"El diccionario de la guerra lo han hecho los diplomáticos, los militares y los gobernantes. Deberían corregirlo los que regresan de las trincheras, las viudas, los huérfanos, los médicos y los poetas"

Arthur Schnitzler

23 de Diciembre

En la aldea de Bachevo hacía un frío tremendo y visceral, que calaba hondo y profundo en cada habitante, durante todos los inviernos. Su abuelo, que había permanecido los ochenta años de su existencia en esa aldea de Razlog, le había jurado que el clima siempre había sido igual allí: los veranos demasiado cortos y los inviernos terribles y despiadados. Mientras que en el resto del país el clima parecía mutar a medida que pasaban los años, las temperaturas se mantenían constantes en Bachevo. Pero el tiempo no era la única constante de la aldea: la población reducida, las cabañas con árboles navideños mágicamente blancos, las dos horas de siesta sagrada, el eterno olor a chocolate caliente que parecía emanar cada hogar...siempre que sus padres le dejaban visitar a su abuelo en vacaciones, se encontraba con las mismas cosas.

Le gustaba Bachevo. Le gustaba porque su abuelo le contaba historias de terror que le ponían los pelos de punta y le garantizaban pesadillas seguras por diez noches seguidas; le gustaba porque después de ayudarlo a encerar el piso le regalaba chocolates en forma de banderita de su patria, le gustaba porque el olor a pan casero que despedía el fogón era el aroma más maravilloso que jamás hubiese percibido, tan distinto al choque de olores tóxicos en su Sofía natal. Y le gustaba aquél lugar, sobre todo, por las excursiones que daba con su abuelo Anton en el bosquecito situado a las afueras de la aldea. Sólo que en los últimos años, a su abuelo no parecía gustarle mucho la idea de caminar entre los pinos y buscar rocas con formas curiosas. Mis huesos ya están gastados, niño, le decía. Y tampoco le gustaba que su nieto fuera solo, de ninguna manera.

-Tengo nueve años, abuelo. Ya soy mayor.

-Tonterías. Eres grande para internarte solo en ese bosque del demonio pero no para lavarte los calzones, ¿eh?

Pero aquél 23 de diciembre, Víktor Krum había logrado lo que hasta el momento parecía imposible: convencer a su abuelo para dar una vuelta por el bosque, después de cinco años de su última excursión, y por primera vez solo, sin compañía de Anton. Víktor tenía trece años y era un chico decidido con espesas cejas y brazos anchos. Quizá porque el niño era incansable y todos los años venía con la misma cantaleta de quiero-ir-al-bosque, o porque ya tenía el aspecto de alguien capaz de defenderse por su cuenta, sea como sea, esa tarde que parecía –extrañamente- más fría que cualquier otra tarde de otro 23 de diciembre que Anton pudiera recordar, el abuelo, finalmente, cedió ante las súplicas de su nieto y lo dejó partir. Pero...

-En media hora tienes que volver.

-Está bien.

-No te desvíes hacia la ruta.

-No lo voy hacer.

-Si te mueres de inanición o congelado, ten la decencia de avisar sobre el paradero de tu cuerpo.

-Por supuesto.

-No sigas los consejos de nadie que no sea de esta aldea...

-¡Ya lo sé! ¡No soy idiota, abuelo!

-...tampoco te fíes de Eleonor, esa vieja me dijo que me devolvería mis diez knuts pero nunca lo hizo...

-¿Terminaste?

-Una última cosa. Es la más importante, muchacho. Si oyes explosiones, ves rayos verdes cerca de la carretera o si llegas a ver ese símbolo tallado en algún tronco, dejas todo y te vienes corriendo para aquí.

-Abuelo, no pasará nada. Ellos nunca vinieron aquí, y tampoco lo harán. Bachevo está alejado de todo y de pura suerte figura en el mapa. No se les ocurriría venir atacar aquí.

-Estás equivocado, Víktor. En estos tiempos, ningún lugar es seguro.

Víktor salió de la cabaña con la cabeza gacha, un poco desanimado por el último comentario de Anton. Cuando llegó al bosque, sin embargo, el rostro se le iluminó. Se maravilló al comprobar que el bosque también era una de esas cosas que nunca cambiaban en Bachevo: cinco años habían pasado, pero los pinos seguían igual de encimados que antes, el sauce que se erguía señorial en medio del bosque tenía los mismos vericuetos en la madera que Víktor podía recordar, y las piedras...las piedras brillaban a montones en el suelo, desperdigadas en torno a los troncos, como si fueran prolongaciones de las raíces. Víktor llenó la bolsa que había llevado con piedras de todos los colores y tamaños. La media hora se le pasó volando y, con resignación, se dispuso a regresar.

Iba silbando y cantando Lucy in the sky with Diamond en búlgaro (su primo se la había traducido y obligado a memorizársela...Víktor le hizo caso sólo para que dejara de molestar, con la consiguiente consecuencia de que después no pudo desprenderse de la melodía nunca más), pensando en qué roca le mostraría primero a su abuelo, para tratar de impresionarlo, cuando unas chispas rojas iluminaron el cielo al tiempo que una explosión no muy potente se oía. Inmediatamente, Anton salió de su cabaña y casi se desinfla del alivio al ver a su nieto allí, a pocos metros de distancia, parado en medio del camino para mirar extrañado al cielo.

-¡Entra, Víktor!- y corrió rengueando, con el bastón a cuestas, hasta llegar a su nieto para agarrarlo por el brazo y tirar de él.

-¿Qué sucede abuelo?

-¡Están viniendo, están viniendo! Maldita sea, yo sabía que iba a llegar este día.

Una vez adentro cerró la puerta y pronunció un hechizo para sellarla. La mirada que le dirigió al girar frente a él nunca se le olvidará.

-Escucha, Víktor, escucháme con atención porque no hay tiempo. Tienes que obedecerme, prométeme que pase lo que pase me obedecerás...

-Pero...

-No, no, no. No puede haber peros. Niño, tienes que bajar por la puerta trampa que está debajo de la alfombra de tu habitación. Recorre todo el pasadizo subterráneo y hazlo rápido; es largo, te tomará varios minutos...

-¡No!

-¡Cállate! Tienes que hacerlo Víktor. El pasadizo te llevará a un cobertizo abandonado, lleno de trasladores. Tienes que agarrar un saxo oxidado, que está guardado en el primer estante del único armario que hay. Eso te llevará a casa de tus padres...

-¡Vienes conmigo!

-No, niño, tendrás que hacerlo solo. Estoy muy viejo para correr, te haré perder el tiempo...

-¡NO!

De pronto, una serie de estallidos interminables se comenzaron a oír. Estaban llegando.

-¡Corre, vete, no hay tiempo que perder!- Víktor estaba temblando y lo tomaba por los hombros, rogándole que se fuera con él- ¡No puedo irme contigo! ¡Tienes que entenderlo! Si me voy contigo, no podremos escapar, ¿entiendes? Yo los entretendré lo más que pueda mientras tú huyes...Víktor, por favor, debes irte, ellos intentarán destruir la casa, y tú tienes que escapar antes de que descubran el pasadizo o prendan fuego todo...Antes de que acaben con la aldea.

El niño no podía articular palabra. Y lloraba. Lloraba como jamás lo había hecho, con más intensidad que nunca pero en silencio, sin separar los labios temblorosos fuertemente cerrados.

Su abuelo lo tomó de la mano y lo guió hasta su habitación. Se agachó como pudo, corrió la alfombra y levantó con esfuerzo las tablas gastadas. Entonces, se volvió hacia su nieto.

-¿Recuerdas esa vez que fuimos por primera vez al bosque? Nos agarró la tormenta y tú te pusiste a temblar de miedo. Yo te llevé hasta el sauce y dije que te metieras por el hueco del tronco, ¿te acuerdas? Cabías sólo tú y no querías entrar porque yo iba a quedar fuera. Tienes que acordarte, Víktor. Yo te dije que nada malo me iba a suceder y nada malo sucedió. Debes confiar en mi otra vez, Víktor.

-No-no...

-Sí. Debes hacerlo. Nada malo me sucederá. Esto no es más que un hasta luego, niño. Cuando crezcas y seas viejo como yo, te llegará la hora y nos volveremos a ver, Víktor. Nos volveremos a ver.

Como cuando tenía tres años, Anton Krum le acarició la mejilla a su nieto y lo empujó suavemente -al interior de un tronco, antes; a la oscuridad del pasadizo, ahora-. Lo último que vio antes de que cerrara las tablas fue la sonrisa llorosa de su abuelo.

Cada 23 de diciembre, Víktor Krum vuela en su escoba hasta la ruta número 25, y permanece parado a un costado, mirando hacia los terrenos descampados, donde se encontraba Bachevo, antes que los seguidores de Grindelwald acabaran con la aldea por completo, matando familias y quemando cabañas.

Nadie lo sabe, pero es que desde ese fatídico día, Víktor no podría quitarse jamás ese gesto hosco que permanecería grabado en su rostro para siempre.


N/A: No tengo perdón por estos tres- ¡tres!- meses sin publicar. Estuve complicada con los tiempos, pero también la musa estuvo complicada. Se fue y no quería volver. No sé si a estas alturas mis pocas fieles lectoras seguirán esperando una publicación; pero si lo estaban esperando, ojalá que esto que subí les guste, se los dedico a ustedes por sus bellos comentarios: Agus, lizblack, y a ti Ilisia Brongar, por ese precioso review que me dejaste y no pude contestar...Ahora estoy en algo así como de vacaciones (no son vacaciones completas, pero algo que se le parece), por lo que voy aprovechar el tiempo y tratar de volcar en palabras varias ideas que tengo en mente (una de ellas, un Remus/Tonks como pediste, niña), así que iré actualizando en la medida que vaya escribiendo...No prometo que sea pronto, pero tampoco me tardaré demasiado, sólo el tiempo que me lleve escribir una viñeta decente, je. Y a los demás, lectores fantasmas que han pasado por aquí, por favor: ¡Dejen su huella! Ya sea en forma de tomatazos o avada kedavras, como sea! Bueno, después de haber escrito la nota de autor más larga del mundo, no los molesto más. Nos vemos en la próxima viñeta! =D