"La guerra no consiste sólo en la batalla sino en la voluntad de contender"

Thomas Hobbes

You say you want a revolution...

A Neville Longbottom le bastó soportar una semana de clases, la primera de su séptimo y último curso en el colegio Hogwarts, para decidir tomar cartas en el asunto y actuar.

Durante las vacaciones de verano, la semillita de la rebelión se había gestado en su interior, especulando lo que sucedería en unos pocos meses, prediciendo la posible partida de Harry (y con él, la de sus eternos camaradas) y la llegada de tiempos duros que también, seguramente, tendrían lugar en el castillo, ahora que Dumbledore no estaba y él se enteraba, por medio de susurros y el vacío que dejaban las palabras no dichas, de las muertes y desapariciones que iban tiñendo los días de la población mágica británica. Junto con ello, el escuchar a su abuela murmurar cada vez con más frecuencia que pronto todo iba a estallar, que no puede ser que retrocedamos en el tiempo; el hombre es estúpido, vuelve sobre sus pasos, comete los mismos errores, tropieza con idénticas piedras, era suficiente para que la semilla siguiera creciendo más todavía, esparciéndose por dentro, arraigándose en sus ideas y pensamientos.

La semilla echó raíces cuando, de camino a Hogwarts, el tren escarlata que los llevaba a todos se detuvo de golpe, y por las puertas del primer vagón aparecieron dos figuras altas envueltas en capas negras, mirando con ojos inquisitivos los rostros de los estudiantes. Ahí fue cuando Neville tuvo el primer impulso y lo dijo, lo escupió más que decir: Perdedores, él no está aquí, y obtuvo como respuesta una sonrisita torcida de los sujetos, que a pesar de su advertencia no se detuvieron en su búsqueda para encontrar a El Elegido. Y también, aunque Neville no se dio cuenta, Ginny Weasley, sentada frente suyo y con los puños posados con tensión sobre la mesa, le sonrió con la boca y los ojos; en ellos bailando un brillo misterioso que prometía quién sabe qué cosas.

Cuando, durante el banquete de bienvenida, Snape anunció sin pena ni gloria su asunción como director del colegio, el estómago de Neville se retorció, ya no de miedo como antes, sino de bronca y de algo más, algo que le picaba en su pecho y se expandía por todo su cuerpo hasta llegar a las extremidades, algo que tal vez, sólo tal vez, se podría llamar intenciones, impulsos, ganas. Ganas de resistir, de afrontar.

La primera clase de Estudios Muggles fue la gota que rebalsó el vaso. Era viernes, el primero del ciclo lectivo escolar, y para ese entonces ya conocían varias de las nuevas normas implementadas (prohibido aglomerarse más de dos personas en cualquier parte del castillo, prohibido salir de la Sala Común después de las últimas clases, vuelven los castigos corporales, Filch tiene permiso para quitarle el polvo a las cadenas, no se puede nombrar al Indeseable número uno). Aunque algunos estudiantes habían protestado, las quejas no iban más allá de ceños fruncidos y frases dichas a media voz. Todos tenían miedo. Pero Neville tuvo que escuchar una sola palabra, tan solo una, que salía saboreada de la boca de los Carrow, nuevos profesores de la materia. Animales, dijeron. Son como animales, los muggles. Y la sangre se le arremolinó en las venas, burbujeaba, le abrazaba la piel. Arrugó los bordes del pergamino que tenía sobre el pupitre y los músculos se le contrajeron de pura tensión. Miró a sus costados y el hecho de ver que nadie decía nada –todos con la boca cerrada, todos con pánico en los ojos pero sin atreverse a decir palabra- lo enfureció más aún. Pero fue ver que el banco a la derecha de Seamus Finnigan estaba desocupado, vacío, sabiendo que allí debería estar sentado Dean Thomas, lo que lo impulsó a gritar ¡No!

-Yo no sé quién fue el animal que los dejó ser profesores a ustedes.

Lo que siguió a continuación se repetiría muchas veces durante el año: los demás alumnos mirándolo como si fuera un suicida; la ira de los Carrow por atreverse a contradecirlos; la exhibición pública, delante de toda la clase, para que sepan cómo la pagan los chicos que se portan mal; el corte en la mejilla, la humillación; el gusto de la sangre en la boca, pero también el sabor de la subversión -tan exquisito- caracoleándole en el paladar. Esa tarde, Neville ingresó a la Sala Común de Gryffindor despeinado, arrastrando los pies, con un tajo que le recorría el cachete izquierdo de la cara, pero sin sentirse derrotado. Todos los que estaban cuchicheando se callaron de pronto y lo miraron, al parecer la noticia de que se había rebelado en pleno discurso de los Carrow ya había corrido por todo el castillo. Se dejó caer en un butaca y cuando tiró la mochila de cualquier manera, unos libros salieron rodando y, entre ellos, un papel arrugado. Era una fotografía en sepia, vieja. Neville la tomó entre sus manos y se la quedó mirando largo rato, como acostumbraba hacerlo por esos días. Sus ojos recorrieron los dos rostros jóvenes, sonrientes, juntos. Alice y Frank. Papá y mamá. Sanos, antes de que les arrebataran la libertad.

Luego de unos segundos, Neville se percató de que alguien lo miraba fijamente. Neville levantó la cara y se encontró con la vista de Ginny Weasley clavada en él. Entonces, ella le dijo lo que desataría un huracán de hechos.

-Vamos, dilo. Dime eso que te estás muriendo por decir. ¿En qué estás pensando desde hace tiempo, Neville?

Y él sólo pudo contestar una cosa:

-Revolución.

A Ginny se le dibujó una sonrisa gamberra en la cara y no pudo menos que asentir.

Neville ya no era el niño tímido de antes. A fuerza de crecer y de vivir cosas que la mayoría de los adolescentes no viven, se le había templado el carácter. Pero también, la promesa de ese hombre valiente y luchador, que sólo supo percibir el Sombrero Seleccionador el día en que eligió la casa de los leones como su destino, por fin salía a la superficie; aunque, en realidad, nunca había permanecido sepultada en las profundidades de su ser, sino que iba sacando la cabeza de a poquito, creciendo y desarrollándose, y se mostraba en cada acto de Neville, cada vez que le plantó cara a sus amigos, que decidió creer en Harry, que voló por los aires a lomos de un thestrals para llegar al Ministerio y rescatar a un prófugo de la justicia. Ahora, con la confianza en sí mismo y pocos restos de inseguridad encima, podía darse cuenta de su potencial. Neville se acordó de los galleons falsos y supo por dónde debían comenzar.

10 a.m. Baño de Myrtle la Llorona, segundo piso.

El mensaje era sencillo, simple. El lugar y la hora de la primera reunión del Ejército de Dumbledore ya estaban decididos. No le costó pensar en un lugar de encuentro, sabía que uno de los sitios más evitados por alumnos y profesores era precisamente ése lugar. Lo único que le preocupaba era que los miembros tuvieran el sentido común de no dirigirse hasta allí formando grandes grupos, sino que se acercaran de manera espaciada y solitaria, para no levantar sospechas. Neville agarró su varita con decisión y apuntó hacia la moneda, transmitiendo el mensaje a los demás.

La primera reunión fue un fracaso total. Ginny Weasley llegó muy puntual, como sabía que lo haría. Y dos segundos después apareció Luna Lovegood, con los rabanitos pendiéndoles de las orejas, el collar de corcho de cervezas y la varita sosteniendo un rodete con su cabello. No parecía sorprendida en absoluto. Cuando Neville le preguntó qué opinaba sobre la idea de volver con el ED, ella le respondió con simpleza:

-Sabía que serías tú quien mandaría el mensaje.

Pero nadie más llegó aparte de las dos chicas. Se quedaron esperando, inútilmente, pero nadie aparecía por la puerta de doble hoja. Ginny estaba furiosa, Cobardes, mascullaba. Luna examinaba las serpientes talladas en las canillas. Y Neville...Neville ya se esperaba algo así.

-Vamos a tener que empezar nosotros.

Estuvieron cerca de dos horas debatiendo los planes de acción. Ginny tenía millones de ideas en la cabeza, creativas e insolentes, y todas le salían a borbotones, desbordada por la emoción. Neville se ocupaba de organizarlas, anotándolas en una lista y frenando a Ginny en las que consideraba demasiado peligrosas para ser las primeras en llevar a cabo. Tenían que aumentar la presión de a poquito, sostenía, para escarbar lentamente la estabilidad del régimen.

-Hay que tratar de permanecer vivos los primeros tres meses, por lo menos, ¡muertos no podremos hacer nada, Ginny!

Y Luna se encarga de señalar cosas que los otros dos no percibían, aspectos que podían dificultar los planes y datos que servían para mejorarlos.

-Las pintadas tienen que ser en los muros cercanos a la Sala Común de Slytherin. A ellos no los culparán, pero tampoco tendrán pruebas para señalar a alguna de las otras casas en particular. A ustedes no se les ocurra acercarse ahí, los ficharán enseguida. Me encargaré de hacerlo yo, cuando esté afuera de las mazmorras, esperando para entrar a Pociones. Tranquilo, Nev, me esconderé detrás de la estatua de Frederick el sabio mientras conjuro el hechizo. Y sí, estará lleno de alumnos esperando en el corredor, pero es mejor así: me servirá de camuflaje. Además, a veces la gente no se da cuenta de que existo.

El lunes de la semana siguiente llevaron a cabo el primer plan. Cada uno tenía que actuar por su cuenta, pero de manera sincronizada. La primera señal la tenía que dar Neville. En la hora del desayuno, después de saborear el zumo de calabaza con aparente tranquilidad, Neville se levantó del asiento y se dirigió a su Sala Común. Cuando estaba por llegar, sin embargo, se desvió del camino y se dirigió al salón de Estudios Muggles. Entró a hurtadillas, utilizando un Alohomora para abrir la puerta (eran tan idiotas, los Carrow) y, una vez dentro, vació con cuidado el contenido de una bolsita en el interior del cajón del escritorio de los profesores. Después, pegó bajo los asientos de los docentes lo que parecían ser unas calcomanías con la forma de marcas tenebrosas. Salió de la habitación como había entrado, sigilosamente y con unas ganas de reírse contenidas en la punta de la lengua.

Ginny entró en acción cuando pasaron los diez minutos estipulados de la partida de Neville, que se había sentado estratégicamente en la otra punta de la mesa Gryffindor, para evitar sospechas. Se dirigió a la enfermería, y en el camino extrajo del bolsillo de su túnica una especie de caramelo. Lo partió por la mitad y se comió la parte morada. Llegó a la enfermería vomitando, y la Sra. Pomfrey no se dio cuenta que la pelirroja cambiaba de lugar unos frasquitos llenos de pócimas.

Luna era la última en actuar. Cualquier despistado diría que en la mesa de Ravenclaw, esa estrafalaria chica no estaba haciendo nada fuera de lo común: sólo leía una revista colocada al revés y llevaba puestas unas estrambóticas gafas multicolores. Nada extraño. Sólo alguien con una pizca de inteligencia, pensaba Luna, se hubiese dado cuenta que los espectroanteojos, además de la increíble capacidad de visión que le daba a quien los usaba, también eran muy útiles a la hora de tapar la mirada del portador: tenía los ojos fijos, sin disimulo, en la mesa de Gryffindor, y ningún tonto podía darse cuenta. Cuando vio que Ginny salía del Gran Salón, Luna se colocó la revista bajo el brazo y miró la hora: faltaban quince minutos para su clase de Pociones. Tiempo suficiente para dirigirse a las mazmorras y, por el camino, fijarse si había torposoplos escondidos detrás de las armaduras.

A las diez en punto, Ginny Weasley ingresaba a su clase de Estudios Muggles. Tamborileaba los dedos sobre la mesa, con impaciencia. En el momento exacto que las agujas de su reloj marcaban las 10.30 horas, la silla en la que estaba Alecto Carrow comenzó a temblar, haciéndola caer al piso, mientras que la que sostenía al enorme trasero de Amycus emitía un fulgor verde al tiempo que una voz potente emitía alaridos. Una voz que parecía salir debajo de la silla.

¡Vayan a lustrarle las botas al Lord, con su estúpida sangre pura!

Los Carrow gritaban desesperados y los demás miraban incrédulos, mientras que algunos ni trataban de disimular sus risas. Ginny aprovechó el revuelo para mover su varita bajo la mesa y el cajón del escritorio se abrió, dejando en libertad a unas cuantas Doxys que divisaron su objetivo más cercano: las caras de los Carrow. Ginny se permitió reír abiertamente cuando sus profesores salieron disparados del salón. La primera parte del plan había funcionado.

Madame Pomfrey pegó un salto cuando dos personas ingresaron gritando a su enfermería. Antes de poder decir nada, Alecto conjuró un Accio para atraer volando desde un estante a una botellita llena de un líquido marrón, cuya etiqueta rezaba doxycida. Ambos hermanos se echaron el líquido del frasco en el rostro y donde le habían mordido las Doxys, pero la poción no sólo no les había alejado a esos bichos, sino que las heridas empezaron a supurar un pus verdoso. Sólo Luna Lovegood, quien había estado hablando con la enfermera sobre las propiedades curativas de las mandrágoras y ahora se encontraba en el despacho de la señora, siendo espectadora en primera fila del espectáculo, sabía que cierta pelirroja había adulterado el contenido de la poción. La segunda parte planificada ya había culminado.

Neville Longbottom se encontraba en la biblioteca, haciendo deberes de Herbología. Estuvo allí por dos horas. Cuando el reloj marcó las doce del mediodía, por la puerta de la biblioteca aparecieron dos chicas. Ginny y Luna se sentaron con él, sacando sus libros, los pergaminos y las plumas.

-¿Qué tal funcionaron las marcas tenebrosas, Ginny?

-A la perfección. Los gemelos son unos genios. Te deshiciste de tu par, ¿no?

-Por supuesto. ¿Qué le diría a los Carrow si deciden inspeccionar mis pertenencias y, de casualidad, encuentran unas calcomanías con insultos sobre su sangre?

-Me hubiera gustado estar en las mazmorras para ver lo que hiciste, Luna. Escuché a unos Hupleffufs de primero que Filch entró en un colapso nervioso cuando vio las pintadas. ¿Qué escribiste?

-Que El Elegido los está viendo. Y que Bellatrix Lestrange tiene que dejar de peinarse el pelo con un rastrillo.

Neville, Ginny y Luna siguieron con sus planes, esa semana. Continuaron con las pintadas en las rocas del castillo, pero esta vez se trataban de mensajes menos inocentes, expresando sus opiniones sobre la pureza de sangre y el presunto estatus puro de los mortífagos. El miércoles, cientos de pergaminos volaron en el Gran Salón durante la cena y cuando Snape pudo agarrar uno, leyó: Dumbledore debería estar en tu lugar. El jueves, los carteles de recompensa del Indeseable nº 1 fueron remplazados por afiches de los mortífagos, vestidos con tutú de bailarina y en poses comprometedoras. El viernes, un gran estandarte apareció amarrado a la torre de Astronomía: todos los habitantes del castillo y las criaturas del Bosque Prohibido pudieron ver un dibujo de Voldemort llorando porque Albus Dumbledore le había quitado su biberón.

Esa noche, Neville decidió aventurarse una vez más. Sacó del fondo de su baúl una moneda de oro y volvió a colocar su varita en ella.

Al día siguiente, el baño de Myrtle la Llorona se llenó de estudiantes. Neville los veía llegar, exultante, parado en el centro de la habitación. Luna estaba acomodando unos cojines en el suelo, donde los recién llegados se sentarían. Ginny estaba de brazos cruzados, fulminando con la mirada a los que entraban. Ya era hora, les decía, y tenía que morderse el labio para no estallar en carcajadas, porque todos parecían avergonzados y culpables.

Cuando Terry Boot, el último en llegar, cerró la puerta tras de sí, Neville se colocó delante de todos y los miró, uno por uno, con la sonrisa intacta en el rostro.

-Bienvenidos otra vez, ED. Es hora de que volvamos a las andadas.


N/A: Lo que Neville le dice a los mortífagos cuando irrumpen en el expreso de Hogwarts lo saqué de la película de DH; no de los libros.

Esta viñeta es para laura1988. Espero que te guste, gracias por tu comentario Supongo que volveré a escribir sobre las andanzas del ED, hay muchas cosas por contar si se trata de ellos, no?

¿Saben de dónde tomé el título de la viñeta? Díganmelo en un review!