PERDER… O GANAR

—Quinn… Quinn… ¿Me estás escuchando?

No. No te estoy escuchando porque estoy demasiado ocupada mirando a la hermosa chica que habla con mi hermanastro y su hermosa sonrisa, y sus hermosos ojos, y sus pier…

—Claro que te estoy escuchando, Finn —le espeto cerrando mi taquilla de un golpe fuerte.

—Guay. Entonces, ¿quieres ir ya a mi casa o necesitas pasar a por algo primero? —me pregunta.

Le miro desconcertada.

—¿A tu casa? ¿Por qué?

—¡Para hacer la canción del Sr. Shue! ¿De verdad me estabas escuchando?

—Claro que sí, ¿acaso no me crees? —finjo estar enfadada. Manejar a Finn es tan fácil que carece de emoción alguna—. Creo que ya sé qué canción vamos a cantar —añado echando una última mirada de reojo a Rachel Berry.

—Guay —Finn sonríe estúpidamente dejando en mis labios un beso baboso.

Repugnante.

Pero eso no es nada repugnante en comparación con lo que pasa cuando estamos en su habitación.

—Ya hemos ensayado bastante la canción —le digo a Finn—. Será mejor que me vaya yendo a casa, mi madre…

—¿Por qué no te quedas un rato? Ha pasado mucho desde la últimas vez que pasamos tiempo a solas tú y yo —dice haciendo un puchero patético.

Y cuanto menos tiempo pasemos juntos, mejor.

—No, Finn. Tengo que ir a casa.

—Vamos, Quinn —insiste tomándome por la cintura—. Podemos pasarlo bien aquí. Mi madre no llegará hasta tarde, no hay nada de lo que preocuparse.

Oh, sí que lo hay.

Empieza a besarme apresudaramente, me aprieta hacia él con más fuerza cada vez.

No hago nada para detenerlo, ¿qué le voy a decir? Soy su novia, al menos eso creo, y llevamos saliendo varios meses ya, es justo que reclame lo que quiere. Todos tenemos necesidades físicas, pero… ¿Yo estoy preparada para lo que va a pasar ahora?

No lo sé. Y tampoco sé si quiero que pase.

Los labios de Finn bajan a mi cuello dejando un rastro de babas. Cuando muerde mi piel y succiona, me hace daño.

Estoy cada vez más incómoda, no quiero que siga.

Sus enormes manos aprietan mis pequeños pechos dolorosamente sobre mi uniforme de animadora. Mi cuerpo se tensa completamente. Nunca habíamos llegado hasta este punto. Nunca había llegado tan lejos con ninguna persona. Y estoy completamente segura de que no quiero que Finn sea el primero.

Me recuesta en su cama y se tumba encima de mí. Su peso me aplasta, casi impidiéndome respirar. Cuando sus labios se vuelven a posar sobre los míos, siento la repulsión golpeándome más fuerte que nunca. No puede ser tan estúpido como para no darse cuenta de que no le estoy correspondiendo a los besos. Sin embargo, no le digo que se detenga.

Finn me separa las piernas bruscamente, está desesperado, se coloca entre ellas y doy gracias de que vuelva a prestar atención a mi cuello para dejarme respirar aire puro de nuevo.

Sus manos siguen sobando mis pechos con fuerza, como si pensara que me los puede arrancar, al contrario que las mías, que se encuentran pegadas a mis costados completamente estáticas.

Empiezo a marearme cuando toca mis muslos y sube poco a poco. Quiero vomitar.

—Finn, para —le digo.

No me hace caso, continúa tocándome cada ve más cerca de mi lugar más íntimo. Me aprieta fuertemente en la piel dejando las marcas de sus dedos sobre mi piel. Sube más y más.

—Finn, para —repito.

De nuevo, hace oídos sordos. Llega a la tela de mi ropa interior, acariciándola, pero no suavemente.

Esta es la peor experiencia de toda mi vida, quiero que acabe ahora mismo.

Intenta bajarme las bragas, sin éxito porque me las apaño para impedirlo sin que se note. Un bulto pequeño se presiona contra mi pierna derecha. Es asqueroso. Roza mi intimidad por encima de la tela de mi ropa interior y es entonces cuando algo dentro de mí explota.

—¡Te he dicho que pares, estúpido! —exclamo haciendo acopio de la poca fuerza que queda en mi interior para darle un empujón y poder escapar de su cuerpo— ¡Ni se te ocurra volver a tocarme!

Finn me mira confundido.

—¿Va algo mal? —pregunta—. Vamos, ven aquí y acabemos lo que estábamos haciendo. No hace falta que sigas fingiendo ser una niña buena, Quinn. Lo deseas tanto como yo.

¿Está hablando en serio? ¿Es esto alguna broma pesada? Lo más sensato sería que revisara toda la casa para asegurarme de que Puck no está escondido en alguna parte con una cámara dispuesto a grabar el gran momento.

Estampo mi mano en su cara más fuerte que nunca. Puedo asegurar que el golpe me ha dolido a mí mucho más que a él que sigue pareciendo igual de confundido.

—¡Yo no quiero esto! ¡No quiero que pase! —le espeto—. ¿Estás sordo? ¡Te estaba diciendo que pararas, idiota!

Afortunadamente, mi teléfono suena antes de que pueda seguir diciendo cosas de las que arrepentirme mañana. Miro el número, es Santana.

Nunca la había querido tanto como en estos momentos.

—¿Santana? —digo contestando a la llamada.

Se oyen unos sollozos procedentes de la otra línea y frunzo el ceño. ¿Está Santana llorando? ¿Santana? ¿Llorando?

—Quinn… puedes… puedes v-venir a-a… mi c-casa —balbucea.

—¿Estás bien? ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha pasado algo? —pregunto preocupada.

Es la primera vez en toda mi vida que he visto a Santana tan vulnerable como ahora… y eso que ni siquiera la estoy viendo.

Mi preocupación solo crece en aumente cuando los sollozos se hacen más fuertes.

—V-ven… por favor —me ruega, algo dentro de mí se parte. Odio ver a Santana tan débil. Es como una hermana para mí—. Tengo que contarte una cosa importante esta vez.

Su voz suena firme en la última frase, pero sigue ronca por el llanto.

—Está bien, no te preocupes. Estaré ahí lo más rápido que pueda —digo colgando el teléfono.

Vuelvo la realidad recordando a Finn. Lo miro, su confusión es lo suficientemente grande como para aplastar el McKinley entero.

—Tengo que irme, ya hablaremos —le digo fríamente.

—Pero estábamos a punto de…

—No estábamos a punto de nada, Finn —corto su protesta con un tono gélido—. Tú estabas a punto de hacerlo sin pedirme ninguna opinión —le corrijo—. Me voy para que te puedas hacer cargo de ti mismo. No creo que te lleve demasiado tiempo.

Me mira con una mezcla de rabia, rencor y más confusión. Lo ignoro y me dirijo a la salida recordando que tendré que hacer todo el camino a casa de Santana andando, ya que Finn me trajo en coche y no es buena idea volver para pedirle que me lleve y encontrarle haciendo cosas que no me apetece ver en absoluto.

Cuando vuelven a mi mente los recuerdos de lo que estaba pasando hace solo unos minutos, la repulsión vuelve a invadirme seguida de una serie nada placentera de arcadas. No puedo contenerme más y acabo vomitando en el césped de uno de los vecinos de Finn.

Tengo el estómago completamente revuelto. Acabo de vivir los momentos más asquerosos y repulsivos de mi corta existencia. Y lo peor de todo es que no he sido capaz de detenerlo hasta que han llegado demasiado lejos.

En llegar a casa lo primero que haré será darme una buena ducha para olvidar el tacto de las rudas manos de Finn sobre mi cuerpo.

Siento un nudo en la garganta y ganas de llorar, pero misteriosamente unos ojos marrones cálidos se cuelan en mi cerebro tranquilizando todo mi cuerpo y consigo llegar a casa de los López sana, salva y preparada para lo que sea que Santana me necesitaba con tanta urgencia.

¿Querrá contarme al fin sobre ella y Britt? Espero que sea eso, no creo ser capaz de aguantar mucho más tiempo haciéndoles creer que no sé nada de su relación, como tampoco creo que Brittany sea capaz de resistir haciéndole pensar a Santana que le gusta mantener su relación en secreto y no se siente herida cada vez que mi estúpida amiga latina niega de ella sin quererlo.

Toco a la puerta que no tarda en ser abierta por Santana, sus padres trabajan todo el día fuera de casa por lo que no esperaba ninguna otra persona para recibirme.

Santana tiene un aspecto horrible, tiene los ojos rojos de tanto llorar e intenta inútilmente limpiarse las lágrimas con un pañuelo mientras solloza. Su pelo está hecho un desastre, imagino que habrá estado desahogándose con la almohada.

—Santana —consigo musitar cuando me vuelve la voz—. ¿Qué ha pasado?

No dice nada, se limita a volver a subir a su habitación, dejando la puerta abierta para que la siga. La casa está llena de pañuelos por todo el suelo, muebles y escaleras. Pero al llegar a la habitación de Santana, no hay una situación mucho mejor, la cama está sin hacer, hay cojines tirados por todas partes e incluso prendas de vestir desgarradas en el suelo, cubierto por una imprescindible en la vida de una persona deprimida.

La sigo hasta la cama y me siento a su lado intentando ser paciente y esperar a que sea ella la primera en hablar cuando esté preparada. Pero sé que no va a ser así. Lo que sea que haya pasado tendré que sacárselo a cuchilladas.

—¿Y bien? —pregunto—. ¿Me vas a contar lo que ha pasado?

Su llanto vuelve más fuerte que antes y comienza a balbucear cosas sin sentido. Cada vez queda menos de mi gran reserva de paciencia. Y lo termino diciendo. Lo que se supone que debería esperar a que ella me dijera a mí.

—¿Es por Britt? —pregunto suavemente, sé que para ella esto va a ser muy difícil—. ¿Ha pasado algo con ella?

Ella me mira inmediatamente, en pánico.

—¿Por qué iba a pasar algo con Brittany? —espeta bruscamente.

Mis cejas se alzan.

—No lo sé —respondo—, ¿por qué no me lo dices tú?

Santana me escruta con la mirada.

—Te lo ha contado ella —comienza a andar en círculos por toda la habitación—. Es eso, ¿verdad? ¡Te lo ha contado, maldita sea! ¡Le dije que mantuviera la boca cerrada! ¡No puedo creerlo!

El enfado no tarda en aparecer en mí. No puedo creer que Santana esté reaccionando de este modo. Quiero gritarle y abofetearla hasta que vaya a buscar a Brittany y arregle todo el daño que le está haciendo. Pero no lo hago.

—¡Nadie ha tenido que contarme nada, Santana! —eso parece hacerla reaccionar. Para de dar vueltas y se queda quieta, mirándome dispuesta a defenderse de cualquier ataque que yo le pueda enviar. Oh, por el amor de Dios, esto es tan estúpido—. ¿De verdad pensabas que no me había dado cuenta en todo este tiempo? No soy imbécil, claro que he notado cómo la miras, cómo os miráis entre vosotras. Britt y tú sois mis dos mejores amigas, os conozco más de lo que piensas que hago. Os quedáis siempre las últimas en los vestuarios, ¡y no son solamente cinco minutos!

Santana se sonroja un poco bajando la cabeza avergonzada.

—¿Eso… eso es todo? —me pregunta despacio—. ¿No vas a… no vas a armar ningún escándalo porque… Britt y yo...? Bueno, ya sabes, eso.

—No —replico—. Pero estaría bastante bien que me contaras qué ha sucedido para que al fin estuvieras dispuesta a decirme la verdad, después de todo.

Vuelve a su lugar en la cama a mi lado.

—Le pedí a Brittany que hiciera la canción del Glee Club conmigo y me dijo que no —me explica con un tono indignado—. ¿Te lo puedes creer? ¡Me dijo que no! ¡A mí!

Su ego me hace soltar un exasperado suspiro.

—¿Con quién lo va a hacer? —pregunto curiosa.

La cara de Santana vuelve a adoptar una expresión seria.

—Con Artie, ¡me ha cambiado por ese estúpido ruedas!

Ruedo los ojos.

—Que quiera hacer una canción con Artie no significa que te haya cambiado por él… —no continúo hablando, y es que la mirada que me da Santana me hace callar inmediatamente—. ¿Qué más ahí? ¿Qué es lo que no me has contado todavía, Santana?

Por primera vez en toda la conversación, Santana me mira directamente.

—Me ha dicho que quiere acabar con… lo nuestro —explica quedamente—. Dice que está cansada de nuestra situación y que no quiere ninguno de nuestros dulces besos de señora hasta que demuestre que le importo de verdad —suelta un bufido—. ¿¡Cómo diablos se supone que voy a demostrarle eso!?

—Bueno, para empezar, podrías empezar a dar la cara por ella y dejar de esconderte. Dejar de negarla de una vez por todas.

—No es tan fácil, Quinn. Si mis padres se enteraran…

—Estoy segura de que tus encantadores padres te apoyarían en esto Santana, los conozco desde que tengo memoria y ellos te quieren pase lo que pase.

La cara de Santana se va llenando de duda.

—Pero tu no conoces a mi abuela —dice aterrorizada—. Ella jamás aprobaría algo así, l perdería para siempre. Y no podría soportar lo que los demás dijeran de mí a mis espaldas, eso es lo que más miedo me da, no puedo…

—Santana —la interrumpo—, eso es exactamente lo que Brittany quiere que hagas por ella: que des la cara. Es tu elección decidir si para ti es más importante ella que lo que piensen un puñado de desconocidos. Piénsalo bien, puedes perderlo todo… o ganarlo.

Cuando Santana está a punto de replicar algo, la puerta de la habitación se abre sin previo aviso dejando asomar a la encantadora madre de Santana.

—¡Quinn querida! —exclama al verme, se acerca hacia mí para dejar dos besos en mis mejillas—. ¡Pero mírate! ¡Cuánto tiempo sin verte, y qué crecidita estás! —en realidad sólo han pasado dos meses desde la última vez que la señora López y yo nos vimos, pero opto por obviar ese detalle insignificante—. Hay que alimentar este escuálido cuerpo, te quedas a cenar, ¿verdad?

—Pues la verdad es que… —no es que no quiera quedarme con los López, es simplemente que mi madre debe de estar preguntándose dónde estoy por lo que me caerá una buena bronca al llegar a casa.

—A Quinn le encantaría, mamá —contesta Santana por mí.

La miro, me devuelve una mirada de niña buena junto con una sonrisa traviesa.

—¡Estupendo! —Ya es demasiado tarde—. La cena estará enseguida, chicas. No tardéis en bajar.

No estaba equivocada sobre mi madre. Cuando Santana y yo volvemos a su cuarto después de una agradable pero extraña cena con sus padres, mi móvil suena anunciando la llamada de mi querida madre. No tan querida cuando casi me destroza el tímpano vía teléfono. Tengo que despedirme apresuradamente de Santana y sus padres, negando los ofrecimientos de llevarme hasta casa en coche, me vendrá bien andar un rato y despejar la mente. Después de insistir por novena vez el señor López, y darse cuenta de que no va a conseguir quitarme la idea de volver a pie, soy libre de marcharme a casa al fin.

Tengo que apresurar el paso ya que queda menos de media hora para el toque de queda de mamá.

Llego a casa y como esperaba, mamá y Burt ya se han ido a su cuarto. Hay luz en la sala de la última planta así que supongo que Kurt y o Sam se habrán quedado viendo la televisión un rato. Antes de retirarme a mi habitación, decido pasar por el cuarto de los gemelos sin hacer demasiado ruido, me encanta observarlos dormir, me transmite tranquilidad.

Pero al llegar a su habitación, sólo la cama de Stacey está ocupada, no hay ni rastro de Stevie. Lo busco, tampoco está en el aseo. Empiezo a ponerme nerviosa, es el menor de todos mis hermanos y siempre he sentido mayor responsabilidad hacia él porque es el más vulnerable de todos nosotros. El único a decir verdad.

Subo hasta la última planta rezando para que se encuentre allí, pero lo que no esperaba descubrir para nada era a la chica que lo tenía en brazos.

Rachel Berry.

En mi casa.

En pijama.

Un corto pijama.

Y viendo la tele despreocupadamente con mi hermano pequeño en brazos adorándola como si fuera el mayor tesoro del mundo.

Parpadeó varias veces asegurándome de que no estoy soñando y está allí de verdad.

Más increíble es si tenemos en cuenta el hecho de que mi hermano pequeño, que tiene absoluto terror a cualquier desconocido, está tumbado sobre ella y los dos ríen juntos sobre algo que Rachel ha dicho y no he alcanzado a entender.

Kurt está en el otro extremo del sofá, aguantando el sueño.

—¡Quinn!

Vaya, al parecer han notado mi presencia finalmente.

Stevie salta de los brazos de una desconcertada Rachel Berry y llega corriendo hasta mí, saltando a mis brazos.

—Hola, campeón —digo besando su frente.

Miro de nuevo a Rachel, parece que haya visto a un fantasma. Bueno, no es por parecer egocéntrica pero no soy tan fea, ¿verdad?

Kurt ya parece completamente despierto y se estruja los ojos para espabilarse.

Se crea una curiosa atmósfera en la habitación.

—¿No deberías estar durmiendo, Stev? —pregunto a mi hermano pequeño intentando romper el hielo.

—Pero estábamos viendo una peli —protesta bajándose de mis brazos y volviendo con Rachel.

—Es muy tarde, mamá se va a enfadar.

—Vaaaaaaaaaale —responde cansinamente—. ¿Puedo dormir contigo? —pregunta a Rachel Berry.

¿Mi hermano de cinco años acaba de preguntar a Rachel Berry que duerma con él o acaso estoy soñando?

Vaya, sí que me lleva ventaja este chico.

Espera, ¿qué?

Yo no acabo de pensar eso.

—Claro que s…

—No —interrumpo la contestación de Rachel—. Sabes que tienes que dormir solo, Stev.

Hace un pequeño puchero adorable.

—Pero yo quiero dormir con Rachie —suplica. ¿Rachie?—, es sólo una noche, porfi Quinn.

—Ya sabes lo que opina mamá de esto —replico suavemente. Sé que mi hermano es difícil de tratar—. Tienes que dormir solo, Stev.

—Pero yo quiero…

—¿Te gusta la película que estábamos viendo? —le pregunta Rachel dejando que el pequeño se siente de nuevo sobre ella.

Doy un rápido vistazo a la pantalla para comprobar que la película puesta es Star Wars.

Stevie asiente con su atención completamente centrada en Rachel.

—¿Y cuál es tu personaje favorito? —vuelve a preguntar.

—R2D2 —contesta Stevie automáticamente.

—Pues si haces caso a… tu hermana Quinn, prometo conseguirte un muñeco de R2D2 para que puedas dormir con él todas las noches.

La cara de Stevie se ilumina, y por su boca escapa un pequeño grito de emoción.

—¿De verdad?

Rachel asiente sonriente.

—Pero para eso tienes que irte a dormir ya.

Stevie se aferra a su cuello y puedo ver la creciente sonrisa en la cara de Rachel.

La escena consigue mover de un vuelvo mi corazón, es tan malditamente adorable.

—¡Buenas noches a todos!