Todo está frío. Abro los ojos y los vuelvo a cerrar con rapidez cuando una repentina luz blanca me ciega por completo. Unos minutos después, mis ojos han conseguido adaptarse al brillo cegador. En cuanto identifico el lugar en el que me encuentro me invade el pánico.
Estoy en una habitación de paredes blancas, tan pequeña que debo encogerme para caber.
Puedo sentir los latidos de mi corazón golpeando cada vez más y más fuerte, y un sudor frío me envuelve.
La habitación es cada vez más y más pequeña. Antes de poder evitarlo, comienzo a gritar y a golpear fuertemente con los puños las blancas paredes. Necesito salir de aquí cuanto antes.
Resbalo hasta sentarme en el suelo y llevarme las rodillas al pecho. Voy a morir. Voy a morir aplastada. Mi respiración es cada vez más agitada y el oxígeno cada vez más escaso. La cabeza comienza a darme vueltas, las paredes han llegado hasta mis brazos, ejerciendo más y más fuerza cada segundo que pasa. Voy a morir.
Nadie oye mis gritos. Nadie viene a salvarme. Voy a morir aplastada. Las paredes me aplastarán. Voy a morir.
Empiezo a quedarme sin aire y aprieto los ojos fuertemente, por favor, haced que acabe ya.
Los vuelvo a abrir cuando una ráfaga de viento me azota en el rostro despeinando mi cabello. Siento el sabor de la bilis en la garganta cuando me doy cuenta de que estoy flotando en mitad del cielo, desafiando los límites de la gravedad. Me muerdo el labio fuertemente. No mires abajo. Apenas soy consciente de la rapidez en la que mi pecho asciende y desciende. Las gotas de sudor me resbalan por la frente hasta el cuello, y soy incapaz de aguantarlo un segundo más. La curiosidad me puede, como siempre. De nuevo, abro los ojos y echo una rápida mirada hacia abajo. Estoy a la misma altura que el rascacielos más alto, la gente desde aquí es menos que el tamaño de una hormiga. Con el cuerpo temblando de terror, me fuerzo a mí misma a seguir mirando hacia abajo. Nada pasa. Todo está bien. Hasta que empiezo a caer.
Es la sensación más horrorosa del mundo. Mi cuerpo cae a una velocidad imposible, y mis pulmones son incapaces de continuar con su tarea más tiempo. El suelo se acerca cada vez más. Voy a estrellarme. Voy a morir.
—¡Despierta! ¡Quinn, despierta de una vez!
Abro los ojos y me incorporo con brusquedad. No estoy aplastada. Sigo viva. No he muerto. Estoy en mi familiar habitación, mi madre me sacude insistentemente el brazo para que reaccione.
—Oh, cariño —me abraza al reconocer mi expresión pálida—. Ya pasó todo, estás bien, Quinnie, tranquila.
Sus palabras no me suenan reconfortantes, a pesar de que deberían hacerlo.
—Ve y date una ducha, cariño —me dice con suavidad—. Pero date prisa o llegaréis tarde al instituto.
Mamá sale de la habitación. Camino hacia el cuarto de baño, consciente del pegajoso cuerpo que el sudor me ha dejado.
El agua cae sobre mí fría, congelándome y haciéndome tiritar, pero no me importa.
Cuando estoy finalmente arreglada, con el uniforme de animadora puesto, y sintiéndome un poco mejor, bajo a desayunar guiándome por el delicioso olor a bacon que invade la casa. Desde las escaleras puedo oír una estridente risa casi desconocida. Me sorprendo al descubrir que no pertenece a otra persona que Rachel Berry; desayunando alegremente en la cocina mientras habla de algo que no entiendo con mi madre. Nuestras miradas se encuentran por una décima de segundo y yo aparto la mía rápidamente avergonzada de lo que sucedió ayer.
Me siento al lado de Sam, bajo la atenta mirada preocupada de mamá.
No abro la boca durante todo el desayuno, aunque me sorprende lo bien que congenian mi madre y Rachel; y frunzo el ceño cada vez que mamá habla sobre Sam a Rachel, tratando de convencerla de lo buen chico que es. Rachel sólo responde educadamente a las indirectas de mamá.
Antes de que pueda darme cuenta, estoy conduciendo el coche en dirección al McKinley con Sam a mi lado. Kurt se marchó en el coche de Rachel antes, por lo que hoy me toca conducir a mí.
Santana está esperándome en el aparcamiento del McKinley. Me hace una seña desde su coche para que entre en él y lo hago suspirando, lo último que me apetece es pelear con ella tan temprano.
—Santana, ¿qué haces aquí? —le pregunto una vez dentro de la privacidad de su coche—. La primera clase empieza en dos minutos.
Santana suelta un bufido indiferente.
—Eso no es importante, Fabray —replica—. Podemos saltarnos la clase por un día.
—Pero…
—Nada —me interrumpe—. Escucha, tengo que contarte algo importante, es sobre Brittany.
Me rindo sabiendo que verdaderamente tiene que ser algo importante para que Santana decida abrirse de una vez.
—Habla —suspiro después de un denso silencio.
—Tengo que encontrar la manera de recuperar a Brittany.
Pongo los ojos en blanco.
—Eso ya lo sé, Santana.
—No lo entiendes —espeta—. Tengo que encontrar la manera de sacar a Ruedas fuera de la ecuación.
—¿Y como piensas hacer eso? —pregunto con el ceño fruncido.
—Bueno —dice pensativa—, podríamos convencer al cuatro ojos de que se una al equipo de fútbol y hacer que tenga un fatal accidente en el que pierda la vida y Brittany acabe en mis brazos buscando consolación.
—No.
—¿Y qué tal si entramos en su casa por la noche, lo drogamos, lo subimos en la camioneta de tu tío, lo llevamos hasta el río y…?
—Ni hablar.
—¡Vamos, Quinn!
—Lo que estás diciendo es completamente descerebrado, Santana —le digo—. Y espero que no lo pienses en serio porque entonces necesitas más ayuda psiquiátrica de la que creía yo. —Ignoro olímpicamente la mirada asesina que me regala—. Y ahora si me disculpas, voy a ir a clase.
—No puedes —dice Santana cuando abro la puerta—. Ya llevamos veinte minutos de retraso, es mejor esperar hasta la siguiente hora.
Exhalo aire sabiendo que está en lo correcto.
La mañana está siendo muy larga.
Por fin la campana de la comida suena, recojo mis cosas lo más rápido que puedo y voy hasta mi taquilla.
Finn aparece entre la gente, intento evitarlo pero al parecer él no tiene la misma intención. Es una pesadilla, el día no podría ir peor. No tengo la suficiente fuerza para enfrentarme a Finn ahora mismo, así que corro a refugiarme en el único lugar donde espero que no se atreva a entrar: el aseo de chicas.
Entro en él dando un fuerte portazo, sorprendiéndome a descubrir a Rachel allí, frente al espejo. Me mira un poco consternada, tal vez por la brusquedad en la que he irrumpido en la estancia.
—Eh… Buenos días, Quinn —dice Rachel todavía desconcertada.
Trago saliva, consciente del ridículo que estoy haciendo en frente de ella.
—Hum, hola.
—Pareces un poco pálida —observa frunciendo el ceño.
—Estoy bien —le digo—. Sólo necesito algo de comer.
Rachel asiente en señal de acuerdo.
—Creo que hoy hay una deliciosa combinación de salsa de pudín en la cafetería. Así que si me disculpas, no me gustaría que se acabaran.
Rachel pasa por mi lado hacia la puerta, con una de sus enormes sonrisas dibujada en la cara. Cierro los ojos cuando su aroma golpea de lleno en mis fosas nasales; es tan delicioso.
—Eh… ¿Quinn? Creo que necesito un poco de ayuda aquí.
Me giro rápidamente para descubrir a la chica forcejeando con el pomo de la puerta.
—¿Qué pasa? —Comienzo a ponerme nerviosa.
—No puedo abrir —dice Rachel estirando con más fuerza.
La cabeza comienza a darme vueltas.
—Déjame probar a mí.
La empujo suavemente para ocupar su lugar. La manivela de la puerta no reacciona. Empujo con el hombro mientras golpeo con los puños.
—Es inútil —suspira Rachel—. Estamos encerradas.
Encerradas. No puede ser. Necesito salir de aquí.
Golpeo la puerta con más insistencia.
—¡Ayuda! ¿¡Hay alguien ahí!?
Nadie nos oye. Nadie viene a ayudarnos, estamos encerradas.
Me dejo caer hasta el suelo, las paredes comienzan a dar vueltas y acercarse más y más entre ellas. Vamos a morir aplastadas.
Siento el suave roce de Rachel sobre mis hombros.
—¿Quinn? ¿Qué pasa? —pregunta preocupada—. Háblame.
Trago saliva e intento lo mejor que puedo no dejarme llevar por el pánico. Cosa imposible. Las paredes se acercan. Vamos a morir.
—Las paredes… —contesto débilmente—. Estamos encerradas, vamos a morir encerradas.
Rachel frunce el ceño, se coloca delante de mí y toma mis mejillas entre las palmas de sus manos. Siento que el cuerpo me quema.
—Quinn, no pasa nada. Voy a hacer una llamada y enseguida vendrán a…
—¡No! —espeto—. No lo entiendes, ¿verdad? ¡Nos van a aplastar, Rachel!
—Cálmate, Quinn. Todo está bien.
Para mi desesperación, Rachel saca su teléfono móvil de un bolsillo de su diminuta falda. Tiene faldas con bolsillos. De acuerdo. Vamos a morir, así que, ¿qué más da su horrible sentido de la moda? A mí me gusta igualmente.
Espera, ¿qué?
Oh, cierto, las paredes siguen moviéndose, ¿¡por qué está jugando con su móvil!?
—Blaine —dice Rachel al teléfono—. Necesito que vengas enseguida al aseo de las chicas. Date toda la prisa que puedas, es muy urgente.
Rachel aparta el teléfono y su atención vuelve a pertenecerme completamente. Por fin.
Abro los ojos lo máximo que puedo cuando su mano se pierde dentro de su jersey de lacitos. ¿Qué diablos está haciendo?
Vamos a morir.
Me llevo las rodillas al pecho y me abrazo fuertemente escondiendo la cabeza entre las rodillas. Rachel no me presta atención.
—Quinn —dice Rachel dulcemente—. Quinn, necesito que me mires un momento, cariño.
¿Qué? ¿Me acaba de llamar lo que creo que me acaba de llamar o estoy soñando?
Levanto lentamente la mirada hacia ella con las mejillas ardiendo de rubor.
Rachel acerca su mano con cuidado hasta mis labios.
—Tómatela —ordena haciendo que la pastilla que lleva se cuele por mi boca—. Te hará bien.
Me trago la pastilla inconscientemente al tragar saliva por la sensación de Rachel tan cerca de mí. No sé cuánto tiempo ha pasado, segundos o minutos, pero empiezo a cobrar sentido poco a poco, dándome cuenta del ridículo que he estado haciendo en frente de Rachel. Desde el suelo, puedo ver gracias al reflejo del gran espejo de los lavabos lo colorada que se está volviendo mi cara.
—¿Mejor? —sonríe Rachel dulcemente.
Asiento la cabeza, pensando una excusa con la que justificarme.
—Lo siento —me disculpo avergonzada—. Soy claustrofóbica.
Rachel asiente genuinamente. Claro que se ha dado cuenta de ese pequeño detalle después de todo lo que acabamos de pasar.
—¿Qué es lo que me has dado? —pregunto curiosa.
Unos fuertes golpes en la puerta del baño interrumpen la contestación de Rachel.
—¿Rachel? —dice una voz masculina—. Soy yo Rach, ¿estás bien?
—Blaine —suspira Rachel aliviada—. Al fin. —Se pone en pie y pega la oreja a la puerta—. Estamos atrapadas en el baño —dice en tono más fuerte—, la manivela se ha roto.
Hay una pequeña pausa antes de que el chico responda.
—Poneos lo más lejos de la puerta posible —ordena.
Rachel me extiende la mano y me agarra, levantándome del suelo y llevándome con ella hasta la otra punta del aseo.
—¿Listas?
—¡Sí!
Un golpe. La puerta casi no lo ha notado.
Dos golpes. El chico hace más fuerza, y la puerta hace un fuerte ruido.
Tres golpes. Nada nuevo.
Cuatro golpes. Eso ha sonado a madera partida.
Con el quinto golpe, la puerta se abre de par en par, sin llegar a romperse, pero abierta por fin.
—¿Estáis bien, chicas? —pregunta la voz que ahora tiene nombre y cara para mí.
Con que Blaine, ¿eh? Ese es el nombre del novio de Rachel. ¿Por qué Rachel tiene un novio que parece gay? Estoy segura de que si toco su pelo con un solo dedo se me quedará pegajoso hasta el resto de la eternidad. ¡Y cómo viste! ¡Parece un Ken versión moreno y presumido!
—No lo creo —dice Rachel para mi sorpresa—. ¿Te importaría llevarnos a casa, por favor? Quinn no se encuentra nada bien.
—¿Qué? —protesto—. Estoy perfectamente.
—No lo estás —replica Rachel entrecerrando los ojos—. Acabas de tener un ataque de pánico bastante grave, Quinn.
—¿Ataque de pánico? —cuestiona Blaine con sus estúpidas y triangulares cejas levantadas.
Rachel asiente con la cabeza y le muestra un pequeño bote de plástico con pastillas blancas que reconozco enseguida.
—¿De dónde has sacado tú eso? —le espeto enfadada.
—Por suerte para ti, Quinn, soy una persona muy previsora, y siempre las llevo encima en caso de necesitarlas.
—¿Por qué las necesitas, Berry? —replico—. Esas pastillas no se las dan a cualquiera que las pida.
Rachel frunce el ceño.
—Claro que no —responde—. Son de Blaine.
Mis ojos se posan sobre Blaine a juego con mi boca entreabierta por la sorpresa. Él se encoge de hombros claramente incómodo. De repente, siento más simpatía hacia el chico.
—Venga, coged lo que tengáis que coger —dice—. Os llevo a casa y después volveré para las siguientes clases.
—Pero… no lo entiendo —balbuceo antes de darme cuenta de que ya estoy siendo arrastrada por Rachel hacia la salida.
—No hay mucho que entender, Quinn —replica Rachel con tono burlón—. Vamos a pasar una entretenida tarde tú y yo.
Y… septiembre acabó siendo octubre…
Siento muchísimo la espera, estoy escribiendo tres fanfics al mismo tiempo y con el inicio del instituto y todo lo demás se me hace imposible encontrar tiempo e ideas para escribir. Soy la primerísima a la que le encantaría que las cosas fueran de otra forma pero lamentablemente no puede ser así. Espero que hayáis disfrutado del capítulo.
Y para l s interesados en Harry Potter, estoy escribiendo un fanfic Faberry de unos cinco capítulos que subiré tan pronto como haya terminado.
No olvidéis dejar vuestro comentario. Gracias.
