CORY MONTEITH: "Life's too short to be serious". Cuando leí por primera vez que Cory había fallecido, pensé que había sido una broma de esas que siempre circulan en twitter, desgraciadamente no fue así. Cory no era de mis favoritos del cast, pero era parte de él y eso lo convertía en alguien muy especial para mí. Cada ve que piense en Glee a partir de ahora, estaré triste por la pérdida de una gran persona y un gran talento, pero a la vez estaré feliz, porque Cory cambió parte de mi vida, y siempre vivirá ahí dentro. Porque como una gran saga de libros me enseñó, una persona no muere cuando deja de respirar, lo hace cuando deja de ser recordado. Rest in peace, Cory.
Y tengo una mala noticia, no tan mala como la anterior, pero mala al fin y al cabo. No, no voy a dejar de escribir el fanfic, pero los tiros van por ahí. Al ser verano, tengo menos tiempo para escribir por motivos personales, esa es la razón por la que he tardado tanto en actualizar, quería aprovechar lo máximo posible para escribir hasta que se acabara el tiempo. Esto quiere decir que voy a actualizar muy poco estos dos meses, intentaré que sea un capítulo cada dos semanas, y cambiaré si consigo más tiempo y puedo escribir más. Siento las molestias, y ojalá pudiese hacer algo para cambiarlo.
PASEOS DE VUELTA A CASA
—No quiero hablar contigo —escupo nada más le veo aparecer por el pasillo.
Después de lo ocurrido el día anterior, ¿cómo puede ser que el muy imbécil venga conmigo a todas partes como si fuese mi perrito faldero?
—Es una mierda que no hayamos ganado la cena en Breadstix —comenta él ignorando mis palabras—. Estaba claramente amañado, es imposible que esos dos nerds nos hayan ganado con su canción, nunca me había aburrido tanto en mi vida. El señor Shuester está loco, ¿cómo ha podido pasar por alto nuestra popularidad? Quiero decir, nosotros mandamos en este sitio, lo mejor sería que…
Finn sigue hablando, no sé de qué, me he perdido cuando ha empezado a hablar de la actuación de Rachel y Kurt. Han estado tan… increíbles. Es la segunda vez que oigo la voz de Rachel cantando, y creo que han sido los seis minutos más tranquilizadores de mi vida. No he podido sacármela de la cabeza en el resto del día. Tiene algo que me atrae hacia ella, no sé qué es, pero es lo bastante intenso como para mantenerme ocupada a todas horas. Parece que Rachel se ha hecho muy amiga de Britt, no es que la haya estado observando… Presiento que a Santana no va a gustarle nada esa amistad, ya está bastante cabreada porque Brittany y Artie se pasean juntos por todas partes, lo que menos necesita es otra persona con quien Britt pueda ocupar su tiempo en vez de con ella. Pero para ser sinceros, se lo merece. Britt quiere que Santana le demuestre cuánto le importa, y estoy completamente de acuerdo con eso. Aunque no me guste verlas separadas…
Sacudo la cabeza. Nada de eso es importante ahora. Mi prioridad es otra, sólo tengo que concentrarme en el chico, o monstruo, como prefiráis, que hay delante de mí, y decir…
—Finn, hemos roto.
Para de contarme lo que fuese que estuviera diciendo y me mira con cara de aturdimiento.
—¿Estás… rompiendo… conmigo? —pregunta como si estuviese resolviendo un acertijo.
—Eso es exactamente lo que acabo de decir —replico secamente.
Comienzo a caminar hacia mi taquilla pasando por su lado.
—Pero no puedes hacer eso —espeta Finn dándome alcance—. No puedes romper conmigo.
—¿Quién dice eso? —pregunto alzando una ceja—. ¿Tú?
Finn se acerca más a mí y baja la voz.
—Si rompes conmigo no podrás ser reina del baile, Quinn —me advierte—. Somos la pareja más popular del instituto y nos necesitamos el uno al otro.
—No, yo no te necesito a ti —replico asqueada.
—Quinn —Finn me agarra por el brazo con fuerza—. Los dos sabemos que lo que pasó ayer en mi casa fue real…
—Suéltame —le advierto intentándome zafar sin éxito de su agarre. Es demasiado fuerte.
—¿Por qué no vamos a mi casa y acabamos con lo que empezamos? —dice acariciando mis mejillas con la mano libre.
—¡Te he dicho que me sueltes! —chillo sin importarme que estemos en mitad del pasillo.
—¿Pasa algo? —Kurt y su nueva amiguita aparecen justo a tiempo.
Ambos nos escanean con la mirada. Finn relaja la fuerza de su mano alrededor de mi brazo pero no la aparta. Mira a Kurt con aires de superioridad.
—Nada que te importe, mari…
—¡Eh! —Rachel sale en su defensa poniéndose justo enfrente de él para encararlo—. Cuidado con cómo le hablas —le amenaza señalándole con el dedo.
—Wow, Hummel, no sabía que ahora necesitases duendes para cuidarte las espaldas —se burla Finn.
Kurt ni se inmuta, acostumbrado ya a ese tipo de insultos, consigue que el remordimiento empiece a nadar dentro de mi estómago. Sin embargo, sólo consigue enfurecer aún más a Rachel, que aprieta fuertemente los puños de las manos intentando controlarse.
—Como soy una persona civilizada en contra de la violencia, voy a pasar por alto ese comentario por esta vez —respira hondo—. Y te voy a pedir amablemente que sueltes el brazo de Quinn como ella te andaba gritando pero veo que tú estabas demasiado ocupado metido en tu cuerpo de gigante con un cerebro del tamaño de un cacahuete.
Es increíble la velocidad en la que las palabras salen de su boca. Había esperado una reacción totalmente distinta por su parte, que le gritara o que se lanzase sobre él y le desgarrara la cara con las uñas, tal vez eso sería lo que más me habría gustado. Pero al contrario, habla calmada y se controla perfectamente, rompiendo todos mis esquemas.
—¿Y a ti qué te importa lo que yo y mi novia hagamos?
—¡Es que ya no soy tu novia, Finn! —le grito dando un estirón brusco para apartarme de su lado—. Te lo diré por última vez: yo —me señalo a mí misma con un dedo—, acabo de romper contigo —dirijo mi dedo hacia él—. ¡Y ahora vete y déjame en paz!
Finn maldice algo por lo bajo que no llego a oír, pero se marcha abriéndose paso entre los curiosos que se han parado a escucharnos.
—¿Y vosotros qué estáis mirando? —espeto.
Se hacen los despistados, comenzado a dispersarse por el pasillo. Todos menos Kurt y Rachel. Los miro. Por "los" me refiero a Rachel. Su mirada marrón brillante se une a la mía, y en ese pequeño intervalo de tiempo puedo notar cómo los latidos de mi corazón comienzan a acelerarse. Aparto la mirada rápidamente, su intensidad me hace sentir vulnerable.
—¿Estás bien? —pregunta Kurt rompiendo el tenso silencio.
Me encojo de hombros.
—¿Por qué no debería estarlo?
Sam y su nuevo amigo llegan en ese mismo momento, nunca me había sentido tan aliviada por la interrupción de mi hermano.
—Dime que lo que he oído no es mentira y has roto con Finn de verdad, por favor —suplica Sam.
Frunzo los labios intentando contener una sonrisa.
—Sí, es verdad: hemos terminado —le confirmo—. ¿Nos podemos ir a casa?
Kurt y Sam asienten.
—Te recojo a las ocho —le dice Kurt a Rachel.
—Claro —responde ella con una gran sonrisa.
Empiezo a caminar rápidamente hacia el coche mientras se despiden, no me importan sus estúpidos sentimentalismos.
—Quinn, espera —su voz me detiene.
Me giro para poder ver de nuevo a Rachel Berry, esta vez sola y retorciéndose las manos nerviosa.
—Me preguntaba si... Ya sabes, de chica a chica, si necesitas algo después de lo que ha pasado con... tu novio.
Levanto una ceja, aunque lo cierto es que me produce cierta ternura su gesto.
—Fui yo la que rompió con él, Berry —replico—. Claro que estoy bien, no lo hubiese hecho si no hubiese querido.
Rachel frunce el ceño y me mira confundida.
—Vale, si tú lo dices...
Empiezo de nuevo el camino hacia el coche, pero me detengo de repente y me vuelvo hacia ella otra vez. Sigue parada en el mismo sitio, mirándome. Blaine se acerca hacia ella.
—Gracias por lo de antes igualmente, por defenderme.
Se encoge de hombros.
—No hay de qué.
El chico engominado le rodea la cintura con un brazo y ambos se sonríen mutuamente.
—¿Nos vamos, Barbra? —le pregunta el chico besando su frente.
Siento un pequeño pinchazo en el estómago.
—Adiós, Quinn —dice Rachel antes de empezar a alejarse con Blaine sin esperar mi respuesta.
Veo cómo le abre la puerta del coche mientras ella ríe encantada.
No conozco al pelo gomina, pero empiezo a presentir que no me cae nada bien.
Pensaba que nada podían empeorar un día como hoy, pero al llegar a casa y encontrarme a mi madre con los brazos cruzados, en la puerta esperándonos, intuyo que me equivocaba.
—Reunión familiar, en el salón, ¡ahora! —espeta.
Los mellizos ya están allí, sentados en el sillón con gesto aburrido. Stacey peina tranquilamente a su muñeca Mary mientras Stev cambia los canales de la tele sin mucho interés.
Mamá llega como un rayo, le quita el mando de las manos y apaga la televisión.
—Sentaos —nos ordena a Sam, Kurt y yo.
Nos apretujamos los cinco en el sillón, y ella comienza a andar en círculos muy enfadada. Que alguien me saque de aquí.
—Estaba trabajando tranquilamente esta mañana —empieza mirándonos severamente uno por uno—, cuando la amable anciana de la casa de al lado llamó para informarme de que estaba escuchando extraños ruidos que venían de aquí. Tuve que salir para casa corriendo, lo que seguramente me habrá hecho perder una grandiosa oportunidad de venta, porque pensé que tal vez estábamos siendo atacados, que un ladrón nos estaba robando.
—¿Se han llevado mis videojuegos? —pregunta Sam, alarmado.
—No, Sam. Nadie se ha llevado tus videojuegos —Sam suspira aliviado.
—¿Y mis muñecas?
—Mi colección de discos de vinilo de Michael Jackson está intacta, ¿verdad?
—¿Han tocado algo de los libros que hay en…?
—¡Silencio! —grita mamá—. ¡No! Nadie ha robado nada —mamá se para y respira e inspira varias veces antes de continuar—. Como iba diciendo, tuve que salir del trabajo para venir a casa, y cuando llegué… ¡La maldita criatura esa había destrozado todas mis plantas! ¡Todas! ¡Y hay mier… desechos del bicho por todas partes!
—¿Qué bicho? —pregunta Sam.
—¡Jack! —responde Stev tapándose la boca con la mano.
—¿Quién es Jack? —Sam está cada vez más desconcertado.
—El perro —dice Kurt.
—¿Cómo que el perro? ¿Desde cuando tenemos un perro? ¿Cuánto me he perdido en una noche?
—¡Que os calléis todos! —explota mamá—. Si queréis que esa… cosa se quede aquí con nosotros, vamos a tener que colaborar todos.
—Nadie te dijo que lo dejaras solo en casa en su primer día, mamá —replico con una mueca divertida.
—No ayudas, Quinn —me advierte con tono serio—. Y tú —me señala—, vas a llevar a la bola de pelo al veterinario para que le ponga las vacunas y le haga una revisión médica o lo que sea que le hagan a los chuchos. Y asegúrate que en el camino hace sus necesidades para que no encuentre más sorpresitas por el suelo. Ah, tienes que comprar una correa y un collar. Mientras que vosotros —dice mirando a los otros cuatro—, os vais a encargar de limpiar todas las mier… las cacas y el pis que la bola de pelo ha hecho esta mañana, y creedme, no son pocos. Y no sólo eso, hay que transplantar todas las flores a otras macetas, limpiar las pisadas y arreglar el césped del jardín. Hay que cambiar las sábanas de la habitación de Sam porque al pequeño gamberro le dio por dormir allí y dejarlo todo lleno de pelos y… agua. ¿Entendido?
—¿Por qué no puedo llevarlo yo al veterinario con Quinn y me tengo que quedar aquí a limpiar? —pregunta Kurt un poco asustado de los guantes, los productos de limpieza y todo lo que pueda dañar su delicada vestimenta.
—Porque no vas a hacer ninguna de las dos —replica mamá—. Te necesito para que vengas conmigo y me des tu opinión del vestido de novia. No puedes decirle ni una palabra a tu padre de él, por supuesto. Confío en ti para que me sirvas de algo, la última acompañante que tuve dejó mucho que desear —añade mirándome de reojo.
Kurt y yo suspiramos de alivio a la vez. Él porque seguramente se siente encantado de escaparse la limpieza e irse de compras con mamá; y yo porque la última vez que acompañé a mi madre a probarse el vestido fue un completo infierno. Quería que el color de las damas de honor fuese azul. No puedo llevar un vestido azul. Tal vez celeste sí, pero no azul. ¿Por qué es tan difícil de entender? Juro que no iré a esa maldita boda si tengo que ir vestida de azul. No pega con mi maldito color de ojos. Y no pienso pintarme los labios de azul.
—Mamá —digo sintiéndome inquieta de repente.
—No Quinnie, no vamos a cambiar el color azul de las damas de honor sólo porque a ti…
—Mamá —le interrumpo rodando los ojos—, ¿dónde está Jack?
—Lo encerré en el baño del piso de arriba —responde como si no tuviera importancia.
—¿¡Cómo se te ocurre encerrar a un perro en el baño!? —le espeto.
Sin esperar respuesta, subo las escaleras a la carrera y llego hasta el baño que normalmente usan mamá y Burt. Lo que encuentro dentro es… escalofriante.
Algo me moja el uniforme de animadora, la ducha está abierta y Jack se encuentra justo debajo del chorro de agua, tumbado boca arriba con la lengua hacia afuera y las patas delanteras balanceándose como si de una araña se tratase. Ladra en protesta cuando cierro el agua y se tira sobre mí empapándome. Miro a mi alrededor, el suelo de la habitación está empapado de charcos de agua y champú. Jack baja de mis brazos y me mira con ojos inocentes mientras se revuelca por el agua.
—¡Añadid el aseo a la lista de limpieza!
—Vale, ya… Estate quieto. Jack, lo digo enserio, deja de chuparme. Compórtate.
Es inútil. Haga lo que haga vuelve a subirse encima de mí y sobarme la mejilla con su lengua perruna. Empiezo a pensar que tal vez no ha sido tan buena idea adoptar un perro.
Después de cambiarme el mojado uniforme y conseguir atrapar al pequeño cranuja para sacarlo a la calle en brazos, aquí estamos, en la sala de espera de la clínica veterinaria más cercana a casa. Y por cercana me refiero a veinticinco minutos a pie con un perro maloliente e inquieto que casi se mea sobre mí. Tengo que acordarme de comprar una correa cuando volvamos.
Un hombre con una bata blanca puesta llega a la sala de espera con una lista en la mano.
—Veamos, el siguiente es… Jack.
—Soy yo… Bueno, él —respondo.
Me pongo en pie y lo sigo hasta una habitación con el perro en mis brazos de nuevo. Roguemos por que no intente volver a usarme como orinal.
El veterinario se sienta detrás de un ordenador y nos invita a hacer lo mismo al otro lado de la mesa, enfrente de él.
—Bueno, ¿qué le pasa a este pequeñín? —pregunta con una sonrisa amistosa que hace que sus ojos se vean rodeados de pequeñas arrugas.
—En realidad nada —digo—. Lo encontramos esta mañana solo en el jardín de casa. Quería asegurarme de que tuviese las vacunas y todo eso.
—Claro, pero tendrá que pasar por el departamento de policía para abrir un archivo del perro y obtener la ficha de propiedad —comenta mientras prepara unas jeringuillas.
—Mi madre se ocupará de eso —replico sin tener idea de lo que está diciendo.
Coge a Jack y lo pone en una camilla. Él se pone nervioso, tal vez porque le incomoda el tacto de los guantes de látex del doctor, o tal vez porque es un perro demasiado listo y sabe lo que viene a continuación.
—Sujétalo por favor —me pide.
Me acerco y cojo a Jack por las patas delanteras como me indica el veterinario. Le inyecta la primera jeringuilla y Jack ladra un poco. Acario detrás de sus orejas y debajo de la mandíbula.
—Tranquilo, sólo queda una.
El veterinario inyecta la última vacuna y suelta Jack que corre a refugiarse en mis brazos.
—Eres un perrito muy bueno —susurro en su oído para tranquilizarlo.
Debo parecer imbécil hablándole a un perro pero no es algo de lo que necesite preocuparme ahora mismo. El hombre me mira de arriba abajo, escudriñándome con la mirada.
—¡Ya sé! —exclama de repente—. ¡Ya sé de qué te conozco! Tú eres una de los hijos de Russel Fabray, ¿cierto? ¿Qué tal anda tu padre? Hace mucho que no nos vemos…
—Lo siento, pero tengo prisa —le interrumpo saliendo rápidamente—. ¡Gracias por todo!
Sí, acabo de huir. Como siempre hago cada vez que me encuentro en una situación a la que no puedo hacer frente.
Resoplo fijándome en los grandes ojos negros que me observan cuestionándome con la mirada.
—Vamos a conseguirte esa maldita correa —gruño.
Comprarla era fácil, sólo tenía que entrar en una tienda adecuada y preguntar por una correa y un collar para perros. Eso era sencillo, podía dominarlo. Pero nunca pensé que ponerle un maldito collar a un animal de medio palmo fuese tan difícil.
—¡Quédate quieto! —grito olvidando que estoy en medio de la calle, hablando a voces con un perro que me hace la vida imposible por ponerle un collarín. Tal vez debería haber aceptado la ayuda de la dueña de la tienda.
Jack por fin se deja poner el collarín. Suspiro aliviada, pero no por mucho tiempo, porque el pequeño diablo echa a correr en cuanto saco la correa para enganchársela al collar. ¡Dios mío! Se suponía que a mí me había tocado la parte fácil y a los que se han quedado limpiando la difícil. ¿Qué habré hecho mal para que mi madre me castigue de esta forma?
—¡Jack! —exclamo saliendo por patas (nunca mejor dicho) detrás de él—. ¡Espera, por favor! ¡No corras!
Es inútil. Me hace perseguirlo durante al menos tres manzanas, desviándonos demasiado del camino de vuelta a casa, hasta que una amable chica tiene la bondad de atraparlo. Me freno en seco y observo a la chica que acaricia al cachorro y habla con él mientras éste se retuerce complacido.
Porque esa chica es Rachel Berry.
Ella otra vez en los momentos más inesperados.
Carraspeo haciéndome notar.
—¡Quinn! ¡Sabía que conocía a esta cosita tan mona! —dice acariciando la cabeza del pequeño traidor—. Lo he visto corriendo y ha saltado sobre mí nada más verme. Hola, Jack. Parece que nos volvemos a encontrar, eh. ¿Por qué huías de Quinn, eh, Jack?
Por un instante me pregunto si de verdad está esperando una respuesta del perro. Prefiero creer que no es así.
—Salió corriendo en cuanto traté de ponerle esto —respondo señalando la correa. Aprovecho que está tranquilo en los brazos de Rachel y me acerco para engancharle la correa en el collarín—. Gracias por cogerlo, Berry.
—Tengo nombre, ¿sabes? —dice un poco divertida.
—Sí, la gente suele tener nombres —replico—. Y apellidos.
Frunce el ceño por mi respuesta y tengo que morderme el labio para evitar reírme ante la adorable imagen que tengo delante de mí. Espera… ¿he dicho adorable?
—Tenemos que volver a casa, está oscureciendo —le informo.
—Claro —replica.
Deja al perro en el suelo y tiro de su correa para empezar a caminar en la dirección opuesta a Rachel y volver a casa. Siento su mirada detrás de mí, y unos pasos que resuenan a mis espaldas. Decido no darle demasiada importancia. Pero cuando los pasos siguen ahí después de varias calles, me vuelvo disimuladamente para ver a escasos metros la silueta de Rachel con el rabillo del ojo.
—¿Estás siguiéndome, Berry? —pregunto torciendo el cuello sin dejar de caminar.
—¿Por qué haría eso? —escucho su voz desde detrás.
—Entonces intuyo que vivimos en la misma casa —me burlo sin molestarme en mirarla esta vez.
—No estás tan equivocada, Quinn —responde.
Freno en seco y espero a que alcance mi ritmo.
—¿Qué..?
—Vivimos cerca —explica burlona.
—¿Cómo de cerca? —replico alzando una ceja en su dirección
—En frente.
Nos quedamos en silencio. La sensación que produce Rachel Berry viviendo a unos cuantos pasos de mí despierta cosas en mi interior que no consigo entender.
Supongo que ahora llega el momento incómodo en el que intentamos establecer forzosas conversaciones para evitar el silencio tenso.
—Stev te adora —a eso justamente me refería—. Esta mañana, cuando estábamos a solas con Jack, no paró de hablar de ti. Eres su nueva heroína.
Rachel ríe con una risa adorablemente ruidosa.
—Yo también le adoro a él, es un niño encantador.
—¿Qué hacías en la calle, por cierto? —pregunto.
Su semblante se endurece.
—Me apetecía dar un paseo —dice.
—Entiendo…
—Eres diferente a como me había imaginado —siento su mirada clavarse en mí desde el rabillo del ojo.
—¿Cómo te habías imaginado que era? —replico frunciendo el ceño.
—No sé —se encoge de hombros—. Esta Quinn y la Quinn de hace unas horas en el instituto no parecen tener demasiado en común.
La miro alzando una ceja.
—Tal vez tengan más en común de lo que piensas.
Me devuelve la mira.
—Tal vez —suspira—. Quinn… ¿puedo preguntarte una cosa?
—Acabas de hacerlo —replico.
Ignora mi respuesta.
—Ayer por la noche tomaste unas pastillas… —noto como todos mis músculos se ponen en tensión.
—Te sorprendería saber la cantidad de gente que toma pastillas, Berry —digo.
De nuevo, ignora mis palabras.
—Es sólo que… Conozco esas pastillas… Alguien cercano a mí las tomas. ¿Tienes, ya sabes… problemas para dormir? ¿Tienes pesadillas? —pregunta sin rodeos.
Siento que quiero vomitar.
—Los niño de cinco años tienen pesadillas —replico apartando la mirada de sus grandes y brillantes ojos marrones.
—Tal vez yo pueda…
—Berry, cierra la boca —la corto—. Debes haberte confundido de pastillas, ¿vale?
—Si tú lo dices… —responde resignada—. Pero estoy segura de que he visto esas pastillas antes… Mira, ya hemos llegado.
—¿Vives aquí? —pregunto con una ceja alzada, dándome cuenta de que mi casa está justo en frente.
—Sí… Nos mudamos hace poco.
—Nosotros también.
No sé cuánto tiempo nos quedamos plantadas, una enfrente de la otra. Si esto fuera una cita probablemente debería inclinarme y besar sus gruesos labios rosados hasta que la luz del porche se iluminase, o hasta quedarnos sin respiración… ¿¡Pero qué mierda estoy pensando!?
Me aclaro la garganta.
—Ha sido un placer junto a ti y Jack, Quinn —dice Rachel.
Frunzo el ceño, divertida.
—Buenas noches, Rachel —digo suavemente.
—Buenas noches, Fabray —replica burlonamente guiñándome un ojo.
Y no, no ha sido una cita. Pero si lo hubiese sido probablemente me habría quedado observando su espalda hasta que estuviese dentro de casa.
O tal vez lo haya hecho igualmente.
Tal vez.
