2. RACHEL
POV RACHEL
-Sabía que estarías aquí –una voz conocida me saca de mis pensamientos-. ¿Por qué te empeñas en pasar tanto tiempo en los tejados?
Miro a mi hermano, se acera cuidadosamente caminando sobre las tejas del tejado hasta llegar a mí y se sienta con las piernas cruzadas. Justo como yo estoy.
-Él siempre decía que los tejados son el mejor sitio para despejar la mente –respondo. Todavía no consigo decir su nombre en voz alta. Lo echo tanto de menos
-Rach… -mi hermano me acaricia la mejilla-. Sabes que papá no se ha ido, siempre estará aquí.
Me siento incómoda hablando de él e intento cambiar de tema casualmente.
-¿Te gusta la casa nueva?
Se encoge de hombros.
Blaine es así, nunca se queja por nada. Siempre asume lo que le toca.
En realidad Blaine no es mi hermano biológico, pero sí que es mi hermano.
Nuestros padres alquilaron un vientre de alquiler para concebirme, no conozco el nombre de mi madre biológica y no quiero conocerlo, ella nunca se ha preocupado antes por mí, ¿por qué debería preocuparme yo por ella?
Cuando tenía ocho años, mis padres y yo fuimos de excursión a un bosque cerca de nuestra antigua casa, en Chicago. Yo no tenía muchos amigos, me miraban mal por lo diva que era… soy, y por mi ropa. Vale, no me visto como el resto suele hacerlo, admito que mi ropa es bastante inusual pero, ¿qué tiene eso de malo?
Ese día fue cuando conocí a Blaine, era un año más pequeño que yo. Lo vi por primera vez cuando me alejé de mis padres recogiendo rosas amarillas, me recordaban a las estrellas. Las estrellas son una metáfora muy importante en mi vida porque… Perdón, ya me estaba desviando del tema. Como iba diciendo, me alejé de mis padres recogiendo flores, en el bosque había más familias porque era un día de fiesta y muchos habían aprovechado para alejarse de la ciudad. Cuando me agaché a recoger una flor que aún tenía el capullo cerrado, oí una canción muy conocida para mí. Por supuesto que la reconocía, ¿cómo no iba a hacerlo? Era de Barbra Streisand, la persona más talentosa de todos los tiempos y mi mayor ídolo e inspiración. Lo siento de nuevo, eso no tiene nada que ver ahora mismo. Prosigamos. Me guié por el sonido de la música y llegué hasta un niño más o menos de mi edad. Estaba curiosamente repeinado y complementaba su vestimenta con una pajarita de rayas y unos tirantes de los mismos colores. Me llamó la atención enseguida y me uní a cantar la canción con él.
Cuando acabamos, extendí la mano educadamente como mis papis me habían enseñado a hacer y me presenté.
-Soy Rachel Berry.
Él me miró un poco tímido pero finalmente tomó mi mano.
-Yo soy Blaine… Blaine Anderson.
Blaine se fijó en mi ramo de flores y se agachó para recoger otra exactamente igual a las mías.
-Las rosas amarillas parecen estrellas –me dijo ofreciéndome la flor que había recogido.
En ese momento, Blaine se había ganado un trozo de mi corazón.
Pasamos horas jugando en aquel claro del bosque donde lo habíamos encontrado. Y cuando digo jugando me refiero a actuar. Descubrí maravillada que Blaine compartía la misma obsesión que yo tenía con Broadway. Nos pasamos el resto de la tarde jugando a que éramos los protagonistas de West Side Store, yo hacía de María y él de Tony, las flores eran nuestro público.
Nos complementábamos a la perfección.
Perdimos la noción del tiempo hasta que mis padres me llamaron buscándome.
-Rachel, es hora de irnos a casa, cariño.
Entonces se percataron de la presencia desconocida y se miraron un poco preocupados.
-Hola pequeño, ¿cómo te llamas? –preguntó Hiram.
-Blaine –contestó el chico tímido.
-Blaine, ¿dónde están tus padres? Ya no queda nadie más.
-Mamá está arriba en las nubes. Y papá me trajo aquí esta mañana y se fue.
-¿Tu padre te ha dejado aquí y se ha ido? –preguntó Leroy con suavidad.
Mi nuevo amigo agachó la vista y asintió.
-¡Entonces puedes venir a casa con nosotros! –exclamé yo entusiasmada.
No me culpéis, era una niña y no entendía lo que estaba pasando.
Mis papis se volvieron a mirar entre ellos.
-No, hay que llevarlo a la policía –dijo mi papá Hiram.
-¡Pero Blaine no ha hecho nada malo! –repliqué yo horrorizada-. ¡Es el Tony perfecto!
-Princesita –mi papi Leroy se acuclilló hasta mi altura-, tenemos que llevar a Blaine a comisaría para que encuentren a sus familiares.
-Pero ahora es de noche –insistí yo-, ¿no podemos esperar hasta mañana?
Mis papis suspiraron y supe que había ganado.
-Está bien –accedió Leroy-. Ven, Blaine –le sonrió al chico que nos miraba asustados-. Veo que te gustan las pajaritas, ¿eh? Yo tengo montones en casa, a lo mejor encontramos alguna que te guste.
La cara de Blaine se transformó en una enorme sonrisa y nos acompañó encantado.
Aquella noche mis papis nos dejaron ver Funny Girl tres veces seguidas y dormimos los cuatro juntos en su cama. Nunca podré olvidarlo.
Recuerdo que los meses siguientes no fueron tan fáciles, recuerdo que teníamos que viajar montones de veces a juicios, recuerdo que muchas de esas veces mis papis me obligaban a quedarme en casa de tía Sophie aunque pataleaba incansablemente hasta que me permitían acompañarlos. Hasta que finalmente, un día mis papis consiguieron unos papeles muy importantes, no sabía muy bien qué significaban aquellos papeles ni por qué mis papis estaban tan contentos por tenerlos. Pero yo también estaba contenta, y Blaine también estaba contento, porque aquellos papeles, fuesen lo que fuesen, permitían que Blaine se quedara a vivir con nosotros.
Durante los siguientes años, Blaine se convirtió en mi hermano, en el hijo de Hiram y Leroy, ellos eran tan padres míos como de Blaine, toda la familia lo acogió enseguida, y siempre que me preguntaban, decía que Blaine era mi hermano. Y cuando la gente nos preguntaba por qué teníamos distintos apellidos si éramos hermanos, él agachaba la mirada pero yo repetía con la misma determinación, que era mi hermano.
El mismo chico asustado que encontré aquel día en el bosque, con una historia más compleja de lo que os podéis imaginar, ese mismo chico, con los mismos ojos y la misma sonrisa reluciente me mira sentado a mi lado en un nuevo tejado, en una nueva casa.
Ya habrá tiempo para su historia más adelante, ahora lo único que importa es que Blaine está aquí para mí, porque lo necesito, y también porque me necesita, seguramente debido a sus pesadillas.
Me apoyo en su pecho y noto cómo me rodea con su brazo por la espalda.
Por muchos años mayor que él que yo pueda ser, Blaine siempre será mi hermano mayor.
-Lo echo mucho de menos –repito de nuevo, esta vez con los ojos ahogados por las lágrimas que se acumulan.
-Yo también lo echo mucho de menos –me dice en un susurro-. Pero él nunca se irá del todo, siempre estará ahí, Rachel.
No decimos nada más, no es necesario.
Nos quedamos ahí, congelándonos del frío nocturno por varios minutos, tal vez sean horas, últimamente mi mente no puede pensar con demasiada claridad.
Pero eso ellos no pueden saberlo, tengo que ser fuerte, soy Rachel Berry, y siempre lo he sido. Pase lo que pase.
-Chicos –nos interrumpe una voz desde la ventana-. Es tarde, id ya a dormir, mañana será un largo día.
-Ya vamos, papá –responde Blaine.
-Buenas noches –le digo a mi padre Hiram cuando salimos del tejado y él está, como siempre, esperando a que bajemos preocupado.
Nunca le ha hecho demasiada gracia eso de que adore los tejados.
-Blaine –llamo a mi hermano cuando va a entrar a su habitación-, no te olvides de tu pastilla.
Él suspira relajando los hombros como hace siempre que quiere relajarse y se dirige escaleras abajo a la cocina.
Pero papá tenía razón, y las cosas al día siguiente no son fáciles.
Estoy de mal humor, sentada en la incómoda silla del despacho del señor Figgins, el director del McKinley, mi nuevo colegio
Esta mañana me quedé dormida, algo que no es para nada habitual en mí. No me dio tiempo a correr mi media hora diaria de todas las mañanas. Sé que puede parecer una tontería, pero eso me enfada muchísimo.
Pero lo que de verdad me ha cabreado, ha sido cuando he visto a unos chicos, o más bien animales del paleolítico, tirar a Blaine al cubo de basura, ¿en serio? ¿Quién demonios hace eso en pleno siglo XXI? No sé quiénes eran, pero me he quedado con la cara de uno, era un chico gigante y con cara de estúpido, porque me he quedado con su cara, y más tarde tendré una pequeña charla con él.
Y claro, como si fuera poco, ahora mismo el estúpido director del estúpido colegio está sentado en su estúpida silla… Perdón, yo no soy tan malhablada. Ya he dicho que estaba de mal humor.
Como iba diciendo, el Sr. Figgins, está sentado en su preciosa silla de director diciendo que no puede inscribir a Blaine en el McKinley por el nombre de "Blaine Berry" hasta que no sea completamente oficial.
-Sr. Figgins –insiste papá por undécima vez-, sé que le estamos poniendo en una situación comprometida pero póngase en nuestro lugar, el juicio se celebrará dentro de poco y entonces Blaine podrá cambiar de apellido. Va a tener que cambiar toda su ficha cuando sea así, sólo le estamos ahorrando trabajo.
-Lo siento mucho pero no está bajo mi mano hacer algo así. Cuando tenga la orden del juez, cambiaremos la ficha del Sr. Anderson a Sr. Berry. Hasta entonces, los niños deben asistir a clase. Aquí tienen sus nuevos horarios –nos entrega hojas distintas a Blaine y a mí.
No me molesto en comprobar si compartimos alguna hora juntos, sé que no es así.
Blaine empieza su tercer año y yo mi cuarto y último año, pero por suerte sí que compartimos los descansos y la hora de la comida. Algo es algo.
El resto del día pasa demasiado lento para mi gusto. He conocido a una chica muy simpática en la clase de Matemáticas, era un poco extraña, pero supongo que yo no soy la persona más indicada para quejarme sobre eso. Ha estado hablándome de su gato hasta que otra chica con un humor de perros ha venido y se la ha llevado. Ah, también se ha metido con mi nariz y con mi ropa y con mi pelo. No me preguntéis por qué, simplemente suele pasar.
También conocí a un chico que me estaba mirando de una manera muy pervertida. Me ha faltado poco para cruzarle la cara de una bofetada pero he visto sus ridículas gafas y su pelo afro y me lo he pensado mejor. Al fin y al cabo el chico no tiene la culpa de que yo sea tan sumamente deseable.
Perdón de nuevo, soy así de egocéntrica, no puedo evitarlo. Os deberíais acostumbrar a ello, lo digo por vuestro propio bien.
Y bueno, quitando que el profesor de Español no tiene ni la menor idea de Español, y que la mujer que según he oído entrena a las animadoras me ha mirado tan fijamente que me ha costado no temblar del miedo, no ha pasado nada interesante en este nuevo día del nuevo curso en el nuevo colegio de la nueva ciudad.
Suspiro lentamente mientras guardo los libros en mi nueva taquilla, ¿por qué todo tiene que ser nuevo?
Blaine y yo acordamos quedar en la puerta de entrada para marcharnos juntos.
Él conducirá, por supuesto. No es que esté tratando a mi hermano como un chófer. Aunque ahora que lo pienso Barbra tiene chóferes. Pero seguro que no son sus hermanos. No, definitivamente Blaine no puede ser mi chófer en un futuro cuando sea una gran estrella de Broadway. Ya buscaré a alguien.
Todos mis pensamientos se colapsan cuando camino hacia la puerta de entrada y lo veo. Es él, el gigante con cara de imbécil. Va agarrado a una animadora rubia y le sonríe. Ahora me parece más estúpido aún si eso es posible.
Ver cómo se pasea por los pasillos enseñando a la chica que seguramente es su novia como un trofeo me pone de los nervios. Nunca me han gustado los chicos que hacen eso.
Justo cuando va a besarla, decido que ya he visto suficiente.
-¡Eh! –les gritó consiguiendo que se separen y me presten atención-. ¿¡Quién te crees que eres para ir tirando a los demás al cubo de basura!?
Ahora puedo sentir la mirada avellana y verde de la chica clavada en mí, me analiza y eso me hace desconcentrarme por unos instantes.
Me dirijo hacía ellos avanzando a grandes y rápidos pasos, el chico titubea nervioso. Estúpido cobarde, ahora no eres tan valiente, ¿verdad?
Cuando voy a soltarle unas cuantas palabritas que tengo guardadas, Blaine llega a mi lado impidiéndomelo. Me dice que no tiene importancia. ¡Me dice que no tiene importancia!
-¿¡Cómo que no tiene importancia!? –le grito-. ¡Te ha tirado al cubo de basura!
Es increíble la fuerza de voluntad que tiene Blaine para olvidar eso así como así. Pero yo no soy él y no puedo olvidarlo.
-Eso es para que entendáis cómo funcionan las cosas aquí –dice una voz gélida.
Por supuesto, la voz no ha salido del estúpido, y por la cara que tiene puesta ahora creo que se acaba de hacer pis en los pantalones.
No, la voz es de ella, de la chica, me mira frunciendo el ceño, su mirada ya no es curiosa, ahora está atormentada y nerviosa, aunque por fuera aparenta decidida e inspira terror. Pero a mí no me logra engañar.
-¡Tú no te metas Barbie! –espeto, porque de verdad parece una Barbie, dejando que el imbécil de turno la exponga por los pasillos del instituto y con ese uniforme de animadora que le hace ver terriblemente sexy… Un momento, ¿he dicho yo eso? Lo mejor será que lo obviemos.
-Rach –me llama Blaine a mi lado para tranquilizarme-, Rach déjalo, vamos.
Entonces soy consciente de que la mitad del instituto ha parado para ver nuestra pelea. No es que me importe ser el centro de atención, a eso ya estoy acostumbrada.
Pero no el primer día, no esta vez. Primero tengo que acostumbrarme a su ausencia, porque le sigo echando muchísimo de menos, y cuando lo supere, volveré a ser yo.
Blaine me toma del brazo para llevarme con él y yo me dejo, perdiéndome dentro de mí misma.
Pero entonces recuerdo a qué se ha debido todo.
-Esto no quedará así –les advierto volviéndome a mitad de camino.
La chica Barbie alza una ceja arrogante, sexy… Está bien, ahora sí que me estoy volviendo completamente loca.
Nada que un buen maratón de Barbra Streisand no pueda arreglar.
Bueno, pues después de estos dos capítulos seguidos habrá que esperar unos días para el siguiente que será, si no cambio de opinión, uno de Quinn.
Por si a alguien le interesa, el siguiente capítulo de mi otro fanfic "Show me all your bruises" (Faberry), lo intentaré subir mañana, o el lunes como muy tarde.
Espero que os vaya gustando esta historia.
Glee no me pertenece.
