III
El preferido de Violetta.
{ Marius Black }
Con cada uno de sus embarazos, Violetta Black neé Bulstrode, había rogado solo una cosa a Merlín: que sus hijos fueran bellos. Era lo que más le interesaba y lo que más le enorgullecería de ellos, y su deseo fue cumplido.
Primero fue Pollux, con elegantes facciones ya desde bebé, y sus cabellos y ojos del color de la noche. A él lo siguió Cassiopeia, con una personalidad demasiado dulce para el gusto de la madre, pero con una belleza envidiable; toda una Black. La siguiente en nacer fue otra niña, Dorea, el calco exacto de su madre; ojos verdes y cabellos castaños, con destellos rojos al sol. El corazón de Violetta no cabía en sí de felicidad y orgullo.
Pero cuando ya todos sus niños estaban en Hogwarts, ella y Cygnus recibieron una dulce sorpresa: otro varón había llegado para alegrarles la vida. Marius sorprendió de verdad a todos, se notaba que cuando grande sería un galán con una belleza digna de ser premiada. Para Violetta era un deseo hecho realidad, un honor, tener hijos tan hermosos. Pero por sobre todo, adoraba ser su madre, y amaba saber que era envidiada por muchas madres con pequeños no tan agraciados. Era su pequeña burla a su hermana, por ejemplo.
Un verano, 11 años después, las cosas eran algo distintas en la familia. Los tres hijos mayores se habían graduado de Hogwarts y habían dejado la casa para formar sus propias familias, y el único que aún permanecía allí era Marius. Y era también el único que se había encargado de enorgullecer como ningún otro de sus hermanos a su madre, aunque su padre no veía las cosas del mismo modo: el chico había demostrado no tener ni un ápice de magia, y claramente siendo la víspera del 1º de Septiembre, su carta de Hogwarts jamás iba a llegar. La cruda realidad abombó a Cygnus tan fuerte como nunca antes.
—Nuestro hijo es un squib —exclamó sorprendido de hacer dicha declaración, entrando a la habitación y sentándose en la cama matrimonial.
—¿Y tú recién te enteras, querido? —se burló Violetta, sacándose las zapatillas y dejando su varita encima de la mesa de luz.
—¡Jamás me lo dijiste! —espetó con violencia su marido, pero ella no se sobresaltó; estaba acostumbrada al carácter del hombre—. ¡Es una vergüenza! ¡Es una deshonra! ¡Es...!
—... nuestro hijo —completó Violetta, acostándose con tranquilidad—. Me importa muy poco lo que digas, Cygnus. Mi Marius es una belleza de niño, con unos modales espectaculares y una personalidad excepcional; mi opinión hacia mi pequeño no va a cambiar, pueda o no pueda hacer magia. ¡Bah! ¿Quién la necesita cuando se tienen 5 elfos domésticos alrededor?
—¿Eres idiota, mujer? —le espetó él, abriendo los ojos lo más que podía—. ¡Es un Black! ¡Lo que tú pienses del chico no va a hacer que a mi madre le deje de dar un ataque al corazón! ¡Hay que erradicar las vergüenzas de la familia, como ya se hizo con mi hermano Phineas y mi tía Isla! ¿Crees que permitirán que nos quedemos de brazos cruzados cuando del honor de la familia se trata?
—¿Qué insinúas, Cygnus? —preguntó con frialdad, sentándose nuevamente en la cama.
—¡Hay que matar al chico!
—Me das asco —exclamó, tomando su varita y jugueteando con ella. El odio se reflejaba claramente en su mirada, y lo que planeaba hacer si su marido se atrevía a tocar a su hijo preferido, también.
—¡No es algo que yo quiera hacer, Violetta! ¡Como mínimo me pedirán que lo borremos del tapiz!
—¡Y has de borrarlo del tapiz entonces, porque como le hagas algo a mi hijo, toda tu familia, incluida tu adorada madre Úrsula, un amor de mujer, y tus hermanos, quedarán bajo tierra! —gritó desafiante y con sarcasmo. El hombre se estremeció, pero volvió a componerse en dos segundos.
—Queda bajo tú responsabilidad mentir y decirle a todos que desheredamos al chico —exclamó Cygnus, derrotado, mientras se levantaba de la cama y abría la puerta.
—Como digas —sonrió Violetta triunfal, habiendo ganado la lucha. Que su marido hiciera lo que tuviera ganas de hacer con el maldito tapiz; a su hijo nadie lo iba a sacar de su corazón, ni del puesto de preferido en el alma de la madre.
