Disclaimer: Ni la historia de Inuyasha ni sus personajes me pertenecen, son de Rumiko Takahashi. Este fanfic está hecho sin ánimo de lucro.

Capítulo II

En medio de un espeso y oscuro bosque se encontraba un gran castillo de aspecto fantasmal. Entre los habitantes de las cercanías, era tan admirado por su belleza como temido por las criaturas que allí vivían. Una de esas criaturas estaba en ese instante en una de las habitaciones más lujosas del castillo con aspecto de gran satisfacción.

- Ya estás aquí por fin. Sé bienvenida – susurró lentamente, mientras se formaba una macabra sonrisa en su rostro.

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El paisaje que se formaba ante Kagome era desolador. La aldea había sido completamente destruida. No quedaba ni una sola tabla de madera en pie. Conforme se iba acercando, nuevos destrozos descubría; por la manera en que crecían las malas hierbas, ese desastre debía de haber pasado hacía bastante tiempo. Los campos de cultivo que los aldeanos habían sacado adelante con tanto esfuerzo, ahora no eran más que barrizales. Habían destruido los pequeños puentes y todas las cabañas, ni siquiera habían respetado el monumento en honor a Kikyo dónde descansaban sus cenizas.

Pero hubo algo más que llamó la atención de Kagome. "¿Eh? ¿Qué es eso?". Cuando se acercó, la imagen de lo allí había la golpeó tan fuerte que la hizo caer de rodillas. Era un cementerio. Seguramente los pocos supervivientes de la masacre, habían enterrado a los difuntos y habían huido lo más lejos posible, intentando ponerse a salvo. Todo esto era bastante frecuente en una época de guerras como ésta, pero le resultaba tan difícil de creer que todos los aldeanos que había conocido y a los que había intentado ayudar tantas veces estuvieran enterrados allí... Era como un sueño. No, era una pesadilla, una pesadilla de la que quería despertar ya.

Había una tumba diferente a las demás, sobre la que habían apilado unas piedras formando una especie de monumento funerario. Cuando se acercó y se arrodilló para ver mejor y descubrió de quién era la tumba, pensó que bien podía haber salido corriendo en dirección contraria.

- ¡No! No. Kaede, no. Oh, Dios, no – gritó conmocionada. Como pudo, se levantó y, sacando fuerza de no sabía donde, echó a correr. Corría con los ojos cegados por las lágrimas, sin rumbo, simplemente sus pies la llevaban. Solo tenía un pensamiento en mente: "Tengo que salir de aquí".

Pero la mala suerte se cruzó en el camino de Kagome en forma de piedra. Una piedra con la que tropezó y cayó al suelo. Después de recuperar el aliento y secarse las lágrimas se levantó y descubrió donde la había llevado su carrera.

- El Árbol Sagrado – allí estaba aquel árbol milenario en todo su esplendor. Si aún existía algún vínculo material que la uniera a Inuyasha, era aquel árbol. "Inuyasha. ¿Dónde estás? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde están todos?". Se acercó y se recostó entre las enormes raíces del árbol.

Estaba asustada. No había nadie en aquella zona a quién conociera. Pero no quería volver a su época sin ver a sus amigos por última vez, si estaban vivos, claro. Eso no se lo perdonaría nunca. Pero tampoco podía comenzar una búsqueda ella sola, desarmada, y vestida con unos vaqueros y un jersey. Y también estaba el tema de las provisiones ya que no sabía cuanto tiempo tardaría en encontrarlos.

En esto estaba pensando cuando un ruido la alertó de que no estaba sola. Al levantar la cabeza, el color se le fue de la cara. Estaba rodeada, completamente rodeada de demonios que tenían un aspecto inquietantemente familiar. Uno de ellos, el que parecía el jefe, se acercó a ella con una sonrisa sospechosa.

- Hola, gatita. ¿Te has perdido? – le preguntó.

- No – contestó rápidamente. Esos demonios tenían el pelo largo y plateado, grandes colmillos y sus ojos eran de color rojo. Se parecían muchísimo a Inuyasha en su forma demoníaca. "¿Serán demonios perro? ¡Venga ya, Kagome! Empiezas a delirar. Demasiadas emociones para un solo día" pensó.

- ¿No? – inquirió el demonio contrariado – Yo creo que sí. Venga, si estás perdida, ven con nosotros. Seguro que tienes hambre, conozco un lugar dónde te darán de comer.

- No tengo hambre – tenía la sensación de que si iba con ellos, se convertiría en comida para perro. La teoría de los demonios perro empezaba a tomar fuerza en su mente, supuso que por culpa, en gran parte, de las orejas de perro que tenían. "¿Habrá formado Sesshomaru un ejército para dominar el mundo?" pensó irónicamente.

- Está bien. Tú ganas – dijo el demonio.

- ¿Yo gano? – preguntó Kagome empezando a asustarse de verdad. Entonces vio como el demonio se dirigía a sus compañeros.

- ¿Por qué los humanos nunca pueden hacer las cosas por las buenas? – les preguntó.

Los otros demonios le vitorearon en respuesta mientras el jefe se volvía de nuevo hacia ella pareciendo realmente arrepentido.

- Lo siento, gatita, pero vamos a tener que hacer esto por las malas.

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Sobre la rama más alta del árbol más alto que había en los jardines de aquel inmenso castillo, estaba un medio demonio de profundos ojos dorados y largo cabello plateado divagando sobre el pasado.

Hacía casi tres años que no la veía. Tres años de los que había contado cada día, cada hora y cada minuto que no podía estar con ella. "Kagome..." Su vida había sido un infierno desde que se marchó. Había hecho cosas que no le gustaban pero aun asía las había hecho porque era lo que se esperaba de él y porque sin ella no podía ser él mismo. Lo peor que había hecho, sin duda, había sido traicionar la confianza de sus amigos. Eso jamás se lo perdonaría. Pero lo había hecho sin siquiera inmutarse porque era lo que se le había ordenado, porque era lo que todos esperaban de él, el gran Inuyasha, el que nunca miraba atrás ni se arrepentía. Mentira. Pero nadie sabía que toda esa frialdad nacía de la imposibilidad de cumplir un sueño, de la imposibilidad a la chica humana que amaba. Si alguien supiera eso, volvería a ser repudiado por los demonios, volvería a estar solo. Aunque poco le importaba si no podía tenerla.

Estaba cansado. Estaba cansado de participar en una guerra que no era la suya pero estaba tan metido en ella que jamás podría salir, solo le quedaba elegir entre el bando ganador y el perdedor. La elección estaba clara aunque lo único que él quisiera fuera vivir en paz y tener un poco de la felicidad que se le había negado hasta ahora. Hubo una época de su vida en la que había sido feliz, en la que no había estado solo. Viajando en busca de los fragmentos de la Esfera junto al pequeño Shippo, Kirara, Sango, Miroku y Kagome, sobre todo Kagome; habían tenido momentos buenos y malos pero con ellos había conseguido ser él mismo. Ella lo había conseguido. Había dependido mucho de ella, tanto que cuando Kagome regresaba un par de días a su casa, se sentía inquieto, como si le faltara algo, y en esos momentos ni siquiera podía luchar, pero cuando volvía a verla, volvía a ser él mismo, como si ella fuera el trozo que le faltaba y que había buscado tanto tiempo. Kagome había conseguido que aquella fuera la mejor época de su vida. Y saber que había tenido la felicidad tan cerca y que se le había escapado de las manos, le entristecía como nada lo había hecho antes.

- ¿Señor? ¿Está ahí arriba? – preguntó una voz desde abajo.

- ¿Qué pasa? ¿No puedo estar solo ni un momento?

- Pero, señor, han llegado noticias de Matsuko – respondió la voz. Aquello hizo que Inuyasha bajara hasta el suelo dónde encontró a un demonio perro. Era... bueno, era como todos los demonios perro: orejas de perro, cabello plateado, ojos rojos... solo que la mirada de este demonio era diferente. Su mirada era más indulgente, más compasiva. Por esta razón él, Katsuko, se quedaba en el castillo trabajando al servicio de Inuyasha y el hermano de Katsuko, Matsuko, salía fuera a cumplir cualquier tipo de misión.

- ¿Qué noticias hay?

- Han regresado, señor. Parece que todo ha ido según lo planeado. Ahora están en el salón principal.

- Bien, vamos.

- Espere, señor – lo detuvo temeroso – Quizá debería saber antes de ir que se han traído una recompensa con ellos.

- ¿Qué tipo de recompensa?

- Eh... una chica humana, señor – respondió temiendo la ira de su señor.

- ¡Sabéis que os tengo prohibido comer humanos! – exclamó Inuyasha enfadado.

- Pero, señor, no es para comer, se lo juro. Lo único que quieren es divertirse un poco, como la última vez, después la chica podría trabajar para el servicio del castillo – explicó atropelladamente.

- Está bien – dijo más calmado – Vamos.

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Kagome se había llevado un susto de muerte para nada. Cuando creía que se había convertido en comida para perro y que iba a sufrir una muerte lenta y dolorosa, lo único que habían hecho esos demonios fue sujetarla para poder atarla y amordazarla. Incluso se habían mostrado bastante amables. Después la llevaron a un enorme castillo que parecía secado de una peli de terror. Por ello sabía que, por muy amables que fueran, tenía que escapar.

Examinó a conciencia el salón adónde la llevaron y vio que a un metro de ella había un arco y un par de flechas, mientras le explicaban que su jefe iría a conocerla y le quitaban la mordaza y las ataduras. "Seguro que creen que soy una pobre humana que no sabe defenderse. Se van a enterar" pensó.

- Pero, en serio, aunque me encantaría no puedo quedarme a conocer a vuestro jefe porque unos amigos me están esperando y seguro que ya estarán preocupados – dijo con su mejor cara de niña buena.

- Pero solo será un momento, a tus amigos no les importará – respondió el jefe, el cual le había dicho que se llamaba Matsuko – Seguro que nuestro jefe te gusta. A él le encantan los humanos, gatita.

"Sí, como a todos los demonios" pensó irónica – Es que uno de mis amigos es un demonio.

- ¿En serio? – preguntó Matsuko escéptico.

- Sí. Un demonio muy, muy fuerte y que, además, está enamorado de mí – se sentía como si volviera a tener 15 años y les estuviera mintiendo a los hermanos Raiju para salvar el pellejo (NA) – Seguro que se enfadará al saber que me habéis secuestrado.

- ¿Eh? – dijo el demonio contrariado – Pero, gatita, nosotros no te hemos secuestrado, simplemente queremos que conozcas a alguien. Solo será un momento – aseguró.

"Muy bien, ya me he hartado de jugar". Rápidamente recogió el arco y una flecha y apuntó a uno de ellos.

- Gatita, suelta eso, te vas a hacer daño – dijo Matsuko empezando a enfadarse.

- ¿No me crees capaz de disparar? Verás de lo que soy capaz – y disparó.

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Cuando Inuyasha llegó al salón acompañado de Katsuko, se quedó de piedra. Una flecha sagrada acababa de atravesar a uno de sus hombres y la chica que había disparado la flecha, cogió otra y volvió a disparar. "Un momento. Esa chica es... ¿Kagome?" Allí estaba ella, como invocada por sus pensamientos y con la determinación pintada en sus ojos. Entonces ella levantó la mirada y lo miró a los ojos, y ambos se quedaron sin aliento al verse después de tanto tiempo.

- ¡Inuyasha! – exclamó Kagome emocionada. Ese momento de despiste fue aprovechado por un demonio que se acercó por detrás y la dejó fuera de combate de un golpe en la cabeza.

Inuyasha lo vio todo a cámara lenta. - ¡Kagome, cuidado! – gritó, pero era demasiado tarde. Kagome ya se había desplomado en el suelo.


NA: capítulo 9 del anime: La llegada de Shippo. Los hermanos Raiju: Hiten y Manten.

Aquí está el segundo capítulo.

Para este fic tengo todas las ideas en mi cabeza, solo hace falta escribirlas, incluso sé cual va a ser el final. Así que, por ese lado, el fic está bastante adelantado, lo que no sé es con qué frecuencia voy a actualizar.

Gracias a setsuna17, Beautiful-Veela, Dieter-shun y AllySan por vuestros reviews.

Y nada más. Espero que disfrutéis leyendo la historia tanto como y escribiéndola.

Hasta la próxima.