Carmesí
Siempre le había gustado el rojo, pero jamás había podido comprarse nada de ese color desde que se había casado con él. Era una de sus manías, de sus castigos, de esas cosas tabú, las que no podía tener. Aquella lista había aumentado con el paso del tiempo, devorando poco a poco la lista de cosas que le era permitido tener hasta casi hacerla desaparecer.
Cuando él murió volvió a querer tener ese color en su vida aunque era complicado. Pero siempre que las ropas encontradas en alguna salida de suministros eran repartidas entre el grupo, intentaba hacerse con una color carmesí. Puede que fuera su forma de revelarse una vez más contra el sometimiento bajo el que le había mantenido Ed, o puede que simplemente aquel color resaltara el color de sus ojos haciéndole sentirse mejor, más guapa. Por fin.
Siempre le había gustado el rojo, hasta que el mundo decadente a su alrededor lo convirtió en su color fetiche, tiñendo las manos de Lizzie de la sangre de su hermana en esa ocasión.
Odiaba el color carmesí. Lo odiaba con todas sus fuerzas.
