Disclaimer: Ni la historia de Inuyasha ni sus personajes me pertenecen, son de Rumiko Takahashi. Este fanfic está hecho sin ánimo de lucro.


Capítulo III

- ¡Kagome! – exclamó Inuyasha preocupado mientras se arrodillaba a su lado y comprobaba su respiración - ¡Kagome! ¡Vamos, despierta! – dijo dándole unas palmaditas en las mejillas. Al ver que no reaccionaba la cogió en brazos y se dirigió hacia Matsuko – Encárgate de él – le dijo en voz baja señalando al demonio que había golpeado a Kagome.

- Pero, jefe...

- Nada de peros. Podría haberla matado.

- Pero, jefe, ella nos atacó primero. Es un peligro.

- ¿Estás cuestionando mis órdenes? – preguntó Inuyasha con una mirada amenazadora.

- Claro que no, jefe. Se hará lo que usted diga – contestó Matsuko bajando la mirada.

- Bien – dijo Inuyasha suavizando la mirada. Y entonces se dirigió a la salida del salón – Katsuko, ven conmigo.

- Sí, señor – dijo éste siguiéndole.

Llegaron a una espaciosa habitación dónde había un futón en el que Inuyasha recostó a Kagome con sumo cuidado, como si fuera su más preciado tesoro, cosa que no pasó desapercibida para Katsuko. Era la habitación más luminosa del castillo y una puerta daba a uno de los jardines interiores, lo cual le daba una vista preciosa, estaba seguro que a Kagome le encantaría cuando despertara y lo viera.

- Trae a la vieja Saki – ordenó a Katsuko.

- Sí, señor.

- Y, Katsuko, – dijo deteniéndole – siento haberle hablado así a tu hermano antes pero ésta es una situación especial y lo último que necesito es que cuestionéis mis actos. Sabéis que Matsuko y tú sois los únicos en los que puedo confiar en este maldito castillo pero prefiero que no os metáis en esto, ¿entendido?

- Sí, señor, – contestó Katsuko – y gracias por la confianza, señor.

- Sí, ya, no hay de qué – contestó Inuyasha incómodo – Y, ahora, trae a la vieja cuanto antes.

- Sí, señor.

Inuyasha se quedó mirando la puerta por la que se había ido Katsuko. La verdad era que no le gustaba tener que darle ese tipo de órdenes a Matsuko. Siempre había tenido claro que mandar a ejecutar a uno de los suyos no era la solución, que había otras de maneras para enseñarles a quien debían obedecer y que siempre debían acatar todas las órdenes recibidas. Pero de vez en cuando había que hacer algo así para que no perdieran el respeto. Así eran los perros. Y había pasado tanto miedo al ver a Kagome desplomarse en el suelo. Cuando por fin había conseguido una oportunidad para volver a verla, cuando la había tenido frente a frente, pensó que iba a volver a perderla. Volver a verla había conseguido hacerlo consciente de cuanto la había necesitado, no tenía la menor idea había podido vivir sin ella todo ese tiempo. Y no tenía la menor idea de cómo conseguiría sobrevivir cuando volviera a irse de su lado. Un pequeño gemido lo sacó de sus pensamientos y se volvió para mirar a la chica que yacía a su lado y que llenaba su mente. No se había despertado.

"Kagome... Dios, cómo te he echado de menos". Había cambiado. Había cambiado mucho. Ya no era aquella asustada niña de 15 años que tuvo la mala suerte de caer a un pozo que la trasladó a un mundo al cual no pertenecía. Un mundo lleno de maldad, guerras, desesperación y tristeza, mucha tristeza. Claro que ese cambio ya lo había advertido durante el tiempo que habían pasado juntos. El cambio más significativo era que había pasado de ser una niña a ser una mujer. Según sus cálculos, ahora debía de tener unos 19 años; no, según sus cálculos, hoy era el día en que cumplía 19 años. Todas las redondeces de la niñez se habían afilado para formar la cara de una mujer preciosa. Su piel seguía siendo tan tersa y suave como recordaba, ahora un poco más pálida de lo normal debido al golpe, y su pelo, tan negro como la noche, le llegaba por encima de los hombros. Le gustaba más cuando lo llevaba más largo pero seguía estando preciosa. Ahora lo único que deseaba era que aquellos enormes ojos marrones que lo hipnotizaban volvieran a mirarle como antaño, haciéndole sentir especial, haciéndole sentir como si él fuera el único hombre sobre la tierra capaz de hacerla feliz. Recordaba lo feliz que era cuando ella lograba que se sintiera así, porque era en esos momentos cuando se daba cuenta de que ella era solo suya y de nadie más.

- Ejem... – carraspeó alguien desde la puerta llamando la atención de Inuyasha. Era la vieja Saki. La vieja Saki era... bueno, no estaba muy seguro de como definirla, la única palabra que se le venía a la cabeza era "loca". La vieja Saki vivía en los alrededores del castillo. Su pequeña cabaña y los terrenos que tenía alrededor para cultivar sus hierbas medicinales era el único punto neutral en esta tierra de guerras. Se dedicaba a curar a los heridos de las batallas fueran del bando que fueran. Suponía que por eso pensaba que estaba loca. En estos tiempos y en estas tierras no se podía no pertenecer a un bando. Algún día se cansarían de ella y la matarían. Pero ese no iba a ser él. La verdad era que la vieja bruja cumplía bien con su trabajo.

- Y bien, Inuyasha, ¿para qué me has llamado? – le preguntó Saki.

- Quiero que la cures, – contestó Inuyasha señalando a Kagome – ha recibido un buen golpe en la cabeza hace una media hora y desde entonces está inconsciente. Por cierto, ¿dónde está Katsuko?

- Cuando veníamos hacía aquí, uno de tus perros le dijo que tu gran señor le estaba esperando – le dijo con cierta ironía en la voz.

- Ya – no podía evitar que la vieja Saki le recordara a la vieja Kaede, con la sabiduría pintada en los ojos y esa manera de tratarle con tanta condescendencia, explicándole las cosas como si fuera un niño. La vieja Kaede... otra culpa que añadir a su gran pila de remordimientos.

- Dime, Inuyasha, ¿quién es esta chica? ¿No me digas que has encontrado un juguete con el que entretenerte? – preguntó mientras comenzaba a examinar a la chica.

- Eso a ti no te importa, vieja bruja. Simplemente cúrala y no hagas preguntas.

"Ah, este chico nunca cambiará" pensó Saki. La verdad era que Inuyasha era todo un misterio para Saki. Según había oído, Inuyasha era un joven general al que temer a pesar de ser solo un medio demonio, que había firmado sentencias de muerte sin vacilar en ningún momento, pero nadie sabía a ciencia cierta que había sido de él antes de que empezara esta guerra haría ya unos dos años y medio. Lo único que se sabía de él era que había vencido a un peligroso medio demonio llamado Naraku acompañado de una joven sacerdotisa que había conseguido destruir la legendaria Esfera de los Cuatro Espíritus pero nadie sabía que había sido de la chica. Y ahora aparecía esta chica. "¿Será ésta la sacerdotisa? Desde luego, siento un gran poder espiritual proveniente de ella. ¿Habrá algo entre estos dos?" pensó Saki alegremente. A pesar de esa actitud orgullosa y arrogante, apreciaba a Inuyasha, y sentía que no había nadie en el mundo que se mereciera ser feliz más que Inuyasha. Podía ver en sus ojos que había sufrido mucho, y que aún sufría, pero también se había dado cuenta de que había algo en esa chica que hacía que los dorados ojos de Inuyasha brillaran de una forma especial.

- ¿Y bien? – preguntó Inuyasha impaciente - ¿Se va a poner bien?

- Tranquilo, Inuyasha, sobrevivirá. Aunque cuando despierte tendrá un buen dolor de cabeza. Dos golpes en la cabeza es demasiado para una chica.

- ¿Dos golpes? Creí haberte dicho que solo ha sido un golpe en la cabeza. Yo lo vi.

- La he examinado. Tiene un pequeño chichón de otro golpe. Quizá se lo hicieron antes de venir aquí. En fin, le he puesto un ungüento en la herida para que no se le infecte y cicatrice más rápido. Hazle una infusión con estas hierbas cuando despierte, le ayudará con el dolor de cabeza. Volveré mañana temprano para ver como sigue. E Inuyasha...

- ¿Qué? – respondió molesto.

- ¿Seguro que no quieres decirme quién es la chica? Sabes que puedes confiar en mí.

- Te he dicho que no es asunto tuyo. No te metas en esto, vieja.

- Pues entonces espero que seas capaz de protegerla, Inuyasha. No creo que esté muy segura aquí, entre tantos perros. Bueno, nos vemos mañana – se despidió Saki.

Inuyasha solo pudo mirar a la chica inconsciente que estaba en frente de él. "¿Y ahora qué, Kagome? ¿Qué voy a hacer contigo?"

***************

- ¿Quería verme, mi señor? – Katsuko entró a aquella habitación tan lujosa. Lujosa porque era la única habitación en la que se habían conservado los tesoros de aquel castillo, que en su mayor parte eran estatuas en honor a Buda y algunos cuadros. Y lujosa también porque era la única habitación en la que había algún tipo de mueble: una pequeña mesa y un sillón tapizado con las mejores pieles. En ese sillón, mirando atentamente el fuego que crepitaba en frente de él, estaba sentado el gran señor del castillo, el señor de todos los demonios perro, el gran señor Kohtaro.

- Sí, Katsuko, acércate. He oído jaleo. Cuéntame qué ha pasado – contestó una suave voz.

- Bueno, mi señor, Matsuko y los suyos han vuelto de su misión y...

- ¿Ha ido todo bien? – preguntó la voz.

- Sí, mi señor, todo ha ido bien. El problema ha surgido cuando ya habían llegado aquí.

- Cuéntame, Katsuko – le animó esa suave y melosa voz que le ponía los pelos de punta.

- Verá, mi señor, han traído una chica humana como recompensa para ellos mismos, para divertirse y entretenerse un rato, ya sabe. Lo que pasa es que, para ser una simple humana, sabía defenderse bastante bien.

- ¿La han matado?

- No, mi señor, - respondió Katsuko empezando a sentir miedo, no sabía porqué pero esa pregunta le había sonado bastante amenazadora – la verdad es que ha sido ella la que ha matado a un miembro del equipo de Matsuko, con una flecha, mi señor.

- Katsuko, explícame cómo la flecha de una humana ha podido matar a un demonio perro.

- Bueno, mi señor, ocurrió todo muy rápido y yo no estaba presente, solo puedo explicarle lo que vi cuando llegué al salón con el señor Inuyasha.

- ¿Inuyasha también lo vio?

- Sí, mi señor. Creo que esa chica no es una humana normal porque de su flecha salió una especie de resplandor, la flecha brilló. No sé que tipo de poder puede tener esa chica pero lo cierto es que mató al demonio.

- Ya veo – ahora la voz sonó extrañamente complacida – Y... ¿qué hizo Inuyasha?

- Bueno... mandó a ejecutar a Ryu, un demonio del equipo de Matsuko, porque casi mata a la chica. Creo que el señor Inuyasha la conoce. Ahora está en una de las habitaciones con ella y con la anciana Saki que ha venido a curar sus heridas.

- Muy bien. Gracias por la información, mi fiel Katsuko. Dile a Inuyasha que más adelante tendremos que hablar de esto.

- Sí, mi señor. ¿Algo más?

- Sí. Que nadie haga daño a la chica, la quiero sana y salva, ¿entendido? Encárgate de hacérselo saber a los demás. Puedes retirarte.

- Sí, mi señor – se despidió Katsuko.

"Bien... ¿Qué piensas hacer ahora, Inuyasha?" pensó el gran señor Kohtaro.

***************

Cuando recuperó la conciencia, Kagome se dio cuenta de que volvía a dolerle la cabeza, aunque esta vez el dolor era mucho más intenso. "Si siguen dándome golpes en la cabeza, me van a dejar idiotizada". No quería despertar, quería volver a perder la conciencia para no sentir ese dolor punzante que le taladraba la cabeza, pero aún así se obligó a abrir los ojos. Lo primero que vio fueron unos enormes ojos de un extraño color dorado, y entonces recordó. Los demonios perro, el castillo, lo que pasó en el gran salón, Inuyasha... "¿Inuyasha? ¡Le he encontrado! ¡Por fin...! Dios mío, ¿ahora que hago?"

- Hola, Kagome. Me alegro de que estés bien. ¿Puedes incorporarte? Tienes que tomarte esta infusión para el dolor de cabeza – Inuyasha estaba entrando en pánico. Lo único que había hecho Kagome desde que había despertado había sido mirarle. ¿Por qué no hablaba? Para él estaba siendo muy difícil hablarle como si los años no hubieran pasado, con la cantidad de cosas que tenía que decirle... – Kagome, ¿crees que podrías dejar de mirarme de esa manera y hablar?

- ¿Eh? Ah, sí, lo siento. Es que... – se interrumpió ella bajando la mirada.

- ¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?

- ¡No! Bueno, aparte del dolor de cabeza estoy bien. Es solo que... si no me estuviera quemando la lengua con la infusión... creería que estoy soñando... otra vez – esto último lo dijo tan bajito que Inuyasha casi no logra escucharlo. Casi.

- Kagome, sé que tienes muchas preguntas que hacerme, y yo responderé todas las que pueda, pero será después de que te hayas recuperado completamente, ¿vale? Ahora tómate la infusión y vuelve a dormirte – dijo Inuyasha levantándose del suelo.

- Pero, Inuyasha...

- Kagome, intenta descansar. Aquí nadie va a molestarte. Buenas noches – y dicho esto, salió de la habitación.


Y hasta aquí el capítulo tres. Espero que os haya gustado aunque esto solo es el principio. Poco a poco se irán resolviendo todos los misterios.

Gracias por vuestros reviews a Viccky-y, CONEJA, yela01, Karenxita-chan, AllySan, Crystal Butterfly 92, Beautiful-Veela y Sayuri Nara. A Viccky-y, CONEJA y yela01 deciros que todas vuestras dudas se resolverán... más adelante. Por el momento, no puedo adelantar nada.

Siento haber tardado casi una semana en actualizar pero es que, hasta la semana que viene, estoy en época de exámenes. Supongo que a partir de la semana siguiente actualizaré con más rapidez.

Bueno, me despido.

¡¡Hasta la próxima!!