"Si tuviéramos memoria acabaríamos con los desastres de la humanidad"
Anónimo
Familia
Aunque a veces colocara el tarro de azúcar en la heladera por pura distracción, o dejara los calcetines desperdigados por todo el apartamento, las cartas de Bill bajo la almohada, se colocara la remera al revés al estar pensando en mil cosas y siempre, siempre dejara la cama a medio hacer, Charlie Weasley podía ser ordenado y preciso para ciertas cosas. Como, por ejemplo, conservar los recuerdos más importantes de su vida, de manera selectiva y ordenada, en su memoria.
Después de una observación de campo de un dragón especialmente malhumorado (un colacuerno húngaro, tal vez), Charlie se encontraba exhausto pero satisfecho y disponía de horas libres que bien podrían ser utilizadas para organizar el caos que suponía la vivienda de un joven soltero, pero que él aprovechaba para dirigirse a la cocina y, botella de cerveza en mano, observar desde la ventana de su piso a la hilera de puntos difusos que constituía el tráfico de las calles rumanas al atardecer. En momentos como esos, pese a adorar Bucarest y sentirla como su segundo hogar, Charlie Weasley no podía evitar pensar en La Madriguera y en cada uno de sus habitantes.
Si bien Charlie siempre había sido, quizás, el chico más independiente de todo el clan pelirrojo, sabía que lo más importante que tenía y tendría en su vida sería su familia. Ellos estaban por encima de cualquier muchacha que pasara ocasionalmente por su cama, de sus queridos dragones (y en verdad amaba a estas criaturas) y de los gajes del oficio (como las cicatrices, los congresos llenos de chiflados drago maníacos como él, las noches deambulando por las calles del centro con sus amigos, cantando a viva voz). Charlie era un Weasley y todo lo que ello conllevaba: las pecas, el pelo rojo, la humildad, los pantalones remendados, la risa en la punta de la lengua, la terquedad en su cabeza, la lealtad en sus ojos, las manos curtidas por el trabajo, el apetito insaciable, el corazón tamaño elefante y allí, anclados de manera especial, cada uno de los trocitos que conformaban su familia. Por eso no había dudado cuando recibió la carta de su hermano mayor y, dos minutos después, la de los gemelos. El regreso de quien-tú-sabes, un alumno de Hogwarts muerto, las palabras de Dumbledore, el acecho de una guerra que se estaba preparando en las sombras. Charlie no dudó en ponerse al servicio de la Orden del Fénix, aunque ello significara interrumpir su trabajo e irse de Rumania por quién sabe cuánto tiempo. Su familia lo necesitaba y por eso allí estaba, tratando de poner lo mejor de su parte. Y, pese a que el aire que se respiraba por aquellos tiempos parecía estar cargado de incertidumbre, temores, adrenalina y mucha, mucha tensión, Charlie seguía tomándose unos minutos (en la sobremesa, cuando los que todavía seguían viviendo en su casa permanecían sentados en silencio, cada uno inmerso en sus tormentos) para evocar algún recuerdo que tuviera como protagonista a cada Weasley. Recordaba la primera borrachera con Bill y los gritos de su madre al encontrarlos en ese estado; la mirada ansiosa y atenta de Percy durante su primer día en Hogwarts; a Fred y a George convirtiendo a las miniaturas de dragón que le había regalado el tío Gideon en conejitos saltarines, como parte de su primer acto de magia accidental (sí, los gemelos hacían todo juntos); la primera quaffle que había atrapado Ron en el jardín de la Madriguera, con sólo ocho años y esa sonrisa en la cara que decía que algún día sería guardián de un equipo de quidditch; la fotografía que le había enviado Ginny de su primer baile en el colegio, demostrándole que la pequeña comenzaba a dejar de serlo y se convertía en una joven mujer; la primera vez que descubrió a su padre en el cobertizo escondiendo unos enchufes llenos de polvo; su madre cantándole a las gallinas y los bollitos caseros que ella preparaba mejor que nadie...incluso le gustaba recordar a su Tía Muriel, examinando detenidamente las sillas de su casa cuando venía a visitarlos, procurando evitar sentarse sobre una bomba fétida que le impregnara de un olor pútrido la parte trasera de su vestido ( y también recordaba las carcajadas mudas de los gemelos en esas ocasiones). Eran su bálsamo, sus gotas de paz en medio de la guerra, su cable a tierra cuando tenía a un hermano fugitivo recorriendo el país, la certeza de que su madre lloraba cuando no la veían, la visión de su padre envejeciendo a pasos agigantados y el mismo estado de angustia y alteración que percibía en el resto de sus hermanos.
Después de lo que parecieron milenios, las cosas volvían lentamente a su sitio. Los meses transcurrían y todos, de algún modo, intentaban volver a eso que llamaban vida, antes de que las batallas destrozaran sus días. Charlie Weasley sabía que por mucho que esperara, esa puntada aguda que sentía en medio del pecho nunca se iría. Podría suavizarse, pero quedaría allí, como una herida interna incapaz de curarse, como el eterno recordatorio de un hermano que ya no estaba allí, con ellos, para hacerlos reír o mostrarles su última broma-invento. Y también sabía que él ya no tenía nada más que hacer allí. Debía partir y volver a su apartamento de hombre solitario, a sus dragones y a las tierras rumanas. Echaba de menos su antigua vida pero, también, no estaba seguro de abandonar a su familia nuevamente, luego de todo lo vivido.
Una noche en la que La Madriguera se encontraba inusualmente silenciosa, Charlie estaba en la cocina, solo, bebiendo agua y dándole vueltas a la espinosa cuestión de marcharse o quedarse, cuando su madre irrumpió en el lugar con su bata de dormir pero con la mirada despierta. Sin mediar palabra, comenzó a preparar té. El ruido de la tetera y el aroma que se esparcía por el aire, le trajo a su memoria tardes enteras sobre la mesa de madera, junto a su madre, mientras ésta le enseñaba matemáticas y otras tantas cosas más, antes de entrar a Hogwarts.
La señora Weasley le acercó una taza de té humeante a su hijo y se sentó frente a él.
-¿Y bien? ¿Cuándo volverás a Rumania?
Tendría que haberse sorprendido, pero no lo hizo. Conocía a su madre y ya estaba acostumbrado a su poder intuitivo. Después de todo, había parido a siete hijos que conocía como si fuesen la palma de su mano.
Charlie removió distraídamente la cucharita en el líquido oscuro y suspiró.
-No lo sé.
Su madre le sonrió, comprensiva.
-Ya ha pasado tiempo, Charlie. Es hora de que retomes tu vida. Todos lo estamos haciendo...o intentándolo, da igual.
El pelirrojo asintió, distraído. Al ver que no se decidía, Molly continuó.
-¿Recuerdas lo que hablamos cuando volviste de realizar la primera pasantía de trabajo en Rumania?
Las pupilas de él se iluminaron. Por supuesto que lo recordaba, ya hemos dicho que Charlie tiene una memoria exquisita y no es nada distraído para ciertas cosas si se lo propone.
-Estaba muy contento y ustedes no sabían cómo diablos hacerme callar, porque no podía dejar de contar mis anécdotas. Y les dije a ti y a papá que me habían ofrecido un trabajo permanente en ese país, y tú te pusiste nerviosa y después empezaste a llorar...no querías que tu hijito se fuera lejos de casa...
-Bueno, ¡apenas tenías dieciocho años! ¡Eras jovencito! –se explicó ella, con la necesidad de justificarse- Pero, ¿recuerdas lo que te dije después? Vamos, Charlie, sabes que aunque me costó decirlo lo hice porque creía que era lo mejor para ti...aunque me doliera.
Charlie la tomó de la mano y repitió las palabras que su madre le había dicho aquella vez, con los ojos llorosos y la voz temblorosa:
-Haz encontrado tu lugar en el mundo, hijo. No puedo retenerte, no dejes que nadie te retenga. Vete allí, porque sólo en ese lugar serás feliz. O algo así.
Molly asintió y Charlie notó que los ojos de su madre se volvían vidriosos. Apretó su mano más fuerte.
-Te diré lo mismo ahora, hijo. Vete. No dejes que todo lo que nos pasó te impida seguir viviendo. Busca tu felicidad, y si ella está en Rumania, entonces no lo pienses más.
Charlie la estrechó entre sus fornidos brazos, mientras su madre se aferraba a él, volviéndose frágil por unos instantes.
-Iré a preparar el equipaje. Partiré mañana- le dijo mientras la besaba en la frente y ella le asentía sonriendo, acomodándole el cuello de la camisa.
Antes de salir de la cocina, Charlie se volteó hacia ella.
-Mamá, yo...volveré a Rumania porque allí trabajo, allí hago lo que me gusta...Pero no es mi lugar en el mundo. No necesito amarrarme a un territorio para sentirme feliz, porque mi lugar en el mundo está con ustedes: mi familia. Y yo siempre los llevo aquí- dijo con sinceridad, colocando su mano en la parte izquierda de su pecho.
Molly sonrió, sincera.
-Ya lo sé, hijo. Ya lo sé.
Porque existían cosas que nunca cambiarían, a pesar de toda guerra. Y el amor por su familia era todo lo que Charlie Weasley necesitaba para saber cuál era su lugar en el mundo.
Esta viñetita, aunque no me la hayan pedido, se la dedico a Agus, Demel. honney y Rhyannon, porque están ahí con sus comentarios, son junto con Sara y Herm Black las que leen y comentan fielmente. Les agradezco de corazón por todos sus comentarios chicas!
