"Nunca creeré que los poderosos, los políticos y los capitalistas sean los únicos responsables de la guerra. No, el hombre común y corriente, también se alegra de hacerla. Si así no fuera, hace tiempo que los pueblos se habrían rebelado"

Ana Frank

Silencio Mortal

-¡Es inconcebible! ¡No puedo creer que ese puñado de rebeldes diga esas estupideces! Por Merlín santo, esas propuestas acerca de la mezcla de sangre para no extinguir a la raza mágica es ridícula...Como si los magos pudiéramos extinguirnos, qué idiotez...somos los seres más poderosos del universo...

-Sí, naturalmente estoy de acuerdo contigo, Victorius. La tradición es fundamental para que no se contamine el linaje de nuestra sangre.

Walburga Black estaba totalmente de acuerdo con su primo. Nunca tuvo la menor duda con respecto a qué postura tomar sobre aquellos temas. La pureza de la sangre, el respeto a los ancestrales árboles genealógicos y a las tradiciones familiares, la tendencia anti-muggle y demás, fueron los patrones que guiaron su pensamiento y conducta desde que tiene edad para recordarlo.

Los abuelos pensaron así. Mamá piensa así, y papá, que en paz descanse, también lo hizo.

Entonces, está bien. ¿Para qué cambiar la tradición?

Cuando se comenzó a correr la voz de un joven que compartía los ideales de la gente de bien, un joven astuto e inteligente, las familias mágicas conservadoras vieron un medio al que aferrarse en esos momentos en que los grupos pro-muggles y sangre impuras parecían cobrar fuerza, con sus estrambóticas ideas y discursos baratos acerca de la igualdad y todas esas banalidades.

Walburga pensaba, como los magos de su clase, que ese joven con su propuesta acerca de un nuevo orden y jerarquía en la población mágica –ese vivaz e increíble joven- estaba en lo cierto: había que comenzar a emplear las medidas que fueran necesarias con tal de no alterar el gran legado que generaciones antepasadas les habían dejado a todos ellos. Y para ello, era necesario cortar de raíz las ramas que amenazaban la estabilidad de la tradicional pureza mágica.

Un grupo leal de seguidores se formó en torno a ese joven Lord. Un grupo que convirtió en acciones y hechos los pensamientos de la mayoría de los magos.

Walburga tomaba el té con sus amigas y compartían las últimas novedades del régimen político-social al que apoyaban.

-Se legalizó el retiro de varitas a los hijos de muggles...esto no tendría que ser ninguna novedad, debería haber formado parte del Concilio Mágico desde siempre...

-...humillaron públicamente a Elizabeth Weasley, ¡cómo me hubiera gustado estar ahí! Mi marido me contó que le hicieron un Levicorpus y le arrojaron bombas fétidas...esa traidora a la sangre se lo merece...

-El hijo del viejo Augustus apareció muerto, tirado en las cloacas de la avenida principal.

Comentarios como el último no se expresaban con tanta liviandad. El aire quedaba cargado de palabras no dichas y era palpable la tensión en las señoras de la tertulia, que aferraban las tazas de porcelana con más fuerza de la necesaria, pero sus rostros permanecían impasibles. Siempre, siempre, totalmente impasibles.

Era mejor no hacer comentarios al respecto.

Un día, mientras estaba almorzando con sus hijos, en el salón principal del número 12 de Grimmauld Place ocurrió algo que Walburga jamás pudo olvidar.

Su esposo Orion ingresó con el mismo gesto adusto de siempre y su impecable bigote bien peinado, pero había algo distinto.

Se sentó en la cabecera del mesón y con un par de chasquidos el elfo de la familia apareció y le sirvió la cena a su amo. No fue hasta después de unos minutos, mientras su marido comía tranquilamente, cuando Walburga se dio cuenta qué era ese extraño olor que parecía emanar él.

-Orion, ¿por qué tienes la túnica manchada de sangre?- preguntó alarmada.

-Ah, cierto, olvidé quitarme la túnica. Kreacher, ven aquí. Toma esto, lávamelo lo más rápido posible. Acompañé a Burkes a realizar un trabajo, y se me ensució la túnica en el proceso.

-Pero, ¿te has lastimado?

-No, querida. El Callejón Diagon está lleno de los sin varita, que acampan con sus mugrientas ropas y molestan a los transeúntes, pidiéndoles galleons y comida. Qué patéticos son. Así que decidimos hacernos cargo de la limpieza, por así decirlo, y uno de los impuros se resistió a irse del lugar, por lo que no nos quedó más remedio que sacarlo por las malas maneras. Pero no se mancharon mis botas, querida.

Walburga no dijo nada. Sólo miró a sus niños: Regulus observaba con curiosidad a su padre y Sirius tenía los puños apoyados sobre la mesa, la mandíbula notablemente tensa. No miraba a su padre; la miraba a ella.

A medida que los meses pasaban, las masacres ejecutadas por el gran Lord y sus amigos eran un secreto a voces.

Todos sabían lo que pasaba. Pero sólo muy pocos hablaban de ello.

Es necesario, pensaba la Sra. Black, es necesario para mantener el orden, de lo contrario todo se iría al demonio. Es necesario, y ¿a quién le importa la suerte de esos impuros, si ellos no respetan nuestras tradiciones?

Era lo que pensaban sus tíos y primos; lo pensaba su marido, los amigos de su marido y sus propias amigas. Así que Walburga decidió permanecer fiel a su bando, y no hablaba de las noticias acerca de los cadáveres manipulados para formar un ejército, de las torturas con Cruciatus, de la centena de muertos que iban apareciendo regados por los rincones más inhóspitos de la ciudad...

Si no se hablaba, nada de eso existía. Si se ignoraba, Walburga podía mantenerse imperturbable en su burbuja rosa, sana y protegida, indiferente a lo que sucedía a su alrededor.

Sólo que la burbuja comenzó agrietarse cuando vio la marca tenebrosa en el brazo de Regulus.

Su hijo volvía tarde a casa, envuelto en una capa negra y con la mirada perdida. Discutía con Sirius. Y la burbuja amenazaba con romperse más.

Cuando Sirius se fue del número 12 de Grimmauld Place para no volver nunca más, Walburga supo que ya no estaba protegida de los sucesos cruentos que ocurrían. Y sus hijos...no sólo no estaban protegidos, sino que se encontraban en el ojo de la tormenta.

Después de recibir la noticia de la muerte de su hijo Regulus, la burbuja que cubría a Walburga explotó; reventó y la dejó tan desamparada que el diluvio del mundo la empapó por completo.

Pensó con rabia e impotencia que ese joven astuto lord le había quitado a sus hijos.

Walburga Black nunca quiso admitir que era ella quien había puesto en peligro a sus hijos.