Sonrisas

Era su pequeño oasis en ese mundo de desolación, muerte, sangre y dolor. A pesar de haber entrado en el llevándose consigo la vida de alguien, todos y cada uno de ellos de forma inconsciente le buscaban hasta dar con ella; miraban durante segundos o minutos completos el pequeño bulto que dormitaba envuelto en una manta en la improvisada cuna.

Parecían hacerlo de forma automática, como si su cuerpo supiera lo que su mente era incapaz de registrar pero sabía que necesitaba. Tarde o temprano sus pies terminaban a la entrada de la celda de quien se encargaba de cuidar de ella ese día, a la espera de atrapar un retazo mínimo de alguna de esas muecas.

Había días en que no tenían suerte, aún era demasiada pequeña como para curvar sus labios y aliviar el día del destinatario de tan sencillo gesto. Pero cuando lo hacía, cuando por fin fijaba sus ojos claros en los de alguno de ellos y veían su boca sonreír, daba igual que una chorretón de saliva aterrizara en sus ropas o que el llanto por las ganas de comer no tardara en llegar. Daba igual que al otro lado de esas paredes de hormigón los muertos quisieran matarles, arrancarles la piel a tiras y celebrar un festón con sus cuerpos.

La sonrisa de la benjamina del grupo era como un bálsamo que aliviaba el dolor de toda clase de heridas, y ninguno quería dejar escapar ese remedio natural.