Disclaimer: Ni la historia de Inuyasha ni sus personajes me pertenecen, son de Rumiko Takahashi. Este fanfic está hecho sin ánimo de lucro.
Capítulo V
Para eterno disgusto de Kagome, Sango y los demás no se apresuraron a contarle todo lo que quería saber; es más, pasaron olímpicamente de ella. Miroku ni siquiera bajó de Kirara, cosa que le extrañó porque no esperaba esa bienvenida tan fría por parte del monje, aunque su propio saludo no hubiera sido el más cálido del mundo. Sango, por su parte, la miró fijamente durante un momento, la abrazó y se encaminó hacia Kirara dándole así la espalda. Kagome, obviamente, se quedó a cuadros. No sabía que hacer o decir ni cómo reaccionar, y tampoco sabía si su regreso había entusiasmado a sus viejos amigos y compañeros de viaje o si les había sentado como una patada en el culo. No entendía nada y eso era realmente frustrante. El único que se atrevió a romper el silencio fue Kouga:
- Cuánto tiempo sin verte, Kagome. Veo que estás bien a pesar de haber estado en la guarida de los perros – le dijo con una sonrisa, entonces hizo una pausa – Mira, sé que en este momento no entiendes nada y que te mueres por hacernos un montón de preguntas pero este no es el momento ni el lugar. Ahora sube a Kirara con Miroku y Sango y cuando lleguemos a nuestra aldea, te lo contaremos todo, ¿vale?
- Vale – fue lo único que se atrevió a contestar Kagome. Entonces hizo lo que dijo el demonio lobo.
Viajaron durante algo más de media hora, y entonces llegaron a una pequeña aldea. Le llamó la atención que la aldea estaba bien protegida por más demonios lobo, y que los aldeanos, que eran completamente humanos, vivían en paz y armonía con los demonios, aunque los demonios lobo siempre se habían alimentado de humanos. Supuso que esta paz se debía a que Kouga era el jefe de la manada. También se fijó en que habían unos pequeños campos de cultivo en los que trabajaban los aldeanos para estar bien abastecidos de comida. En general, parecían estar bastante bien organizados y en una buena situación, si no estuvieran en guerra, claro.
Kirara aterrizó frente a una de las cabañas más grandes. Kouga fue corriendo a ayudar a bajar a Kagome del lomo de Kirara mientras Miroku hacía lo propio con Sango, después el monje y la exterminadora entraron en la cabaña. Kouga le hizo un gesto a la sacerdotisa para que los siguiera y ésta, sin pensárselo dos veces, entró. Pero dentro encontró al único que preferiría no ver hasta no haber hablado con Sango y Miroku, porque era el único que podía hacer que se le olvidara su supuesto enfado: Shippo.
- ¡Shippo! – exclamó Kagome sin poder evitar las lágrimas. El pequeño demonio zorro simplemente corrió a abrazarla sin decir nada. Aunque ya no era tan pequeño. Había crecido mucho. Ya le llegaba hasta la altura de la cadera - ¡Dios mío! ¡Pero cómo has crecido!
- ¡Kagome! Te he echado mucho de menos – dijo Shippo con los ojos llenos de lágrimas - ¿Has... has visto a Inuyasha? – preguntó el demonio con ilusión, ajeno a que se había ganado un mirada fulminante por parte de Miroku y Sango.
- Sí... sí, le he visto – sonrió Kagome. Entonces levantó la vista hacia la pareja un poco molesta - ¿Podéis contarme ya qué demonios está pasando?
- Kagome... – llamó Sango - ¿No quieres comer algo? Debes de estar muerta de hambre.
- No. Estoy bien. Los demonios perro me han tratado bastante bien – respondió Kagome seria.
- Sango, déjala... Ella quiere saberlo, y la verdad es que cuánto antes lo sepa, mejor – dijo Miroku con amargura – Kagome, siéntate, por favor – una vez todos sentados, Sango empezó a relatar la historia.
- Muy bien... Todo empezó después de que te fuiste, Kagome. Inuyasha estaba triste y desanimado, y había empezado con la costumbre de visitar el Pozo cada tres días, quizá con la vana esperanza de que volvieras – Kagome bajó la mirada repentinamente entristecida – Estábamos en una época de paz, pero, aún así, Miroku tenía que salir de vez en cuando a realizar exorcismos en aldeas vecinas. Inuyasha siempre lo acompañaba.
- Un día – siguió Miroku – en una de salidas, Inuyasha me dijo que iba a dar una vuelta mientras yo realizaba el exorcismo. Me pareció un poco extraño en realidad, pero, en aquel momento, no le di la mayor importancia – entonces miró a Sango – Creemos que pudo haber percibido algún olor familiar, pero no lo sabemos con certeza porque él nunca nos lo contó.
- Desde aquel día, empezó a desaparecer sin decir nada a nadie – continuó Sango – Creímos que estaba visitando el Pozo con más frecuencia, pero un día... Shippo...
- Intenté seguirle. Quería ir con él al Pozo – dijo Shippo – Pero descubrí que no iba al Pozo.
- ¿Adónde iba entonces? – preguntó Kagome con angustia.
- No lo sé – respondió el zorro apenado – Me descubrió, y, entonces, me encaró. Me dijo que no me metiera en sus asuntos y que regresara a la aldea.
- Cuando volvió aquella vez – volvió a hablar el monje – nos dijo que no nos preocupáramos por él. Que había encontrado a un viejo amigo de su padre y que le estaba ayudando con Tessaiga. Y también nos amenazó para que no volviéramos a seguirle.
- ¿Un viejo amigo de su padre? – inquirió Kagome extrañada - ¿Que le estaba ayudando con Tessaiga? ¿No os pareció muy raro? – preguntó molesta.
- Sí, pero Inuyasha se cerró en banda y no quería hablar con nadie – respondió Sango – Lo que más me molesta es cómo no lo vimos venir, cómo confiamos tanto en él que no pudimos prever lo que iba a pasar – suspiró.
- ¿Lo que iba a pasar? – Kagome sentía cómo poco a poco iba perdiendo los nervios. No entendía nada y eso la frustraba sobremanera. Lo único que esperaba era que le contaran el final de la historia antes de que se hiciera vieja.
- Kagome, tienes que entender que por muy increíble que te parezca esto, es la verdad. Nosotros nunca te mentiríamos y menos en un asunto tan serio – Miroku hizo una pausa – Inuyasha ya no volvió de uno de sus viajes. Desapareció sin dejar rastro, como si se lo hubiera tragado la tierra. No volvimos a saber nada de él hasta... hasta el día en que destruyeron la aldea.
- Fue horrible – dijo Sango – Lo único que podía verse era sangre y cuerpos desmembrados por todas partes, y fuego. No pudimos hacer nada. Nos superaban en número y en fuerza y pudimos salvar a muy pocos. Fue entonces cuando le vimos. En lo alto de la colina dónde empieza el bosque, desde dónde se puede ver toda la aldea, estaba Inuyasha. Contemplando impasiblemente cómo su ejército de demonios perro nos masacraban, y sin mover ni un solo dedo para ayudarnos... Al día siguiente, llegaron Kouga y los suyos. Nos ayudaron a enterrar a las víctimas y nos ofrecieron venir aquí para ayudarnos mutuamente, puesto que a ellos también les habían declarado la guerra. Nos acompañaron unos pocos supervivientes. El resto se dirigió hacia el suroeste. Allí no llegan las guerras y la actividad demoníaca es mínima. Es el único lugar de esta isla en el que los humanos pueden vivir en paz.
Kagome se había quedado totalmente paralizada. No podía creerlo. Se negaba siquiera a plantearse que Inuyasha hubiera sido capaz de hacer algo semejante. Ella conocía perfectamente a Inuyasha y sabía que tras esa armadura de arrogancia, superioridad y supuesta crueldad, era un pedazo de pan. Además, era imposible que pudiera haberse equivocado tanto, era imposible que ella se hubiera enamorado de alguien capaz de hacer todas las maldades que había dicho Sango. Simplemente imposible.
- ¿Kagome? ¿Estás bien? – preguntó Shippo preocupado.
- No puedo creerlo... – susurró la sacerdotisa – Es... imposible.
- Entiendo que es difícil de creer, Kagome, sobre todo para ti, pero es la verdad – le dijo Miroku.
- Es totalmente imposible – repitió Kagome - ¿Hablasteis siquiera con él? – por las miradas de sus amigos, supo la respuesta – No, claro que no. ¿Cómo podéis juzgarle de esa manera tan drástica sin tener toda la información? Quizá le estaban amenazando, o algún monje oscuro le estaba controlando, o le habían lavado el cerebro, ¿qué sé yo? Hay miles de posibilidades – gritó la chica furiosa.
- Kagome... Estamos hablando de Inuyasha. ¿De verdad crees eso? – dijo Sango suavemente. Pero la chica estaba demasiado furiosa para escucharla.
- Preferisteis hacer cómo que no pasaba nada, cuando estaba más claro que pasaba algo realmente grave. ¿Y vosotros os llamáis amigos? Inuyasha tardó semanas, meses, en ganarse vuestra confianza, pero solo hizo falta un maldito segundo para que la perdiera – declaró con lágrimas de rabia - ¿Cómo pudisteis hacer algo así? Nos protegió con su vida tantas veces... a todos. ¿Cómo pudisteis darle la espalda de esa manera?
- Kagome – dijo Sango intentando apaciguarla – tú no estabas allí cuando ocurrió todo, no viste lo que nosotros vimos. Está claro que no lo conocíamos tan bien como creíamos. Ni tú, ni nosotros, ni nadie. Simplemente por el hecho de que él nunca dejó que le conociéramos, probablemente porque le convenía que fuera así – Kagome no daba crédito a las palabras de su amiga. Era imposible que realmente creyera todo eso. Repentinamente se sintió muy cansada. No quería seguir discutiendo ni seguir intentando convencer a sus amigos porque sabía que sería en balde.
- Sois unos traidores. Eso es lo que sois – declaró solemnemente. Dicho esto, se levantó y se dirigió hacia la puerta.
- ¿Adónde vas, Kagome? – preguntó Miroku cansado.
- A cualquier sitio lejos de aquí.
Kagome salió furiosa de la cabaña. No podía creer lo que habían hecho sus supuestos amigos. Estaba completamente segura de que si Inuyasha no había ayudado a los aldeanos y a sus amigos era por un motivo muy importante. Después de toda la historia de Sango y Miroku, seguía sin entender nada y sabía que seguiría sin entenderlo hasta que no hablara con Inuyasha, y, en ese momento, veía bastante imposible poder hablar con él. Kagome iba tan sumida en sus pensamientos y, a la vez, estaba tan enfadada que no se dio cuenta de que una pequeña figura corría hacia ella hasta que chocó con sus piernas y cayó al suelo. Era un niño.
- Lo siento muchísimo, pequeño – dijo apenada mientras lo levantaba con delicadeza del suelo - ¿Estás bien? – El niño la miraba con unos enormes ojos verdes que se le hacían muy familiares. Tenía el pelo largo y oscuro, y una graciosa colita de lobo. No debía de tener más de tres años.
- Sí – respondió el niño – Tú eres Kagome, ¿verdad?
- Sí – sonrió la sacerdotisa - ¿Cómo lo sabes?
- Mi mamá y mi papá hablan mucho de ti. Mi papá siempre decía que eres muy guapa, y es verdad.
- Gracias – dijo Kagome habiendo recuperado el buen humor gracias a ese niño. Entonces oyeron una voz que procedía de la cabaña más cercana.
- ¡Kiyoshi! Ven a dormir antes de que tu madre se enfade – llamó Kouga.
- ¡Sí, papá! – le respondió Kiyoshi. Entonces se volvió hacia Kagome y le sonrió inocentemente – ¡Adiós! – y entonces se metió en su cabaña. Kouga se acercó a Kagome.
- ¿Es tu hijo? – preguntó asombrada.
- ¡Sí!
- ¡Vaya! Parece que al final cumpliste la promesa que le hiciste a Ayame.
- ¡Sí! ¡Ya lo sé! Fui un poco lento para darme cuenta de que no podía vivir sin ella, ¿contenta? – admitió el lobo.
- Mucho – asintió la chica.
- ¿Te han contado ya todo lo que querías saber? – preguntó Kouga repentinamente serio, haciendo que volviera el enfado de Kagome.
- Sí. Y sinceramente, no puedo creerlo.
- Mira, yo no estaba cuando ocurrió esa masacre. Solo sé lo que me contaron Sango y Miroku que es precisamente lo que te han contado, y también sé que llevamos más de dos años en guerra.
- Ya... – Kagome le miró a los ojos intensamente – Kouga, tú lo conocías, ¿de verdad crees que sería capaz de algo así? Quiero que seas sincero.
- Sí, lo conocía, pero ya sabes que no nos llevábamos precisamente bien.
- Pues por eso mismo, Kouga. Tú veías sus defectos mejor que nadie más. Respóndeme, por favor – Kouga dudó un momento antes de responder.
- No lo sé. Antes de hablar con Miroku y Sango, jamás se me habría pasado por la cabeza. Para mí, Inuyasha era un idiota redomado pero no era una mala persona. No sé qué pudo pasarle para llegar a ese punto, aunque creo que me hago una idea.
- ¿Ah, sí? ¿Cuál? – preguntó Kagome esperanzada.
- Quizá... el perderte a ti... hizo que también perdiera su norte – contestó – Quizá sin ti... ya no sabía qué hacer o cómo actuar.
- Quizá... – concedió Kagome triste - ¿Por qué sigues con esta guerra?
- Ya has visto a Kiyoshi, Kagome. Lo hago por él, y por su madre, por supuesto – dijo Kouga – Verás, desde que nació, Kiyoshi solo ha conocido la guerra. Quiero enseñarle que la paz existe... Quiero enseñarle un mundo mejor. Para él, para sus hijos, para todos sus descendientes... En fin – cambió de tema – me voy con mi adorada familia. Deberías volver a la cabaña y descansar un rato – la besó brevemente en la frente y se fue.
Kagome no pudo evitar volver a sumirse en sus pensamientos, y entonces recordó la conversación que había tenido con Inuyasha tan solo unas horas antes, lo que la dejó completamente destrozada:
"La aldea de Kaede, ¿recuerdas? ¿Quieres saber lo que pasó? Fui yo el que la destruyó, el que mató a toda esa gente inocente. ¿Y bien, Kagome? ¿Qué pasaría si te dijera que yo soy el malo de esta historia? ¿Si te dijera que yo soy el bastardo con el que hay que acabar?"
***************
Aquella debía de ser la peor semana de toda su maldita vida. Estaba a punto de volverse loco o de arrasar ese maldito castillo con todos sus habitantes dentro con una estocada de Tessaiga. Hacía una semana que había mandado a Kagome con los lobos e Inuyasha no había podido dejar de pensar en ella ni un solo segundo. Claro, que eso no debería sorprenderle ya que no recordaba haber dejado de pensar en ella desde que la había conocido. Pero aquella semana había sido mucho peor. No había dejado de preguntarse si estaría bien, si ya se habría enterado de lo bastardo que era, si le odiaba, o si, por el contrario, no había creído ni una sola palabra de lo que le habrían contado sus amigos ya que conocía la manía de Kagome de llevar la lealtad hasta niveles exorbitantes. De alguna manera, esa última idea le hacía estúpidamente feliz porque, si la chica se había puesto en contra de Sango, Miroku y Kouga después de lo que éstos le hubieran dicho, eso significaba que le seguía queriendo. Y aunque fuera imposible, Inuyasha seguía soñando con esa posibilidad.
- Pensando en Kagome, ¿no? – preguntó la voz de una anciana.
- ¿Qué es lo que quieres, bruja? – inquirió Inuyasha encarando a la anciana Saki – No tengo tiempo de escucharte, Kohtaro me ha mandado llamar.
- Inuyasha, he de preguntarte algo – comenzó Saki - ¿De verdad estás dispuesto a perder a Kagome tan solo por lo que pueda ordenarte un viejo demonio psicópata?
Inuyasha solo reemprendió su camino ignorando a la anciana. ¿Por qué demonios siempre tenía que decirle cosas que le hacían pensar? Por supuesto que no quería perder a Kagome, pero ¿cómo iba a perder algo que nunca había tenido realmente? Y sí, es cierto, podía ser que Kohtaro estuviera loco. Pero también era cierto que lo había protegido en más de alguna ocasión cuando los otros demonios perro no lo querían cerca, y además Kohtaro había sido el mejor amigo de su padre en otra época, así que le debía cierta lealtad. Espantando todos estos pensamientos, Inuyasha entró a la lujosa habitación.
- ¿Querías verme, Kohtaro? – el viejo demonio le dirigió una sonrisa peligrosamente afable.
- Sí, Inuyasha. Quería saber porqué aún no me ha llegado ninguna información del ataque al clan de los demonios lobo que ordené.
- Porque aún no ha habido ningún ataque – suspiró Inuyasha.
- Ya me lo temía. ¿Y a qué estás esperando, Inuyasha? – preguntó Kohtaro con un filo peligroso en su voz.
- Ya te lo dije, Kohtaro. No pienso...
- Y yo creo haberte dicho que me da igual lo que pienses – cortó visiblemente furioso – Quiero a esos demonios fuera de mi camino, y si no ordenas tú el ataque, lo haré yo.
- Pero, Kohtaro...
- Nada de peros, Inuyasha. Mañana al amanecer, quiero a mi ejército preparado, ¿entendido?
- Kohtaro, no podemos atacar sin tener un plan bien definido – rebatió Inuyasha enfadado.
- Eres un chico listo, Inuyasha. Seguro que de aquí a mañana se te ocurre algo efectivo. Más te vale – amenazó el demonio.
- Como tú ordenes – y dicho esto, Inuyasha salió de la estancia enfadado.
- ¡Jiro! – llamó Kohtaro una vez Inuyasha se hubo marchado. Una figura salió de la oscuridad.
- ¿Sí, mi señor?
- Mañana irás con Inuyasha – ordenó – Pero tu misión será otra. Quiero que me traigas a la sacerdotisa, sana y salva.
Bueeeno, soy consciente de que quizá alguien quiera colgarme por tardar tanto en actualizar, pero es que la universidad no es que me deje mucho tiempo libre precisamente. Así que espero que aceptéis mis más sinceras disculpas. En fin, aquí traigo el quinto capítulo, y realmente espero que el sexto no tarde tanto como éste.
Agradecimientos por dejar reviews a Crystal Butterfly 92, Chii_, Mi-x-LuBrE-x-CaLa, Beautiful-Veela, Sayuri Nara y vaipra.
Creo que nada más...
¡Hasta la próxima!
