Disclaimer: Ni la historia de Inuyasha ni sus personajes me pertenecen, son de Rumiko Takahashi. Este fanfic está hecho sin ánimo de lucro.


ADVERTENCIA: Lemon. Procedan con precaución xD


Capítulo VIII

Inuyasha saltaba de una rama de árbol a otra sin ver en realidad adónde se dirigía. Iba totalmente ciego, demasiado metido en sus pensamientos cómo para pararse y decidir un destino. En lo único en lo que podía pensar era en el loco plan de Kohtaro. Ese viejo demonio estaba realmente chiflado si de verdad creía que iba a participar en su plan, jamás le pondría un dedo encima a Kagome si sabía que eso podía hacerle daño. Nunca haría eso. ¿Tener un hijo con Kagome sólo para cumplir las ansias de poder de ese demonio? Era absurdo. Pero entonces... ¿por qué se sentía tan inquieto?

Casi sin darse cuenta, Inuyasha llegó al claro dónde se encontraba el Pozo Comehuesos... o al menos dónde había estado, porque allí ya no quedaba nada. Lo único que quedaba en medio de la hierba que decía que allí había habido algo antes era un trozo de tierra removida. Ni siquiera había ni rastro de las tablas de madera que él mismo había usado para reconstruirlo tras el ataque de Menomaru. Matsuko tenía razón, el que había destruído el pozo, lo había hecho a conciencia. No había manera de reconstruirlo.

Inuyasha dio un puñetazo al suelo, furioso, y después se sentó. ¿Qué iba a hacer ahora? No podía mandar a Kagome de vuelta a su casa. Tendría que marcharse lejos de ella para protegerla de sí mismo. Pero entonces ¿quién la protegería de Kohtaro? No podía marcharse y dejarla a su merced. ¿Qué podía hacer? Entonces se le ocurrió. No era una solución pero tal vez le ayudaran a encontrar una.

Se levantó y volvió a emprender el camino. No fue difícil encontrar el rastro y seguirlo. Estaba tan familiarizado con aquel olor que podría encontrarlo aunque un millar de demonios malolientes intentaran taparlo.

Atardecía cuando por fin encontró el nuevo emplazamiento de la aldea de Koga. Inuyasha sonrió complacido puesto que había tenido razón. El idiota de Koga había trasladado la aldea, sí, pero no los había llevado muy lejos. Estaban a unos veinte kilómetros del castillo de Kohtaro. Era un buen lugar, tenía que reconocerlo. El bosque los protegía y un río pasaba cerca. Ningún ataque los sorprendería porque Miroku había levantado una barrera, incluso era probable que la barrera los hiciera indetectables y que Kohtaro no podría encontrarlos. Aunque él sí había podido seguir el olor de Kagome...

- Inuyasha - llamó una voz a su espalda.

Inuyasha sonrió. Lo había estado esperando.

- Miroku - respondió dándose la vuelta.

- Estás un poco lejos de tu castillo.

- Estoy dónde tengo que estar.

- ¿Significa eso que vuelves al bando de los buenos? - preguntó Miroku, sin parecer sorprendido en absoluto.

Inuyasha chasqueó la lengua.

- Qué pena que el bando de los buenos sea el perdedor.

- Tú podrías ayudarnos.

- Creía que me odiabas - dijo Inuyasha, un poco confuso.

Miroku suspiró, y se sentó en el tronco de un árbol caído.

- Cuando le contamos a Kagome lo que pasó en la aldea de Kaede, ella se puso hecha una furia, por supuesto. Nos dijo que no habíamos sido unos buenos amigos y nos llamó traidores. Nunca la había visto tan enfadada ni tan decepcionada.

Inuyasha no pudo evitar sonreír complacido. Miroku lo vio, y también sonrió.

- Al principio - prosiguió el monje -, pensé que aquella escena se debía a la lealtad y a la devoción que siente por ti, pero después empecé a pensar. Me di cuenta de que ella tenía razón, como siempre. Me di cuenta de que no habíamos sido justos contigo porque ni siquiera te habíamos dado la oportunidad de explicarte, y también descubrí que había cosas que no cuadraban - Inuyasha se dio cuenta de que Miroku lo miraba fijamente -. Pues bien, Inuyasha, ésta es tu oportunidad para explicarte.

- No he venido para eso - respondió el medio demonio -. He venido para proteger a Kagome.

- ¿De qué?

- De Kohtaro. La necesita para sus planes. Él la trajo de vuelta y se ha asegurado de que no pueda volver a su mundo. Por eso estoy aquí. He abandonado a Kohtaro y quiero ayudaros a ganar esta guerra pero debes saber que mi principal interés es proteger a Kagome.

- Entiendo - dijo Miroku lentamente, impasible -, pero creo que tú no me has entendido a mí. Si no me das la explicación que te pido, te arrojaré a los lobos, y ellos no serán tan benevolentes contigo como yo.

Inuyasha suspiró. No le convenía tener a Miroku de enemigo. Por otro lado, sería un gran aliado para él si conseguía hacer las cosas bien. Sabía que, si lograba convencerlo, Miroku daría la cara por él y conseguiría que todos le aceptaran sin hacer demasiadas preguntas. En cambio, si intentaba entrar en la aldea solo, le matarían primero y preguntarían después.

- Muy bien, monje - cedió -, te lo contaré todo. Pero no puedes contarle a nadie lo que yo te diga ahora.

Y habló. Se lo dijo todo, todo lo que pasó desde el momento en que Kagome desapareció de su vida hasta la última conversación que había tenido con Kohtaro y los planes que tenía para Kagome y para él mismo. Miroku no hizo preguntas. Se limitó a mirarle fijamente y a escuchar. Inuyasha no recordaba haber hablado así con nadie en muchísimo tiempo y se dio cuenta de que le sentaba bien, poder descargar un poco del peso que llevaba sobre los hombros sobre otra persona era magnífico. Ahora las cosas irían mejor.


El lugar que habían elegido para levantar la nueva aldea bullía de actividad a pesar de estar anocheciendo. Todos trabajaban contrarreloj para tener las cabañas construidas lo antes posible y tener que dormir a la interperie las menos noches necesarias. Inuyasha tuvo que admitir que Koga había hecho un buen trabajo con aquello de la convivencia pues todos trabajaban por igual, humanos y demonios, en perfecta armonía.

Cuando se adentraron en el claro, la primera persona que los vio fue la última con la que Inuyasha habría querido encontrarse.

- ¡Inuyasha! - exclamó Shippo, acercándose a ellos con la esperanza brillando en sus ojos.

Aquella exclamación alertó a los demás y pronto, Miroku, Shippo e Inuyasha se vieron rodeados por un montón de demonios lobo armados con lanzas que apuntaban directamente al medio demonio.

- ¿Qué significa esto, Miroku? - preguntó Koga, haciéndose paso entre sus hombres.

- Tengo una buena noticia - respondió Miroku con una sonrisa.

Inuyasha puso los ojos en blanco, aquel monje con cambiaría nunca.

- Miroku, ¿estás loco? - gritó Sango, que venía armada con su hiraikotsu -. ¿Por qué le has traído?

- ¡Cálmate, Sango! Esto tiene una buena explicación - dijo Miroku, con un leve temblor en la voz.

Por fin venía alguien capaz de poner al monje en su sitio, pensó Inuyasha divertido.

- Y él no me ha traído, he venido yo solito - añadió el medio demonio con tono hastiado.

- Se suponía que con tu barrera no podían rastrearnos - acusó Koga.

- ¡Vaya! - exclamó Miroku con expresión un poco culpable -. Parece que ha fallado. Me aseguraré de no vuelva a pasar.

- Ya no importa. Lo único que podemos hacer es matarlo - dijo Sango.

- ¡NO! - el grito de Shippo fue tan fuerte que dejaron de fulminarse con la mirada los unos a los otros para mirar al niño -. Si Inuyasha está aquí, es porque quiere ayudarnos, ¿verdad, Inuyasha?

- ¡Feh! - exclamó Inuyasha desviando la mirada -. He pensado que ya que parece que no tenéis intenciones de abandonar esta guerra y que no tenéis ninguna posibilidad contra Kohtaro, podría venir a ofreceros mi ayuda. Pero ya veo que ha sido una mala idea - dijo con altivez

- Sólo estás aquí por ella, ¿verdad? - preguntó Koga, mirándolo fijamente.

Inuyasha abandonó su pose de indiferencia y se acercó al líder de la tribu de los demonios lobo.

- Las razones por las que esté aquí no son asunto tuyo - escupió Inuyasha con los dientes apretados, había perdido la paciencia -. He venido a ofrecerte mi ayuda contra Kohtaro, tómala o déjala.

Koga siguió mirándolo fijamente, sopesándolo. Comprendía porqué el medio demonio estaba allí y sabía que podía confiar en él, a pesar del pasado, pero iba a ser muy difícil convencer al resto de los demonios y humanos a su cargo de que hicieran lo mismo. Inuyasha tardaría mucho tiempo en ganarse la confianza de todos, e iba a tener que hacerlo con actos.

- Está bien, puedes quedarte esta noche - accedió el demonio lobo -. Pero mañana tendrás que contárme todo lo que sepas.

- ¡Koga! - exclamó Sango con indignación -. Para mañana ya estaremos todos muertos.

- ¡Déjalo, Sango! Mientras ella esté aquí, no hará nada - dijo Koga alejándose -. ¡Ah! ¡Inuyasha! Creo que no hace falta que te recuerde que aquí el jefe soy yo - informó con una sonrisa de superioridad.

Una vez el líder se hubo marchado, el resto fue dispersándose poco a poco, dejando a Inuyasha a solas con Miroku y Shippo. La última en marcharse fue Sango, no sin antes dedicarle una mirada de odio. Inuyasha suspiró, aquello iba a ser más difícil de lo que creía. Le iba a costar mucho volver a ganarse la confianza de todos. Lo que más le dolía era la desconfianza de la exterminadora. Después de perder a toda su gente, Sango se había convertido en una persona profundamente desconfiada, y había tardado muchísimo en ganársela, sobre todo gracias a las mentiras de Naraku, pero después había creado un gran vínuculo. No era nada parecido a lo que tenía con Kagome pero era más fuerte que los que tenía con Miroku y Shippo. Se habían sentido tan unidos principalmente porque eran muy parecidos. Ambos eran guerreros, ambos lo habían perdido todo y estaban solos en el mundo, y por ello, la había llegado a querer como a una hermana. Pero debido a la desconfianza de la exterminadora, ahora aquel vínculo se había roto.

- Inuyasha.

Inuyasha alzó la mirada y vio a la vieja Saki frente. La anciana sonreía como si hubiera sabido desde el principio que él acabaría acudiendo allí.

- Acompáñame - pidió la mujer.

La primera cabaña construída había sido para ella. Inuyasha la siguió hasta dentro dónde aún no había nada, sólo un pequeño hatillo con las pocas pertenencias de la vieja. Saki rebuscó un momento entre las cosas hasta que sacó un paquete envuelto en una tela blanca. Se dio la vuelta y se lo tendió.

- Esto te pertenece.

Extrañado, Inuyasha cogió el paquete y apartó la tela que lo envolvía, descubriendo su traje de la Rata de Fuego.

- ¿De dónde lo has sacado?

- De tu habitación cuando te mudaste al castillo de Kohtaro. Lo vi tan abandonado que me dio pena, pues es muy valioso. Y tú ni siquiera notaste su ausencia.

- Sí que lo noté, sólo que preferí no hacer nada al respecto - explicó, perdido en sus pensamientos -. Pertenecía al pasado - susurró.

Saki sonrió y se dirigió a la puerta de la cabaña.

- Cámbiate antes de ir a buscarla. Ese uniforme de general no te pega nada - dijo, y entonces lo dejó solo.

Inuyasha sonrió recordando que Kagome le había dicho lo cambió a toda prisa y salió de la cabaña. Era todo un lujo volver a ponerse su ropa y quitarse aquello estúpidos zapatos que lo único que hacían era entorpecerle. Volvía a sentirse él mismo.

Prácticamente voló por el bosque, muriendo de impaciencia por volver a verla. Para él era tan fácil seguir su olor que ni siquiera necesitaba concentrarse por lo familiarizado que estaba con él. Conforme se iba acercando a ella, fue notando que hacía más calor y entonces se dio cuenta de que allí debía de haber unas aguas termales y que Miroku había sido lo suficientemente listo como para extender su barrera y dejarlas dentro del perímetro. Cuando llegó, supo lo que iba a encontrarse antes de verlo.

Kagome estaba metido por completo en el agua, que le llegaba hasta el cuello, y tenía la cabeza apoyada contra una piedra. Tenía los ojos cerrados pero por su respiración, Inuyasha supo que no dormía, sólo estaba completamente relajada.

Debió de hacer algún ruido, porque Kagome se levantó rápidamente dejando su glorioso cuerpo desnudo a la vista. El agua le llegaba por encima de las rodillas, por lo que había poco que no pudiera ver. Inuyasha tragó, pero hasta una acción tan sencilla como pasar saliva por su garganta le costó un enorme trabajo. No podía moverse, no podía respirar. Era perfecta. No había otra palabra para describirla.

La observó con avidez. El pelo tan negro como la noche. Aquella hermosa cara que conocía como la palma de su mano, sus enormes ojos de un profundo color marrón chocolate, la nariz perfecta, los labios rosados y carnosos. Bajó la mirada por su delicado cuello, sus hombros... y sus pechos. Aquellos senos de un tamaño perfecto que sabía que cabrían perfectamente en sus manos. La llanura de su abdomen, el ombligo, y el triángulo de rizos negros entre sus piernas. Las piernas bien formadas y torneadas. Observó cada detalle de su cuerpo y cada centímetro de aquella piel tan cremosa que daban ganas de saborear.

Decidido a no asustarla más, Inuyasha dio un paso adelante para descubrirse, y en cuanto Kagome lo vio, su cuerpo se relajó visiblemente. Todo aquello le recordaba a Inuyasha a aquella horrible noche en Togenkyo, sólo que esta vez, él no apartó la mirada y ella no intentó cubrirse.

Lentamente, como si un movimiento brusco pudiera romper el hechizo en el que se hallaban, Inuyasha se quitó su haori, se acercó a la orilla sin dejar de mirarla y se lo tendió. Kagome lo cogió pero no para cubrirse con él, en cambio, se dio la vuelta y lo dejó sobre la ligera pendiente que había tras ella y que acababa en las aguas, justo al lado de su propia ropa. Se volvió de nuevo para encararlo y alzó los brazos hacia él, en una inequívoca señal de invitación. Lo estaba invitando a tomar de ella lo que se le antojara, y ella lo dejaría gustosa.

Y entonces la comprensión golpeó a Inuyasha como un rayo. Kohtaro había estado en lo cierto, era cuestión de tiempo. No importaba cuánto huyera de ella, cuánto intentara alejarse de ella, cuánto intentara protegerla de sí mismo, porque, hiciera lo que hiciera, siempre acabaría volviendo a ella, porque ella era su destino. No importaba que se hubiera prometido a sí mismo que no la tocaría porque ésa era una promesa imposible de cumplir. La amaba, eso era lo único que importaba, y no pensaba renunciar a su felicidad, ahora que ella había vuelto por fin a él, sólo porque un viejo demonio loco anhelara que tuvieran un hijo para utilizarlo en sus planes. ¿Y qué si la dejaba embarazada y Kohtaro intentara hacerse con ese niño? Él los protegería, a ella, al niño y a cuántos hijos vinieran detrás, porque quería tener muchos hijos, quería una gran familia. Y Kohtaro jamás podría acercarse a ellos, porque él lo mataría antes de que tuviera oportunidad. Pudo sentir a Tessaiga latir en su vaina, como expresando su acuerdo con la decisión que acababa de tomar el medio demonio. Sí, Inuyasha mataría a Kohtaro y formaría una gran familia con Kagome, e iba a empezar a esa noche.

Inuyasha se metió en las aguas termales, movido por una repentina urgencia, llegó hasta ella y la besó con pasión. Kagome respondió con la misma pasión echándole los brazos al cuello. Inuyasha le puso ambas manos en el trasero y la alzó, y ella rodeó su caderas con las piernas. Caminó a ciegas, pero consiguió dar con la pendiente que tenían detrás y la tumbó sobre su propio haori que seguía dónde ella lo había dejado.

Inuyasha abandonó su boca para pasar a su mandíbula, el lóbulo de su oreja, su cuello. Con una mano agarró un seno -que, cómo él había supuesto, era del tamaño perfecto- y lo acaració hasta el pezón se puso duro bajo su palma. La otra mano vagaba por todo su cuerpo acariciando todo lo que encontraba a su paso con cuidado de no dañar su piel con las garras: el costado, su vientre plano, el interior de sus muslos, sus piernas.

En un momento dado, Kagome decidió no ser una simple espectadora y empezó a tironear de su camisa con fuerza. Adivinando qué era lo que ella quería, Inuyasha se la sacó por la cabeza y Kagome por fin pudo tocar su piel. Le acarició los hombros y la fuerte espalda, el pecho y cada músculo marcado en su abdomen, que se tensaba bajo su roce, haciendo que su piel ardiera dónde quiera que tocara. Ante los jadeos y gemidos de Inuyasha, Kagome se volvió más osada y bajó más. Desató el nudo de sus pantalones y consiguió colar las manos por debajo, pero antes de que pudiera hacer algo que hiciera que el medio demonio perdiera el control por completo, Inuyasha le sacó las manos y se apartó para quitarse los pantalones. Dado que Kagome no le daba mucho espacio -aún seguía con las piernas entrelazadas firmemente a su alrededor- Inuyasha acabó quitándose los pantalones a patadas. Completamente desnudo, volvió a colocarse sobre ella y volvió a besarla y a acariciarla por todas partes, haciendo que ella se retorciera de placer y de necesidad.

Lentamente, fue penetrando en su interior, con todo el cuidado del que fue capaz dadas las circunstancias. Fue tan suave que Kagome casi no sintió el pequeño latigazo de dolor cuando Inuyasha se llevó por delante la última barrera. El medio demonio casi aulló de alegría al notar romperse aquella barrera, descubriendo que estaba siendo el primero, y se prometió a sí mismo que sería el único. Cuando se hundió por completo en ella, se quedó quieto, recuperando el aliento. La miró un momento y ella alzó la cabeza y le besó en la boca. Entonces empezó a moverse de nuevo, lentamente, en su interior, enviando oleadas de placer por todo su cuerpo con cada embestida.

La besó hambriento, le cogió ambas manos, las colocó encima de su cabeza y entrelazó sus dedos con los de ella, cuando sintió sus músculos contraerse a su alrededor a causa del orgasmo. Inuyasha siguió embistiéndola con fuerza mientras ella terminaba y encontrando su propia liberación. Cuando acabó, apoyó la frente en el suelo, al lado de la cabeza de ella y se quedó allí, hundido profundamente en ella. No hubiera podido moverse ni aunque hubiera querido, ni aunque viniera toda una horda de demonios a atacarlos. Probablemente la estaba aplastando, pero a ella no parecía importarle ya que seguía teniéndolo atrapado entre sus piernas. Estaba demasiado a gusto, en su interior, porque se daba cuenta de que acababa de encontrar su lugar.

- Te mentí - susurró tras un momento de silencio, y después carraspeó. Seguía teniendo la voz enronquecida por el momento de pasión.

Kagome movió la cabeza lo justo para poder verle la cara, y le dio un beso cariñoso en la mejilla.

- ¿Cuándo? - preguntó suavemente.

- Cuando te dije que no te quería. No era cierto.

La chica sonrió. No la estaba mirando pero sabía que estaba sonriendo. Lo notaba.

- Creo que eso ha quedado claro - dijo lentamente.

Inuyasha levantó la cabeza para mirarla directamente.

- Te amo, Kagome. Da igual lo que haga, nunca podré mantenerme alejado de ti porque te amo. Y ahora eres mía y estás atada a mí - le dijo esas palabras con toda la pasión que poseía, mirándola fijamente, intentando hacérselas entender -. A cambio, yo seré sólo tuyo para siempre.

Kagome le miró con tanto amor que Inuyasha se sintió terriblemente humilde por ser él el afortunado al que ella amaba. Sí, era un tipo con mucha suerte.

- Yo también te amo, Inuyasha - susurró contra su boca -, y ya era tuya desde mucho antes de que hiciéramos esto. Fui tuya desde el mismo instante en que te encontré clavado a aquel árbol. Ya era tuya en el momento en que arranqué esa flecha de tu pecho - dijo, acariciando el lugar exacto en el que había estado clavada la flecha que lo había mantenido sellado durante cincuenta años.

Inuyasha volvió a besarla, lentamente esta vez, disfrutando de su sabor, envuelto en su aroma. Volvía a estar con ella y ahora todo iba a ir bien, y nada ni nadie conseguiría separarlos.