Volar
Recordaba observarlos con atención cuando era un crío. Recordaba salir corriendo por la puerta trasera de la destartalada casa huyendo de los gritos y de los golpes que llevaban su nombre escrito. Recordaba dejarse caer en un prado de hierba alta que le alcanzaba casi el pecho, el aliento entrecortado, la sangre secándose en las heridas de su espalda o en su rostro. Recordaba rozar con la yema de sus dedos de forma tentativa y temerosa su labio partido ahí donde su padre había acertado de lleno. Recordaba sentarse con el cuerpo agitado por el miedo y las lágrimas que se obligaba a no derramar. Los Dixon no lloran. Era el lema familiar.
Recordaba observar sus manos con detenimiento, buscando un punto en el que concentrarse para alejar el dolor que le embargaba de pies a cabeza. Recordaba arrancar varias hierbas a su alrededor, primero de forma tranquila para terminar con sus manos llenas de ellas, lanzándolas en todas direcciones, ahogando el grito que trepaba por su garganta amenazando con asfixiarle.
Y entonces, cuando creía que la ira, el dolor, la rabia, el llanto iban a acabar con él lo escuchaba. Un graznido agudo. Alzaba su mirada azul brillante por las lágrimas al cielo despejado, viéndole batir las alas para después mantenerlas extendidas y planear siendo arrastrada por las corrientes.
Daryl se secaba las mejillas sin apartar sus ojos del grácil movimiento del águila sobrevolando su cabeza. Se tumbó sobre la hierba su mirada fija en el plumaje parduzco del ave. Recordaba estirar sus brazos a ambos lados en forma de cruz, el ave dio un nuevo giro en semicírculo planeando sobre su cuerpo inerte.
Daryl cerró los ojos e imaginó por unos instantes que volaba a lomos de aquel pájaro lejos de su casa.
