Disclaimer: Ni la historia de Inuyasha ni sus personajes me pertenecen, son de Rumiko Takahashi. Este fanfic está hecho sin ánimo de lucro.
EL RETORNO DE LA SACERDOTISA
PARTE 1:
EL RETORNO DE LA SACERDOTISA
Capítulo I
Bip-bip-bip, bip-bip-bip, bip-bip-bip.
"¡Maldito despertador!" Eran las siete de la mañana de un nuevo día, pero no de un día cualquiera. Hoy era el día en que cumplía 19 años, y no estaba muy contenta. No es que le disgustara cumplir años, aun era muy joven para preocuparse por la edad y normalmente en los cumpleaños siempre te conviertes en el centro de atención, pero es que hoy era martes. Tenía que madrugar porque tenía clases en la universidad y encima hoy tenía prácticas por la tarde y llegaría a casa muy cansada como para salir por la noche a celebrarlo con sus amigas. "En fin, ¡feliz cumpleaños, Kagome!"
Mientras se levantaba y se preparaba para ir a clase, pensó en lo que había sido su vida en los últimos tres años. Tres años largos y aburridos en los que la rutina había sido predominante: ir a clase, estudiar para los exámenes y alguna salida ocasional con sus amigas. Había sacado buenas notas y había conseguido entrar a la Universidad de Tokio. Ahora estaba estudiando Medicina. Le gustaba la carrera que había elegido pero, después de que hubo una época en su vida en la que creyó que las heridas que curaría en toda su vida serían las de un pequeño demonio zorro, una exterminadora de demonios, un monje pervertido y las de un medio demonio malhumorado; la vida que llevaba ya no le parecía tan genial.
Una vez estuvo lista, se dirigió a la cocina dónde la esperaban su madre, su hermano y su abuelo para desayunar.
—¡Buenos días! —saludó.
—¡Kagome! Feliz cumpleaños, cariño —le dijo su madre.
—Feliz cumpleaños.
—¡Feliz cumpleaños, hermana!
—Muchísimas gracias —les contestó—. ¡Qué bien huele! —le sonrió a su madre.
—Gracias, Kagome. He preparado tu desayuno favorito para que empieces tu día con buen pie.
—Mmm, tortitas. Gracias, mamá. ¡Qué aproveche! —y diciendo esto, se puso a comer.
Aunque la mayoría de las veces su rutina diaria le resultaba aburrida, había cosas que no querría cambiar por nada del mundo, como la mirada amorosa y comprensiva de su madre, o la mirada entusiasta de Sota mientras el abuelo le contaba historias de sus antepasados, o aburrida, como venía siendo desde que su hermano había cumplido los doce años y había empezado a interesarse por otras cosas. Otra que no cambiaría Kagome sería desayunar tortitas todas las mañanas en su cumpleaños.
—Ahh, estaba riquísimo, mamá. Pero ahora tengo que irme si no quiero llegar tarde. ¡Adiós!
—¡Adiós! —le contestó su familia al unísono.
Kagome recogió sus cosas y salió de su casa, pero, en vez de dirigirse directamente a la universidad como todas las mañanas, hizo un alto en el camino. Se dirigió a un pequeño y viejo santuario construido con madera y situado entre el templo Higurashi y el Árbol Sagrado. Deslizó la puerta corredera y se asomó. Allí, al pie de las escaleras, estaba el Pozo Comehuesos. Cerró la puerta, bajó las escaleras y se sentó al lado del Pozo.
Había hecho esto todos los días en su cumpleaños desde que había regresado definitivamente a su época. Se sentaba allí con la vana esperanza de que Inuyasha volviera a por ella y pudieran ser felices juntos, tal y como había soñado prácticamente desde que lo conoció. Patético, sí, lo sabía, pero se había convertido en un ritual, en su ritual. También lo hacía porque tenía miedo de que, con el paso del tiempo, olvidara a todos los amigos que había hecho al otro lado del Pozo. Así que simplemente se sentaba allí a pensar, ya que era el único día del año que se permitía pensar en su pasado.
"Cuatro años..." Habían pasado cuatro años exactos desde aquel primer viaje a la era Sengoku en el que conoció a Inuyasha, y casi tres años desde la batalla final contra Naraku y la desaparición definitiva de la Esfera de los Cuatro Espíritus. Por supuesto, habían conseguido acabar con Naraku, pero con mucho esfuerzo y sufriendo muchas pérdidas. La más dolorosa, sin duda alguna, fue la de Kikyo. Lo recordaba perfectamente. Lo recordaba con tanta claridad que Kagome aún podía ver frente a sus ojos a Inuyasha llorando y estrechando entre sus brazo el cuerpo inerte de Kikyo. Aquél fue el peor momento que había atravesado el grupo puesto que parecía que Inuyasha no iba a levantar cabeza y eso pesaba sobre todos. Sobre todo, pesaba sobre Kagome. Pero Inuyasha consiguió recuperarse con la ayuda de Kagome, y ésta, al ver que el medio demonio no se había cerrado a ella y que seguía confiando en ella, no pudo evitar hacerse ilusiones de que, después de todo, sí que habría un futuro para ellos, sí que tendrían un final feliz. Pero la realidad fue otra: ni siquiera pudo despedirse de él porque la desaparición de la Esfera la llevó directamente a su época, al siglo XXI, sin darle tiempo a nada.
En cambio, Miroku y Sango sí que tuvieron su final feliz. Probablemente, y conociendo a Miroku, ahora estarían rodeados de bebés. La verdad era que se alegraba un montón por ellos, pero también les envidiaba porque tenían el resto de sus vidas para estar juntos. Sin embargo, Kagome daría lo que fuera solo por un momento para estar de nuevo frente a Inuyasha y poder despedirse de él como Dios manda, para poder decirle claramente, con todas las palabras, con todas las letras, cuánto lo amaba. Porque sí, seguía tan enamorada de él como el primer día.
De repente, algo la sacó de su ensoñación. En ese momento Kagome se dio cuenta de que con toda seguridad iba muy, muy tarde, pero no se movió de su lugar junto al Pozo. Lo que la había sacado de sus pensamientos había sido un ruido, un ruido que provenía de...
"No puede ser. No puede ser que provenga del interior del Pozo" pensó Kagome. El Pozo no había sido sellado después de que Kagome volviera. Ella no había dejado a su abuelo hacerlo porque hubiera sido como cortar con todos los vínculos que la unían a la época de los samuráis y, para qué mentirse a sí misma, también estaban sus estúpidas esperanzas.
Kagome se levantó del suelo lentamente, se apoyó en la madera que rodeaba la boca del Pozo y se asomó. Por supuesto, no vio nada. El interior del Pozo estaba oscuro como la boca de un lobo pero volvió a oír el ruido. "Lo sabía, no eran imaginaciones mías. Pero no lo entiendo. Aquí no entra nadie jamás. ¿Será que Buyo se ha escapado y se ha caído dentro?"
—¡¿Buyo?! —llamó.
Al no recibir respuesta, Kagome se asomó un poco más apoyando una rodilla sobre la madera, pero ésta, desgastada por el paso de los años, cedió bajo su peso y Kagome cayó irremediablemente a la oscuridad del Pozo.
IYIYIYIYIYIYIY
"Mmm... ¡Dios! ¡Menudo golpe! Me duele la cabeza" Cuando Kagome recuperó la conciencia, lo primero que notó fue que le dolía la cabeza; lo segundo, que era normal que le doliera la cabeza porque estaba tirada sobre un suelo dolorosamente sólido; y lo tercero, que, al contrario de lo que había esperado, no estaba tan oscuro y podía distinguir las paredes del Pozo. No pudo levantarse puesto que el golpe en la cabeza aún la tenía un poco mareada, así que, hizo lo único que podía hacer: gritar.
—¡Abuelo! ¡Sota! ¡Mamá! ¡Que alguien me ayude! —pero no obtuvo respuesta. "¡Genial, Kagome! El día de tu cumpleaños te das un golpe en la cabeza que te deja medio grogui. Te metes en unos líos tú solita..." se dijo a sí misma.
Cuando por fin consiguió incorporarse y miró hacia arriba descubrió porqué no estaba tan oscuro como había imaginado. Sobre su cabeza había un cielo de un color azul claro precioso sin una sola nube que impidiera pasar la luz del sol. "Pero... ¿he conseguido... atravesar el Pozo?" se preguntó. Con esta pregunta en mente, se puso a trepar, no sin dificultad, para hallar su respuesta. Al llegar arriba, se topó con un paisaje que hacía mucho tiempo que no veía.
Verde. Todo era verde, y no había ningún edificio moderno a la vista, ni humo proveniente de los tubos de escape de los coches. Había regresado a la era Sengoku.
"¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡No puede ser! ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de tanto tiempo he podido regresar? ¿Cómo es posible? ¿O es que siempre he podido regresar y como no lo había intentado, no lo sabía? ¿Será solo porque hoy es mi cumpleaños como la primera vez que vine aquí?" Con cada pregunta que le venía a la cabeza, Kagome se iba poniendo más y más histérica.
"Espera, Kagome" le dijo una vocecita en su interior "respira hondo y cálmate. ¿No era esto lo que siempre habías soñado? ¿Una última oportunidad para despedirte de todos? ¿Una última oportunidad para verle a él y confesarle todo lo que sientes? Pues aquí está tu oportunidad. Deseo concedido. No pienses en lo demás."
"Pero... ¿qué le diré cuando lo vea?" se preguntó.
"Eso lo sabrás cuando lo tengas en frente. Así que, andando" le contestó la sabia vocecita.
Después de todo este debate interno, Kagome se puso en marcha hacia la aldea. Le extrañaba que Inuyasha aún no hubiera captado su olor y hubiera venido corriendo pero no quiso pensar en ello. Cuando llegó al límite del bosque, desde donde se podía vislumbrar la aldea, y miró en aquella dirección, lo que vio la dejó completamente helada.
—Pero... ¿qué demonios ha pasado aquí?
