, las palabras de la mujer de cabello color plata resonaban en mi cabeza.
- Muy bien -dije, levantando la voz mientras entregaba el arma- Nosotros despejaremos el área. Manténganse a salvo, y tu, protégelos a todos
La chica sonreía debajo de la capa, sus ojos aún ocultos. Pero su pulso era firme, aunque no sabía si era por inocencia o resolución.
