Disclaimer: Ni la historia de Inuyasha ni sus personajes me pertenecen, son de Rumiko Takahashi. Este fanfic está hecho sin ánimo de lucro.
Capítulo IX
Con Inuyasha de nuevo en el bando de los buenos, las cosas empezaron a cambiar significativamente para todos. El medio demonio instauró una nueva rutina en la aldea, dándoles quehaceres diarios a todos, tareas que consiguieron que todo el mundo se sintiera útil. Aunque no fue fácil.
Al principio, no muchos estaban de acuerdo con la presencia de Inuyasha allí, y Kouga estaba molesto porque Inuyasha pasaba del todo del hecho de que el demonio lobo era el jefe y hacía lo que le venía en gana. Pero los cambios eran buenos, y poco a poco fueron aceptados.
Kouga e Inuyasha se encargaban del entrenamiento de los soldados. Parecía imposible que pudieran colaborar en algo juntos de manera pacífica pero ambos entendían la gravedad de la situación y decidieron dejar a un lado la animosidad que sentían el uno por el otro.
Kouga entrenaba a los lobos, pues éstos no aceptaban que Inuyasha les diera órdenes, e Inuyasha se hacía cargo del entrenamiento de los aldeanos.
Kouga y Miroku no habían estado de acuerdo de primeras en que los humanos lucharan, pues creían que serían un blanco fácil para los demonios perro. Sin embargo, Inuyasha había defendido que para enfrentarse a Kohtaro y a su ejército iban a necesitar el mayor número de hombres posible y los otros dos habían acabado accediendo ya que Inuyasha era el que mejor conocía a su enemigo y, por tanto, el que mejor conocía la situación en la que se encontraban.
Aún así, no se obligó a luchar a nadie, sino que se pidieron voluntarios. Y hubo muchos más de los que se esperaban.
Miroku y Sango se encargaban de la protección y construcción de la aldea a pesar de que Inuyasha le había pedido a la exterminadora que le ayudara con los entrenamientos, puesto que era la guerrera con más experiencia y la más cualificada para tratar con los voluntarios humanos, pero ella se había negado en redondo a trabajar con el medio demonio guiada aún por la desconfianza y el resentimiento.
Esto había preocupado a Kagome pues sabía cómo afectaba a Inuyasha la actitud de Sango. Pero Inuyasha estaba mostrando más paciencia con ella de la que había mostrado jamás con nadie y poco a poco, con el paso de los días y las semanas, Sango había empezado a bajar la guardia. Observando cómo pasaba el tiempo y no sufrían ningún ataque, cómo se instauraba en la aldea una cierta paz y tranquilidad y que Inuyasha volvía a ser el de los buenos tiempos, Sango empezó a confiar en él de nuevo y acabó aceptando al menos supervisar la fabricación de armas.
Los que la conocían sabían que ése era un gran avance.
Kagome y Ayame se dedicaban a cuidar de los niños, los educaban y enseñaban lo mejor que podían, jugaban con ellos e incluso Kagome había aceptado enseñarles tiro con arco como una manera de divertirse. También ayudaban a las mujeres de la aldea con los cultivos y la confección de telas y ropa.
Así pues todo el mundo tenía una tarea, todo el mundo se sentía útil, lo que hacía la espera mucho más llevadera, porque todos sabían que una guerra se avecinaba.
Por otro lado, y aunque entendía la razón, a Kagome le entristecía no poder pasar más tiempo con Inuyasha, no poder disfrutar de él en aquellos últimos y preciosos días de paz. Sus respectivos quehaceres prácticamente les impedían verse en todo el día, pero las noches, pensó Kagome con un sonrojo, las noches se las dedicaba a ella por entero.
En las noches buenas –que, por fortuna, eran casi todas– hacían el amor hasta que ya no sabían dónde terminaba él y empezaba ella. A veces era lento, tierno, casi perezoso. Otras era salvaje y apasionado. Pero siempre, siempre, Inuyasha le susurraba al oído lo mucho que la quería una y otra vez hasta hacerla tocar las estrellas.
Sin embargo, también había noches malas. Noches en las que Inuyasha se limitaba a estrechar con fuerza a Kagome entre sus brazos, y ella lo sentía temblar, como si temiera que en cualquier momento alguien pudiera llegar para arrebatársela. Inuyasha temía por ella, por lo que pudiera ocurrirle en la próxima guerra, pero Kagome pensaba que exageraba, y así se lo hizo saber. Su enemigo era poderoso, sí, pero ya se habían enfrentado a enemigos poderosos antes y habían salido victoriosos. Nadie podría vencerles si permanecían juntos. Y Kagome no pensaba irse a ninguna parte.
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Una mañana, Kouga se presentó en su cabaña antes de que pudieran terminar el desayuno. A Inuyasha, por supuesto, no le hizo gracia.
—¿Qué quieres, lobo? —preguntó de mal humor, mientras aspiraba arroz de su plato—. Éstas no son horas.
—Sango quiere que veamos unas armas en las que está trabajando —iba a decir algo más pero su nariz captó un aroma que lo hizo detenerse.
Olisqueó un poco más y clavó su mirada en Kagome, que los observaba sonriente. Se alegraba tanto de que esos dos se entendieran al fin. Pero al notar la mirada del demonio lobo fija en ella, su sonrisa se borró.
—¿Qué pasa? —tan disimuladamente como pudo, se llevo un mechón de pelo debajo de la nariz y lo olió. No, olía tan bien como siempre, así que no era eso.
Kouga llevó su mirada de ella a Inuyasha antes de contestar.
—No es nada —pero su ceño fruncido le decía a Kagome que sí era algo—. Deja de comer, chucho, y vamos de una vez.
Inuyasha suspiró. Sabía qué era lo que le había molestado pero no pensaba hablar de ello con él. Todos se levantaron y él se dirigió a Kagome. Con infinito cariño, llevó los dedos a su flequillo, que le había crecido bastante en las últimas semanas, y se lo recogió detrás de la oreja, dejando aflorar a su mirada todo lo que se sentía por ella.
—Nos vemos esta noche —le dijo en voz baja, pero no se movió. Se sentía más reacio que de costumbre a separarse de ella.
Kagome asintió con la cabeza.
—Sí.
Kouga soltó un gruñido de impaciencia.
—Dejaos de rollos y vamos de una vez.
Inuyasha mostró un gran autocontrol, ya que no le pegó un puñetazo, y Kagome se rió.
Demonio y medio demonio salieron de la cabaña pero Inuyasha notó con gran irritación que Kouga no parecía tener ninguna prisa por llegar a su destino.
—Para ser uno de los demonios más veloces, hoy te mueves como una tortuga —dijo Inuyasha, molesto—. ¿No tenías tanta prisa por ir a ver a Sango?
—¿De verdad crees que es el mejor momento para eso?
Inuyasha se detuvo. Era mucho pedir que Kouga se metiera en sus propios asuntos.
—Lo has notado.
—Tendría que extirparme la nariz para no notarlo.
Inuyasha podía ver la acusación en los ojos de Kouga, y eso le cabreó. Aun así decidió no empezar una pelea. No quería llamar la atención y que alguien se acercara y los oyera.
—No es el mejor momento, pero ha pasado y punto —respondió—. No pienso lamentarme por ello. Y te agradecería que no le dijeras nada a nadie.
—No hará falta. Para cuando acabe el día todos los demonios lobo y Shippo lo sabrán —replicó Kouga—. Estamos en guerra, maldita sea. Podrías haberte controlado.
Inuyasha volvió a hacer alarde de su recién encontrado autocontrol al no atravesar al demonio lobo con Tessaiga.
—Precisamente tú no puedes decirme eso —escupió Inuyasha—. ¿No tienes a un pequeño correteando por ahí?
—Estábamos en un periodo de paz cuando Kiyoshi nació —argumentó Kouga—. Piensa, Inuyasha. Has dejado preñada a Kagome. ¿Cuánto tiempo crees que tardará Kohtaro en utilizar eso en tu contra? Vendrá directamente a por ella y el niño para hacerte daño.
Inuyasha apretó los dientes. El problema no era que Kohtaro fuera a por su hijo para hacerle daño a él, el problema era los planes que tenía para ese niño. Pero Inuyasha ya conocía los riesgos y los había asumido. Kohtaro jamás se acercaría a su familia.
—Eso no ocurrirá nunca —juró.
—No puedes prometer eso.
—¿Qué ocurre?
Ambos se volvieron hacia Kagome, que los observaba con preocupación. No se habían alejado lo suficiente de la cabaña como para que la chica no los pillara discutiendo cuando salió al exterior.
Kouga miró de uno a otro y suspiró.
—Díselo, Inuyasha —le aconsejó—. Disfrutad de esto mientras podáis —y se marchó.
Kagome lo vio alejarse, estupefacta.
—¿A qué ha venido eso?
Inuyasha la miró, tan preciosa bañada por la luz del sol de la mañana, y sintió una vez más el instinto de protección corriendo por sus venas. Moriría antes de dejar que le ocurriera algo.
—¿Quieres dar un paseo?
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Se internaron en el bosque hasta que Inuyasha estuvo seguro de que nadie podría oírlos. La llevó hasta el tronco de un árbol caído, instándola a sentarse, y él se arrodilló ante ella, cogiendo sus manos entre las suyas. No sabía cómo decirlo de manera delicada así que decidió simplemente decirlo a su manera.
—Kagome, estás embarazada.
Lejos de entrar en pánico o de ponerse a dar saltos de alegría –dos reacciones que Inuyasha habría entendido perfectamente–, Kagome apretó los labios y le dedicó una mirada que era una mezcla de pena y preocupación. Conociéndola como la conocía, el medio demonio sabía perfectamente lo que estaba pensando. «Oh, pobrecillo. Se ha vuelto loco».
—¿Qué?
Inuyasha intentó explicárselo pero las palabras nunca habían sido su fuerte.
—Sé que tú aún no lo has notado pero estás embarazada. Lo he olido —añadió, señalándose la nariz con un dedo.
—Olido —repitió Kagome, sin dar muestra alguna de creerle.
—Bueno, ya sabes que mi olfato es muy bueno —Inuyasha se removió bajo la incrédula mirada de la chica. Aquella tenía que ser la conversación mas incómoda que había tenido en su vida.
—¿Cómo de bueno? —preguntó ella.
Inuyasha empezaba a sentirse irritado. Sinceramente, parecía que Kagome solo se limitaba a seguirle la corriente en su delirio.
—Lo suficientemente bueno como para notar que tu cuerpo está cambiando —dijo con exasperación—. Conozco los cambios físicos que atraviesa el cuerpo de una mujer en estado, y no sé porque pero esos cambios influyen también en el aroma...
—Las hormonas —le interrumpió Kagome.
Su mirada estaba perdida, su mente muy lejos de allí. Inuyasha casi podía ver su cerebro trabajando, haciendo cálculos, indagando en conocimientos que estaban muy lejos del alcance del chico. Entonces ella lo miró, seria y con los ojos brillantes, la comprensión por fin golpeándola.
—No puede ser —dijo, pero la nota aguda de su voz le dijo a Inuyasha que sabía que sí podía ser.
—No debería pillarte tan de sorpresa —replicó, enrojeciendo hasta las orejas.
No habían dedicado las noches a contarse cuentos precisamente.
Kagome cerró los ojos durante un momento y, cuando los abrió, había tanta tristeza en ellos que a Inuyasha se le partió el corazón. Ella veía, al igual que Kouga, que todo estaba ocurriendo en el peor momento posible.
—Inuyasha —susurró, con la voz teñida de pesar—. ¿Qué vamos a hacer con un bebé?
Él apretó sus manos, que se le habían quedado heladas, en un intento de infundirles calor, y se sintió orgulloso de sí mismo porque por una vez tenía la respuesta correcta a una pregunta.
—Quererlo.
Poco a poco, casi reacia, una pequeña sonrisa se fue formando en su hermoso rostro. Kagome pegó su frente a la de Inuyasha y cerró los ojos, dejándose invadir por aquel intenso amor.
—Te quiero —musitó—. Os quiero a los dos.
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Tuvieron que pasar otras dos semanas para que Kagome notara el primer cambio en su cuerpo: la ausencia de su periodo. No fue hasta entonces que fue verdaderamente consciente de lo que estaba por venir.
Iba a tener un bebé. Iba a ser madre.
Al principio no sabía cómo sentirse al respecto. Haciendo cálculos había descubierto que para cuando naciera el niño ya habría cumplido los veinte y habría pasado un año desde que volvió a la era Sengoku en misteriosas circunstancias. No solo era demasiado joven, se sentía demasiado joven. Formar una familia era algo en lo que había pensado de manera muy vaga en raras ocasiones. Lo cierto era que en su época, separada de Inuyasha, se había centrado en sus estudios y no había tenido ningún interés en salir con chicos, por lo que ser madre no había entrado en sus planes precisamente.
Pero ahora estaba pasando, era real, y aunque la mayor parte del tiempo se sentía llena de dudas, tenía que admitir que también se sentía ilusionada por la llegada de aquel bebé, un bebé al que había querido en el mismo momento en el que Inuyasha le habló de su existencia.
El embarazo no solo estaba cambiando su cuerpo sino también la dinámica de su vida en el campamento. Lo primero que cambió fue su convivencia con Inuyasha.
El medio demonio había dejado aflorar lo peor de su instinto sobreprotector y apenas la dejaba hacer nada, todo le parecía demasiado arriesgado en su estado. La estaba volviendo loca pero tampoco podía culparlo. Kagome, y ahora aquel niño, eran todo lo que tenía, lo único que realmente le importaba, y si los perdía... eso lo mataría.
Kagome también había empezado a sentir lo mismo. Se despertaba por las noches, empapada en sudor, después de una pesadilla en la que la guerra le quitaba a su hijo de maneras horribles. Inuyasha la abrazaba, la acunaba entre sus brazos y le juraba que jamás dejaría que les ocurriera nada.
Entre sus amigos, Kouga y Sango fueron los que peor se lo tomaron. El demonio lobo se dedicaba a mirar con tristeza a Kagome y a murmurar insultos por lo bajo dedicados a Inuyasha cada vez que los veía. En cuanto a la exterminadora, no había expresado en voz alta su malestar pero no era necesario. Cada vez que veía a la sacerdotisa la miraba como, si en vez de haber anunciado que estaba embarazada, le hubiera dicho que tenía una enfermedad terminal.
—Ya se le pasará —le había dicho Miroku una vez—. En cuanto conozca a ese bebé, se enamorará de él.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —le había preguntado Kagome entonces.
—Porque te adora. Y también adora a Inuyasha, aunque se niegue a reconocerlo. Y por tanto adorará a un bebé que será la mezcla perfecta de los dos —le había explicado el monje con gran ternura—. Pero esto, en este momento, os hace tremendamente vulnerables. Eso es lo que le molesta. Teme por vosotros.
Kagome se había limitado a asentir. No había tenido nada que responder a eso.
Pero con el paso de las semanas y los meses, todos parecían cada vez más encantados con la llegada del bebé, el amor que sentían por él crecía de manera exponencial. La noticia había actuado como un bálsamo para todos y ahora, en vez de esperar asustados una guerra, esperaban con ilusión la llegada de una nueva vida. Y Kagome descubrió maravillada el superpoder que ya tenía su hijo sin haber nacido siquiera: les había dado una paz de espíritu a sus amigos y a ella que no habían tenido en muchísimo tiempo. Pero sobre todo estaba agradecida porque hubiera obrado su magia en Inuyasha.
Poco a poco, el medio demonio había ido dejando atrás todos esos sentimientos negativos que había convertido en una coraza, y ahora parecía más ligero. Sonreía más que nunca y el orgullo brillaba en sus ojos cada vez que posaba su mano sobre el vientre abultado de la chica. Parecía feliz. Sobre todo por las noches, cuando, tumbados en el lecho, hablaban en susurros del futuro, sin pensar en guerras o enemigos sedientos de sangre.
—Será un gran guerrero —decía Inuyasha a menudo—. Me ayudará a proteger a su madre.
Hasta que una noche, harta de oír aquella letanía, Kagome soltó un bufido y puso los ojos en blanco.
—¿Y qué pasa si es una niña?
—Será una gran guerrera, por supuesto —replicó él sin dudar—. Yo mismo la entrenaré —entonces hizo una pausa y su rostro adoptó una mueca que hizo reír a Kagome—. Pero hasta entonces encontraré la torre más alta e inaccesible y os ocultaré allí.
—Oh, no —suspiró Kagome—. Ya es muy tarde para mí pero de verdad espero por su bien que no sea una niña.
Inuyasha sonrió y la besó lentamente.
Ya no faltaba mucho. Kagome podía sentirlo moviéndose en su interior, buscando un espacio que ya no tenía. Pronto conocería a su hijo.
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Algo iba mal. Matsuko podía olerlo en el aire. Podía sentir esa tensión en el ambiente. Lo veía en los rostros de sus compañeros de batallón. Lo había notado en la ausencia de su hermano a la hora del desayuno.
Desde la deserción de Inuyasha todo había estado demasiado tranquilo. El ejército de Kohtaro no había tenido mucho trabajo. Las órdenes habían sido asegurar los territorios ya conquistados y nada más.
Katsuko y él le habían prometido a Inuyasha que serían sus ojos y sus oídos y aunque Matsuko se había reunido en secreto con él en unas cuantas ocasiones, no había tenido nada de lo que informar. Literalmente nada en meses.
Inuyasha había dicho que Kohtaro estaba esperando algo y Matsuko había estado de acuerdo. La pregunta era qué. Aunque por alguna razón le había parecido que el medio demonio ya sabía la respuesta.
Era la calma antes de la tormenta. Pero a Matsuko no le avergonzaba reconocer que prefería la tormenta.
—Matsuko —no sabía el nombre del demonio perro que lo había llamado, pero sabía que trabajaba con Katsuko sirviendo a Kohtaro—, el señor Kohtaro quiere verte.
Matsuko no olvidó coger su arma antes de seguir al demonio.
El demonio lo llevó hasta el despacho de Kohtaro, dónde lo hizo entrar sin una palabra, y cerró la puerta a sus espaldas.
Kohtaro le daba la espalda mientras se lavaba las manos en una palangana. Una figura ensangrentada se hallaba tirada en el suelo. Matsuko apretó la empuñadura de su espada. Era Katsuko.
Aquello era el fin, supuso. Había descubierto que le habían traicionado, que se habían cambiado al bando de Inuyasha, e iba a matarlos por ello. Pues bien, Matsuko no caería sin luchar.
—No te preocupes, no está muerto —dijo Kohtaro sin volverse—. No podía descubrir que es un espia y dejarlo ir sin castigarlo un poco. Tengo una reputación que mantener.
Matsuko se movió, acercándose a su hermano lentamente, sin quitarle la vista de encima al demonio mayor. ¿Dejarle ir? ¿De qué diablos estaba hablando el viejo?
—Verás, Katsuko ha sido muy descuidado —explicó Kohtaro, volviéndose hacia él. Parecía decepcionado-. Sé que me habéis estado espiando desde que Inuyasha se marchó pero no he podido seguir ignorándolo cuando esta mañana he encontrado a tu hermano leyendo mis pergaminos. Además, ya es hora de que mueva ficha.
Matsuko se quedó helado. ¿Lo había sabido todo el tiempo? ¿Pero por qué no había hecho nada? ¿Qué era lo que estaba tramando?
—No te sorprendas tanto —replicó Kohtaro—. Hay muy pocas cosas que escapen a mi conocimiento.
—No pienso decirte dónde está Inuyasha —juró Matsuko.
Kohtaro sonrió.
—No hace falta. Como acabo de decirte, hay muy pocas cosas que yo no sepa.
»Me gustas, Matsuko —continuó—. Eres un gran guerrero e increíblemente leal. Pero como comprenderás, en el momento en el que tus lealtades cambiaron de lugar dejaste de servirme. Pero quiero hacer un trato contigo. Os dejaré vivir a tu hermano y a ti —en su voz había implícito un «de momento»— si hacéis una última cosa por mí.
Una de las últimas cosas que le había dicho Inuyasha a Matsuko era que Kohtaro estaba loco. Inuyasha no solía tener buenas palabras para casi nadie, pero el brillo de locura que empezaba a vislumbrar en la mirada del viejo hizo que se inclinara por darle la razón al medio demonio.
—¿Que quieres?
—Quiero que le deis un mensaje de mi parte a Inuyasha.
Bueno, capítulo en el que ocurren muchas cosas, flash forward incluido, pero que en realidad solo es una preparación para la traca final del próximo capítulo.
Porque sí, amigos míos, después de casi 8 años, está historia verá su fin en el capítulo diez. Me juré a mí misma que, fuera como fuera, me llevara el tiempo que me llevara, terminaría este fic (y todos los demás que tengo a medias). Y parece ser que ese final está cerca. No sé cuando exactamente pero espero tener listo el último capítulo en los próximos días. Me he puesto una fecha límite (el 21 de enero de 2017, que es cuando el fic cumple ocho años) pero realmente quiero tenerlo mucho antes.
No sé si aún queda por aquí algún lector que haya estado siguiendo la historia desde el principio. Es muy improbable pero si es así: Aguanta un poco más.
Nos vemos pronto.
