"Me abastecieron los tanques de gasolina y las guerras. Fui soldado de plomo. Marché sobre el humo de la ciudad. Hubo momentos difíciles y hubo: ¡Hola! ¿Cómo estás? Valieron todos lo mismo (...) El trayecto, la marcha cargada de barro, los ojos de asfalto, las manos de cal, las piernas de taladro, los ombligos de cemento, resonaron, resonaron, resonaron-los yunques del martillo contra las vigas del cuerpo- taladrando, taladrando, taladrándome. (...) Y el mundo cerró sus puertas-yunques y martillos contra los hombres dormidos-las puertas del corazón, ciudades en todas partes y soldaditos de plomo."
Giannina Braschi
Un puñado de momentos
Te gusta, le había dicho ella, cuando él tenía dieciséis años. Ahora, con doce meses más encima, si Pansy se lo volviera a preguntar, tendría la misma respuesta para darle.
Sí, le gusta. La ve caminar con sus piernas infinitas y delgadas, observa su pelo brillante ondeando con gracia al mismo ritmo que el vaivén de sus caderas, y Blaise Zabini tiene que admitir a regañadientes que podría soportar una noche con ella. Sólo una noche, para calmar el apremio de la carne; después de todo, esa Weasley no es más que una traidora a la sangre y una Gryffindor repugnante.
Así que esta noche, cuando termine de cenar, la buscará para encararla y sumar una conquista más a la larga lista de mujeres que se rindieron a sus encantos. El hecho de que sea una rebelde en tiempos donde la pureza de sangre es lo único que te puede salvar el pellejo, lo hace más excitante todavía.
En estos momentos, la guerra y el régimen de Snape le importan un comino.
Por supuesto, Zabini no considera la posibilidad de que Ginevra Weasley no sienta lo mismo por él.
-O-
Pansy Parkinson recorre los pasillos del castillo con una tranquilidad inamovible, sabiendo que por ello es la envidia de más de la mitad del colegio. Está segura: su estatus de sangre la protege.
Cuando dobla hacia el pasillo del quinto piso, ve a lo lejos una niña petisita, temblando de la cabeza a los pies. Alecto Carrow la mira amenazante mientras la regaña por algo. Al llegar a su altura, la niña la ve y se dirige a ella desesperadamente.
-¡Pansy! Dile, estaba buscándote a ti para dejarte un recado. No estaba haciendo nada malo, por favor...
-¡Mientes! ¿Por qué tenías que venir a buscarla cerca de mi despacho? Te vi el otro día, hablando con esos Ravenclaw sospechosos...
Pansy observa la escena, sopesando lo que está sucediendo. Conoce a la niñita rubia que, supone, debe saber su nombre porque es prefecto, y no por otra razón misteriosa. Es de primero, cree, no debe tener más de once cortos años. Es Slytherin y parece indefensa; es imposible que detrás de esa figura tembleque se esconda una mente criminal. Y es de su casa; eso es lo que importa, ahora que los colores, la sangre y las elecciones definen el bando al que perteneces. Pero ella también la vio el otro día hablando con unos Ravenclaw y una verdadera Slytherin no se rebajaría a ello.
-¿Señorita Parkinson? ¿Es cierto lo que dice esta niña?
La pequeña –Silvia, se llama, ahora lo recuerda- la mira con súplica en los ojos. La niña puede estar diciendo la verdad... pero si miente, ¿quién le asegura que ella no caiga arrastrada en el castigo por defenderla?
-No conozco a esta niña, profesora.
Y sigue caminando tranquilamente, sabiéndose protegida en su caja de cristal, verde y plata, sin que nadie le pueda poner un dedo encima.
-O-
-Muy bien, recuerden que TODOS tenemos que participar del plan, ¿entienden la importancia radical de esto? Si sólo unos pocos hacemos ruido y alborotamos, los Carrow solucionan el problema castigándonos todo el día y después siguen tranquilamente con sus clases, y nosotros no queremos eso ¿verdad? Queremos que se vean imposibilitados para continuar con...
-¿Crees que Robert esté a favor del régimen de Snape? Parece tan dulce...
-Yo no me confiaría de él, Parvati. Sé que tiene unos brazos y espalda interesantes, sin mencionar que debe ser de los chicos más altos del colegio, pero sigue siendo un Slytherin...
Hannah Abbot chasqueó la lengua, molesta. Estaba sentada detrás de Lavender y Parvati, que cotilleaban como de costumbre. Normalmente no le molestaban, pero ahora no podía escuchar las indicaciones de Neville por sus susurros ininterrumpidos. Les dio unos golpecitos en el hombro y las fulminó con la mirada.
-¿Podrían callarse de una vez? ¿No se dan cuenta que si no escuchan las instrucciones no sabrán cómo actuar mañana?
Las dos chicas la miraron sorprendidas, primero, y ofendidas, después. Lavender se inclinó hacia delante, para susurrarle con énfasis:
-Ya sabemos las instrucciones, es la sexta vez que Neville las repite. Y no me mires como si fuera una tonta, porque no lo soy. ¿Acaso tú no te das cuenta de que si no disfrutas de tu maldita adolescencia mañana puede ser demasiado tarde? Soy conciente, como tú y los demás, que nuestros días están contados. No dejaré que las que pueden ser las últimas semanas de mi vida se vayan volando sin hacer lo que más me guste, aunque eso te reviente.
Para el final de la reunión del ED, las palabras de Lavender seguían resonando en su cabeza. Hannah Abbott sentía una confusión total, pero en medio del revoltijo de pensamientos, unas reflexiones en particular parecían dominar a las demás.
Tiene diecisiete años, están en plena guerra y su madre ya no está para contenerla. Nunca un chico la ha besado ni tampoco se ha enamorado, y mañana...quizá mañana esté muerta.
-O-
Se calza las botas y se pone la capa, lista para otro baile más, su preferido: el de la danza macabra.
Siente la adrenalina haciéndole cosquillas en los dedos y en la palma de la mano, allí donde su varita mágica se encuentra firmemente sujetada.
No tiene que concentrarse demasiado en ello. El gusto de ver los charcos de sangre impura ensuciando el suelo es más que suficiente. Suficiente para que toda esa energía nerviosa corra por sus venas y se canalice a través de la magia. Magia pura, limpia y poderosa. Sobre todo, poderosa; porque con apenas quince años y siendo obnubilada por el brillo de Tom Riddle, Bellatrix Lestrange ya se había dado cuenta que la magia es poder, más que otra cosa.
Siente satisfacción cuando descubre el temor alojado en pupilas ajenas que la miran desde abajo, siempre desde abajo. Porque ella está por encima de los demás, menos de Él, claro: su eterno Lord.
Lo hace por deporte, es cierto. Pero también lo hace porque lo cree: cree en la jerarquía de los magos por sobre los muggles, cree en la necesidad de demostrarlo en todo momento y cree en la fuerza del dolor. Dolor infligido mediante magia, dolor necesario para mantener el orden del Mundo.
No, no tiene que esforzarse ni un poquito para matar y torturar sin que le tiemble la mano. El odio corrosivo que le sale de las entrañas es más que suficiente.
-O-
Al tímido y asustadizo Peter Pettigrew siempre le gustaron las estadísticas. Le gustaba pasar su tiempo libre haciendo listas mentales sobre cualquier cosa, para luego elaborar estadísticas a partir de los resultados finales. Por ejemplo, contar la cantidad de platos que tenían que lavar los elfos domésticos después de los banquetes de Halloween y calcular sobre la base de sus datos recopilados el número de elfos que serían necesarios para limpiar los utensilios de manera rápida y eficiente. Sí, Peter pensaba, aunque la mayoría no se diera cuenta. Se hubieran percatado de ello si los demás le prestarían un poquito de atención a ese chico cuyo nombre no sabía la mayoría de los estudiantes, a ese chico que iba siempre pegado al Prefecto Perfecto y a los dos revoltosos más temibles de la historia de Hogwarts.
Peter pensaba y se daba cuenta que la tasa de mortalidad de la Orden del Fénix no era muy positiva. Sabía que tenían las de perder.
Su instinto de supervivencia merodeadora le pedía a gritos que se alejara del peligro. El miedo le arrasaba por dentro.
Estaba en el bando equivocado. La traición era necesaria para sobrevivir. No tenía más remedio que hacerlo.
-Mi señor...tengo información que le puede servir.
-O-
Lo que nunca nadie sabrá, es que la maldición asesina de Lord Voldemort no fue lo que mató a Alastor Moody.
Volaban por los aires en medio de rayos multicolores y figuras encapuchadas cuando El Innombrable apareció y Mundungus Fletcher, el falso Harry que protegía, se esfumó. El rayo de luz verde pasó zumbando a un milímetro de su mejilla izquierda, en el momento exacto en que perdía el equilibro sobre la escoba y caía al vacío.
La velocidad de la caída hacía que el aire le zumbara en los oídos y el poco cabello que tenía le tapaba la visión, pero su ojo mágico adiestrado y la mente alerta de un auror bien entrenado le permitían divisar el recorrido en picado de tres mortífagos que lo perseguían.
Fueron los segundos más cortos de su vida. No sabía a cuantos metros estaba del suelo, sólo seguía cayendo y cayendo a una velocidad supersónica. Apuntó con su varita al objetivo más cercano: un mortífago menos. Volvió apuntar hacia otra figura y su rayo rojo dio con precisión en la frente del enemigo. Faltaba uno, ¿dónde estaba?
Lo supo demasiado tarde, cuando uno de los persecutores ya había levantado la varita antes que él.
Voy a morir, pensó. Esta vez, de verdad.
Alastor Moody siempre se caracterizó por su mente rápida y el ingenio agudo. Las milésimas de segundo antes de que un rayo verde impactara de lleno en su pecho, le alcanzaron para pensar que, por lo menos, había cumplido con su objetivo: eliminar a cuantos enemigos fuera posible.
Alerta permanente, hasta el final. Aunque la vida se le fuera en ello.
-O-
-Los Stegman han desaparecido. Cualquier información sobre su paradero será de mucha ayuda para quienes los buscan. Hoy, miércoles cinco de enero, tenemos las siguientes cifras: cincuenta y cinco muertos identificados, ochenta y dos muertes anónimas, treinta y cuatro desaparecidos, quince incendios y tres aldeas eliminadas en el sur de Inglaterra. Se cumplen ciento cincuenta y dos días de masacres. Nos vemos en el próximo programa, no dejen de sintonizarnos.
Lee Jordan se echó hacia atrás sobre el respaldar de la silla y suspiró profundo. No era fácil hacer el recuento del saldo que dejaba la guerra. Tuvo que cerrar los ojos para no ver frente a sí, tan vívidamente como si estuvieran allí, a los cuerpos inertes sobre el suelo.
-O-
Bill Weasley no era un tipo convencional. Le gustaba desprenderse de los moldes, innovar, trascender las barreras de lo cómodo y conocido.
Era un hombre libre y despreocupado que pensaba que su vida estaba hecha con un par de botas de cuero de dragón, las tortas de fresa de Molly Weasley, visitas sorpresivas a la Madriguera y la certeza de su destino incierto. Hoy eran las pirámides de Egipto, mañana podrían ser las cumbres del Aconcagua. Era todo lo que necesitaba para sentirse satisfecho.
Nunca pensó que en "mañana" encajaría la opción de trabajo fijo en una oficina de Gringotts. Pero ahora que es novio de Fleur Delacour (¿enamorado, hermano? nunca pensé que llegaría el día en que te amarraras a algo, se mofaría Charlie), todo es perfectamente posible. Es perfectamente posible como el hecho de que considere perder su soltería para siempre y hacerle la gran pregunta a Fleur. Sí, Bill Weasley, el eterno rompedor de maldiciones, casado y cazado. El anillo de compromiso que tiene en el bolsillo se lo confirma a gritos.
Es por la adrenalina de la guerra, piensa. El futuro se ve amenazador; es ahora o nunca. Pero tal vez sea por amor, así, simple, llano y puro amor, sin agregados. Tal vez no hacía falta una guerra para decidir dar este paso.
¿Quién lo hubiera dicho de ti, Bill Weasley?
-O-
Dean Thomas está pelando papas, sobre la pileta de la cocina de Bill y Fleur Weasley. Sin magia, ni ninguna posibilidad de utilizarla.
Le han quitado su educación, su matrícula de estudiante, un hogar fijo y, ahora, ni siquiera tiene varita. Los ladrones de la magia no usan varitas, le escupirían los mortífagos.
Está tan enojado que la rabia hace que se corte el dedo con el cuchillo. Ve la sangre que supura de la herida y no puede contener una maldición.
-¿Qué pasa?
Es ella, con su voz etérea que parece flotar sutilmente en el aire.
No pasa nada, empieza él, pero ella ya se encuentra a su lado y sostiene con sus manos el dedo herido, y lo acerca cada vez más a sus ojos saltones. Entonces, le acaricia la herida, limpiando con su piel la sangre de él, y sonríe. Sonríe y él descubre que esa sonrisa y ese cabello enmarañado, esa chica menudita y esa voz que parece venir del mismísimo cielo, es lo que hace que sus días tengan sentido, después de haber estado a un palmo de la muerte, capturado durante la media hora más angustiante de su vida en el sótano de los Malfoy.
Se sorprende al descubrir que, en mitad de una guerra y sin habérselo propuesto nunca, se esté enamorando de Luna Lovegood.
-O-
Neville Longbotton se sentía desfallecer del hambre. Había pasado un día y medio, refugiado en la Sala Multipropósito, sin beber ni comer nada. El dolor en el estómago que le provocaba la falta de alimento le impedía pensar con claridad. La habitación daba vueltas para él y el sudor le resbalaba por la piel cuando, en un arrebato desesperado, deseó con todas sus fuerzas un mísero pedazo de pan. Fue entonces cuando un pasadizo se materializó en una de las paredes de la sala. Neville se arrastró como pudo hasta la abertura y empezó a caminar. Cuando por fin divisó la salida luminosa, se acercó corriendo hasta allí y en el momento en que ponía un pie fuera del túnel, las piernas le fallaron a la altura de las rodillas y se cayó de bruces contra el suelo de madera.
Estaba tan agotado que no pudo defenderse cuando alguien lo dio vuelta con brusquedad. Una barba y cabellos grises le hicieron cosquillas en el mentón, mientras unos ojos azules lo contemplaban con intriga. Unos ojos azules brillantes, que parecían traspasarlo como si fueran rayos X.
-¿Estoy alucinando? ¿Profesor Dumbledore...ha regresado?
El anciano le pegó un coscorrón en la cabeza y contestó con fastidio:
-Ahora no sólo confunden a mis cabras sino que a mi también, ¿eh? Soy Aberforth Dumbledore, hermano del increíble e inigualable Albus.
A Neville le pareció que lo decía con sorna.
-O-
Entró al cuartel del Ejército de Dumbledore en puntas de pie, procurando hacer el menor ruido posible. Se había escabullido cuando todos dormían, porque sabía que no la dejarían ir. Pero Susan Bones, como la buena Ravenclaw que era, necesitaba acercarse a la biblioteca para quitarse una duda existencial. Quería saber si el pomelo exprimido con unas gotas de gurdirraíz constituía una poción eficaz para cicatrizar rápidamente las heridas provocadas por quemaduras. Necesitaba saberlo, dados los recientes sucesos, viendo sufrir a sus compañeros todo tipo de heridas.
Tardó una eternidad en llegar hasta su bolsa de dormir, evitando pisar a los que dormían apaciblemente, esparcidos por el suelo. Estaba a punto de abrir la bolsa cuando, sin darse cuenta, su pie chocó contra un bollito de papel. El casi imperceptible ruido despertó a Terry Boot, dormido a su derecha, que se levantó como un resorte.
-¿Susan?
-¡Shh! Habla más despacio, que despertarás a los demás.
Terry la miró con atención, preocupado.
-¿Acabas de llegar? ¿A dónde fuiste? ¿Estás bien?
-Sí sí, sólo fui a la biblioteca...-pero Terry ya no la escuchaba, estaba olisqueando el aire y miraba a todos lados.
-¿Qué es ese olor? Susan... ¡Susan! ¡Estás herida! ¡Tu pierna!
Susan Bones lo miró extrañada, sin poder comprender, hasta que dirigió su vista a la pierna y pudo ver, efectivamente, que unas gotitas de sangre resbalaban por ella.
¡Oh, no!, exclamó entonces, tumbándose sobre la bolsa de dormir boca abajo, haciéndole señas a Terry para que se callara. Pero los gritos de su compañero ya habían despertado a los demás.
-¿Qué pasa?
-¿Por qué gritas, Terry?
-¿Alguien está lastimado?
-¡Sí! ¡Susan!
La chica se quiso morir de la vergüenza cuando vio que Terry la señalaba y todos los demás la contemplaban con curiosidad y preocupación.
¿Por qué no se había dado cuenta antes?
-Chicos, no pasa nada. Sólo vuelvan a dormir, ¿sí?
Seamus estaba incrédulo.
-¿Que no pasa nada? Estas sangrando, Susan, ¡y el olor indica que no para!
Susan estaba roja. No le quedaba opción, tenía que decirlo para que dejaran de insistir.
-No pasa nada...yo...estoy en uno de esos días femeninos.
Y se fue corriendo al baño.
Los demás, dejaron escapar el aire con alivio.
-Por Merlín, ¿no podía decirlo de entrada? Así nos hubiéramos ahorrado el susto. ¡Parece que le preocupara más eso que haber sido herida de verdad!
Padma Patil, que se encontraba cerca de Seamus, negó con reprobación. Miró a su hermana gemela con complicidad y le dijo:
-Hombres. No saben lo que es ser mujer.
-O-
Helen caminaba sin prisa por las calles de la avenida principal, con una bolsa de compras cargando en una mano y con la mirada perdida, ajena al trajín de personas que pasaban por su lado.
Se estaba abandonando, Helen. En los últimos meses había adelgazado y sus labios habían dejado de esbozar sonrisas.
Entonces, lo vio. Vio a un chico alto, moreno, con el pelo crespo. Estaba de espaldas, acomodando las prendas que al parecer se le habían caído de sus maletas.
Helen caminó dando pasitos cortos y rápidos, esquivando a los transeúntes como podía hasta que llego donde estaba él.
Posó su mano en la espalda del joven y éste se dio vuelta.
El muchacho pudo ver la decepción pintada en los ojos negros de esa mujer desconocida.
Helena se marchó, más angustiada que nunca, a su casa.
¿Dónde estás, Dean?
-O-
Es demasiado tarde, lo sabe, para echarse atrás. La marca tenebrosa ya brilla en su antebrazo, y le arde. La larga capa le pesa sobre los hombros y suerte que tiene puesta una máscara, así nadie puede ver su cara de niño aterrado.
Hoy será tu bautismo de fuego, le dijeron.
Le dejaron el honor, porque tenía que aprender. Ahora es cuando entras en acción de verdad, rieron.
Los discursos quedan sepultados en el armario, enfatizan. Y tu humanidad también, piensa él.
Aprieta los dedos en torno a la delgada madera. Cuenta uno, dos, tres y lo grita.
El primer muerto a manos de Regulus Black cae con un golpe sordo sobre el suelo de tierra. Las partículas de polvo se elevan un poco por el impacto y lo demás aplauden y ríen y disfrutan. Tiene suerte de que el alboroto tape el sollozo que lo asalta, sin poder controlarlo.
Pero tiene que dejar de llorar. Los hombres no lloran, Regulus. Y tú ya no eres un niño.
Adiós, Regulus Black. Adiós a todo lo que eras antes de matar.
N/A: Decidí postear todos estos drabbles juntos porque me parecía que los capítulos iban a quedar muy pobres si los subía de a uno. Metí algunos de los personajes pedidos (Pansy, Zabini, algo un poco más relajado del ED), peeero, eso no quita que vuelva a escribir sobre ellos si la musa así lo quiere. Espero que alguno de estos pequeños momentos les haya gustado...un descanso para las viñetas largas.
Disclaimer: La idea para el drabble correspondiente al incidente de Susan Bones, me la dio un fic con el mismo factor femenino de por medio, pero con distintos personajes y situaciones. Éste es "Factores Mensuales", de Vedda. Y, por otra parte, la razón por la que Regulus es el único Slytherin que me gusta, se la debo a JustDanny y su fic "Baile de máscaras", que me inspiró a la hora de hacer el de Regulus. Lo demás, pertenece a Rowling y otro poco a mi imaginación.
Gracias, gracias enoormes a las que siempre comentan: Herm Black, Sara-Lily-Potter y MaratinaVolturiPotter (aka Agus) por dejar siempre su huella, por animarme a seguir con ésto. Y también, un gracias enorme a una niña que se suma: Rhyannon Eltanin.
Si alguien más lee esto: ¡deja un comentario! No muerdo, eso te lo pueden asegurar las únicas tres chicas que siempre comentan...Aunque, bueno, a veces, sólo a veces, cuando la luna está llena, no me controlo. ¡Pero si me dejas un review, es más que seguro que no me convierto en la versión femenina de Greyback!
Besos y feliz día de reyes!
