"La guerra sólo comprueba una cosa: que el ser humano sigue siendo un inhumano".
Anónimo
Las heridas que no se van
Después de convivir dieciséis años juntos, hay cosas de tu familia a las que te puedes acostumbrar. Te puedes acostumbrar a las muecas de suficiencia que pone papá cada vez que te gana una nueva partida de ajedrez. Puedes tolerar el humor de perros que pesca tu hermana mayor durante los dos meses que preceden a una mesa de exámenes. Incluso puedes soportar estoicamente la manía de tu madre de mantener tu cuarto limpio y ordenado, sin morir de la desesperación por ello. Pero hay algo que te esperas con terror, algo que sucede todos los años y, sin embargo, nunca ocurre en una fecha precisa. Algo que presenciaste por primera vez a tus nueve años y algo que te gustaría olvidar... pero no puedes. No puedes porque la imagen de tu madre -siempre fuerte y valiente- encogida en el suelo, temblando y con los ojos rojos de tanto llorar lágrimas que parecían no tener ni comienzo ni fin, es una de las cosas más terribles que has presenciado en tu corta vida.
Te preguntas cómo hasta entonces no te diste cuenta. Cómo no te percataste de que mamá se escabullía disimuladamente al sótano, a su cuarto, al baño o a cualquier lugar donde nadie la pudiera encontrar, y permanecía allí por horas, con los labios tan apretados para no gritar que terminaba haciéndose daño y la sangre le corría por el mentón, con la piel más pálida de lo normal y la expresión en su rostro...esa expresión de alguien que difícilmente volverá a ser feliz.
Recuerdas que cuando cumpliste siete años, tu madre desapareció por unos minutos. Al principio no te diste cuenta, ocupado como estabas en abrir los regalos del tío Harry. Pero después, pasada la emoción inicial por los guantes de guardián, descubriste que mamá ya no estaba detrás de ti. Y papá tampoco. Fuiste a la cocina, pero no había rastro de ellos. Subiste las escaleras, pensando que los encontrarías en su habitación, pero no: estaban en el baño, mamá acurrucada en el piso y papá arrodillado junto a ella, abrazándole y hablándole en voz baja. Por la puerta entreabierta espiaste, pensando que papá trataba de reconciliarse con ella, seguramente después de una pelea. Te acuerdas de manera difusa las palabras suaves de él, sus Shh, tranquila amor, estás a salvo, ella no volverá...Nada te pasará; por favor, Hermione, vuelve a ser la que eras...y papá no podía decir nada más porque de repente él también lloraba y se aferraba a su esposa como si fuera un salvavidas, y los dos temblaban juntos. Puedes recordar con claridad el miedo que te embargó en ese momento y tus ¡Papá! ¡Mamá! entrecortados. Entonces, papá se levantó del suelo rápidamente y te cubrió con sus brazos, tratando de que no vieras a mamá. No pasa nada, Hugo; mamá esta cansada, eso es todo...Ven, vamos a cortar el pastel. Estuviste intranquilo durante los minutos siguientes, hasta que la viste: tu madre iba bajando con cuidado las escaleras, lentamente, y sonríes con tristeza al recordar que pensaste que se veía como una frágil princesa. Mamá te vio y se acercó, con una sonrisa en los labios y los brazos extendidos hacia ti. Corriste a su encuentro y ella te abrazó fuerte, mientras te decía Lo siento, Hugo, perdóname. Tú no sabías por qué te pedía perdón, y no se lo preguntaste. Siete años no eran suficientes para darte cabal cuenta del verdadero significado de lo que habías visto.
Con dos años más encima, finalmente, pudiste atar los cabos sueltos. Comprendiste por qué tu madre intentaba desaparecer todos los años, un día cualquiera, de un incierto mes. Entendiste por qué su mirada se volvía sombría y sonreía apenas, cuando lo consideraba estrictamente necesario. Supiste que estaba en uno de esos días cuando permanecía más callada de lo normal y no miraba a casi nadie a los ojos. Lo comprendiste todo cuando entraste a su habitación sin golpear, con Rose pisándote los talones para quitarte la escoba de papá que tú querías montar. Cuando abriste la puerta, la viste acostada de lado en la cama, una mano en el cuello y los ojos fijos en ninguna parte, en un mundo en el que seguramente no estabas tú, ni tu familia, ni nadie. Estaba blanca, tan blanca, que si no hubiera sido porque su pecho subía y bajaba al ritmo de una agitada respiración, hubieras pensado que estaba muerta.
Esa tarde les contó todo, a ti y a Rose. Les habló de esa vez que ella pensó que no iba a volver a respirar. De la humillación que nunca pensó llegar a sufrir. Del dolor que le traspasó los huesos y llego hasta su ser para dejar una marca ahí, en lo más profundo de sí, y no irse nunca más. De la sensación de estar a un pasito de dejar a este mundo y de la angustia que le pinchaba en el pecho al no saber por qué, por qué tanto daño, por qué tanta crueldad, Dios.
Ahora, con dieciséis años, sabes que mamá sigue teniendo esos instantes oscuros. Sabes que tendrán que pasar muchos años más para que pueda superarlo, o quizá...quizá nunca lo pueda superar. Eres un adolescente pero ya entiendes que hay cosas que pueden hacer mella en ti, hechos que te dejan una hendidura en el corazón, como un cuchillo de plata que te corta y provoca una herida, no mortal, pero sí difícil de cicatrizar.
N/A: Herm Black, me pediste uno de Hermione: aquí está, no pude evitar hacerlo desde el POV de Hugo Weasley...Cuando pensé en Hermione, inmediatamente pensé en su tortura, y comencé a imaginarme la viñeta desde la visión de Hugo, no sé por qué. Ojalá te guste...Por otra parte, voy a recurrir a un nuevo método chantajista para atrapar más reviews: no volveré a publicar hasta tener al menos 5 comentarios más. ¡Vamos! Los que agregan en alertas al fic es para ver si me supero en desastre o porque les gusta la historia? Bueno, de todas maneras, si no llego a los cinco reviews, igual publicaré xD Pero me tardaré más! :P Espero que hayan pasado una Feliz Navidad!
