Disclaimer: Nada de los comics ni de la serie me pertenece. Es propiedad de Robert Kirkman y la cadena AMC. Gracias por el préstamo.
Tumba
Tarde o temprano todos iban a terminar en una de ellas. Por una larga enfermedad, la edad, un accidente fortuito, a manos de otra persona… Tu cuerpo era envuelto en uno de tus mejores trajes o vestidos, y era encerrado en una caja de madera que acabaría sepultada bajo kilos de tierra.
Todos habían acudido al funeral de alguien antes de que la trivialidad del acto, la oportunidad de enterrar a quienes perdían en el camino se convirtiera en casi un milagro.
Quien contaba con alguna prenda oscura en su haber, la lucía en esa ocasión por aquellos cuyo fondo de armario era más escaso.
Creyentes, ateos o agnósticos, todos se reunían en torno a aquellos huecos enterrados en la tierra que iban a convertirse en el hogar de quienes habían perdido. No era momento de plantearse su fe, para eso tenían el resto de minutos del día de la vida que les quedara. Todos guardaban respetuoso silencioso mientras escuchaban las palabras de consuelo de la Biblia o de autoría desconocida o anónima que intentaban reconfortarles en esas circunstancias.
Jamás se habían planteado el trabajo de aquel que sin descanso, sin ataduras personales o morales, se inclinaba sobre la tierra fresca pala en mano y comenzaba a horadarla. Una vez, dos veces, tres… Y así hasta que la profundidad era suficiente para el ataúd. Ninguno se había parado a pensar en la sensación sofocante que atenazaba sus músculos a cada palada, la quemazón en sus antebrazos, el sudor escurriéndose por su cuero cabelludo pegando la ropa a su cuerpo. Todo ese esfuerzo por alguien a quien no amaban.
Mientras cavaba la tumba de su mujer sin descanso, sin apenas recuperar el aliento haciendo caso omiso a la mirada que sabía el cazador le dirigía desde la distancia; Rick comprendía por fin, cuán poco se agradecía la labor de los enterradores. Ellos eran quienes se encargaban de acomodar a sus seres queridos una vez muertos. Ellos eran quienes sepultaban sus ataúdes. Ellos eran quienes dejaban para ellos una lápida, una tumba a la que acudir cada año en fechas señaladas con un ramo de flores y los ojos llenos de lágrimas mientras les recordaban.
Siguió cavando con el sol apretando en lo alto instándole a continuar y preparar así el lecho eterno de su esposa.
