Voz
Al principio no lograba distinguir a quien pertenecía, pero en cuanto logró localizar de dónde provenía sabía que era de aquella princesa de cabello rubio. Echó un vistazo alrededor, asegurándose que no había nadie más en el pabellón que fuera a decirle algo por querer entretenerse un rato con ella. A falta de algo mejor…
Agilizó sus pasos al máximo no queriendo anunciar su llegada antes de lo esperado, dándole margen para que pudiera alejarse antes de que le alcanzara.
A medida que avanzaba, su voz se iba haciendo más clara a la par que las palabras llegaban con más nitidez a sus oídos. Cuando logró escuchar el estribillo se paró en mitad del pasillo a menos de un metro de su celda. Reconocía esa canción de cuna. Para su suerte o desgracia, según a quien le preguntases, se sabía la letra de memoria.
¿Cuántas veces se la había cantado al enano de su hermano mientras su madre se ponía ciega a whisky o lo que fuera que hubiera comprado ese día? ¿Cómo olvidarla cuando era la única maldita canción que lograba que sus chillidos y lloriqueos cesaran cada jodida noche?
Apoyó su hombro contra la pared de hormigón sintiendo el frescor del material contra su piel. Su sien no tardó en reclinarse contra la pared mientras escuchaba a la princesa rubia terminar de cantar la canción a la pequeña.
Cuando su voz cesara, ya entraría en la celda y…
Pero aún había tiempo para eso.
