El potterverso es de Jotaká.

«REFLEJOS»

Por Victoire Black.


Exactamente igual.

El día no prometía ser muy ajetreado, y por falta de niñera, Alice se había llevado al pequeño Neville, con cortos 8 meses, al cuartel general de la Orden. No había prácticamente nadie en el edificio; Sirius daba vueltas por allí mientras Fabian y Gideon investigaban sobre el último lugar en que se había visto al Innombrable. No es que los aurores no fueran de ayuda, pero en esos tiempos era mucho más fácil hacer la investigación por mano propia, que confiar en personas que quizá estuvieran bajo un Imperius.

Sin absolutamente nada que hacer mientras esperaba a su marido, que estaba en misión, comenzó a recorrer la vieja edificación. Era fácil perderse por la cantidad de pasillos que tenía, y aún más lo era para alguien con tendencia a desorientarse aún en dos metros a la redonda, como la pobre Alice.

Tres horas después, llegados todos para la reunión, Sirius discutía a los gritos con Frank. Que si no la cuidabas tú, que si se había perdido sola, que si aún tenía al niño, que si Voldemort había entrado al lugar con un puñado de mortífagos y los habían matado a ambos... Finalmente, y viendo que nada se podría hacer contra un estúpido del nivel de Sirius Black, a ojos de Longbottom, se decidió por ir a buscar a su mujer él mismo. No tardó más de dos minutos en encontrarla: deseaba con todo su corazón que el pobre de Neville no heredara el despiste de su madre.

Estaba sentada en posición de loto con el niño en brazos. Ambos estaban muy quietos, ella mirando su imagen en un espejo, y el pequeño, durmiendo. Frank se extrañó en demasía por esa escena. Su mujer no era de las que podían quedarse quietas por más de diez segundos, y menos aún, de las que sí lo podían hacer, sobre todo frente a un espejo.

—¿Qué se supone que haces, Alice? —caminando despacio, sin saber por qué, avanzó y se sentó a su lado, fuera del alcance del espejo.

—¿Sabes lo que es esto? —preguntó en un susurro, sin haber dado indicio alguno de haberlo oído hablar—. No me respondas que es un espejo —advirtió, al ver el rostro divertido del hombre—. Refleja lo que más desea uno en el mundo...

—¿Tú qué ves, Al? —interrumpió Frank, curioso. No tenía interés de mirar en el espejo, sabía lo que vería, lo que más deseaba, y no necesitaba de un espejo mágico para enterarse.

—Me veo a mi, a Nev, a ti... Estamos igual que ahora, exactamente igual, solo que tú no tienes esos ojos tristes y yo no estoy tan cansada. Exactamente igual —reiteró.

—Yo vería lo mismo, y significa una sola cosa —comentó el castaño, sonriendo abiertamente—. El fin de la guerra. Ahí podremos ser felices y disfrutar, porque en verdad, ya tenemos todo lo que deseamos.